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sábado, 21 de abril de 2012

El quinto poder

Una opción para canalizar la fuerza social sería constituirse en partido, pero creo que no es la única ni la mejor, y, por otro lado, que no es momento o situación. Vamos por partes. Creo que la verdadera opción a la corta o a la larga sería constituirse (con todas las reservas) en un quinto poder, es decir, en un potente grupo de opinión, que module y condicione la opción y las aspiraciones del verdadero poder político. Ese quinto poder tiene que tener vocación de equilibrar pero nunca la de emular o sustituir. En algún sentido esto es lo que ya se está haciendo (algunas acciones políticas están siendo sensibles a lo que está ocurriendo en la calle) pero en algún otro sentido no, por cuestiones fundamentales que tienen que ver con la idiosincrasia del movimiento social, con sus pretensiones o la falta de ellas.
Al movimiento social le resulta extremadamente fácil ponerse de acuerdo en aquello que le supone (o supone socialmente) un dolor clamoroso e irreconciliable con la situación social, pero, nada más, es decir, que no está haciendo lo propio con las cuestiones sobre las que simplemente tiene que efectuar una orientación de sus aspiraciones. En consecuencia, no llega a acuerdos o, por decirlo mejor, entra en desacuerdos y en contradicciones: en una gran contradicción. De esa contradicción se desprende dos efectos indeseables. Uno la falta de consenso interno, la divergencia de voluntades e intenciones, otro, la débil capacidad de convocatoria o reclamo exterior. El problema endógeno y el exógeno es el mismo: salvo en las cuestiones nucleares (sobre las que tampoco se ha alcanzado una gran rotundidad) no se dispone de una referencia clara. La consecuencia es la misma: la inefectividad. Podemos decir que tanto dentro como fuera se vive el descontento, pero que ese descontento no se aglutina en un pensamiento alternativo unificado, o que incluso versa sobre cuestiones dispares y claramente minoritarias o de importancia relativa en el contexto general.
Romper con esta dinámica exige varias cosas. Desde “La sociedad Inversase está dibujando está exigencia y progresando en esta idea en cada una de los posts. En cada una de ellos se hace hincapié en la necesidad de establecer una deontología de la subversión, de abandonar unas formas, tomar otras, y dar un salto cualitativo. No voy a repetir el contenido, pero sí a particularizarlo para un caso concreto y a mostrar así, desde otra perspectiva, el fondo del asunto. Sabemos que en estos días —hace ya algunos— se ha puesto en marcha la ley Wert-Sinde, a la que tanto los colectivos implicados en las cuestiones de la libre difusión de la cultura como internautas, periodistas, bloggers y otros se oponen, haciendo patente dicha oposición en el “Manifiesto en defensa de los derechos fundamentales en internet. Sabemos que las razones argüidas respecto a las motivaciones de la industria cultural y los lobbies norteamericanos son ciertas y que, en consecuencia, una vez más responde a la intencionalidad de desequilibrar la balanza a favor del negocio oneroso de algunos respecto de otros derechos, dicho de otra manera, la de evitar lo que consideran un intrusismo. Frente a esto se propugna la libre difusión de la cultura. Pero parejamente se propugna el libre uso de la propiedad de los demás y el quebranto de sus derechos o nulidad preventiva de la propiedad intelectual. ¿Es necesario luchar contra el quebranto desde el quebranto? ¿Es necesario exagerar nuestra necesidad y nuestro derecho? ¿Esto nos pone en la dirección adecuada o nos confunde? El manifiesto citado arranca de una afirmación que se da por buena y que sin embargo es cuestionable: Los derechos de autor no pueden situarse por encima de los derechos fundamentales de los ciudadanos, como el derecho a la privacidad, a la seguridad, a la presunción de inocencia, a la tutela judicial efectiva y a la libertad de expresión. No es que la afirmación no diga una verdad, es sólo que no dice toda la verdad y, en consecuencia, está mal resuelta; pudiéndosele presentar varias objeciones.
