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PRINCIPIOS DE VERDAD


Principios de verdad – Teoría social (y 5)

Los principios de verdad se constituyen en los verdaderos elementos de higiene política del sistema, esto es, en el conjunto de elementos necesarios y específicos diseñados para combatir y eliminar la arbitrariedad y el juicio embustero tan propio de la clase política y, más allá de ésta y de esto, la forma adulterada de concebir  los asuntos del conjunto de la sociedad.
Esta sociedad necesita certeza, trasparencia, y para ello una fórmula clara de determinación. No tiene justificación que utilicemos todos nuestros recursos para progresar en el conocimiento y que sin embargo la sociedad, su devenir y sus precursores, no hagan este uso y no tengan un esquema mínimo de trabajo y que por tal circunstancia estemos expuestos a la ignorancia, la aventura, el capricho o la maldad.
Los principios de verdad pretenden ser “las reglas para la dirección de la mente” en la razón social, o posibilidad de alcanzar un conocimiento social verdadero sistemático y libre de todo prejuicio, tal como se pretendiera en la Mathesis Universalis.
Nosotros vamos a debatir —apoyándonos en la estructura que realizó Kant— acerca de los juicios ciertos en el discurso, y de forma particular en la vida pública. Kant se preguntó sobre la posibilidad de que existieran juicios universales y que aportaran conocimiento en la metafísica (y cómo se daban éstos en la matemática y en la física) y nosotros vamos a preguntarnos sobre la existencia de los mismos en sociedad y, en consecuencia, sobre la posibilidad de alcanzar un metaconocimiento.
Posteriormente estableceremos esta posibilidad a partir de un esquema de funcionamiento (al igual que Kant hiciera con sus juicios) basado en una especie de categorías y conceptos a los que denominamos metacategorías, tanto individuales como universales, dando lugar las primeras a los juicios del alma (principios) en tanto que las últimas nos proporcionarán los mecanismos de síntesis de la verdad social (principios de verdad) y, lo que es más importante, de la jerarquización de las diferentes verdades sociales alcanzadas.
Finalmente estableceremos la conexión lógica entre estos principios, como elementos de bipolarización social, su aplicación al efecto transistor y la repercusión social, esto es las consecuencias de una mayor o menor polarización social como consecuencia de la existencia de principios de verdad más o menos definidos, el establecimiento de las diferentes concepciones sociales, soluciones o formas de determinarse socialmente, así como la repercusión en la vida familiar y en la educación.

1-Principios de verdad (14ª entrega)

Resumen. Todo lo que se establece como conocimiento claro, como la matemática y la física, se basa en unos pocos elementos o esquema de trabajo, llámense axiomas o leyes. De otra parte, podemos decir que reducimos a juicios todas las acciones del entendimiento y que la física y la matemática son lo que son porque esos juicios son universales y sintéticos (aportan conocimiento). La pregunta que nos hacemos es si este tipo de juicios puede ser la base del discurso político y social, y cómo. Antes de nada, hay que decir que sin necesidad de sofisticar los recursos, simplemente haciendo uso de los datos, del conocimiento de la ciencia y de la dialéctica, esta sociedad ya se libraría de buena parte de todo el engaño y contaminación, que luego da lugar o es fuente de otro tipo de excesos y corrupciones. Luego vendría la posibilidad de diseñar el citado esquema o un plan que nos proporcione unas capacidades más allá de las obvias, es decir, de otorgar al desarrollo social una metodología clara propias de la ciencia que, dicho sea de paso, hoy por hoy no tiene ni siquiera el armazón económico que sustenta dicho desarrollo (la economía como tal, y sus posibilidades de análisis y previsión).

En la Matemática todo parte de los principios matemáticos o axiomas. En la Física todo está regulado por principios que justifican todos los comportamientos de la naturaleza material y no material, y, de otra forma, todos los comportamientos derivan de la observancia de estos principios. Nuestra sociedad debe estar regulada por principios y deben ser tales que todo lo que se diga después, que no vayan en la línea de lo establecido por los mismos, y su fin, carezca de validez. En sociedad como en la Física, Matemática y resto de las disciplinas, una cosa es la verdad y otra la demostración que podamos hacer de ella. La articulación de la verdad, a la que llamamos ley y teoría, puede estar bien, al objeto de alcanzarla, cuando no existe o desconocemos un principio, o para detallarla cuando existe, pero la existencia de éste y su conocimiento nos libera de este trabajo que además complica (la verdad con explicaciones parece menos verdad, dijo Hesse), por lo mismo, la realidad está regulada por la ley social, pero hay un principio que es principio de verdad que es superior a ésta.

1. El juicio cierto en el discurso

Para iniciar un desarrollo paso a paso de lo expuesto, su compresión y defensa, podemos cuestionarnos cuál es el fundamento lógico del discurso de la vida, y su relación con la metodología científica, y darnos cuenta de que mientras que en estas disciplinas se van alcanzando apoyos sobre los que erigirse, háblese de conceptos, de conocimientos o juicios, en el resto de las cosas de la vida, no (o parece que no). Vemos que el entendimiento, y el juicio como su expresión, es la parte capital del asunto; para el que podemos servirnos de la definición que hizo Kant al respecto:

Mas podemos reducir a juicios todas las acciones del entendimiento, de modo que el entendimiento en general puede representarse como una facultad de juzgar. Pensar es conocer por los conceptos predicados en los juicios (enlazar el concepto del sujeto con el concepto del predicado).

Ya que son posibles en la ciencias —según lo establecido por él— los juicios necesarios, universales y que aportan conocimiento (a los que llamó juicios sintéticos a priori), podemos preguntarnos, y así analizar su validez humanística, y si son posibles en las cuestiones que representan la problemática existencial del Hombre (ser, mundo y Dios) o, por encima de esto, puesto que Kant ya alcanzó una repuesta negativa sobre este particular (que para los efectos que nos interesan, aceptamos), si lo son simplemente en su problemática vivencial, no afecto de lo trascendente, en lo que podemos denominar el metaconocimiento o conocimiento de la vida y, más allá de esto —y ésta es la cuestión inicial y esencial—, si dichos juicios son necesarios.
En este último sentido, podemos darnos cuentas de que en realidad ni el discurso social, ni el político, ni el privado, ni la mayoría de las ciencias sociales precisa alcanzar conocimiento alguno mediante este tipo de juicios porque ese conocimiento ya la tienen el resto de las disciplinas científicas, precisándose sólo, en este caso, manejar correctamente dichos conocimientos, esto es, en este caso no necesitamos descubrir una realidad sino constatarla convenientemente; pudiendo decir, parafraseando a Kant, que para el resto de la cosas de la vida “pensar es constatar mediante los conceptos predicados en los juicios”. En consecuencia, aunque Kant invalidó los juicios analíticos a priori para las ciencias, como por ejemplo: un triángulo tiene tres ángulos”, indicando que si bien eran universales no aportaban conocimiento porque lo que se predica, “tres ángulos”, está contenido en el sujeto “un triángulo”, en nuestro caso sí sirven puesto que no necesitamos descubrir un dato o aportar un conocimiento sino efectuar un tránsito entre juicios ciertos, cuya certeza, en algunos de los cuales, radica en la conexión cierta entre el sujeto y el predicado. Dicho de otra forma nos servimos de elementos de información dispuestos en un determinado orden, orden que puede venir dado por la lógica o por la relación causa-efecto (lógica temporal), que establece un orden lógico de entender en virtud del orden en el que se suceden los hechos, esto es, de su cronología; y por el que, en su conjunto, los elementos de información abren paso o no a otros, o lo invalidan, de modo que introducir tales otros tiene sentido en virtud del precedente, en lo que constituye el discurso dialéctico o transito entre juicios sustentado en premisas.
Para establecer un discurso coherente y que cumpla su finalidad, que es la de utilizar los elementos de la vida para llegar a una o unas conclusiones acertadas, es necesario valerse de juicios ciertos enlazados de una forma lógica, como suficiente que venga dado en cualquier lenguaje formal. Un ejemplo que lo evidencia sería la trascripción a lenguaje usual de cualquier proposición matemática donde a pesar de pasar los símbolos a palabras (lo símbolos representan ideas) conserva la lógica formal, siendo entendible y asumible. Todos los razonamientos tienen una secuencia lógica que nos llevará de A a B de forma inequívoca o pondrá de manifiesto las fallas del itinerario. Como si del listado de un programa se tratara podríamos ir de una proposición a otra, que puede ser una condición propuesta, y de ahí a la consecuencia de su resolución, y de ahí... No es difícil examinar el listado y darse cuenta de cuál fue la instrucción anterior al error o la condición que lo originó. Esto es un ejemplo de secuencia lógica, y sólo un ejemplo porque en realidad podemos aplicar todos los elementos de la lógica formal para delimitar lo cierto de lo que es incierto y advertir o delimitar mediante nuestro conocimiento todo lo que se aparta (lógica informal) y deviene en juicio falaz o ambiguo. Esta es la pretensión de la lógica del Derecho y del discurso intelectual que lo encarna, como es, o debería ser, la de cualquier discurso, sin embargo, vemos que tan evidente es que esto es necesario como que no se cumple en ninguno de los órdenes de la vida donde se rompe la coherencia del discurso, bien porque no se quiere, o porque no se sabe mantener, y que, aunque hemos afirmado que nos servimos de las otras ciencias, deberíamos decir que podemos servirnos o tendríamos que servirnos pues en realidad, lejos de esto, mientras para las demás cuestiones hacemos un uso de lo aprendido (en la física, matemática, lógica) no ocurre igual en el discurso, en el arte de hablar con método o en la verdad del objeto social, que sufre el engaño de las palabras: lo aprendido en este caso es precisamente la informalidad que mantiene escondida nuestra intencionalidad y no la formalidad que la desvela.

A. El discurso en la vida pública

Esto es un apunte tosco de un conocimiento cierto y amplio, pero la cuestión no es ésta, la cuestión no es que se pueda decir más y extenderse hasta el infinito en un discurso teórico, la cuestión es preguntarnos para qué sirve ese conocimiento teórico, para que sirven las cátedras de lógica, de dialéctica, de filosofía si no son capaces de poner en entredicho el rigor o el cumplimiento de unos mínimos en la vida pública y así mostrar claramente —porque además se puede— qué es estrategia política o engaño de lo que no, y exponerlo a la vergüenza como a la que se vería sometido quien tuviera la desfachatez de afirmar que dos más dos son cinco, o superior, puesto que éste surge de la ignorancia o del defecto, y el otro del exceso o algo peor. El problema es que es un mal generalizado o una condición natural, y ésta la razón de su camuflaje. Para certificarlo sólo tendríamos que echar un vistazo a de qué cosas se habla y cómo, en función de las consideraciones hechas, y dividirlos en grupos según el grado de acercamiento o exquisitez de los juicios, de modo que habría un grupo cuyo interés estaría en unas pocas cosas de la vida que suele ser el trabajo, la familia y amistades, de otra forma, en usuarios de sanidad, educación y nuevas tecnologías (comercio, ofertas, televisión), con el lenguaje derivado del mismo, lenguaje pobre, sin precisión (presentada la primera pieza puede ser que las otras ya no encajen bien) y sin información, esto es, ávido de recoger la información necesaria para no equivocarse o protagonizar sin demasiada penuria los hechos accidentales de la vida (como reclamar algo, si corresponde o no tal o cual cuestión, y su modo de gestión), en definitiva, un ruido continuo que hace público o general, a través de la experiencia particular, aquellos hechos que se desprende del procedimiento o del ordenamiento pero que no son el ordenamiento como tal. Otro grupo que ya conoce algunas vías de gestión o conocimiento de la vida pública y su lenguaje, al que se incorpora la opinión política sin demasiados elementos de información (clase media). Y otro más que ya tiene ese elemento adicional de información y algún interés particular para tenerlo, es decir, que lo que tiene en realidad es un paquete de elementos de información o discurso preestablecido sin la posibilidad real de disgregarlo en sentencias individuales y, por lo tanto, la de establecer una defensa punto a punto o paso a paso, es decir, la de desempaquetar tal paquete (esto en esencia es ser político o hacer política). Por último está la posibilidad de examinar los juicios uno a uno y observar su secuencia y la del grupo que hace uso de la misma, que estaría constituido, entre otros, por los técnicos de cada área y los humanistas. Se entiende que las diferentes clases relevantes, políticos, magistrados, periodistas, se mueven entre las dos últimas en función de lo políticos o humanistas que sean. Cada grupo tiene una exigencia respecto al lenguaje y su veracidad, y una problemática o defectos. Para empezar, podría estar incompleta la secuencia de juicios o elementos de información; concretamente podríamos no tener —y existe— ese juicio que verdaderamente anula un recorrido caótico precedente, y que una vez manifestado deja al descubierto la realidad del asunto: a decir verdad, el juicio cierto cambia un debate inútil por un monólogo. Se pone de manifiesto también mucha deficiencia lógica (y causal) para darse cuenta qué cosa invalida a cuál otra, para saber dónde se produce verdaderamente el punto de ruptura o darse cuenta cuando una tal objeción invalida la condición primera de un juicio, la segunda o la conclusión. En definitiva se pone en juego todos los males crónicos, las falacias, de la lógica informal y, a medida que la altura del discurso no sufre estos males, se pone en juego la subjetividad, la ideología o el interés correspondientes a los distintos grupos; que hace difícil el acercamiento de cualesquiera dos posturas antagónicas al margen de la supuesta categoría intelectual (porque además lleva una actitud sentimental) de las mismas, que transforma cualquier debate en un cruce de opiniones en planos diferentes que no alcanzan la confrontación ni, en consecuencia, la solución. Es evidente que si bien podemos difícilmente saber dónde está la verdad podemos asegurar que ésta existe: supuesto que cada argumentación o postura está apoyada en un punto de verdad (nadie argumenta o dedica una vida a una causa sin ese punto de verdad), y puesto que la misma existe, los puntos de verdad, deben invalidarse entre ellos mediante una relación jerárquica (algo es más verdad que otro algo). No es fácil encontrarla, pero si uno se provee de herramientas, se despoja de gran parte de las miserias de la vida, se descontamina, se aligera de prejuicios, se instruye y, en definitiva, expande la mente y alcanza un grado de libertad y, más en definitiva, si levanta la cabeza por encima del horizonte de la necesidad y de la supervivencia, se puede dar cuenta de que todo está sujeto al lenguaje falaz, al error, y que no deja de ser la regurgitación sórdida y primitiva, esto es, nuestro ego puesto en juego, nuestro atavismo puesto en juego, nuestros miedos, y todo el resto de las cosas que nos hacen tener una vivencia tan contrahecha, dominada por los sucesos, llena de apetitos o necesidades psicológicas, por el día como la de una mala noche. De esto se trata, de ir ascendiendo por los grupos y con ellos por el lenguaje esmerado, fiel y exacto, y en liberarse de las cosas, ya sea la ignorancia, la apatía, el interés desmedido, para así alcanzar una jerarquía o predominio de los puntos de verdad de cada controversia, de cada confrontación en la vida pública, y la consolidación aséptica del objeto social; para lo que necesitamos un elemento adicional, porque ni siquiera la intencionalidad y los productos de la ciencia (juicios y lógica) son suficientes para alcanzar estos objetivos.


