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LA INVERSIÓN SOCIAL



La Inversión social - Teoría social (y 6)


1-La inversión social (18ª entrega)
Resumen. Entre las deficiencias más notables de nuestro sistema social está la propia estructura de escalado y promoción. Esta estructura está diseñada para establecer una diferenciación clara entre polos, entre los que mandan y los que no, los que saben y los que no, dando lugar por diversas causas a una circulación deficiente entre dichos polos y a un aprovechamiento deficiente de los mismos. Quienes necesitan de determinadas exigencias o perfiles saben que éstas pueden ser entresacadas suficientemente de la criba establecida a través del principio de competencia u otros mecanismos de supervivencia o selección, que pueden verse favorecidos o desfavorecidos por la coyuntura o la fortuna. Esta selección natural está bien a falta de otra o cuando las exigencias de la propia naturaleza así lo determinan (cuando la sociedad es en sí misma, como antaño, supervivencia), pero no parece apropiada para este estadio cultural y, en particular, para una situación de abundancia de mano de obra. Los mecanismos de escalado actuales no sólo ralentizan el progreso de la sociedad sino que la desestructuran y, lo que es más grave, desatienden las necesidades sociales futuras, las de  la sociedad del conocimiento en el marco social del trabajo como bien escaso. Esta necesidades nos llevan a una necesidad única, la de establecer una nueva orientación social basada en unos nuevos conceptos de ocupación y desocupación, esto es, de la eficiencia y la rentabilidad social  de la misma (y no sólo económica).
Frente a esa máscara de excelencia de los mecanismos de selección y descarte, y todas las debilidades soterradas derivadas del principio de competencia, tendremos que establecer otra fórmula de selección. Esa nueva fórmula de selección nos llevará a un proceso de inversión social o de utilización apriorística o por defecto de los recursos humanos, que no sólo dará a una mayor y mejor utilización de éstos sino a una conexión más natural entre la necesidad/utilidad social y los diferentes perfiles humanos, esto es, a un establecimiento más sano y equilibrado entre lo que las personas dan y pueden dar de verdad.
Yendo más allá se establece una conexión entre el interés y el desinterés (cuestiones claramente psicológicas), como los dos grandes motores de la eficiencia individual y su repercusión en la eficiencia social cuando aquéllos se presentan como elementos contextuales de ésta, es decir, cuando toda eficiencia social es simplemente el promedio de todo tipo de predisposiciones individuales a hacer o deshacer, presentándose, en consecuencia, como un ecosistema de mediocridad.
La ineficacia política parece un buen ejemplo de este ecosistema, de esta mediocridad. En este ecosistema se ponen de manifiesto tanto las interrelaciones reseñadas como los elementos puesto en juego en las mismas, esto es, las propias aportaciones (interés, desinterés, capacidades) individuales, lo que hace necesario un breve estudio de dichas capacidades, tanto de la parte ejecutiva (uno de los polos) como de la operativa (el otro), es decir, la diferenciación de toda la ineficacia de fondo en dos grandes bloques, y su caracterización, su asimilación a los dos polos sociales (y funcionales), así como de la repercusión en los diferentes flujos o capacidad de influencia, de acuerdo con el efecto transistor[1].


[1]El estudio de estas capacidades en los dos polos nos permitirá, en efecto, caracterizar la ineficacia de los mismos y suministrar criterios para eliminarla o paliarla, otra cuestión muy distinta es si este estudio se ha realizado ya, y si se ha hecho o se hace para estos fines (los de alcanzar una sociedad, globalmente, más sana y eficiente) u otros fines bien distintos, esto es, para implantar la eficiencia estándar, la que se espera y de la que no se puede escapar.


Los únicos parámetros visibles de rentabilidad social y económica, en la gestión política o empresarial, son —traducidos al efecto transistor— los del incremento o no de la bipolaridad porque son los que repercuten de forma inmediata en el beneficio y son más fácilmente extrapolables a una estadística o balance. Así ocurre que un aumento de polaridad puede ir a cargo de una contención del gasto o de un aumento coyuntural de Fd (flujo dinámico) a cargo de la sobreexplotación (productividad) y debilidad del sistema, al tratarse de una productividad asociada a criterios de competitividad (selección y descarte) y no a otros derivados de los niveles de competencia o idoneidad (selección sin descarte).
En efecto, se habla de I+D+I, se habla de recursos empleados en la innovación, pero no se habla de su verdadero valor, de la verdadera riqueza de una sociedad que son los recursos humanos. Para ser más exactos, se habla, pero se habla con ese discurso mentiroso, sin contenido, salvo para esos microsectores sociales (los beneficiaros de los nuevos estándares de especialización) claramente relevantes, que pone de relieve que no representa una verdadera idea, sentido o sentimiento (muy distinto a esta otra idea de toda una sociedad dando, elemento a elemento, lo que puede dar, y en una única dirección, sin resistencias o tensiones), y que no obedece a una finalidad o respuesta a problemática alguna más allá de la utilidad coyuntural (la del desarrollo o aumento de la bipolaridad). 
No obedece a otras problemáticas relacionadas con la participación, la contribución y la cohesión, o la deficiencia funcional de éstas, es decir, con la bipolarización del tejido social y la enajenación y, muy principalmente, con la desestructuración social (o desubicación) y la ineficiencia (o disfunción social), que desarrollamos ahora, y que son síntoma del desaprovechamiento ocupacional y de la instalación de un patrón de capacitación inespecífica (sin contenido y sin éxito) en uno de sus polos, es decir, del ostracismo funcional resultante, derivado de un déficit de utilidad pública de las capacidades, y de la desespecialización.