Primera. Los derechos de autor no pueden situarse por encima, no quieren situarse por encima, no quieren situarse por debajo…, no pueden estar por debajo. Los derechos de autor, que es el derecho al producto del trabajo, son tan fundamentales como los otros. Entre unos derechos fundamentales, y otros, no cabe un proceso de judicialización, esto es, uno en el que además se utilice todos los ardides legales para hacer valer una hipotética razón, no cabe —una vez más— supeditar la razón de las cosas al interés, aunque éste pueda encerrar alguna verdad o algún perjuicio, reconozcamos el derecho de los otros antes de utilizar todo el artificio legal en la defensa del nuestro. No podemos querer esquilmar con nuestro derecho otros derechos. Sólo cabe establecer una jerarquía en virtud del quebranto real, o, mejor aún arbitrar una fórmula que posibilite verdaderamente el libre acceso, teniendo en cuenta a todas las partes del proceso creativo y de su popularización (a quien crea, a quien promueve y a quien difunde)[1].
Segunda. Bien es sabido que en realidad la libre difusión de determinados artículos no perjudica al autor porque si no es conocido puede lograr que se le conozca y si es muy conocido darle un valor añadido que de otra forma jamás alcanzaría, pero esto no quiere decir que podamos acomodar el derecho a la realidad coyuntural o las posibilidades ni que podamos acomodar las otras realidades a ésa de forma forzada. Esa realidad nueva hace, por ejemplo, que alguien pueda vender CD´s por internet de forma más económica por la supresión de gastos de almacenamiento, de establecimiento, es decir, por un abaratamiento general de los costes, además de disponer de un mercado extenso, etc., pero, ¿por lo menos, los CD´s que venda los tendrá que pagar al proveedor, no? Que la realidad posibilite esta forma de comercio no quiere decir que nos pleguemos a ella, que la realidad posibilite no pagar los CD´s, esto es, que no pagar los CD´s esté como posibilidad no quiere decir que tengamos que forzar todo nuestro pensamiento a esa posibilidad. Lo mismo ocurre con el resto de las cosas, incluidas la música que puede contener esos CD´s; aunque como posibilidad esté también alegar que se está haciendo lo contrario de lo que está haciendo.
Tercera. Esto último nos lleva a otra cuestión, que es paradójica y que una vez más pone de relieve la verdad esencial de todo lo que está ocurriendo en el plano socioeconómico, y la necesidad de tener una verdadera vara de medir los comportamientos y sus repercusiones, que en nuestro caso viene dada por el principio de bipolaridad (que en breve será desarrollado como merece). La cuestión es que todo lo que está ocurriendo, entre lo que podemos citar el propio desarrollo y la globalización, y nuestra forma de hacer las cosas, redunda en el decremento del diferencial entre polos, esto es, en la fuente del flujo de riqueza. Como respuesta, los poderes económicos (la gestión de la inversión etc.) trata de abrir o agrandar la brecha, y lo hace mediante la incorporación de dosis de subdesarrollo. Ellos están haciendo su parte, lo que les viene bien, la pregunta es, ¿estamos haciendo nosotros la nuestra? Parece evidente que estamos luchando contra una forma de capitalismo o de distribución de la riqueza y estamos al mismo tiempo contribuyendo con nuestra forma de consumir a esa forma de distribución: los Mercados sólo entienden de Mercados y de llevar la inversión a donde haya más rentabilidad, y nosotros, esos que luchamos contra los Mercados (junto a los que no luchan por nada), sólo entendemos de comprar donde sea más barato, si es preciso a través de internet mediante (lo que antes hubiera sido) una complicada operación de compra para ahorrarnos cinco céntimos en los CD´s; y si es gratis mejor. Ahí está la paradoja: denunciamos las herramientas del neoliberalismo, pero nos aprovechamos de ellas, de las ventajas del mercado libre. ¿A qué estamos jugando? Las diferentes opciones económicas y políticas tienen nombre, ¿cómo le llamamos a ésta?, ¿cómo se llama esta mezcla de supuestos ideales y de oportunismo? El exceso de plusvalías lleva a la desigualdad perniciosa, su anulación en este contexto (despolarización), a la imposibilidad real de mantener el sistema. No se trata de anticonsumismo ni de antiglobalismo, se trata de atender a la dinámica de los sistemas y preservarla, y para ello de establecer unos mínimos. Aquí es donde tenemos que detenernos para comprender las repercusiones económicas de nuestras acciones, cómo retroalimentamos los excesos del sistema: buena parte de toda esta cadena descendente entre sueldos y precios, con la participación de un tercer mundo en desarrollo, está motivada por nuestra forma de comprar, por nuestra forma de querer las cosas, por nuestra cicatería. Por esa forma de consumir, todos estamos sometidos a la competencia, y algunos, según el rol desempeñado, obligados a corregir —tal vez con más competencia— su efecto pernicioso, que de otra forma podría llevar, no a este deterioro continuado sino al colapso.