2. Los juicios del alma: los principios (15ª entrega)

Resumen. En la matemática tenemos el aporte del espacio y el tiempo para alcanzar nuestro conocimiento, en la física tenemos las categorías para el mismo fin. Ambos  se comportan como principios. En la metafísica también disponemos de principios (ser, mundo, dios) pero resultan ser trascendente y por tanto inútiles como esquema del conocimiento. Debido a esto necesitamos y tenemos otros principios no trascendentes para los juicios humanísticos y para una forma de metaconocimiento. De forma análoga podemos decir que en correspondencia a las categorías tenemos un repertorio de metacategorías o conceptos puros del metaconocimiento. Estas metcategorías definen como síntesis otro tipo de principios.
Las metacategorías están en contacto con el mundo por lo que se ven alteradas y redefinen constantemente a los principios, los principios no sólo dependen de las metacategorias (lo que soy) sino lo que quiero llegar a ser por lo que alteran y condicionan a éstas. Es decir, existe una constante contradicción entre los principios y las metacategorías y entre éstas y el mundo, sobre el que podemos definir unas metacategorías universales o forma de entenderse el mundo a sí mismo.
Para las metacategorías universales no existen principios universales (o verdad reconocida) porque no hay un sentido interno capaz de realizar la síntesis, pero si podemos asociarles unos principios de verdad: no es verdad reconocida pero casi, no son principios pero son principios potenciales. El principio de verdad se compone por ese conjunto de cosas que la sociedad quiere que sea de una determinada forma. Ser de una determinada forma implica un conjunto de deberes y consecuentemente a una jerarquía entre los mismos, lo que implica establecer una jerarquía natural entre los diferentes principios de verdad que fundamentan esos deberes.
La edificación social de las sociedades sobre unos principios de verdad o sobre otros que no lo son (pseudoprincipios) y la diferentes jerarquías (la natural y otras) da lugar a los diferentes tipos de sociedades.

Se admite que existen juicios que son necesarios, universales y que aportan conocimiento, que son los juicios de la ciencia, a los que Kant llama juicios sintéticos a priori, y sobre los que se pregunta cómo son posibles, es decir, se pregunta cómo es posible que lo que se predica en un juicio sea universal y sea a la par coincidente con la experiencia, concluyendo que estos juicios son posibles en la matemática porque disponemos del espacio y el tiempo como intuiciones a priori de la sensibilidad y en la física porque nos valemos de las categorías, que son conceptos puros del entendimiento, que responden a ideas intuitivas de existencia, posibilidad, totalidad, etc. de las que nos servimos, como si se tratara de un esquema simplificado de la realidad física o su idea en nuestra forma de pensar; y, por tanto, coincidente con ésta. También hemos dicho —o estado de acuerdo con Kant— que para la metafísica o la circunstancia existencial no se pueden establecer estos juicios al no estar establecida como una ciencia, por lo que no se puede establecer juicios relacionados con el ser, con el mundo y con Dios que tengan validez y sean universales.
La facultad del entendimiento es la que, en primer orden, unifica y ordena los fenómenos de la experiencia en categorías para después servirse de ellas, y así pensar o establecer los conceptos. Sobre los conceptos opera la razón, que trata de reducir su multiplicidad en un número mínimo de principios. El principio es, por tanto, la unidad suprema del entendimiento o, por decirlo de otra manera, su elemento generatriz. En el caso de las matemáticas son los axiomas que dan lugar a toda la estructura (por ejemplo los del espacio euclídeo), en el caso de la física son los principios físicos y en el de la metafísica, los principios que derivan de las ideas trascendentales (principios trascendentes): ser, mundo y Dios; y algunos más —como veremos— que derivan directamente del metaconocimiento (principios no trascendentes). Pues bien, estos últimos son, de acuerdo al esquema general anterior, el soporte axiomático de los juicios humanísticos, del metaconocimiento, que, sin tener una validez contrastada por estar efectuados sobre campos que escapan de las ciencias (es decir, sin derivar de los conceptos, o incluso en algunos casos partiendo de una conexión dudosa con las ideas trascendentales), tomamos por ciertos o verdaderos para su desarrollo. Esto es consecuencia de que no sólo necesitamos los elementos de información derivados de la ciencia y la lógica sino unos elementos propios (los principios) ajenos a éstas para establecer o desarrollar nuestro sistema social y espiritual. Queda por ver la conexión, para todos los supuestos, entre los principios y el conocimiento alcanzado mediante su desarrollo a través de los juicios o, propiamente, con los conceptos, y la conexión entre los principios trascendente y los que no lo son.


A. Metacategorías individuales y universales

Para la matemática y la física el proceso ha partido del establecimiento de determinados conceptos (recta, curva, paralelismo, distancia, en el caso de la matemática, o velocidad, masa, fuerza, en el caso de la física) y su posterior relación mediante teoremas, leyes y teorías, según los casos, que podemos verificar, y que coyunturalmente pone en evidencia otra relación de mayor rango a la que llamamos axioma o principio (por ejemplo, que todos los ángulos rectos son iguales, o la conservación de la energía) que como tal pueden ser nuestro punto de partida, que presumimos verdadero y que da lugar a todo lo demás. El camino que va de los primeros conceptos a los principios es el propio de una primera etapa del desarrollo intelectual pues deriva, para empezar, de la observación y de la experiencia, el camino inverso se corresponde con un estadio más evolucionado (segunda etapa) porque introduce nuevos conceptos o posibilidades que no se corresponden con la experiencia directa (por ejemplo, geometría de Riemann derivada de la negación del 5º postulado euclídeo, o la concepción relativista del tiempo) y porque es capaz de estructurar toda una teoría a partir de principios como sucede en física con las leyes de conservación asociadas a la conservación de determinadas simetrías, esto es, de propiedades geométricas. Esta posibilidad estructural se fundamenta en dos fórmulas distintas, de una parte disponemos de los fenómenos de la propia experiencia y un juego de elementos de transformación o limitaciones en la misma (las categorías), que en la práctica se resuelve mediante la aplicación del método científico a nuestro mundo físico o comprobación experimental de las hipótesis, de otra, junto a los propios fenómenos contamos con los principios y los axiomas que como tales son independientes y son piezas fundamentales del funcionamiento que conforman un conjunto completo (toda proposición verdadera puede demostrarse) y consistente (no pueden aparecer contradicciones ni paradojas) —salvo para proposiciones (juicios) autorrecurrentes (Gödel)—, que es tanto como decir que la proposición errónea no es consistente con el conjunto de axiomas y que si cumple uno no cumplirá otro, es decir, que las proposiciones erróneas contravienen algún principio fundamental o alguna ley que lo implica, lo que nos permite establecer una determinada jerarquía entre proposiciones: las ciertas y las que no lo son por contradicción con alguno de los elementos de partida.
Vemos que, en una primera etapa, para el conocimiento físico-matemático hemos necesitado de la observación y de determinados conceptos para con ellos establecer las categorías, pues bien, no sólo necesitamos las categorías para establecer nuestros juicios y que estén encuadrados en nuestra realidad física sino que éstos, extendidos a toda nuestra capacidad de enjuiciar, estén sujetos o limitados a nuestra realidad humanista, y sean coincidentes con la misma, por lo que aquéllas deben estar igualmente complementadas con otro juego de categorías, a las que nosotros denominaremos metacategorías, que se constituyen en los conceptos puros del metaconocimiento. En consecuencia, puesto que estamos en esta primera etapa, este orden del conocimiento sólo podemos adquirirlo mediante este mecanismo para lo que, de igual manera que de la experiencia física obtenemos las categorías, obtenemos las metacategorías de la experiencia existencial. El metaconocimiento, en este caso, parte de las metacategorías, como conceptos puros, que provienen de la experiencia vital o directamente del sentido interno.

Atendiendo sólo a la experiencia vital (contexto sociológico), podemos alcanzar algunos conocimientos más o menos verificables, en cuanto que pertenecen al mundo empírico y se valen, entre otras fórmulas y usos, de una metodología de aproximado rigor científico, como es el caso de la psicología y las ciencias sociales que son capaces de cuantificar algunas de sus variables y aproximarlas estadísticamente, y alcanzar un grado de síntesis sobre las ideas de ser y mundo. Además de esto, fundamentada en la percepción, y de acuerdo con Hume, se podría alcanzar esa síntesis entre las percepciones vivas y fuertes (impresiones) y las débiles (ideas) que derivan de las primeras, y por la que el alma sería fundamentalmente una acumulación de experiencias, esto es, un yo psicológico. En este caso, tenemos un esquema del funcionamiento del mundo (metacategorías universales) y otro del nuestro particular o del ser (metacategorías individuales) con una estrecha relación. Pero, siendo que lo de dentro o la interiorización del mundo es psicologismo, podemos entender el mundo empírico y de acción como un ser social en sí mismo con su propio psicologismo, suma del de sus elementos, y alcanzar una conexión entre una variedad de psicologismo y otra, entre la acción y la interiorización. Acudir al psicologismo es hacerlo a un determinado aspecto de las relaciones de causa-efecto con un cierto grado de validez, que quedaría posteriormente superado (respecto a la validez) en los principios —como síntesis de esta causalidad— con la intervención del sentido interno no trascendente (entendido como un proceso intelectual): el concepto de principio aparece, precisamente, cuando eliminamos los elementos psicologistas y encontramos otros más profundos o elementales como mecanismos del comportamiento,  que se abstraigan, por tanto, de su carácter cambiante. Para obtener el metaconocimiento hemos renunciado al conocimiento (al mundo), es decir, que sólo consideramos un ámbito (el psicologista) de la causalidad (la que yo percibo) por lo que los principios que se obtengan en modo alguno pueden contemplar toda la realidad ni servir para recuperarla, de modo que, a diferencia de las ciencias, una vez alcanzados, no podemos volvernos con los principios hacia la misma y desarrollarlos (segunda etapa), validarlos o alcanzar conocimiento total y universal.
Desarrollamos las metacategorías individuales a partir de los conceptos validados, con mayor o menor grado de certidumbre, por la experiencia (metacategorías universales), pero sólo podemos desarrollar unos principios desde las metacategorías en nuestro sentido interno, y no en la propia experiencia. Con esto, primero inundo la experiencia de psicologismo y luego me substraigo al mismo; superando el propio carácter psicologista de mi ser, llegando o tratando de llegar a unos mínimos componentes (principios) o incluso a su unicidad (idea trascendente).