1. Principio de incompetencia.

Una sociedad no se puede permitir desaprovechar a su población capacitada en tareas que no le son afines o tenerla entretenida en una búsqueda de recursos propios (su camino) estúpida. Veamos un simple ejemplo:

Tenemos cien licenciados en Historia; un caso complicado (la de una licenciatura supuestamente inútil y de difícil acceso al mercado laboral). ¿Qué hacemos? Sin duda serán más capaces (estructuración del conocimiento) que los no licenciados en el aprendizaje de una tarea (camarero, por ejemplo) ¿Los ocupamos de camareros? Evidentemente no. Seguramente por muy inútil que parezca la licenciatura habrá algo mejor en que ocuparlos que en esto. Evidentemente, será mejor que de camareros sirvan y se ocupen los que no tengan otras posibilidades. Es evidente también que, suponiendo que hayamos contestado que sí, lo susodichos licenciados-camareros iniciarán un éxodo por el desierto, esto es, que tendrán la mitad de su cerebro lamentándose de lo que son y la otra mitad tratando de salir de ese estado, pero salir de ese estado tampoco es ocuparse de lo suyo (entendiendo lo suyo un abanico muy amplio de cometidos para los que están formados y pueden ser útiles ) sino en articular determinados mecanismos y superar resistencias que en el fondo (y en la forma) desconoce. De forma promediada, la mitad de la vida laboral desarrollada en el tercer cuarto de la vida biológica, después de pasar el primero formándose y el segundo persiguiendo un estatus, supone un índice de aprovechamiento verdaderamente escaso.

Claramente se ve que el actual sistema de escalado social es improductivo por la ineficaz utilización de recursos humanos, tanto por el aspecto estructural de los que no prosperan y las condiciones en las que llegan los que sí lo hacen (empleo y cuidado poco racionales de los elementos en la arquitectura social), como el funcional de los mismos, o desaprovechamiento de las capacidades y los recursos materiales en todo el proceso. La mecanización de los procesos (des-especialización) y la necesaria incorporación del tercer mundo al mundo de desarrollo (de una parte para incorporarlos al desarrollo-bienestar y de otra para aumentar la polaridad, que el sector empresarial ve mermada por otros factores, ya descrito) provocan la escasez de unas determinadas actividades ocupacionales, que da lugar, como hemos tratado ya, a una respuesta inapropiada, y siempre orientada en el mismo sentido (que no es otro que el de la modificación de la relaciones de producción, cuando los sistemas están agotados). El empleo a la corta o a la larga será (siempre es y será) un problema. En consecuencia, ¿qué hacemos, de acuerdo al ejemplo anterior y a este hecho, cubrimos las plazas de trabajo menos cualificado con población cualificada (ya vimos lo interesado que está el sector privado en esto), que por supuesto compite en situación ventajosa, y creamos dos problemas (los desocupados y los mal ocupados), o las cubrimos con el personal afín y dejamos, haya o no haya ocupación, a los cualificados para las innumerables ocupaciones de nivel que, si se quiere, puede demandar una sociedad de progreso?
Una sociedad debe tener satisfechas sus necesidades estructurales y de provisión básicas, pero la alternativa no debe estar entre ocupar una plaza —incrementando la lista del paro— o no poder ocuparla (ocupándose de abajo a arriba, con la desocupación como estado residual e improductivo, quedando liberados y subsidiados) sino entre ocuparla y quedar liberados de ocupación (entre ocuparse y no ocuparse) por lo que se debe ocupar de arriba abajo (con la ocupación como estado residual plenamente productivo y regulada por mínimos) : esto es la inversión social. De una forma quedan liberados y subsidiados los menos aptos (de acuerdo a los criterios de competencia o competitividad utilizados) y de otra (de acuerdo al nuevo criterio de competencia o idoneidad) los más aptos y con posibilidad de ser adscritos a cometidos de valor añadido. Los grandes imperios aplicaron, hasta la altura de sus posibilidades (los tiempos) y apoyados en la esclavitud, este sistema. Ellos tuvieron claro que había tareas serviles y tuvieron claro que las mismas tendrían que ser realizadas por el estamento socialmente y culturalmente más bajo, fundamentando la riqueza base del Imperio. El problema en este caso es que el otro estamento llegó a ser totalmente improductivo y que los estamentos eran estancos, por lo que no alcanzaron una verdadera inversión social, y, cuando desaparecieron algunos alimentadores económicos de la bipolaridad, cayeron en la subsistencia. De todo ello se deduce que ni los estamentos pueden ser estancos como en el sistema del Imperio romano porque en caso de necesidad se cae en la subsistencia por falta de recursos ni puede haber una comunicación tan permeable como en el nuestro, que se complete el estamento inferior indebidamente, y que por algún tipo de necesidad o desorden estructural se crea una necesidad esencial. Debemos aceptar sin complejos, por tanto, puesto que es de beneficio común, que el tercer mundo (o los sectores no cualificados) sea el motor de la economía porque además es la forma de que éste alcance y se parezca al nuestro, pero de modo que no sólo implique un estado natural de ocupación sino un orden natural en la misma: si ante la necesidad y la supervivencia (y nuestro mundo es de continua necesidad y supervivencia) ponemos a nuestro primer mundo como primero en las colas del paro —para solicitud de empleo— nos cargamos toda posibilidad de desarrollo al llevar nuestro primer mundo a la altura del tercero. La cuestión fundamental no es que los sectores cualificados no puedan formar parte del sector productivo, que sí pueden, sino que no compita con el sector no cualificado en la ocupación de las plazas existentes en dicho sector. Una sociedad del bienestar debe ocuparse de arriba abajo y no al revés porque es la forma de preservar los mediadores y el núcleo del bienestar. Pero, además, ¿podemos imaginar la cantidad de problemas neutralizados, además de los citados? Por arriba, todos en todo según sus capacidades, en tanto que por abajo, la ocupación residual puede estar colmada de candidatos que servirían para eliminar resistencias al conjunto de la sociedad (reducción de jornada, servidumbres, etc.) mediante la reducción de horas disponibles de una supuesta bolsa de trabajo, porque, por abajo, siempre se encuentra masa social: bien de los de arriba en estado de dejación, bien de los sectores jóvenes en estado de indecisión, bien de foráneos, bien de la automatización de los sistemas, bien de un voluntariado; sin contar como mero mecanismo de pago social de delitos, y otros.