Nuestra solución tiene que eludir el deterioro y el colapso. Esto sólo se puede hacer desde el conocimiento y, por supuesto, desde el cambio del comportamiento o de la concepción de lo que es y representa la sociedad, que, como dijo Ortega en “La rebelión de las masas”, no es selva que esté ahí y de la que se hace uso:
La naturaleza está siempre ahí. Se sostiene a sí misma. En ella, en la selva, podemos impunemente ser salvajes… Esto pasa en el mundo que es sólo naturaleza. Pero no pasa en el mundo que es civilización, como el nuestro. La civilización no está ahí, no se sostiene a sí misma. Es artificio y requiere un artista o artesano. Si usted quiere aprovecharse de las ventajas de la civilización, pero no se preocupa usted de sostener la civilización..., se ha fastidiado usted. En un dos por tres se queda usted sin civilización. ¡Un descuido, y cuando mira usted en derredor, todo se ha volatilizado! Como si hubiese recogido unos tapices que tapaban la pura naturaleza, reaparece repristinada la selva primitiva. La selva siempre es primitiva. Y viceversa: todo lo primitivo es selva… El hombre-masa cree que la civilización en que ha nacido y que usa es tan espontánea y primigenia como la naturaleza, e ipso facto se convierte en primitivo. La civilización se le antoja selva.
Esa rebelión, junto al proceso de universalización llevó, parejamente, otro de vulgarización o banalización del que todavía no nos hemos repuesto, y junto con la apropiación legítima se emparejó otra nacida de la soberbia. Ahora estamos viviendo una segunda rebelión, una segunda extensión. Este proceso no es malo en sí mismo, más bien es bueno, pero es peligroso por lo anteriormente expresado. Es peligroso que pensemos que todo lo posible es admisible, y susceptible de ser demandado porque nos pertenece.
Naturalmente, este pensamiento no es generalizado, pero es normal cuando se emprende una acción global de este tipo verse rodeado de accidentales compañeros de viaje que puestos a pedir piden esto, esto otro y lo otro, y, puestos a desarticular, aquello, aquello otro y lo de más allá. Todos nosotros pedimos esto y queremos torcer o enderezar aquello otro, y por eso mismo nos dicen antisistema, pero eso es una cosa y el nihilismo es otra: no estamos aquí luchando contra el progreso, estamos aquí porque ese progreso, que se entiende ascendente respecto a las capacidades y el potencial del ser humano, ha establecido un punto de inflexión e inversión respecto a elementos importantes del desarrollo, el bienestar y la dignidad; no queremos retroceder, queremos aprender a desarrollarnos sin perjudicarnos. Tenemos que propiciar no la sociedad que imaginamos sino la que es posible ahora, la que precisamos y podemos alcanzar desde ésta en el día de mañana, siguiendo la evolución y el progreso normal de las sociedades.
La vocación de un quinto poder es poner las cosas en su sitio, pero, evidentemente, tenemos que poner las cosas en su sitio entre nosotros antes que intentar ponérselas a los demás; y hay cosas que no se sostienen en pie. No podemos luchar contra la mentira a base de mentiras. Las mentiras nos pueden servir a nosotros mismos durante un tiempo, pero no siempre, y no a los que están a nuestro alrededor, que más distanciados del problema ven sus otras caras. No podemos levantar una sociedad nueva sobre cuestiones mal resueltas, tenemos que superar este choque de derechos, tenemos que superar el derecho, y hacerlo mediante verdades o principios de verdad: si lo que pedimos es justo no tiene más remedio que abrirse camino.
La necesidad del quinto poder es ser extenso. Esta segunda rebelión debe apoyarse en la mundialización de la cultura, pero esto, no puede dar lugar a que quedemos presos de sus problemáticas (como esta de los derechos de autor), y, contrariamente, sí  a superarlas, como está ocurriendo con determinados procesos de distribución de la información (frente a los canales oficiales), con la distribución de la documentación mediante la incorporación de la misma a repositorios, que se presentan así como las verdaderas fuentes. Eso es lo que hay que hacer aquí, ser una mayoría o una vanguardia extensa. Esta segunda rebelión debe apoyarse, igualmente, en la mundialización de la economía, esto es, en la sustitución de los elementos intensivos por otros extensivos mediante la inversión social.