Atendiendo sólo al sentido interno (contexto metafísico), podemos preguntarnos qué vías tenemos para alcanzar unos verdaderos principios, esto es, unos principios trascendentes capaces de generar todo el metaconocimiento y sus metacategorías. De una parte, podemos ver que somos incapaces de alcanzar unos principios trascendentes basados en las ideas trascendentales (que, como dice Kant, no conocemos, sólo podemos pensar en ellas) que, además, participen de la universalidad y sean un conocimiento total, que de alcanzarse representaría un conocimiento nouménico, esto es, de la relación directa entre ser y conocer. De otra parte, suponiendo que se llegara a unos principios trascendentes con la intervención de un sentido interno trascendente, o bien estarían hechos de su misma materia y, consecuentemente, tan inadecuados para desarrollar este conocimiento como sobre los primeros y por las mismas razones (que los no trascendentes), o bien estarían desconectados de los primeros por la que sólo alcanzaríamos un conocimiento íntimo (referencia interna) y serían, por tanto, inservible para desarrollar un conocimiento (toda una cosmogonía, por ejemplo), como consecuencia, en verdad, de que dichos principios trascendentes resultarían inútiles para comprender y explicar los principios físicos y matemáticos, y con ello alcanzar un conocimiento íntimo de los mismos y elevar de forma natural los principios de la física, del mundo, al ser. En consecuencia, sólo podríamos optar, por esta vía del sentido interno, a desvelar las claves teóricas del problema de las dos sustancias, por el mecanismo de la intuición, o al desarrollo discursivo del conocimiento y perfeccionamiento de los conceptos y de las ideas si se carece de esta última, pudiendo establecer vínculos entre los principios trascendentes y los otros por el mecanismo de la Fe.

B. Principios de verdad

Aunque el metaconocimiento, tal como acabamos de relatar, puede implicar otras potencias y tener fuentes más efectivas y específicas, la esfera primaria y común, la sociológica, anteriormente tratada, será menos rigurosa respecto a los conceptos y nos resultará suficiente para las pretensiones aludidas, esto es, para el establecimiento de un marco adecuado y reconocido, y, en consecuencia, para el desarrollo de las sociedades y de nuestros principios en el marco de las mismas. El principio está a caballo entre las metacategorías y la idea trascendente de la que derivan principios trascendentes. Obtenemos la noción de principio porque, como dijimos, tenemos la concepción de que todos los sistemas parten de un esquema básico de funcionamiento: los sistemas matemáticos lo tienen, los sistemas físicos lo tienen, y nuestro universo y con él todo lo que representa el conocimiento lo debe tener. Así lo entendemos cuando miramos al mundo y encontramos que con las cuatro bases del ADN está hecha la vida, con cuatros partículas subatómicas (al margen de subdivisiones posteriores), el universo, y si nos miramos a nosotros mismo entendemos que toda la infinita variedad psicológica del ser humano y, consecuentemente, la del mundo, se sustenta sobre unos cuantos motores del comportamiento. No todos tenemos los mismos principios porque éstos están formados para cada individuo por un conjunto de certezas, derivadas del conocimiento, y de creencias personales. De lo que se infiere que cada ser humano dispone de un conjunto de principios porque cada uno dispone de un repertorio de metacategorías, que son las individuales e internas, como consecuencia de ser entidades diferentes (diferente sentido interno) y de vivir la circunstancia social de una forma particular. De este modo, la idea ser, es la unificación de todos mis principios que me representan a mí en mi experiencia interna, en lo que soy, y en mi anhelo de ser (lo que lleva implícita una inconsistencia interna respecto a la identificación inequívoca de mis propios principios) y, en definitiva, mi estructura y esquema de funcionamiento. La idea mundo es la unificación de la experiencia externa como suma estadística de todas las representaciones individuales, con sus reafirmaciones y sus contradicciones y, en definitiva, su estructura y esquema de funcionamiento. La idea Dios es la unificación y perfección de estas dos ideas, de modo que aquello mío que comparte esta idea de perfección será verdadero principio y lo que no será pseudoprincipio individual (como parte de esa contradicción personal), o universal, si se presenta como error generalizado (al margen de que estemos en condiciones de contrastar nuestro grado de perfección con la perfección misma).
Los principios identifican a nuestro ser, mientras que las metacategorías, todo lo que psicológicamente le implica, sus posibilidades y cuestionamientos, sus acciones y reacciones. Alteramos nuestras metacategorías con las metacategorías derivadas de la experiencia en nuestro sentido interno donde se realiza el proceso de síntesis de cuyo resultado nace el principio, o su redefinición y perfeccionamiento, a través de la contradicción de aquéllas con éstas, que son sobre las que se puede establecer un elemento de comparación. De este modo, los principios entran en contradicción con las metacategorías y de ahí su perfeccionamiento, y las metacategorías con los principios, por ser éstos no sólo expresión de los que somos sino de aquello que aspiramos a ser. Puesto que hasta llegar a la perfección, mis principios entran en contradicción con el mundo, la cuestión subsiguiente es, en buena lógica, si, de forma análoga, hay algo en el mundo que lo identifique claramente (unos principios universales) y que, expuesto a la contradicción, opte a un cierto grado de perfección. En este caso, contrariamente a las metacategorías individuales que entran en contradicción con los principios, las metacategorías universales implican tal cantidad y diversidad de casuísticas y perspectivas que no se pueden alzar en principios únicos o, lo que es lo mismo, no se pueden alzar en principios (no existe un sentido interno universal), porque, además, son mudables (luego no es principio) debido a que la experiencia, la vivencia, y la información que genera lo es (esta mutabilidad es la esencia de la dialéctica social). No obstante hay un espacio común formado por aquellas cuestiones sociales que en su desarrollo más se parecen a la idea de principio —que por tal es común—, pues representa, aunque no en su estadio de máxima simplificación, una idea de éste: estos son, o así los denominaremos, los principios de verdad. El principio de verdad no es propiamente (o necesariamente) un principio pero representa la mejor idea que podemos tener de él por lo que se encuentra en el camino de perfección del principio y es un principio potencial compuesto de un único elemento afín o común a todas las metacategorías individuales y sociales. Es decir, de la misma forma que sobre unas cuestiones se crea conflicto, sobre otras, no, las que debido a esto precisamente constituyen una declaración de mínimos del ser social y personal, y que, como dijimos, responde a la necesidad de superar la coyuntura, el criterio o perspectiva particular, para situarla en un plano superior o posición transversal. Esta fue la funcionalidad del principio moral o supra-situacional, que en el marco judeo-cristiano se circunscribía a los Mandamientos, y otras disposiciones, y que, para estos efectos viene establecido desde fuera (podríamos decir, como fruto del sentido interno de Dios) en forma de mandato, o, en general, la de aquéllos que nos vienen dados o forman parte de nuestro acervo cultural y son nuestros arquetipos, sobre los que nos podemos sentir más o menos identificados. El mandato, en este caso, es todo aquello que ha propiciado el dogma de cualquier tipo y la sociedad ha asumido claramente como obligación-deber social, en tanto que los arquetipos representan ese espacio común sin una fuente definida.
Los mandatos (e incluso los arquetipos), siendo metacategorías universales, que pueden entrar fácilmente en contradicción con las individuales e incluso con otras universales, pueden ser principios de verdad o no, y ser, aunque sean tomados como tales, pseudoprincipios, disposiciones o elecciones si bien es cierto que, en general, son buenos candidatos porque responden a una idea primaria derivada del propio concepto de idea trascendental, y esto porque, las ideas trascendentales, en último término, implican la idea de unificación de las tres ideas (y, con ella, de las tres sustancias), de la que se desprende de forma natural un principio comportamental derivado de la idea de unión, que es la idea del amor (lo que une), y ya de ésta todo un repertorio de acciones a la que llamamos principios morales, mientras que desde los movimientos sociales, por su parte, se abre en abanico, a partir de sus proclamas (otras especies de mandatos: el ideario), toda una serie de establecimientos congruentes en muchos casos con esas acciones. Aunque existe este camino natural, entre los principios morales, las proclamas sociales y los principios de verdad éste no es franco puesto que acompañados de estos factores convergentes existen otros privativos de cada esfera —que son antagónicos y difícilmente compaginables—, formados principalmente por pseudoprincipios. No obstante, podemos establecer un acercamiento entre ellos desde el principio básico de la aceptación de las propia realidad, en un caso, la de que la creencia religiosa es eso, una creencia, y que, por tanto, no puede dejar de serlo o ser otra cosa, ni se puede ser impuesta ni imponer lo que derive de ella, a no ser que se alcance la misma verdad tras superar el dogma; en tanto que la dogmática social, que se constituye como doctrina frente a un determinado anhelo de realidad social, tendría que aceptar que los otros ya fueron precursores de ese anhelo, que, como tal —y esto es común a todos— se ve acompañado de todo tipo de problemáticas e incoherencias. En consecuencia, ser humildes respecto a nuestras posibilidades de conocimiento (ya tratadas) y delimitar en un caso qué cosas proceden de la Fe, qué cosas del sentido interno y qué cosas de la necesidad pretérita y circunstancial de llevar a la sociedad a algún término, y, en el otro, delimitar qué cosas son necesidades sociales y cuáles se corresponde con la materialización o puesta en práctica de una determinada ideología social y herramienta de manipulación y consolidación tan fuerte y activa como la misa de los domingos. Y, en general, establecer un punto de encuentro (los principios de verdad) entre el innatismo y el materialismo en la realidad del hombre que deseche los excesos —sus pseudoprincipios— y dibuja un espacio común para los conceptos. Y esto porque en último término las cuestiones se debaten por lucha de principios y pseudoprincipios, por lo que, inicialmente, antes de buscar un mecanismo para ver cuál de dos supuestos principios es el legítimo, tendríamos que ver cuáles de ellos está apoyado en un fundamento altamente cuestionable y es claramente un pseudoprincipio o es cuestionable como principio. Así, tenemos que una cuestión tan peliaguda como el aborto (que no pretendo resolver en doce líneas) es fundamentalmente la lucha del principio de la vida del niño con el de la dignidad de la vida (de la madre, si se quiere). En este caso, muy al margen de que se deba evitar la situación porque en el mejor de los casos tiene un coste económico, social y personal, y al margen de que el mismo obedece más a la dejación que a la ignorancia (de las que hay que huir), parece evidente que los argumentos morales provienen de la Fe, muy respetable pero nada concluyente al respecto, es decir, que no se puede asegurar desde el sentido interno que lo cierto sea una cosa porque el sentido interno de muchos puede decir otra, y no achacable a determinados miedos o compensaciones de las que de diferente manera y grado participan todas las posturas. En consecuencia, tan lícito es desde el sentido interno pensar que un supuesto camino de progreso (incluso espiritual, contemplando la idea de Dios) pasa por aprender a liberarse, y liberarse de determinadas servidumbres, entre la que se incluye ésta, como el de aprender justamente lo contrario, la aceptación o la resignación; que puede servir como principio de verdad o punto de partida. Es decir, que supuesto que tanto moral como socialmente parece indudable que lo menos que se pide a los actos es que sean actos de responsabilidad (no habiendo otra sujeción contrastada de mayor jerarquía), no podemos asegurar que esto no se cumpla en un caso para un tipo de actos y en otro con los otros; aunque sean visiblemente antagónicos.
Ya vimos un ejemplo de verdad o principio de verdad cuando elevamos la caridad al rango de necesidad, y ahora respecto a la calidad de la acción, y su particular expresión como camino de progreso. El principio de verdad es el resumen de todo lo que sabemos y de todo a lo que aspiramos. El principio se puede cuestionar intelectualmente. Si entendemos que “no matar” es un principio no podremos matar, si no lo entendemos así, tendremos que establecer intelectualmente otro principio que pueda asumir la sociedad. El principio de verdad se compone por ese conjunto de cosas que queremos, que la sociedad quiere que sea de una determinada forma. En este sentido, nosotros podemos dejar un margen de maniobra al político, al gestor, al médico, al profesor, al juez, que es suma de su libertad de hacer, pero, en cambio, establecemos otras formas fijas e indispensables para proyectar a la sociedad en una determinada dirección, que por serlo no admiten que se diluyan o caigan en olvido, por lo que se establecen en forma de mandato claro. Los mandatos pueden ser la suma de lo que somos, o un mero gesto, o una consigna tan clara como la de actuar en un sentido determinado, que puede ser el de preservar la consideración o, contrariamente, impedir la desconsideración que por activa y por pasiva ha estado y está en tantos actos o circunstancias de nuestras vidas, en las que el individuo se encuentra —para empezar— sujeto a las arbitrariedades del prójimo, que no constituyen delito (y ahí está el fondo del asunto) pero que son altamente gravosas; arbitrariedades que generalmente están revitalizadas por las relaciones de propiedad y, que, a su vez, las revitalizan, porque son su fundamento, como lo son la desigualdad y el exceso.