2. Sobre la eficacia.

Dada la conexión de los aspectos estructurales y funcionales, la inversión social se constituye en fin y medio, y permite llegar a través de esta inversión de los criterios estructurales a la inversión de los competenciales u optimización de la funcionalidad o eficacia. De este modo, todo lo visto respecto a la desestructuración o deficiencia en la arquitectura de nuestro modelo actual, incide en la eficacia del sistema e incide también en la adecuada alimentación de los factores psicológicos por los sociales y de los sociales por los psicológicos, que de otra forma se convierte en un sistema contaminado, contaminante y esencialmente insalubre o, lo que es lo mismo, sin posibilidad de alcanzar un estado de salud por encima de las cotas que le marcan los factores externos que se presentan así como condiciones de contorno: la distorsión en la retroalimentación de los sistemas, y la transformación de los problemas estructurales en funcionales, se produce mediante el factor humano, por lo que toda sociedad debe ofrecer a todo individuo esa posibilidad; la oportunidad de darse y dar lo máximo. En un sistema coherente y bien diseñado, cada uno debe dar a la sociedad lo mejor que pueda en cada uno de los momentos de su vida: ni cuando puede estar, no estar, ni estar cuando no puede estar; lo que da lugar a una ineficacia por defecto o exceso de oportunidad y a sendas patologías psicológicas o alteraciones derivadas de dos formas distintas de insatisfacción e inutilidad. Todo coste individual tiene uno social: no es lo mismo una sociedad formada de individuos satisfechos con el espectro y el desarrollo de sus posibilidades (naturalmente, el fracaso siempre es una posibilidad) que una formada de puro psicologismo del fracaso (no es lo mismo la asunción-resignación que la aceptación) que en caso extremo lleva a la disgregación social de los individuos o desvinculación social: todo coste social tiene uno individual. No obstante, pondremos de manifiesto otros factores que implican la competencia y, por ende, la incompetencia y cuan harto difícil puede resultar dominar todos los elementos porque los mismos, como hemos indicado y veremos, son consustanciales a nuestra propia naturaleza, pero también a la propia naturaleza de nuestro sistema social que impulsa, propicia, avala o sostiene determinados comportamientos y se constituye como el común denominador que lo empaña todo.
Para empezar habría que decir que hay dos cosas fundamentales que afectan a la eficacia que son el interés y el desinterés. ¿Se entiende, verdad? No haría falta decir más, sólo desarrollar esta idea. Esto, como es el fundamento último, se puede hacer desde el estudio de las motivaciones personales —ya aludidas y descontadas con anterioridad— que son una cuestión de cada cual (el interés y el desinterés endógenos) o desde las sociales, que son desde las que podemos incidir o manejar, que actúan como factores exógenos para las anteriores. La cuestión es que por una cosa o por otra, se crea desaliento y se aprende a hacer todo al 30 o 40 por ciento: el análisis, la tramitación o gestión…, la solución de los problemas; todo parece moverse en una supina mediocridad de la que sólo aquéllos que alcanzan el éxito parecen escapar por lo que son doblemente admirados (por escapar de algún sitio y por llegar a algún otro).