La estrategia del quinto poder es establecerse como polo intermedio o darle soporte. El polo intermedio entre dos polos es el que hace que estos se junten, el que lleva hacia la despolarización o convergencia social, como hiciera la burguesía frente al feudalismo o la revolución social frente a la burguesía, respecto —en ambos casos—a una clase desfavorecida. Ese polo intermedio lo ha venido representando la socialdemocracia salvo cuando ésta ha ejercido de polo activo. Queda determinar quién es el verdadero polo activo y si la socialdemocracia puede seguir ejerciendo de polo intermedio o precisamos reformularlo completamente, y esto en función de que tenga una masa social suficiente y pureza de ideas. Vemos que estas dos exigencias son las exigencias que nos hemos impuesto a nosotros mismos: una honestidad profunda y generalizada. En conclusión, o este pensamiento llega a la masa social  o la masa social viene a este pensamiento, para así, sea como sea, lo dicho arriba, establecernos como un grupo de presión limpio, como interlocutores válidos y claros, y precursores de estrategias sociales globales y factibles: estructurar la acción y poner en marcha —como ya dije— un trabajo de ingeniería social que le dé forma, que canalice la demanda de un par de cuestiones políticas claves, de entre un ideario, y otro par de ellas económicas, que vayan recomponiendo nuestro sistema y propiciando la regeneración: ese es el verdadero empoderamiento.
Sólo queda determinar los pasos.

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[1] Desde mi punto de vista todo esto que ha ocurrido con el canon digital, su implantación y su supresión, ha sido un error. Su implantación porque es cierto que no se puede pagar por lo que no genera derecho y dárselo de forma indiscriminada a un sector, su supresión porque representaba una forma relativamente barata de eludir otras obligaciones y responsabilidades. En este caso, en vez de haber luchado por la supresión (a veces queremos todo de todo) se tendría que haber hecho por una distribución más justa, que incluiría el Copyleft o mínima remuneración de la actividad cultural libre (ciertas wikis, por ejemplo) y el sustento de creadores sin fortuna; yendo más lejos, hubiera servido para un sostenimiento de la cultura y el arte, en un sentido amplio, a través del sostenimiento real del artista, permitiendo que éste en cierta fase de desarrollo estuviera libre de ciertas servidumbres (esto lo permite la inversión social); o se tendría que haber luchado por otro mecanismo que contemplara el uso (no la propiedad) real del artículo y el pago en función del mismo.

domingo, 15 de abril de 2012

La Pepa

El pasado día 17 participé en el encuentro en Cádiz de las Asambleas Constituyentes, a pesar de que inicialmente tengo planteadas objeciones a la conveniencia del proceso (tal vez por eso, para intentar superarlas), además de las que tengo a cualquier proceso asambleario, susceptible de ser forzado a unas premisas o a un ritmo indeseados. Algunas de las objeciones, que yo no quise plantear nada más que de forma indirecta (otra cosa sería ir en contra de la idea, que trato de trasladar: la de ir a lo que nos une), se pusieron de manifiesto desde las primeras intervenciones, incluso en las del 17-D (ver 38:25 del video), siendo ninguneadas por aquella parte de la asamblea que quería poner el acento en sacar algún tipo de resolución frente a la opinión pública, esto es, no tanto en los preliminares, en la posibilidad real, en los fundamentos y las contraindicaciones, como en avanzar respecto a la pretensión final de establecer este tipo de declaración. De esta manera, lo que debería haber sido la esencia de la asamblea, su justificación, y la base de las diferentes propuestas, quedó reducido a mera comparsa o trámite, a algo de lo que no queda memoria o recuerdo alguno, ni sirve como punto de partida de nada, porque ese punto ya se ha fijado y preestablecido como referencia: el acto no iba destinado u orientado al debate sino a la reafirmación de los presupuestos apuntados en la anterior convocatoria (punto 4º de la hoja de ruta acordada el 17-D) o incluso en una suma de voluntades anterior a ésta.