C. Principios, verdad y jerarquías

Si, tal como dijimos, el principio de verdad está en el camino del principio, no es menos cierto que está en el camino de la verdad. Las verdades en general suponen un tipo de sujeción en lo que yo puedo decir o pensar (además de otras tipos de sujeciones del lenguaje y de la lógica), que procuran un marco conocido para todos los interlocutores; y los principios de verdad suponen otro tipo de sujeción u obligación en la realidad de la vida. Esto es lo que se tiene en la física respecto a la matemática, la limitación mediante la materialidad a un determinado tipo de comportamiento, sujeto, además, al marco de las categorías, y, de otra forma, lo que se conseguía —de acuerdo con Kant— mediante la espacio-temporalidad: que el fenómeno estuviese regulado por la misma. Cuando hablamos de verdades o principios de verdad hablamos del conocimiento de las cosas, hablamos de sujeción o limitación y restricción a todas las posibilidades de ser o de las posibilidades de ser con ellas, hablamos de supresión de grados de libertad en la interrelación —aquéllos que la sociedad de forma franca no quiere—, encaminado a una única cosa: a establecer —y ése es el fundamento de su conocimiento— cuál es nuestro deber, ya sea personal, espiritual o social.
Establecemos nuestro discurso entre un tipo de verdades y otras, entre unos juicios y otros (los que derivan de los principios de verdad). La diferencia fundamental entre los primeros y los segundos, además de sobre la diferente materia en la que se aplica es la disposición jerárquica natural de éstos y, consecuentemente, la prevalencia de unos establecimientos frente a otros. Así, mientras que las proposiciones de la ciencia son o no son consistentes con el sistema o conjunto de principios que a su vez lo es o no con la realidad —y esto hace a todos los principios de igual calidad—, las proposiciones en general alcanzan otra grado de pertenencia con el sistema en cuanto que todas son válidas para alguna realidad, y, a la inversa, podemos alcanzar cualquier realidad o sistema social a partir de un “sistema tipo” a través de la sustitución de principios de verdad por toda suerte de pseudoprincipios (de ahí las peculiaridades sociales). Esto da lugar a conflictos, incompatibilidades, y da lugar a jerarquías entre los diferente pseudoprincipios. Del mismo modo, un sistema establecido mediante principios de verdad es susceptible de ser mejorado por la sustitución de éstos por otras variedades más perfectas. Para comprender esta suerte de posibilidades, podemos pensar que cada principio que conforma el sistema no es un elemento sino un representante de una clase de elementos, o de un grupo, por lo que el conjunto de sistemas en este caso se forma como resultado de todas las combinaciones posibles que resultan de tomar un representante de cada clase o grupo, de entre los infinitos que pueden surgir de uno generador. En este caso, el objetivo se centra en alcanzar conocimiento de estas jerarquías y para ello en escoger el mejor representante del grupo y, para esto último, en clarificar cuáles de aquellas sujeciones son connaturales al ser humano y cuáles son un adorno innecesario, obra del capricho y consecuencia de la mudable altura social, y, por tanto, en discernir qué es deber y qué, obligación (y cuáles exoneran a cuáles otros, esto es, de cuáles nos podemos liberar) desde un punto de vista social o humano y encaminado, en un sentido más profundo, a discriminar y discernir por qué queremos lo que queremos y rechazamos lo que no, para determinar si obedece a unas pretensiones justas o a una herencia indeseable. Se encamina, en definitiva, al desarrollo de unos mandatos apoyados en estos principios de verdad, en un sentido de justicia superior y libre, y al establecimiento —puesto que cada conjunto de mandatos lo hace— de un ser social claro y determinado. En realidad la contemplación de este último punto es la verdadera piedra angular, y su análisis y aceptación, el fin de muchas disquisiciones pues los mismos, aunque acomodados y acomodables a la altura de los tiempos, existe de forma natural y es la fuente de nuestra propia coherencia personal, y de la propia sociedad entre los deberes sociales e individuales para la perfecta adecuación de unos y otros, y la armonía entre ellos, que permita la circulación correcta de flujos e imposibilite, por tanto, la fomentación de sentimientos asociales o de enajenación.


3. Principios y el efecto transistor: la desintegración social (16ª entrega)

Resumen. La relación social es sensible, y precisa de un ajuste fino para un perfecto funcionamiento. Este ajuste no es otro que un adecuado punto de trabajo en el efecto transistor determinado por el marco de trabajo establecido por los principios de verdad, y en particular por el nivel de polarización derivado de éstos para cada uno de los ámbitos sociales, y más explícitamente a la despolarización social, que da lugar a la supresión del ser social o sustrato educacional base, lo que origina que el ser social existente sea disperso, contradictorio e inefectivo.
Esta despolarización se produce por la supresión del mandato y el dogma por toda una suerte de pseudoprincipios que, al margen de ser más o menos acertados que los primeros (oportunos, justos), carecen de la capacidad de establecer un criterio único y suficiente, por la estandarización de los criterios e igualdad entre los mismos (judicialización o lucha de verdades jurídicas), y carecen de la capacidad (precisamente por la dispersión anterior) de retransmisión generacional, esto es, de mecanismos de exportación y replicación. Esto se traduce en la supresión de la tarea educadora directa del conjunto de la sociedad y de la indirecta, como simple referente de las unidades familiares, que terminan asumiendo con sus propios medios todos sus aspectos, con el consiguiente empobrecimiento y desbordamiento.
Los principios de verdad persiguen por consiguiente alcanzar ese grado de polarización social necesario desde un conjunto de mandatos impuestos por la propia sociedad, libres ya de prejuicios y dogmas. Dicho de otra forma, consensuar un dogmatismo libre de todo tipo de prejuicios, que impida la desestructuración de la sociedad, facilitando la función integradora y educadora de la misma.

La verdad es inequívoca y es una, y es la que gasta menos recursos del sistema o lo hace óptimo en su funcionamiento, y lo aparta del error. Normalmente, un error o detiene el funcionamiento del sistema o da lugar a otros que tratan de compensar al primero (como ya indicamos respecto a los sistemas retroalimentados), de modo que un sistema que no funciona bien, en último término no lo hace por un único factor sino por un conjunto de ellos desarmonizados. En los sistemas desarmonizados (léase sociedades), ordenados por clases o grupos, se detecta rápidamente el fallo, en los otros, contrariamente a los ordenados, se termina por no saber qué es causa y qué es consecuencia de qué, y no se sabe poner solución porque todos sus elementos se nos presentan o bien independientes y caóticos, o bien en un grado de interrelación tal que nos impide clarificar; acuciándose esta problemática con la propia evolución de las sociedades, es decir, con los cambios sociales que nos vienen dados y que nos transforma el esquema que veníamos —más bien o más mal— utilizando.
Todos los cambios involucran ajustes en el sentido pretendido pero a riesgo de desestabilizar el sistema total cuando los mismos no se alcanzan por la línea de evolución natural, y todos tienen una manifestación en la forma de funcionamiento y el punto de trabajo representable por el efecto transistor, lo que establece una conexión entre este punto de trabajo y el punto de verdad determinado por los principios o marco lógico de funcionamiento. Así, la propia bipolarización socioeconómica —tal como ya indicamos—, acompañada de otros factores relacionados con la despolarización de la pareja relacional y con la fuerte convergencia política, se aparta de dicha línea natural y establece un modelo social precario e inefectivo, altamente desarmonizado y abocado al caos, porque todos estos factores eliminan la cohesión y someten a la sociedad a un proceso de divergencia —tal como vimos con la bipolarización del tejido social—, y a la dispersión, conformando en su conjunto una herramienta de desintegración social, contraria a cualquier proceso de socialización o transmisión cultural: contraria a la educación, o a la correcta escenificación de lo que somos.
La educación es una adquisición de valores (principios, deberes, etc.) a través del flujo existente entre padres y el propio niño al que se añaden otras acciones en grados diferentes (abuelos, vecinos, colegio, etc.), que actúan como mediadoras. Pueden darse muchas casuísticas: que no exista uno de los polos (padre, madre) o los dos realicen la misma función (que da lugar a unas acciones confusas, contradictorias o contrarias), que ambos polos estén descoordinados (que como ya dijimos afectaba a la relación de pareja como tal), que no exista más acción que la de los progenitores, esto es, que toda la tarea educativa esté a cargo de los progenitores por inexistencia o inhibición de los otros agentes (lo que da lugar a un flujo mínimo), que sólo intervenga los otros agentes (inhibición de los progenitores), y todas las posibilidades vistas en el efecto transistor, y que se apartan de un funcionamiento lógico, natural y, por otro lado, ancestral. Un poco de todo esto está ocurriendo en la actualidad como consecuencia de los factores mencionados. En este contexto nadie está en situación de dar o recibir porque o no hay una ddP o no hay mediadores; y la educación es un proceso que debe estar inmerso en este tipo de sistema. ¿Cuál es la solución? Es evidente que la solución pasa por establecer y conseguir que cada elemento (cada terminal del transistor) cumpla su papel; y pasa por corregir los defectos en los dos planos de socialización del individuo: el social y el familiar. 