A. La ineficacia política como paradigma

Esto se pone de relieve de forma particular en la vida política y se constituye en referencia. La vida política está llena de grandes temas, de cuestiones de Estado que los políticos tienen que abordar. Algunos de ellas son asuntos esenciales, podríamos decir de vida o muerte, para el decurso social. Estos grandes temas sobre los que los políticos tienen que decidirse están sujetos a muchos intereses y afectados por presiones de todo tipo sobre las que el político tiene que pugnar y alcanzar un difícil equilibrio, tanto, que finalmente la solución no es solución sino un apaño que pospone, que no soluciona pero que, al menos, no descontenta a nadie, o descontenta a todos pero no de forma importante puesto que la decisión no ha sido contraria con rotundidad. Con esto tenemos que el margen de maniobra del político es estrecho en las cuestiones generales y muy condicionado (por ejemplo, lo que defiende en una comunidad es contrario al interés de otra, y mantienen ambos mensajes) por lo que no se espera de ellos ninguna determinación clara o valiente, y sí una estrategia de plazos que dejen dormida finalmente la problemática; ocupando inútilmente su tiempo y nuestros recursos. Sólo hay que ver cómo los grandes temas estructurales (de los que hablaremos), que son tan nuestros como la bandera: Justicia, Educación, Administración, se eternizan en la abulia sin solución.
Para las cuestiones importantes su acción es tardía, escasa y predecible, derrochadora de recursos y atenciones, que olvidan multitud de problemáticas menores, que tampoco encuentran solución. ¿Quién de nosotros, yendo a la clínica a realizarnos unas pruebas médicas respecto a una dolencia grave, no se para en el camino para quitarse unos molestos chinarros del zapato? La vida se compone de grandes problemáticas y pequeñas problemáticas, cotidianas y molestas, a las que la ciudadanía tiene que estar volviendo la mirada injustificadamente a cada tanto a pesar de tener una solución fácil y concreta. ¿Por qué las personas tienen que perder un segundo de sus vidas en obtener, reclamar o defender aquello que le pertenece por derecho? ¿Por qué tienen que estar volviendo la mirada? ¿Habrá un síntoma más claro que éste de ineficacia social? La verdadera sociedad de bienestar no es la que tiene todo tipo de artilugios sino la que no tiene esa serie de problemas (a la que nosotros hemos llamado de forma genérica resistencias) que hace de la vida una constante supervivencia. Parece obvio que un principio de justicia, de modernidad, de simplicidad está apoyado en esto. En este caso, ¿por qué no hay un verdadero propósito de poner en su sitio lo que está claramente fuera de él? Puede pensarse que por razones presupuestarias pero algunas soluciones no cuestan dinero y sólo se precisa de una directriz amparada por un único presupuesto, el de hacer la vida de las personas más fácil o, dicho de otra manera, no añadir dificultades innecesarias a la existencia (para conservar la potencia no importa conservar la tensión siempre y cuando disminuya la resistencia, y recordemos que de eso se trataba) y esto va, más que con los condicionantes económicos, con la capacidad resolutoria y la pervivencia de determinados comportamientos inerciales.
La sociedad plantea problemas concretos (quiere decirse que alguien sabe de la problemática real) de los que sus dirigentes no se enteran, no quieren enterarse o se enteran tarde y mal, y para los que se elaboran informes que no alcanza el fondo de la problemática o que sirven para decir lo que ya todo el mundo sabe, y que las más de las veces quedan olvidados en un cajón. Una vez enterados (de, supuestamente, haber tenido contacto con esa realidad) y superados los prolegómenos, se establecen propuestas que en origen pueden ser concretas pero que alcanzan paso a paso un grado de artificio importante, que, finalmente, las alejan de la problemática que tratan y, en cambio, se acercan, parecen o mimetizan con la realidad y se hacen indistinguible de ésta, es decir, que la solución está tan en el entorno del problema y utiliza tanto su propio lenguaje que no puede alcanzar ese elemento diferencial al que llamamos solución o que hace de ésta algo inservible. 

B. La eficacia: competencia ejecutiva

Solucionar un tema sólo exige pensar el problema, la solución, y tomar una decisión concreta. En ocasiones, el problema y la solución están hartamente planteados por los agentes sociales y por los afectados, esto es, están pensados, por lo que sólo resta tomar la decisión; y no se toma. ¿Qué ocurre entonces?, ¿cuál es la razón? En la solución, además de con el problema, hay que contar con demasiadas cosas por lo que las verdaderas medidas que podría apuntar a la solución eficaz no aparecen o se pierden en el camino. Los políticos-gestores no resuelven, sólo presentan un abanico de soluciones que como tal, promedian, reajustan y, la más de las veces, enturbian el problema o lo enmascaran. Los problemas tienen una causa concreta y real, por lo que no tienen por qué estar protocolizada ni insertada en ningún modelo o sometida al criterio del grupo, son, simplemente, una cuestión a resolver: un objeto de la voluntad. Una situación de normalidad sería aquella en la que del análisis del problema se llegue a la solución, a la simplicidad.
En nuestra sociedad, en nuestro entorno, el conocimiento o inmersión en determinada problemática y su profesionalización sirve, en el mejor de los casos, para determinar y alcanzar clarividencia sobre los límites, sobre lo que no se puede hacer o existe un impedimento, pero casi nunca para saber las posibilidades y muchos menos para, de acuerdo con las pretensiones, encontrar o perseguir con arrojo los mecanismos que rompen esos límites. Esto sólo puede acontecer cuando se reúne un conjunto de facultades personales, rasgos o pilares de la competencia ejecutiva (de la que el político es su paradigma), en cada cometido: para solucionar un problema hay que ser consciente de él y potencialmente capaces, además de tener la posibilidad material, y la libertad para emprender las acciones pertinentes.

Consciencia. Cuando hablamos de consciencia decimos tanto la consciencia de advertir las cuestiones, como la de reconocernos como capaces de actuar sobre ellas, como la de la necesidad de hacerlo, sin condicionamientos, en todas direcciones: reconocemos que las cosas se pueden hacer bien o mal y que esto en ocasiones repercute en las personas porque a las personas circunstancialmente se le presentan dificultades que las convierten en impedidos ocasionales en cuestiones tan peregrinas como la de encontrar un formulario de entre varios que nosotros podemos mezclar. Para un sector sólo se le presenta como problema lo que para él es problema, que va relacionado con la necesidad (ya vista), el instinto de conservación (nuestros miedos), y la calidad humana, esto es, lo sumidos que estemos en la corriente inercial de la vida, nuestros prejuicios y en definitiva con lo que nos importe las personas, y los problemas de las personas, y en dónde pongamos el acento (también en virtud de nuestra experiencia) u orientemos nuestros sentimientos primarios, en definitiva —como dijimos—, de nuestro interés y nuestro desinterés. En este sentido, estamos acostumbrados y sabemos, por ejemplo, que las personas que están en situación jerárquica superior han obtenido dicha situación (y de aquí la necesidad de la Inversión social) a base de prescindir de la problemática de los otros —cuyo prototipo lo encontramos en el competidor— y preocuparse sólo de la propia y de las de los jerárquicamente superiores que son frente a los que se tiene que dar los resultados (en vez de hacerlo, liberados del mérito promocional, al conjunto de la sociedad: donde el mérito y desmerito se obtiene más a largo plazo por las cosas bien/mal hechas) por lo que la atención está focalizada sobre sí misma. En consecuencia quien verdaderamente tiene posibilidad de actuar sobre las cosas generalmente es consciente de la problemática que está en su plano y la de los planos más elevados (se corrige con la Inversión), a la par que es correa de transmisión de la problemática en la dirección descendente y filtro o freno de la ascendente.