A. Despolarización política: los principios y la judicialización de la vida
En primer lugar, en virtud de lo expuesto y, más allá de la funcionalidad, la solución pasa por la corrección de algunos aspectos derivados de la despolarización política y el desarrollo de una lógica de funcionamiento social sustentada por principios de verdad. Antes, existían unas metacategorías universales en el fondo social que estaban constituido por una dogmática o mandato que, a falta de otro criterio, y sin ser necesariamente principio de verdad, cumplía este fin. Eran de todos, por lo que no existía debate intelectual al respecto, y era transmitido sin ambigüedad o controversia, y aplicado por ese fondo social —para el efecto transistor— como flujo mediador, es decir, como elemento amplificador de cualquier otra acción ejecutada en la misma dirección. Un mayor podría no saber muchas cosas pero sabía qué cosas se podían hacer, y qué cosas no, porque atentaban contra la dignidad u otra causa, muchos incluso podrían no saber del fundamento pero sabían a ciencia cierta que estaban en la obligación de involucrarse en esa tarea, de tener una cierta atención; un maestro se encontraba también en el derecho de introducir o preservar muchas de esas formas socialmente admitidas. Por decirlo de una manera gráfica, el retoño sólo tenía que seguir la estela del clan, su ser social. Cualquier acción se hacía según el ser social o se hacía necesariamente a escondidas. Las familias estaban descargadas de muchas de las tareas educativas y simplemente acompasaban ese uso con algunas directrices propias o particulares constituidos por unos elementos discretos que escapaban de la experiencia general, y de sus posibilidades, o trataban de superarla (principios o, en su defecto, pseudoprincipios personales).
Todos los sistemas físicos y no físicos precisan de un sistema de referencia, un marco, si no para funcionar sí para hacerlo comprensible y poder establecer la relación entre todos sus elementos: el principio de verdad es este marco. En este caso el marco implica un marco educacional. Se entenderá que entre al trabajo mediador, colectivo y permanente, salpicado de reiteradas acotaciones, homogéneas y frecuentes, y el trabajo particular y continuo, cansado y solitario, infructuoso, disperso, sin posibilidad de superar etapas o abordar nuevos cometidos, repetitivo por infructuoso, en pugna con un entorno que apunta en otra dirección, en todas direcciones etc. etc., hay diferencia. Se podrá entender, además, que sin esos mecanismos no hay educación y que sin educación no hay nada, y no hay nada porque todo lo acumulado puede desaparecer por ausencia del elemento intermediario y vertebrador, o por decreto ley, y ser de otra forma mañana y pasado de otra, por capricho, por causalidad, por implantación interesada y desaforada de lo nuevo, y que, por tanto, supone la pérdida de una identidad o la imposibilidad social de constituirla o construirla, porque es precisamente ese conjunto de principios de todos, lo que conforma la identidad de un pueblo, nuestra cultura propia.
La cuestión es que estos principios de todos no eran principios de verdad y no eran de todos, y por esto no existía el derecho como tal o la legitimidad. Ya desde los inicios, y por otras causas, no eran los principios de todos, pues, originariamente, hay una sociedad que tiene principios y dinero, otra que tiene dinero y no tiene principios (y que aparentemente no los precisa para su desenvolvimiento), y otra que ni tiene principios ni dinero y que sólo puede alcanzar una idea de los primeros por un proceso de rebeldía respecto a todo lo que le brinda las carencias del segundo, que puede devenir finalmente en un reconocimiento de unos nuevos principios (se escinde en una nueva clase con principios y sin dinero) o en un simple progreso económico que adultera toda pretensión al respecto. Estas tres categorías constituyen un arquetipo, porque se corresponden con los tres órdenes establecidos de acuerdo a su desarrollo respecto a la tradición fundamentada en el cristianismo durante la época medieval, y con los tres gruesos de la población, social y económicamente hablando: la nueva clase dominante o derecha de los mandatos, que se benefició de ella, la de los grandes proyectos que trata de emular un pasado glorioso (el romano); la clase que no se benefició (la izquierda rebelde) y la clase que se perjudicó (la derecha del capital), que trata de sobreponerse a su pérdida, a esta estructura. Los sectores de la derecha, o no tienen principios o tienen unos principios que no sólo no son de todos sino que no conforman un metaconocimiento debidamente calibrado y saneado, puesto que las metacategorías que encarnan su identidad llevan implícita la inclusión de pseudoprincipios, esto es, la de elementos contaminantes o dogmáticos que son los que introducen factores nacionales, partidistas, particulares e interesados, es decir, todos los elementos de preservación del polo dominante. Es por esta causa, porque los principios están asociados a un sector con un perfil muy concreto, que desde antaño, en el proceso de revolución, no sólo se atienda a la situación de la clase hegemónica sino a los valores que le son afines y a su sustitución por una legislación cercana a su propio ideario: se sustituye el principio de unos pocos por la ley de todos. La ley surge, en este caso, cuando una parte importante de la sociedad cuestiona el principio y no tiene otro principio que proponer, esto es, por la inexistencia del principio y/o su sustitución por las causas descritas. Esta es la rebelión de las masas. Aquí es donde se materializa lo tratado respecto a la sustitución de un elemento individual por la combinación de otros, sobre los que sólo un ajuste perfecto puede dar el resultado requerido, y caso contrario a una desestructuración; en este caso, la bipolaridad política, destinada a romper la socioeconómica, no sólo cuestiona los pseudoprincipios en los que se apoya —es decir, quiebra la coherencia ideológica o ideología única y con ella el elemento aglutinador o mediador antes expuesto— sino que cuestiona otros elementos de la tradición y, con ellos, los papeles de la sociedad (familia y personas), e impone una circulación de flujos endebles y/o indebidos a cargo del emparejamiento o igualación de los terminales (E con B, B con C, etc.), o incluso una corriente inversa, caracterizada por un cambio de roles en el proceso educativo: niños con profesores, niños con padres.
¿Cuál es la fórmula ideal? Seguramente la solución primera no lo fuera, porque impusiera una conducta establecida desde el conservadurismo rancio propio de esos mayores, de su edad social y biológica, de su hegemonía, —y, por tal, desde la opresión invite (e invitó) a su natural desmantelamiento—, pero no siéndolo está avalada por la preservación citada a la que no puede responder la situación-solución posterior y que, contrariamente, como hemos apuntado y desarrollaremos, resulta muy problemática. 
Los principios y el proceso de estandarización. El conservadurismo está fundamentado en la preservación de un hilo conductor (al que llamamos principio), que es inicialmente de todos, como lo es la propia lengua, y que hemos sabido rescatar de todos los cambios, y, más concretamente, en no permitir que éste lo quebrante las generaciones venideras inexpertas (un menor, si llega el caso) antes de haberlo comprendido. Con el sistema judicial actual no sólo no se preserva el derecho anterior o se neutraliza sino que se legitima el derecho contrario y, con esto, a prescindir o desconsiderar todo lo que comporta un status quo, el acervo cultural, durante la etapa educacional, y con total impunidad. Pero no sólo de los sectores mencionados, en un cíclico y natural estado de rebeldía, sino de todos aquéllos que consideren que se establece una relación discriminatoria o de desigualdad con la mayoría, lo que da lugar a diversos tipos de discriminaciones —llamadas positivas— sobre cualquier grupo marginal: del débil frente al fuerte, del desfavorecido frente al que no lo es, del inadaptado frente al insertado, del delincuente frente a su víctima; lo que implica un reconocimiento de que la razón jurídica no llega a todos y de que por tal de que llegue estamos dispuestos a romper —ya que no somos capaces de integrar la realidad particular— la razón general, o de la mayoría, y el verdadero orden jerárquico de las ideas y los principios. De este modo, en un intento de considerarlo todo, lo desconsidera todo. Todo es cuestionable o está sujeto a la ley.
Podría parecer a primera vista que se trata de esta lucha milenaria entre conservadurismo y progresismo, que tanto daño ha hecho, sobre todo cuando se ha impuesto uno sobre el otro por meros mecanismos de reacción, podría parecer que es un rastro fundamentalista o reaccionario frente a un simple avance o comportamiento generacional, pero es otra cuestión: es la supervivencia. Siempre ha existido el miedo de las mayorías a las minorías, siempre ha existido el miedo de las minorías a perder su identidad, siempre han estado en peligro las minorías como consecuencia del desarrollo, tal como aparece en el Manifiesto:
 
Ya no reina aquel mercado local y nacional… Y lo que acontece con la producción material, acontece también con la del espíritu. Los productos espirituales de las diferentes naciones vienen a formar un acervo común. 
Ahora son las mayorías, sus hábitos, las que están en peligro de extinción, y no por las minorías sino por el desarrollo y el mecanismo de la convergencia, de la judicialización y estandarización que le es afín, y por el que tan interesante resulta que los chinos se parezcan a nosotros como que nosotros nos parezcamos a ellos. La destrucción de las mayorías es la desestructuración, la desintegración social, es la destrucción de cualquier lazo cultural, de toda cultura a través de su estandarización y asepsia.
Podría parecer también que la judicialización es la antesala premeditada de esta estandarización, pero, en realidad, el proceso de estandarización no estaba asociado inicialmente a la revolución social (a la izquierda, si se quiere), por cuanto no la contempla y porque los primeros pasos de dicha revolución, de fuerte y necesaria polarización política, estaba repleta de ideales y principios, propios o extraños. El proceso no estaba asociado inicialmente a la revolución social pero ésta se integró en el mismo mediante la convergencia política, el igualitarismo, el propio bienestar social, y el consecuente deterioro de los ideales y de los principios, que no son ya los principios de la derecha sino, como refiere Marx, el espíritu de las diferentes naciones o, propiamente, el espíritu, sin más (de lo que se hace complice), en lo que se puede presentar como un proceso de inversión, similar al que se da con el resto del desarrollo social, y parejo a éste, y que representa, una vez más, una extensión del implacable proceso de desespecialización liderado por la burguesía, de eliminación de todos los hechos diferenciales —sociales o morales— que pudieran suponer una traba a la producción.
Se puso ya de manifiesto la relación entre el bienestar social —el verdadero— y el sosiego, la relación entre lo que la sociedad nos da y lo que nosotros le devolvemos, entre bienestar y altura social, y la relación entre la conformación de una amplia clase media y la altura social, porque era aquélla la que caracterizaba verdaderamente a la sociedad de desarrollo y esto porque, como dijimos, es la que hace de puente de unión entre dos mundos socioeconómicos, posibilitando el desarrollo individual y la consecución de las aspiraciones, pero más allá de esto,  caracterizaba a la sociedad de desarrollo porque permite la fortificación de sus principios de modo muy diferente a los otros dos polos, abocados a sus dos tipos particulares de supervivencia, precisamente por esto, por no estar sujetos a estas supervivencias. A partir de tal situación de cohesión se produce un punto de inflexión en el que el grueso de la sociedad ha perdido, propiciado por el poder económico, ese carácter extenso (entrando en una forma de supervivencia), y, por el político, su dignidad y la posibilidad de pervivir en él o reivindicarse de forma natural en unos determinados principios, desdibujados por el igualitarismo social propiciada por la izquierda, y de pervivir estos principios a su través; lo que, a su vez, es aprovechado por la derecha del capital.
Esto pone de relieve que el proceso ha ido más allá de lo calculado y que no es una cuestión elegida sino, como suele suceder, un proceso inercial, condicionado por el impulso de otras pretensiones más fervientes (las de alcanzar, de igualarse, de sobrepasar, de resarcirse, de instalarse), pero que no es un logro en sí mismo ni una pretensión en sí, por lo que es preciso reconducirlo al margen de las ideologías sociales (como ya indicamos), precisamente porque éstas tienden a desatender aspectos de un verdadero desarrollo integral a cargo de exacerbar otros. En este contexto, no es que el socialismo no tuviera una miras elevadas respecto al alcance social sino que en las mismas no estaba integrado el desarrollo individual como parte, de modo que cuando considera este particular lo hace por la vía del adoctrinamiento o la tutela y como último estadio (y de ahí se deriva al estatismo), mientras que, contrariamente, el anarquismo carece de una articulación social de ese desarrollo individual, en tanto que, como dijimos, ninguna de estas doctrinas la tiene del progreso económico; progreso que si contempla el nacionalsocialismo cuyo déficit principal radica en la inversión jerárquica de los principios (siendo los principios la mejor fórmula, su inversión es la más destructiva), por lo que, en consecuencia y desde un pensamiento sincretista, se debería impulsar el desarrollo social del socialismo, el individual del anarquismo y el económico del liberalismo, para alcanzar una verdadera sociedad de desarrollo.
Los principios y la desintegración social: el problema de la educación. Es por todo esto que se precisa reflexionar sobre la importancia de las cosas y llevarlas a un punto que nos pueda resultar más sostenible, más interesante, y fundamentado no en lo que históricamente han sido, o han parecido ser, sino en lo que son desde una perspectiva más libre. Mediante la eliminación de los principios, rompemos los lazos, mediante las leyes imponemos otros estándares y una única forma de concebir la vida: la legalista; más abierta, pero también mucho más vulnerable y desestructurada.
¿De dónde viene toda esta desestructuración social, o cómo se da? El acervo cultural, lejos de ser sólo un compendio de nuestros aciertos o nuestros errores, y por tal, aquello que tenemos que preservar o desechar, se constituye en una herramienta de transmisión, que dispone de dispositivos de distribución y repetición (que multiplica las fuentes y corrige las deficiencias particulares de algunas de ellas) y de mecanismos de asimilación. No sólo establece una determinada dirección social —con mayor o menor acierto—, y única porque sus directrices le vienen de planteamientos que trascienden las posiciones particulares (mandamientos, principios y pseudoprincipios), sino que pone en juego los mecanismos de pervivencia de todo el sistema mediante la incorporación de la tradición, del dogma e incluso de la liturgia. Un marco jurídico no tiene mecanismos de exportación. Exportarlo no sólo es trasladarlo sino deslocalizarlo y llevarlo a las familias en forma de metacategorías; pero es difícil hacerlo con una disposición jurídica por muy justa que sea. Con el marco jurídico a diferencia de con los principios no se puede establecer una doctrina a no ser que su cuerpo teórico trascienda y se convierta en ideología social o ya parta de ésta, pero incluso en este caso tampoco se puede trasladar como tal a aquellas personas o unidades familiares que carecen de otra guía, ni transmitirla más allá de la necesidad: las metacategorías sociales tienen que conectar o entrar en resonancia con la individuales para constituirse en principios de verdad. Pero, ¿y si no existen éstas, como consecuencia de todo el proceso descrito y la carencia de referencias externas?, Resultaría sorprendente, si pudiéramos censarlo, el número de estas unidades familiares en las que salvo la necesidad del día a día (ya sea la adquisición de un trozo de pan o de una nueva finca), la repuesta coyuntural a esa necesidad y las enseñanzas para sobrevivir en la misma, no transmiten una sola directriz encaminada a elevar la categoría humana de sus proles porque básicamente no creen en la misma. Pensamos que la sociedad es homogénea, y no lo es. La sociedad está dispuesta en capas, en algunas de las cuales, generación tras generación, sólo han tenido lugar para la supervivencia, por lo que necesitan —o necesitamos para ellas— una referencia clara con la que poder aglutinar y transmitir la altura cultural (nadie puede enseñar lo que no sabe), un soporte para la transmisión (típicamente en el seno familiar) de algún tipo de deber o compromiso de las personas para con las personas y en sí para con la sociedad. Aquí nos encontramos, que hemos abandonado un modelo sin tener otro a la mano, y que el que cogemos no alcanza ni el grado de homogeneidad ni el carácter de fuerza mayor, y se presenta como un repertorio de medidas conocibles o no, acatables o no, y de una importancia relativa.
Esta situación da lugar al intento de vertebrar el espacio social y, consecuentemente, a una tutela gubernamental, que va más allá de esa otra legítima destinada a servir de guía, de avanzadilla o de superación abstracta de los apetitos y las tendencias particulares en lo que conocemos como “El bien general” (eso es gobernar: por encima de las mayorías y de las minorías). La cuestión es sencilla: si ya no puede educar la sociedad mediante su repertorio de metacategorías, ni los padres, ni el colegio, alguien tendrá que hacerlo: éste es el Estado. Esto en parte es una consecuencia de los acontecimientos, de los hechos, que, dadas todas las carencias educacionales citadas, sobrepasan las posibilidades, y, por otra, algo procurado por determinados Estados, de acuerdo, como se refirió, con ciertas doctrinas sociales. Esta dogmática aconfesional no debería a priori causar ningún tipo de recelo o rechazo puesto que el conjunto de sus directivas están en línea con los supuestos valores por defecto de las sociedades modernas, y en nuestro caso de acuerdo con las recomendaciones del Consejo de Europa, pero, sin embargo, crea reticencias porque, aunque no lucha frontalmente con la dogmática tradicional, le procura un espacio vacío que inhabilita los citados mecanismos de replicación (la familiar), a la vez que trata de poner los suyos. Éstos, si bien no tienen capacidad de exportación y replicación de los valores citados, sí la tienen para la conformación de un determinado prototipo de individuo o la formación de los ejes principales de la individualidad, esto es, de las metacategorías individuales a partir de la existencia de unas únicas universales. Se produce, por tanto, una suplantación educacional por las causas descritas, que en modo alguno puede lograr un ideario social, pues no hay modelo ni posibilidad de exportarlo, pero tampoco individual, esto es, el logro de un determinado perfil o réplica viva de lo que somos y aspiramos como sociedad. Ésta es la razón de que sean criticadas tanto por la derecha como por la izquierda, pues de un lado existe una sentimiento de usurpación y de otro de adulteración a través de una falsa relación biunívoca entre el sistema político de la democracia y sus valores con los valores de los individuos en sociedad (más depurados desde esta concepción), que no es nada más que una forma de proselitismo y un intento fallido de establecer un ideario no trascendente y en proceso de formación, y ajustado mediante leyes, que, sin embargo, se presenta como necesario y suficiente, es decir, se establecen unos principios de verdad sin el consenso adecuado (pues no son de verdad) y sobre la base de unas leyes que son cambiantes y circunstanciales, proyectadas, mediante esta fórmula, como atemporales, únicas y universales, cuando no lo son, porque para serlo no pueden ser confesionales ni laicas, pero tampoco lo contrario, sino una forma de conciencia que supere y comprenda ambas, esto es, unas pocas normas de higiene social orientadas a la simplicidad de todo el sistema.
Los sociedades modernas consideran que el orden civil debe ser, en efecto, un proceso tutelado desde otras instancias por lo que aprovechan la anterior circunstancia para este fin, mediante un mecanismo basado en la supresión de unos elementos y la implantación de otros reguladores, que no sólo tienen la deficiencia esencial derivada de su incapacidad de exportación, la de crear generadores de conducta, la de retransmitirse, ni siquiera la de establecer un flujo efectivo entre terminales o funcionalidad social, sino otra más prosaica, adscrita —tal como describiremos— a su utilidad coyuntural. En este contexto, la educación está, naturalmente, a cargo de los padres, colegio, etc., pero mediante disposiciones gubernamentales, esto es, limitaciones a los usos, o a cuestiones que sobrepasan el ámbito primero o que generan un problema a la comunidad: no se legisla para educar o regular el comportamiento sino para refrenar su efecto, lo que da lugar a un sinnúmero de disposiciones y limitaciones ad hoc, y no otras poderosas que corrijan las causas. Como consecuencia se extiende la legislación a todos los efectos y no sólo se legisla sobre aquello que excede a las competencias familiares sino sobre esto otro que son propias de las mismas, lo que tiene una vertiente de usurpación —ya comentada— y otra de ineficacia, derivada de lo anterior, en cuanto que no se aplica con toda su potencia. Tal como escribió Nietzsche al respecto, en “La genealogía de la moral”:

Cuando su poder se acrecienta, la comunidad deja de conceder tanta importancia a las infracciones del individuo… No sería impensable una conciencia de poder de la sociedad en la que a ésta le fuese lícito permitirse el lujo más noble que para ella existe, dejar impunes a quienes la han dañado… ¿Qué me importan a mi estos parásitos?... La justicia que empezó con “todo es pagable, todo debe ser pagado”, acaba por hacer la vista gorda.
Y puesto que no se puede caracterizar la problemática convenientemente desde la distancia o el desconocimiento particular ni la medida o el objeto de cualquier acción, y se produce una desproporción entre la acción y la reacción, muy contraria al método milenario, pausado, eficiente, y necesario entonces, de la antigüedad. Nietzsche escribió a tal efecto:

¿Cómo hacerle una memoria al animal-hombre? ¿Cómo imprimir algo en este entendimiento del instante, entendimiento en parte obtuso, en parte aturdido, en esta viviente capacidad de olvido, de tal manera que permanezca presente?... Cuanto peor ha estado de memoria la humanidad, tanto más horroroso es siempre el aspecto que ofrecen sus usos; en particular la dureza de las leyes penales nos revela cuánto esfuerzo le costaba a la humanidad lograr la victoria contra la capacidad de olvido y mantener presentes, a estos instantáneos esclavos de los afectos y de la concupiscencia, unas cuantas exigencias primitivas de la convivencia social.
Y luego:

¿De dónde ha sacado su fuerza esta idea antiquísima, profundamente arraigada y tal vez ya imposible de extirpar, (la idea) de una equivalencia entre perjuicio y dolor? Yo ya lo he adivinado: de la relación contractual entre acreedor y deudor.
Que pone de manifiesto que no se puede separar el daño de la esfera del dañado y llevarlo hacia otra que desconoce las causas y a las que el daño no representa tal daño, que el castigo obedece a un mecanismo que está de acuerdo con la altura de los tiempos (que es la que ha propiciado estos grados de libertad), pero también a la percepción de daño, al ámbito local y su idiosincrasia, que en ningún modo puede estar administrada de forma arbitraria o genérica, ni desde la distancia o despreocupación citadas, ni pretender, en ese anhelo tutelar, llevar la altura de los tiempos, a unos tiempos que no son o se corresponden. No se cuestiona que los pueblos puedan ser tutelados porque esto es tanto como decir que no pueden ser dirigidos por los más capaces, ya sea desde un ámbito político o civil, y entrar en contradicción con otra realidad: la ignorancia y los apegos citados y generalizados. Lo que se cuestiona es que los cambios se establezcan a la carta sin solución de continuidad o amparo social y que obedezcan a doctrinas sociales o, lo que es peor, a la alteración circunstancial e interesada de las mismas mediante disposiciones trenzadas por grupos de presión empeñados en hacer de un caso particular, uno general, siendo, además, más fácil para el legislador regular por lo general que hacerlo por lo particular. Un ejemplo de esto, que atiende a lo anterior, es la ilegitimidad creciente en la toma de determinadas decisiones, uso de autoridad o validez de la representación legal y potestad paterna o materna, o la imposibilidad real y legal de infligir determinados tipos de castigos como parte del proceso educativo o, podríamos decir, vivencial, que hoy por hoy se restringe a los físicos (una bofetada) pero mañana pueden ser lo psicológicos, entendiendo por tales todo lo que alguien quiera entender por ello (una riña, por caso), llevando a extremo no sólo lo que puede deducirse de los estudios bien intencionados sino lo que sabemos todos: que todo lo que está pensado para hacer daño, en efecto, puede hacer daño; pero que obvian, de acuerdo con lo expresado ya, la altura social y la necesidad local o puntual, que luego exige otras medidas fuera de contexto, de tiempo, y aplicadas por una vías que no contemplan, junto al castigo, el cariño. Un principio de verdad es la tendencia a erradicar la violencia de nuestras vidas en todos los actos, otro, que no lo podemos llevar a efecto en todos los estadios del desarrollo, como de hecho no se entenderían muchos de ellos sin la misma (releer el texto resaltado de la cita anterior).

 
B. Bipolaridad socioeconómica: la arquitectura familiar (17ª entrega)

Resumen: Una vez abordada la despolarización política, queda la otra pata del problema: la ruptura de la arquitectura familiar como consecuencia del desarrollo económico, y sus repercusiones en el ámbito educacional o imposibilidad material de ejercer la tarea educadora, en el que igualmente subyace la despolarización política en el ámbito de la pareja, esto es, su ineficacia. Esta despolarización no sólo es ocasionada por el desarrollo económico sino promovida, dado que representa una forma de organización social estándar más productivita. La sociedad se transforma. 
El problema no es que se transforme, el problema es que lo haga (como ha pasado siempre) por requerimientos económicos. 

En segundo lugar, la solución pasa por corregir la bipolaridad socioeconómica para que establezca un escenario de verdadero bienestar y no de supervivencia. A este respecto, ya hemos visto algunos aspectos de cómo la evolución económica ha afectado y afecta, en virtud de la calidad de la ocupación, al estado del bienestar y a la desestructuración social, que da lugar a una restructuración de la arquitectura familiar que actúa como retroalimentación endógena de esas formas sociales, y ocasiona —contra cualquier intento de ordenación gubernamental— un clima de supervivencia, y de dificultad en el proceso educativo. Esto no sólo se produce—tal como hemos tratado— por una deficiente formación humanística-familiar o por la funcional que hemos evocado sino por una dificultad material concretada en la imposibilidad del tejido social de abordar tareas ajenas a la producción, es decir, como consecuencia de que todo el tejido social y sus unidades básicas (las familias) se hallen focalizadas en la tarea productiva (y, ya como rebosadero, en el ocio) y, por tanto, incapacitados para la incorporación de elementos de transformación social —puesto que ocupan todos sus recursos— mediante el mecanismo de la educación. En consecuencia, aunque esta bipolaridad tiene repercusiones en otros ámbitos, vemos que presenta su acción más nociva, tal como ocurriera con la despolarización política, sobre los aspectos educacionales y de integración social, por ser los que verdaderamente se presentan como deficiencias sistémicas y de progresión geométrica. Para empezar a descubrir este particular, puesto que durante tantos años nuestra sociedad se ha apoyado en la familia como unidad mínima social, unidad de consumo, afectiva, etc., y puesto que cada vez se establece con unos vínculos más endebles y más fáciles de romper, y es más vulnerable, podemos preguntarnos si esto se debe a un proceso normal, si es lo que se espera del desarrollo de nuestra civilización: un estadio superior que podemos no alcanzar a comprender, o, por el contrario, si se trata de un daño colateral del desarrollo socioeconómico o algún otro más profundo; y, puesto que tiene una conexión directa (ya indicamos que se trataba de un punto de inflexión), si la incorporación de la mujer en el mundo laboral, como motor de los cambios o elemento visiblemente transformado en ellos, se ha hecho de forma torpe, además de interesada, e incorpora otros elementos (sobre los que ya hemos realizado una semblanza) que expliquen verdaderamente la conexión entre este hecho y la desintegración social referida. Tras un breve análisis, podemos advertir que la imposibilidad funcional de las familias para la transmisión de la cultura es más profunda y no sólo motivada por la bipolaridad económica y la consiguiente reestructuración de la arquitectura familiar (como su aspecto visible) sino una desestructuración lógica o programática derivada del propio proceso de despolarización política (judicialización) en este ámbito, esto es, al de supresión-equiparación en el que se ha visto envuelta la pareja relacional que la constituye.