Potencialidad. La solución de los problemas exige un grado de inteligencia para poder contener el problema en todas sus variables y poder estructurarlo (que nos se nos presente como una rueda pesada, inabordable, como un pulpo de cien tentáculos), y así poder brindar un grado de eficacia. Con una buena estructuración llegamos a una síntesis y simplificación del problema, es decir a un diagnóstico. Además esta estructuración o debe dar lugar a una solución completa o debe ser la base de las estructuraciones empleadas por el resto de los segmentos afectados. Sobre esto se podrían poner muchos ejemplos y darnos cuenta de que, aunque pensemos que todos somos capaces, no es verdad. La vida se simplifica tanto intelectualmente que prácticamente ésta discurre a través de cuatro pautas y cuatro conversaciones aprendidas, que nos hace pensar que pizca más o menos todos tenemos unas capacidades similares; pero no es verdad: sólo tendríamos que acordarnos de lo que fuimos cada uno de nosotros en la escuela, y de aquel entorno, para darnos cuenta de que no es cierto; se podría asegurar que el 99% de la población tendría problemas para plantear una ecuación de primer grado con una incógnita correspondiente a primero de secundaria, esto es, a un niño de doce o trece años. Estamos hablando de que la mayor parte de la población sería incapaz de conjuntar tres condiciones previas con el fin de alcanzar una conclusión o una única condición que las comprenda a todas. Ese 99% luego podrá manifestarse con toda la soberbia del mundo en el planteamiento de esas cuestiones rutinarias de la vida como si fueran el resultado de un dominio perfecto de la problemática, pero lo cierto es lo anterior. Antes, desde el reconocimiento de la ignorancia, existía a su vez un reconocimiento del conocimiento ajeno, pero ahora todo el mundo quiere sentirse capaz si bien es cierto que todo él aplica esa metodología y se inhibe en la solución de los problemas porque en buena medida darle una solución a los propios ya le cuesta. Lo mismo que hablamos de la destreza matemática podemos hacerlo de la semántica por la que, aunque todos hablemos la misma lengua, no hablamos el mismo idioma. Estos dos elementos, junto con la lógica formal —de la que ya hemos hablado—, hacen que verdaderamente se interponga un telón infranqueable en la comprensión íntima de los problemas y que parezca o se quiera hacer parecer como criterio propio (origen de una decisión) lo que en verdad es ignorancia o incapacidad para abordarlos con todos sus elementos. Los sistemas o funcionan o no funciona, aunque el fallo es por un bloqueo puntual o causa concreta, la solución implica la contemplación en varias direcciones, por lo que difícilmente puede ser el resultado de un análisis lineal o del tanteo, esto es, de la comprobación de los efectos. La cuestión es que el planteamiento y la solución de las cosas de la vida pueden ser muy variopintos y podemos no apreciar, o diferenciar por la solución, un tratamiento multidimensional de otro establecido mediante sencillas concatenaciones aprendidas, pero existe esa diferencia, y hay problemas que se pueden atender de una forma lineal, paso a paso, y hay problemas que no, que hay que contemplarlo todo. Esto se pone de manifiesto —porque en realidad obedece a una falta de inteligencia, sin señal de alerta de la consciencia— en las lecturas polarizas, sesgadas, en el maniqueísmo que nos lleva de forma ineludible a un mismo punto o en los prejuicios que nos hacen repetir un esquema porque empezando el mismo, por un punto, acaba en otro conocido —de donde se ve que ambos están unidos como por una cuerda y que en medio no existe elementos de ruptura o desviación—; que limita nuestras posibilidades de elección.
Actualmente hay un alto grado de ineficacia en la problemática social porque las personas que supuestamente tienen que abordarla adolecen de los conocimientos o capacidades para hacerlo porque con la mecánica actual, salvo para algunas ocupaciones en las que se requiere específicamente un perfil creativo y divergente, el sistema busca unos elementos reconocibles de los que lo único que se puede esperar es la repetición de un patrón (lo del sistema de selección mediante el principio de competencia) —del patrón— por lo que las deficiencias del mismo tenderán a perpetuarse, a perpetuarse en ellos a la par que ellos se perpetúan en las deficiencias. Con esta fórmula la sociedad va arrastrando sus deficiencias, su incompetencia de fondo porque son muchos los elementos involucrados o adscritos a la permanencia de las cosas: a todos les gusta jugar y sacar partido con unas reglas, y sobre todo les interesa mantenerlas una vez que lo han sacado. La Inversión nos obliga a aquilatar estos y otros valores en el ejercicio público, pero, en este caso, no sólo o exclusivamente para dejar en manos de los supuestamente más listos o preparados (Doctores) el mismo, porque sin duda algunos de ellos lo son o están rodeados de los que sí lo son (aunque a veces no lo parezca y no representen una garantía), sino para alterar la conciencia social y anular los condicionamientos que nos llevan al pensamiento único o forma única e interesada de abordar los problemas.