La bipolaridad económica y la despolarización de la pareja. Las causas de la problemática educacional derivada de la bipolaridad socioeconómica apuntan al problema de la despolarización política en el ámbito familiar. La solución, en consecuencia, pasa por la incorporación de los principios al segundo plano de socialización, y esto, en principio, por deshacer la confusión en la pareja relacional mediante la reeducación de los aspectos monopolares (qué es enajenación y qué no lo es) de sus elementos. En este sentido, si bien es cierto que con el desarrollo los individuos aspiran a alcanzar otro estadio en todos los órdenes, y, sobre éste en particular, y desde presupuestos más humanos e igualitarios, tienen el anhelo de alcanzar una relación afectiva estable, que, en primer orden, eluda el sometimiento ancestral, como alimento psicológico necesario —según lo expresado ya—,también lo es que esto resulta cada vez más difícil, en buena parte, porque derivados de aquellos presupuestos, el alimento psicológico es “curiosamente” cada vez más y mayor, y esto, simplemente porque una vez satisfechas unas necesidades se nos presentan otras, consecuencia de lo que en esencia somos como seres humanos, de nuestra monopolaridad, de la idea que tenemos de nosotros mismos, de lo que somos y es el otro, nuestros apegos y debilidades, y anhelos, de lo que hemos aprendido a dar y recibir (por esto es tan importante la educación), y también de nuestras posibilidades de hacerlo, de cuyo resultado final obtenemos un punto de trabajo, que, como ya indicamos, se alcanzaba mediante la lucha de dos fuerzas contrarias, una de convergencia, próxima al codo de saturación y otra de alta bipolaridad, divergencia, cercana al codo de avalancha o precipitación. Históricamente, con la alta bipolaridad de antaño, las relaciones de pareja se han fraguado en puntos cercanos al codo de precipitación, caracterizados por la existencia de unos roles claros y determinados de cada uno de los elementos (hombre, mujer) y una relación poco igualitaria e incluso —llevada al extremo— discriminatoria, pero sin resistencias internas porque socialmente no había posibilidad —prácticamente— de una forma diferente de estar, en consecuencia, derivado de esa imposibilidad y de la ignorancia, tampoco enajenación sostenida posible. En este contexto se ha pretendido alcanzar una despolarización o acercamiento de dos entidades diferentes y ajenas a través del concepto de igualdad como si una cosa llevara a la otra, y fueran, consecuentemente, intercambiables o equivalentes, es decir, el mismo principio de justicia que se impone y tiene sus consecuencias en lo social, se aplica y tiene también su repercusión en cada unidad relacional (incluida la referida discriminación positiva). Pero una pareja es la relación de dos realidades monopolares o conjunto de principios y debilidades forjados sobre un principio (fortaleza) de uno y una debilidad de otro, sobre dos debilidades o dos principios sobre la que no se puede establecer un elemento de justicia (como por ejemplo el de la igualdad), es decir, no se puede establecer la igualdad por imperativo sobre esta realidad dual. La igualdad es un equilibrio virtual sobre el que siempre actúan fuerzas tendentes a romperla, una vez rota, el mismo espíritu de justicia-justificación que ha ayudado a componer ese equilibrio ayuda a desestabilizarlo porque no sólo disponemos de elementos de justificación para el consorcio sino para los otros estados en situación de rebeldía, esto es, porque toda situación lleva implícitamente una injusticia. El tema tiene muchos mayores alcances e implicaciones sociales, se habla de violencia de género y se debería hablar de violencias de género porque no es única, y, así, en nada que miremos con atención vemos que existe una que es vieja y subdesarrollada, y nace de la incultura y del sometimiento, y otra que surge de la liberación de ese sometimiento y su simple sustitución por principios jurídicos. De este modo, mediante la justicia no se alcanza el equilibrio, sólo la doble aceptación de un doble desequilibrio o el desequilibrio de dos elementos antagónicos o contrapuestos, que se sitúa en zonas de gran pendiente, que como tales son inestables, tendentes a variar, a caer a otro estado y, en particular, a caer de la zona de saturación al estado nulo o incluso a la continua fluctuación de uno a otro, esto es, a formas de violencia compartida o alternada y de tensión creciente que finalmente rompe por la parte débil. Por el camino del derecho no hay cesión sin contrapartidas. Caso contrario para las relaciones donde se cambia el principio de justicia (o de civilidad) por el principio de verdad y se sustituye el sometimiento y la rebeldía que se opone, que derivan de la necesidad y la frustración, por la aceptación, es decir, el abandono de los aspectos meramente contractuales y emocionales. Por el camino del principio de verdad sólo hay algunas cuestiones irrenunciables pudiendo quedar las otras cuestiones en la remoción. El concepto (o sentimiento) de aceptación lleva implícito el de generosidad, que, en el caso de la relación de pareja, quedan constreñidos o englobados al del amor. Este entorno mitiga las repercusiones de la bipolaridad socioeconómica en la pareja-familia, y crea un flujo constante como consecuencia de una efectiva polarización relacional de base (si se quiere, de la Base), y un clima educacional y elemental basado en el citado amor. Podemos concluir que se ha pretendido hacer por el camino de la igualdad o la justicia lo que sólo se puede hacer por este otro camino. En cambio, mediante el sistema de la igualdad, se sustituye el sometimiento por pugna o confrontación de dos realidades, que se concreta en un aumento de la bipolaridad (fricciones), o deriva hacia la convergencia, que es una forma de despolarización caracterizada por la duplicidad de los roles y la consecuente anulación de uno de ellos, que se alcanza como consecuencia del decremento del espacio común Fm, y, desde el punto de vista de la bipolaridad, a la disminución del valor de el flujo dinámico, desplazándose por la altura de los tiempos, en buena medida —y salvo confrontación franca—, el punto de trabajo hacia el otro codo, lo que ha dado lugar a una relación menos bipolar (despolarizada), caracterizada por la igualdad, el intercambio de papeles (que implica otras fórmulas de desigualdad) o su duplicidad. Esta duplicidad y la posibilidad de intercambio suponen intercambio de bipolaridad, esto es, la alternancia de polaridad y flujo (con paso por zona de corte), que podría ser no problemática si fuera asumida y sincronizada pero que no siéndolo da lugar a la confusión, a la esquizofrenia, a la enajenación, y a la imposibilidad —puesto que nos movemos entre la saturación directa y la inversa— de establecer un flujo dinámico productivo, que incapacita a la pareja relacional para la educación en este régimen de despolarización (convergencia). En este ir todos a por todo y converger, o no se enseña, o se trata de dar una enseñanza unisex, asexuada y desprovista de elementos diferenciadores y referencias, es decir, se ha promovido suprimir las consecuencias históricas o culturales de la desigualdad, suprimiendo la desigualdad misma en su base natural. Antes un padre enseñaba la caza, el cortejo y otros elementos que suponían una determinada perspectiva, mientras que una madre se encargaba de transmitir otro tipo de áreas, ahora, en el entorno de esta corriente no discriminatoria, ésta está mal vista. Mediante la supresión de los elementos discriminatorios se han suprimido la totalidad de los que le acompañan, que eran connaturales a la condición humana y, para empezar, a la biológica por el que en primer término no somos iguales. Ahora un niño debe aprender, y el padre con él, a eliminar todos los factores sexuados de la comunicación, y así establecer una comunicación neutra, sin emociones, sin instinto. En este proceso no es, naturalmente, parte ajena la mujer, recordemos que este proceso es una nueva revolución política, si bien aplicada a la célula o elemento dual, lo que implica que es la lucha de un polo con otro (una lucha de clases) en el que uno trata de acercarse y otro mantener la distancia, y en el que se trata de invalidar aquellas formas que son manifestación explícita de esa diferencia, que para el caso que nos ocupa se traduce en la posibilidad femenina de iniciar el cortejo o en la supresión del empleo reiterado del mismo por parte del hombre, en aquello que llamamos fidelidad y que no sólo abarca el sexo sino el gesto, que, por otra parte, hace de esa revolución política una cultural, o sobre esta base.

La despolarización de la pareja y la bipolaridad económica. Pero ya indicamos que toda revolución política y cultural se forjaba cuando las relaciones vigentes representaban trabas para la producción, y, de esto, que el progreso, con sus mecanismos educacionales, nos enseña a ser lo más iguales posible uno de otros porque es ventajoso para la producción o un requisito de ella. Esta es la cuestión. La despolarización de la relación política aplicada a la pareja —deseable hasta el punto de inflexión—, es indeseable (con todo lo que conlleva) cuando por las circunstancias descritas, y sin ciertas precauciones, algunos de los estados pierden su equilibrio de estado hacia la saturación (la pareja convergente), y más indeseable cuando se incrementa la bipolaridad y pierden ese equilibrio hacia la avalancha o divergencia sin el concurso de los oportunos mediadores por el que la relación pierde todas sus características de relación y se destruye: sólo puede existir la bipolaridad sin desintegración sobre la base de los principios de verdad, que establece una verdad al margen o por encima de las partes, tal como se hiciera antaño y por determinados sectores sociales a través de los mandatos (ya sean principios, o pseudoprincipios en un clima de ignorancia). La convergencia es nociva, la bipolaridad con pseudoprincipios, primitiva, y sin principios de verdad, destructiva, pues deja a cada uno de los elementos como una entidad independiente, sin ataduras y, por tanto, dispuesto para ser utilizado sin obstáculos por el sistema económico y, dada su independencia, soledad y supresión de condicionantes y su necesidad, a un precio más bajo, lo que resulta igualmente ventajoso para la producción. Esta es la cuestión, que el desarrollo económico da lugar a un tipo de familia desestructurada que beneficia al desarrollo económico y, por tal, es potenciada mediante otros factores desestructuradores camuflados de revolución cultural. Puede antojarse exagerado u obsesivo asociar toda acción a la producción o buscarle una correspondencia con la misma, pero, a decir verdad, todo lo que se hace en las empresas va encaminado a esto, a buscar fórmulas de rentabilidad que incluyen indistintamente la supresión de derechos como la exacerbación de otros o sinergias de todo tipo que no tienen una correspondencia real con el estado de las relaciones; y de forma análoga en la esfera de las grandes decisiones, donde se pone de manifiesto que todo el sistema, por activa y por pasiva, va encaminado a la optimización de las relaciones de producción y el impulso de un determinado perfil: hablemos del soltero, que tiene disponibilidad para trabajar la mitad del día y consumir la otra. En este sentido, todavía no son visibles todas las consecuencias o logros productivistas de la desintegración familiar ni toda fórmula social, ni todos los mecanismos puestos en marcha y que al capital le pueda resultar interesante, orquestados mediáticamente, es decir, proyectados y ejemplarizados, como le está resultando interesante el modelo unisex o andrógino de estandarización y especialización del productor-consumidor, por el que hemos pasado de cuadriplicar inicialmente el potencial económico mediante la incorporación de la mujer por duplicación de su capacidad productora y la duplicación de la consumidora, a cuadriplicarlo por duplicación de las unidades familiares y la de su capacidad y su necesidad de producir, a hacerlo por la incorporación de este sector particularmente integrado en determinados segmentos de producción y niveles de consumo. Puede, igualmente, presentarse como exagerada la capacidad de acción o su aplicabilidad, pero, a decir verdad, la repercusión o utilidad de este quebranto familiar tampoco es casual ni nuevo, y es, sin duda —como no podía ser de otra manera desde la perspectiva del punto de inflexión—, la aplicación de un proceso inverso al que se ha venido dando desde la antigüedad. En efecto, sabido es el carácter integrador de la familia, ahora y en la antigüedad cuando el esclavo, que, por no poder tener nada, no podía tener ni pareja y, lógicamente, familia tampoco, pudo alcanzar ese derecho y con él un sentido esencial de propiedad, como motor de sus aspiraciones, promovidas e impulsadas por una emergente religión cristiana que tenía estos dos pilares entre sus proclamas. Tal como nos indica Weber: El siervo ha sido devuelto a la familia, y con la familia se presenta, a la par, a la propiedad personal…, este proceso se desenvuelve paralelamente al victorioso desarrollo del cristianismo. Y luego Staerman: Aunque los matrimonios entre esclavos no eran reconocidos por la ley, las familias de esclavos estaban en rigor incluidas en el inventario indiviso del dominio, y se consideraba que el amo no podía separarlos. La familia de las clases más humildes se presenta así como un invento religioso al que posteriormente se le han sumado muchas connotaciones negativas a cargo de su bipolaridad ancestral, pero, al que muy contrariamente, le pertenecen otras acciones de gran calidad y relevancia histórica. Con la familia, el hombre antiguo tuvo por primera vez algo (y la mujer, a pesar de la relación jerárquica, también), y aun el hombre moderno tiene algo: está en algún sitio, puede luchar por algo, tiene una primera esfera social y sentimental, un espacio reconocible y diferenciado de la jungla social, para aprender con el ejemplo que, a pesar de todo, la sociedad es algo más que selva. La familia en su conjunto siempre ha querido el progreso social de sus elementos pero ha querido algo más, ha puesto sus límites, no lo ha querido a cualquier precio porque parejo a este progreso social estaba el individual fundamentado, para empezar, en el propio interés por suavizar las fricciones de la bipolaridad en ese entorno particular; y eso era educar. Ahora, frente a la potencia secular, tenemos a una parte de las familias apoyada en una dogmática extraterrenal (los antiguos dogmas de fe sin revisión) y empeñada en mantener a cualquier precio los valores del pasado como vehículo de educación, sin cuestionamiento, y a otra que no tiene (o no quiere) nada (referencias) o tiene unas consignas-dogmáticas sociales, que se basan en la judicialización de los principios; efectivos, unos y otros, en virtud de que se acerquen o no a los principios de verdad, conectados con la realidad, porque, parafraseando a Kant, podemos decir que el mandato sin realidad es vacío y la realidad sin principios es ciega. Más allá de esto, tenemos la misma paradoja presentada en la perspectiva social tras el punto de inflexión porque tenemos de un lado una idea, que se expresa como única, de otro lado una idea que lucha contra la idea única, y que haciéndolo está luchando en realidad contra la idea o alimentado la causa del enemigo común, y, consecuencia de todo ello y por encima, tenemos una sociedad abocada a la supervivencia y, como hemos indicado, con una imposibilidad real de educar, que se presenta en la imposibilidad de mostrar una atención y seguimiento por parte de los diferentes planos de socialización o envolventes (familia, clan, tribu, barrio) y de transmitir los muchos o pocos principios de los que se dispongan, y sus resultados, mediante la representación diaria del ejemplo directo porque no se tiene (se es) ejemplo o no se tiene la posibilidad de representarse en él, o se tiene de forma ambigua, por la forma ambigua de la división parental; y, en definitiva, por el quebranto del espacio familiar. El quebranto de ese espacio familiar y privativo, social, emocional y educacional, presenta a los progenitores como unos meros productores de niños, de mano de obra para la sociedad, de entidades a las que no puede ni tan siquiera guiar porque por encima de las pretensiones o el modelado particular está el general cada vez más ingobernable, específico y temprano, y que regula la mayoría de sus motivaciones. Ese quebranto es la supresión de una nueva barrera o impedimento para la producción.

La estandarización social y el principio de la productividad. En consecuencia, aunque vimos que el fondo de la problemática educacional de la bipolaridad económica obedecía a la bipolaridad política, vemos que ésta obedece a la económica, en lo que se presenta como un círculo vicioso alimentado por determinados sectores que han prolongado su necesidad de romper el vínculo familiar con la imposibilidad de los padres de mantenerlo, todo por las causas descritas, imponiendo un modelo sin modelo, un modelo cuyo único principio visible es el de la productividad, la optimización y la técnica, y un único perfil, el del ganador, el que no sucumbe, el que se sobrepone a la exigencia social y se instala en ella. El capital ya pudo con las cortapisas morales de la cristiandad, con sus principios y pseudoprincipios, y pudo con las de la legalidad para establecer otra. La estandarización que hemos descrito no es la unificación de criterios sino la eliminación de cualquier barrera al desarrollo económico, la de cualquier otra realidad o esquema vital. Se opta a un trabajo estándar, se tiene una educación estándar, la sociedad así es una masa homogénea para modelar, una cuartilla en blanco. ¿Qué dijimos de la funcionalidad anodina, desespecializada o inespecífica, y de toda esa masa obrera que la ejercía? El proceso social que vivimos es una generalización del laboral y un medio franco para el mismo. Así, de acuerdo con el funcionamiento de la proporcionalidad inversa, se propicia, ya desde la escuela, los dos sectores necesarios, el altamente cualificado y el altamente descualificado, con un nexo: el alto desconocimiento del hecho social y cultural o conocimiento de cómo hemos llegado hasta aquí, y con qué contamos por este hecho. En consecuencia se conforma una sociedad, la de las nuevas generaciones, que sabe muy poco de la vida política y de sus implicaciones, y tiene un desconocimiento total de lo que repercute en su vida laboral o incluso en su vida como tal, y que no tiene opción ni posibilidad de réplica o análisis, sólo someterse a ella con las condiciones que le impongan: pura supervivencia. El mundo de fuera es así, no hay modelo sólo una realidad y la necesidad de plegarse a ella. No se puede hacer nada ante la realidad, como ya se ha puesto de manifiesto en las milenarias imposiciones culturales y políticas, ni se puede hacer nada ante la legalidad porque no se puede hacer nada contra ella, es legal y, supuestamente, aceptada mayoritariamente. Tan habitual o adscrita a la realidad, legal y exenta de cuestionamiento fue en el pasado cualquier servidumbre como lo es para nosotros la jornada de doce horas u otro uso, pero tan lacerante es una como apreciamos que es la otra (véase el derecho de pernada) desde la perspectiva histórica o las posibilidades históricas de someter. Sobre la realidad (lo que solemos hacer) y, más que nada, sobre la legalidad (lo que está regulado hacer), sólo cabe alguna razón poderosa, la de reparar en el hecho indigno, por ejemplo; que sólo podemos advertir mediante alguna referencia superior a la que llamamos principio, es decir, el principio como único elemento capaz de superar a la ley y generar la necesidad de superarla. La sociedad vive en el nihilismo que sólo se puede ahuyentar mediante los elementos de socialización que derivan de los principios de verdad, por lo que si no los encuentra, y en cambio encuentra sólo los ejemplos que le brinda la cruda realidad, se vuelve a su esencia natural: naturaleza. Se vuelve naturaleza porque las familias no pueden educar o lo hacen sin recursos o mediante una lucha y degaste insufribles por mantener los vínculos y envueltas en sus miles de servidumbres y avatares. La pareja, lo familiar, lo personal, lo laboral, les ocupan tantos recursos que no quedaron muchos más para ocuparse del mundo, para contemplarlo. En cierto sentido, el mundo les viene dado y los problemas del mismo solucionados, o en fase de solución sin su intervención necesaria, con lo que él, el hombre, queda libre para resolver sus pequeños avatares, sus mil pequeñas pero incomodas circunstancias. Esos problemas internos hacen que su problemática sea ajena a la problemática del otro, y da al individuo la sensación de soledad. El hombre, el individuo así, es un ser insatisfecho. El hombre insatisfecho necesita mucha dedicación y tiempo para resolver su propia problemática, ocasionada por el progreso; eludiendo la problemática social. Todo ello forma parte del lenguaje que el progreso interesadamente pone en sus labios. Se vuelve naturaleza porque el problema es multiplicativo o de progresión geométrica de generación en generación o una superposición o sedimentación generacional de elementos, que, en este contexto, serán carencias. Así en una primera generación será una carencia y en la segunda, como consecuencia de la interiorización de la realidad, la carencia de la idea de lo que se perdió (el desconocimiento de la pérdida), mientras que generaciones venideras, al cabo, no tendrán elementos autóctonos individualizados de aprendizaje ni posibilidad de encontrar esa coherencia entre lo social y lo personal, entre el ser social y su propio ser, y no tendrán el más mínimo modelo cultural o tendrá uno constituido por cualesquiera número y tipo de pautas (todo vale), que contribuye a la sensación de que verdaderamente somos diferentes unos de otros y que no tenemos nada en común, sólo un estándar, del que surge la necesidad de diferenciarse por otros medios (véase, frikis), y la de protegerse. El individuo protege lo suyo, su propia y escasa integridad monopolar, es decir, no duda en preservar su integridad, necesidades coyunturales o incluso pseudoprincipios de poca entidad (algún tipo de quebranto personal elevado a la categoría de principio) a costa de quebrantar principios de alto rango y lo que es peor, se sustituyen los pocos principios de verdad existentes por principios jurídicos de dudosa legitimidad y se entra en el nihilismo educacional y en una barbarie que sólo sabe de mecanismos de reacción, de un mecanismo de asocialización del que es parte importante la supresión de los modos educacionales formales o aparentemente superfluos, que es como en verdad empezó la negación de lo que somos porque lo superfluo es una representación de lo que no somos y queremos ser (gentiles, atentos, etc.) y, por quererlo, en algún caso podemos llegar a ser. Lo que somos, lo auténtico necesita de un molde de una forma para saber que no se desvía de su objeto. ¿Qué era el saludo?, el saludo es “no somos necesariamente enemigos o enemigos a priori”. Quitamos el saludo. ¿Cómo sabemos esto? La sociedad actual, el individuo como tal, ha suprimido los elementos superfluos de la relación, el gesto, por lo que no se proyecta de ninguna forma hacia el resto de los individuos: de generación ni-ni a ni-ni-ni (ni estudia ni trabaja ni aspira a representarse de una forma determinada). Ahora se proyecta lo superfluo a cuestiones como la imagen, es decir, a la consecución de una idea que no está relacionada con una forma particular de tratarse o de sentirse sino de verse como condición necesaria para poder tratarse o sentirse, y con esto a la sustitución del molde de la educación por el del look, mucho más rentable económica, social y personalmente en todo este contexto.

C. El principio de verdad o el retorno a la esencialidad 

Podemos decir que sobre una determinada situación socioeconómica potenciada por el liberalismo económico, que eleva a través de la bipolaridad del tejido social la imposibilidad de educar (de alcanzar verdaderos elementos de transformación social), se da otra derivada del marco político, que tiene dos vertientes, la social y la familiar, que redunda en lo mismo mediante la supresión de los principios y la igualación de todos los terminales activos en el proceso y, consecuentemente, en el debilitamiento del flujo, si no en su acción confusa o inespecífica por las mismas causas. De una parte, en lo social, mediante la convergencia, la judicialización de la vida alcanza su techo en el igualitarismo que deriva en desintegración social y es aprovechado por el capital como factor de estandarización de los elementos de producción, mientras que en lo particular hace lo propio con la familia, además de minar los mecanismos educacionales y condicionar la evolución social. El problema no es que cambiemos o nos transformemos como sociedad, el problema no es que lo hagamos de una determinada manera, el problema es que dicha transformación esté tan altamente condicionada por los modelos sociales o por un factor (el económico) y dirigida por quien lo encarna, y no por una suma estadística de anhelos y propuestas varias. El problema no es que la familia tradicional se rompa, porque puede ser que esta sociedad tenga la necesidad de romperla y aspirar así a una fórmula mejor, el problema es cuando esta desintegración está patrocinada o impulsada por el interés. El problema no es que las personas encuentren su bis homosexual porque puede ser que impliquen valores humanos desconocidos para el mundo heterosexual, el problema es que dicha transformación esté tan altamente mediatizada y la realidad tan altamente adulterada que se confunda lo que somos con lo que, tan abiertamente, algún sector quiere que seamos. Y, de forma más general, el problema es que desde el desorden de los apetitos, ya sea de riqueza o justicia social, se eliminen los elementos de cohesión y llegue a la devertebración de la sociedad y que, una vez desasidos de ese corsé, no sepamos establecer una nueva columna vertebral (la de los principios de verdad). El problema, además, es que esto no es un imperativo social, económico, sujeto a una concomitancia coyuntural de circunstancias sino que responde a una necesidad más esencial porque por la misma casuística o acumulación de factores por la que llegamos a la conclusión de que algunas variables ambientales están cercanas a un punto crítico, podemos advertir que el proceso de regresión social planteado se desarrollará, y que lo hará hasta donde alcance, si antes no se alcanza uno de esos puntos críticos a través del concurso de algunos factores como el incremento demográfico, el ratio cultural, la sublevación de determinadas poblaciones que se encuentran en un estado verdaderamente calamitoso, y alcanzar la seguridad de que si no cambiamos radicalmente nuestro concepto de sociedad, no tenemos futuro. Es decir, que sólo tenemos dos opciones como civilización, la asunción de la regresión y el sometimiento generalizado, o el cambio de paradigma social y, en primer orden, cultural; puesto que, de la misma manera que las relaciones de producción se transforman cuando se presentan como trabas para la producción y los marcos cultuales se transforman cuando se presentan como trabas, las sociedades, en su conjunto, se transforman cuando se presentan ellas mismas como trabas: y no lo hacen sólo cuando son trabas para la producción sino cuando lo son para sí mismas, para la supervivencia. Así, de idéntica manera a cómo tendrá que ser superada la caridad por el principio de necesidad (pura supervivencia), hasta alcanzar un punto de encuentro entre dos mundos o formas de entenderla, lo será o deben ser las otras cuestiones de la vida; para lo que se necesita una forma alternativa de organización social y económica. Nuestro mundo es ahora mucho más rico, abierto y capaz, con un colorido inimaginable, el sistema antiguo basado en los pseudoprincipios era un sistema que había que superar porque suponía caminar en una única dirección con errores —marcada o preestablecida—. El sistema basado en la judicialización ha sido la herramienta necesaria para romper el anterior en todas direcciones, pero una vez hecho, se precisa orientar el desarrollo y buscar una nueva dirección libre, útil y descontaminada, abierta pero no descontrolada o caótica. Para orientar el desarrollo social no contamos con una forma social intermedia pero, siendo cultural, sí con una mentalidad, puesto que en la actualidad, afortunadamente, frente a todo este proceder global existen otros tipos de movimientos que persisten en el fortalecimiento del vínculo educacional y de cohesión social, mediante apuestas de futuro claras y definidas que hacen las veces de principios, o que los son, y que son el relevo generacional tardío de otros movimientos del pasado que establecieron fórmulas de conocimiento y exportación, y que se pueden constituir en polo intermedio o forma social emergente. A partir de aquí, del surgimiento de estos brotes, la familia (la esfera cercana de socialización) es la única manera de romper aquel círculo vicioso, la única posibilidad de establecer una educación diferenciada y diferente, de romper con el establecimiento de un hombre unidimensional allí donde se quiera o se necesite romper, mediante la recuperación de unos principios perfectamente revitalizados y descontaminados (principios de verdad), el mecanismo de la retransmisión y la repercusión social de estas formas o su aplicación efectiva mediante la recuperación de cada uno de los terminales (padres y escuela), y del fondo social. De este modo se alcanzará un sistema definido y ordenado políticamente, higiénico y, por tanto, eficiente desde este punto de vista —que tendremos que desarrollar y concretar para los distintos marcos de bipolarización política— como base de una estructura económica eficaz, cuyo desarrollo iniciaremos ahora. Continuará...