C. La eficacia: competencia operacional

Con el sistema actual parece obvio que es aplicable, que se justifica e instala, el principio de Peter por el que la incompetencia estaría ocasionada precisamente por estar regulada y justificada la promoción hasta allí donde alguien deja de ser competente en alguno de los factores de la competencia ejecutiva, con lo que, dado que el sistema de promoción obliga, además, a un cambio de actividad o de esquema al que finalmente se responde con desidia o apatía (el desinterés), la situación de las personas sería: o es competente —por tanto en eterna dedicación promocional— y susceptible de ocupar un cargo superior (justo el que le viene grande y no le permitiría promocionar más), o es supercompetente —y no sólo entregado a la promoción sino infeliz—, esto es, directamente desaprovechado y cercenado por las deficiencias de los mecanismos de escalado social, o no lo es (procede de un cargo anterior) por lo que ya no promocionará más y ejercerá su incompetencia; que el principio de incompetencia corrige en algunos de sus aspectos, puesto que en vez de promocionar los competentes hacia un destino final de incompetencia, descienden en la escalera promocional por incompetencia desde la supuesta competencia, o situación de partida, a un posible destino de competencia, que rompe la idea del promocionado y una cierto marco de destino alcanzado.
Pero el principio de Peter, aunque cierto grosso modo, no justifica toda la incompetencia de la sociedad o todo lo que se presenta como tal en virtud del grado de eficacia de la acción. Para empezar, porque mediante el mismo estaría reflejada una incompetencia final en el proceso de escalado promocional (entre bloques o escalones) pero además de ésta existe otro, adscrita a cada bloque, que se pone en evidencia en cada uno de ellos, y que se da cuando la promoción responde a un perfil que no contempla la eficiencia como uno de los aspectos prioritarios del candidato —de hecho muchas de las promociones se completan con personas de cualidades mediocres— como consecuencia de estar desprovisto los puestos del factor personal en la consecución de objetivos, es decir, que lo que se pretende está decidido o trazado desde otras esferas y los candidatos sólo cumplen una función gris para la que fundamentalmente se requiere un cierto nivel de disposición y nada más. En segundo término, el principio de Peter no justifica toda la incompetencia porque ésta, además, hay quien la desarrolla en el primer escalón, ése para el que, verdaderamente, cualquiera puede ser competente o en el escalón de supuesta competencia (antes de llegar al de la incompetencia), y porque la sociedad no se constituye de una escalera promocional en la que todos al cabo encontramos un peldaño falso sino que esa incompetencia la encontramos realmente en la ocupación para la que de una forma u otra alguien se ha estado preparando toda la vida o para la que no necesita una preparación seria, lo que pone de relieve que en la misma hay tantos factores externos como propios. El problema, por tanto, es mucho más amplio y agudo: existe en la sociedad un grado de ineficacia intrínseca (de fondo) al margen del grado de preparación y consciencia (aunque también las impliquen) de sus elementos, que se pone de manifiesto además en todos los ámbitos de la sociedad y supera el tratamiento anterior.
La incompetencia (y la ineficacia) se da en cualquier cometido para el que en principio estamos habilitados (o estamos asignados) al margen de su relevancia, esto es, aunque el mismo se restringa a una operativa regulada. Precisamente sin esa relevancia, sin la importancia del cometido, sin la especialización, se puede dar con mayor facilidad la diversificación de tareas (pensemos en la movilidad funcional o en la multifuncionalidad) o el cambio de actividad (sin que medie promoción alguna) y la provisionalidad, todos sus problemas asociados (el desinterés) y determinadas casuísticas que confluyen en la imposibilidad de una verdadera competencia operacional u operativa eficiente, en consecuencia, de una verdadera efectividad, sin que en este caso pueda ser corregida directamente por la inversión social porque esta incompetencia no es consecuencia de la arquitectura social (el escalón base siempre será el escalón base); aunque también la sufre y se presente como tal para el usuario final. La competencia operacional, no obstante, sufre la arquitectura en cuanto que sufre la competencia ejecutiva de los estamentos superiores (las directrices) —que se presenta como extrínseca—, derivada, entre otras causas, de políticas económicas mercantilistas, materializadas en una productividad tecnocrática e irreal —como la que se da en los diversos sectores productivos a los que constantemente se le va cambiando la operativa de trabajo y de herramientas, y que nunca llegan a dominar la tarea, o alcanzar una verdadera capacitación, y a rentabilizarla, porque la actividad se mueve en términos estadísticos y no en otros reales—, que sacrifica todos los parámetros fundamentales de salud laboral, como la estabilidad, el grado de interés y el sentido de utilidad, es decir, la alteración de estos factores endógenos (incluso psicológicos), que derivan en desidia y en la enajenación como resistencia emocional al sistema productivo. Así tenemos:

Productividad tecnocrática: El capital ha prescindido de la eficacia del asalariado mediante la mecanización y otros procesos, es decir, ha tratado de eliminar ese grado de libertad que pertenece al entusiasmo, a la iniciativa y ha dejado sólo trabajo bruto (pagado como trabajo bruto). El sistema económico apunta, en consecuencia, a la mediocridad, pero la propicia y se nutre de ella. Durante tiempo primó la eficiencia de la técnica basada en la especialización porque de ella se derivaba una eficiencia económica, posteriormente, mediante la mecanización se ha llegado a la no especialización y mediante la informática a la homogeneización, que permite juntar varias técnicas y compartir los recursos de las mismas tanto materiales como humanas, lo que deriva en una nueva optimización y eficiencia empresarial técnica y económica. Aquí se cambia el trabajo en serie y completo por el trabajo en paralelo o multifuncional fraccionado de la tarea desestructurada que, además, posibilita el recuento directo. El análisis se apoya en una serie de sondas, de muestreos de algunos parámetros elementales que caracterizan la producción pero que prescinden de otros parámetros de calidad que se rectifican arreglo a estudios de mercado interesados o se abandonan definitivamente. Por ejemplo, se dividen los departamento como unidades independiente que sólo tiene que dar cuenta de sus resultados, que posibilita la libre elección de los recursos que se les ofrece en la competencia y prescinde de la problemática de las otras unidades Entre estas problemáticas están las incidencias en los procesos que, anulada la comunicación verbal (por la mecanizada), deben soportar todo un protocolo de actuación y demora (entre las partes) que, mediante la acción personal y el sistema continuo, era de inmediata solución. En realidad, prescindir de la acción personal, es en sí un fin: no existe el puesto-persona, sólo el puesto y una política de cajas negras y comunicación de las mismas. Se llega a un sistema rentable desde la perspectiva de los costes, pero de funcionamiento ineficaz, particular y globalmente, esto es, con muchos efectos residuales que, además, dada la partición, son difícilmente detectables y corregibles, en cuanto que, una vez sectorizado, difícilmente se puede implicar a las partes en un supuesto “bien común”. Podemos darnos cuenta de que ésta es la judicialización o su equivalente económico, esto es, la pérdida de una referencia superior y el establecimiento de distintas partes que no saben o quieren saber nada más que de su realidad, de su verdad, de su problemática, y que luego, de acuerdo a las sondas y los estudios de mercado citados hay que coordinar de forma forzada, esto es, por unos criterios de eficiencia que sólo saben ajustar el dividendo o el divisor para obtener un determinado cociente, y poco más.

Capacitación: Implica que es capaz de afrontar la tarea intelectualmente, para lo que debe darse que dicha tarea, o el conocimiento que le acompaña, esté suficientemente estructurado. La estructura no es el mecanismo de desglose ad infinitum que se está imponiendo en la actualidad, y que responde más bien a una desestructuración, sino un esquema sobre el que poder aplicar las diferentes particularidades (no infinitas particularidades sin esquema) que debe servir como soporte a cambios futuros. En consecuencia, hay dos formas de entender y aplicar los usos, arreglo a un procedimiento o esquema y sin él. Si bien es cierto que el exceso procedimental de la vida va contra la libertad y dignidad del ser humano, su ausencia va contra la efectividad y la higiene mencionada. El desorden en la actividad lleva a la negligencia, inefectividad y a la imposibilidad de mejorar los sistemas pues no existe una estructura de referencia. Este esquematismo es el que realiza la mente como tal y es a lo que llamamos inteligencia, al menos un tipo de inteligencia, y es la que se espera alcanzar después de efectuar unos determinados estudios o de una experiencia profesional.
En nuestro entorno, y esto es causa de mucha inefectividad y enajenación, se tiende a no estructurar la tarea en lo que importa y sí en aquellas cosas que van al terreno de lo accesorio o irrelevante (cuando no indecente). Esto se pone de manifiesto en muchos sectores productivos en los que a falta de tener verdaderamente reguladas las tareas, por incompetencia ejecutiva, se regula un cierto comportamiento estándar, dicho de otro modo, por no saber regular la producción (encaminadas a mejorar la productividad), se regula otras cuestiones anexas que supuestamente, de forma genérica o por pasiva, la mejoran, pero que no dejan de ser o conformarse como sistemas primitivos basada en la cosificación del esfuerzo (que mediante la inversión social procederíamos a derogar). En efecto, cuanto más primitivos son los sistemas más basan la producción en el ratio de ocupación, contrariamente a los desarrollados en los que aparecen índices de productividad, o de objetivos alcanzados y retos; si bien es cierto que los sistemas de producción últimos tratan de rentabilizar o llevar a extremo ambos factores.
Que es capaz implica que se puede hacer, y hacerse en un tiempo razonable, esto es, posibilidad material. La posibilidad material es la relativa al propio ejercicio y la consustancial a la propia vida, a la ineficacia de la propia vida y sus complicaciones y servidumbres. Las personas en los puestos de trabajo están pensando en las mil cosas de la vida: los niños, los médicos, la compra diaria, y toda una serie de cuestiones que hay que atender, más otras accesorias y resistencias diversas; muchas de las cuales, se eliminarían con la inversión.

Utilidad: Que es útil su ejecución quiere decir que el esfuerzo de su trabajo no se pierde en alguna parte y que, por tanto, no es igual efectuarlo que no. La no utilidad de la tarea viene muy condicionada a su vez por la ineficacia del entorno al que a su vez se le alimenta con nuestra propia ineficacia. La ineficacia así es un estado mórbido de abandono en el que alguien se mira a sí mismo y ve que debería hacer las cosas de otra manera, que es mejor para el funcionamiento pero que desierto de alicientes se deja ir y se instala en la suciedad, en la misma que ve y que contempla. La ineficacia es a lo social lo que la depresión, a lo psicológico o personal, y, en ambos casos, consecuencia de un déficit de higiene (estructural-mental). Salir de este círculo es un problema de gestión, pero las políticas no van encaminadas a solucionar esto que no aparece en las estadísticas y, muy al contrario, sí a incrementarlo.

Enajenación e inhibición: El capital toma la mano de obra como una mercancía más, sujeta a la oferta y demanda, que trata de minimizar. Es un gasto, no una inversión como lo pueda ser la ficha de un directivo. En el primer caso, contrariamente al segundo —y por lo mismo que a un tablón de madera tiene su valor en un uso o en otro, pero no en dos simultáneos—, no existe un valor del trabajo adicional al correspondiente a la función, es decir, que el tiempo de la función se corresponde con el de la jornada laboral y no queda hueco en ésta para darle un valor extra temporal ni ocasional (asociado a la iniciativa o creatividad), por lo que hay una identificación entre la ocupación y el salario. En el segundo, se valora la percepción económica en función del incremento de plusvalías o de cierto valor añadido por lo que lleva implícito un concepto de productividad o eficacia. El capital trató de obtener productividad en el asalariado a través de la eficacia, pero, llevando el salario al mínimo, el asalariado entiende que el empresario no ha contratado eficacia y sí trabajo bruto o trabajo base solamente. El diferencial de eficacia que en el asalariado no representa valor del trabajo se transforma mediante la plusvalía (que es el valor del trabajo del empresario o gestor) en un gran valor, es decir, la eficacia es gratuita en origen (se paga lo mínimo o no se paga) pero no en destino puesto que repercute en el beneficio (de ahí la enajenación). El trabajador no puede darle un valor a su diferencial de eficacia porque no le corresponde a él pero sí llevar ese diferencial al mínimo o anularlo. La enajenación se presenta como una resistencia natural psicológica al desarrollo de la efectividad de un sistema que no contabiliza la suya propia y la revierte, de este modo uno paga lo mínimo por el valor del trabajo y otro hace lo mínimo entendiendo que el valor del trabajo se corresponde con el mínimo valor del mismo y esto con su mínima rentabilidad; porque otra cosa ya es efectividad extra, llegándose a un estado o sentimiento de inutilidad, de desidia, de abandono, de mediocridad general y, cuando menos, de inhibición en el desarrollo eficiente del sistema, en las mejoras y en la corrección de las deficiencias, esto es, en suplir o corregir la incompetencia ajena (suponiendo que se pueda, porque ocasionalmente ocurre que dichas correcciones chocan con dicha incompetencia) o la desestructuración del sistema.

D. Ineficacia y bipolaridad

Cualquier competencia tiene un valor ejecutivo porque cualquiera, incluida la puramente operacional, afecta a un estamento inferior, aunque sea al usuario final y, en consecuencia, está sujeta a los factores de conciencia y potencialidad, si bien es cierto que ésta en un grado mínimo, precisamente por tener una mínima incidencia y por el pequeño grado de autonomía, que, por otro lado, ocasiona que el sentido de utilidad y el interés no nazcan de forma natural (de una cierta iniciativa) sino que haya que aportarlos de forma adicional. De igual forma toda competencia conlleva una parte operacional porque toda tarea está sujeta a requerimientos ajenos y en toda ella al final se cumple una función para la que se precisa una determinada capacitación. Podríamos decir que la diferencia entre capacitación y potencialidad es que mientras que ésta diseña estructuras aquélla sólo necesita moverse por ellas (la capacitación precisa de un buen diseño o escenario). De donde tenemos que existe una incompetencia intrínseca que sufre los problemas estructurales y que sufre la incompetencia extrínseca que no es otra que la intrínseca de los estamentos superiores que repercute en la efectividad de los procesos y en la creación de los mencionados problemas estructurales, que a su vez sufre como extrínseca las deficiencias de los estamentos base por lo que todo se traduce en una circulación de deficiencias, y a un hábitat. La diferencia es que en este proceso circulatorio unos pueden activar medidas para la alteración del mismo y otros no, es decir, unos actúan o pueden actuar y ejercer una acción y otros sólo lo pueden hacer como simple reacción, si bien es cierto que es anónima y pesada. El polo inferior sólo necesita saber en este caso que lo que dice al superior tiene algún tipo de efecto, es decir, que ese flujo de vuelta será tomado con la consideración suficiente, tratado con las capacidades suficientes (con una captación adecuada de la problemática) y los medios, lo que se manifestará en el flujo de ida y, consecuentemente, en una circulación fluida. Esto nos da una situación de partida que justifica doblemente la inversión puesto que coloca a los estamentos que pueden alterar las estructuras con mejores cualidades competenciales minimizando la creación y circulación de elementos negativos (y en consecuencia de valores reactivos) llevando el nivel de ineficacia al mínimo derivado de la incompetencia intrínseca, que es inexcusable. Vemos que aquí se trata, como en todo lo tratado, de dos polos entre los que puede circular bien el flujo dinámico o no en función de la intervención de los mediadores citados (enajenación) u otros, esto es, se trata del efecto transistor aplicado a la eficacia. No obstante de todo esto, son tantos los factores sociales que intervienen en la ineficacia, la incompetencia y la mediocridad que analizarlos todos de forma genérica es ineficaz, por lo que se precisa particularizar el estudio a los casos más relevantes, y su posible superación en el contexto de la Sociedad Inversa, tomando en consideración la estructura política, ya desarrollada de forma general mediante los principios de verdad.