La pugna latente inicial estaba entre los promotores de la posición citada, los que además pretendían pre-configurar arquitecturas políticas o resolver agravios históricos (cabe citar a los propuestos por las secciones pro-republicana y de la memoria histórica), y los que de forma contraria pensamos que en ningún aspecto podemos partir de cero ni con prejuicios, que las cuestiones hay que tratarlas en profundidad, que las propuestas no pueden ser un repertorio de cuestiones vanas u obvias sobre las que decidir si sí o si no (como:“¿queréis que esté recogido que haya libertad, queréis que esté recogido que haya igualdad entre hombres y mujeres, etc.?”), en vez de otras bien estructuradas —que no se pueden resolver sobre la marcha— y que contemplen, como premisa, la realidad.
Del resultado alcanzado, la Declaración, se desprende que al final la balanza se inclinó, en algún sentido, hacia la última opción, no porque la primera fuera declarada absurda sino porque, como puso de manifiesto un compañero gallego, es ilegítima, es decir, que más allá de ser inapropiada, innecesaria, insuficiente, es ilegítima: los allí presentes no podemos ser una asamblea constituyente; por lo que lejos de poder llegar a pretensiones de otra índole se llegó, tal como defendemos algunos, a unas más genéricas, esto es, a una orientación social que, no obstante, a pesar de ser una declaración de mínimos, resulta cuestionable e insuficiente. Insuficiente, porque si bien es cierto que un articulado no cambia la realidad, un deseo sin conexión con ella tampoco, ese es el caso, la Declaración se ha quedado en una mera definición, o una simple llamada a la transformación de ese articulado, es decir, en un deseo que no ha podido, querido o sabido materializarse en nada. Cuestionable, porque no se ajusta a la realidad: creo que la resolución y el proceso están altamente influidos por la experiencia latinoamericana que tanto se nombra (esa es la anteriormente mencionada suma de voluntades), y que está equiparando excesiva y equivocadamente unos sistemas políticos (y sociales) con otros, y la forma de ser corruptos, o incluso que, en esa conexión, se tutela el liderazgo, tomando formas que no son propias o son extrañas a nuestra realidad. Contrariamente, tal como se dijo de la spanish revolution frente a la primavera árabe, son dos status quo diferentes, en un caso hablamos de sistemas estructuralmente corruptos, a los que hay que cambiar de estructura (ir a una democracia formal), y en otro de la necesidad de dar un salto cualitativo en la idea de democracia (de democracia formal a esencial), al margen de que dicha necesidad esté motivada o acompañada por una merma de los aspectos formales.
Se podría haber argumentado además, si hubiera habido tiempo y lugar (y así haberlo reflejado), que el problema es otro, que el problema es de regresión social y solvencia económica de las naciones por una cuestión (ya explicitada en el Manifiesto): que la acumulación del trabajo, en esa forma imperecedera llamada dinero, ya no sólo se acumula desproporcionadamente entre unos hombres y otros sino que se hace entre unas y otras naciones, que esa acumulación, que tendría que revertir nuevamente a la sociedad porque es su riqueza, desaparece; que esto crea una realidad socioeconómica (tan real e ingobernable como la escasez de materias primas o la morosidad personal), es decir, un marco ineludible que condiciona u obliga y limita la respuesta social y política; que esto se da en sistemas republicanos y federales (por lo que no parece pertinente establecer en esto el caballo de batalla, al margen de que estas formas sean formalmente más democráticas); que esta ruina económica tiene causas endógenas difícilmente alterables mediante acciones políticas individuales en un mundo global, y sí mediante un trabajo de ingeniería política-social, es decir, a través de una secuencia inteligente de acciones que nos vayan llevando poco a poco a otro paradigma, que es el que tenemos que inventar o imaginar,… y muchas cosas más.
Esto es gran parte del debate (objetar y acotar), imposible de establecer en tres minutos de intervención necesariamente focalizada sobre los aspectos citados al inicio. La otra parte del debate estaría destinada a concretar esas necesarias acciones económicas (ideas en el campo de lo posible y lo útil) y la forma de canalizar la presión social para que las primeras (y otras disposiciones sociales) no encuentren resistencia en la clase política o en el propio sistema, presión que, llegado el caso, y ahora sí, podría llevar de forma necesaria a una modificación de la Carta Magna.
Llegado este punto parece oportuno no correr tanto e incluso volver sobre los pasos (del pretendido Km1 al Km0) y cuestionarnos lo que deberíamos habernos cuestionado. Para empezar, hasta una comunidad de vecinos sujeta a la ley de propiedad horizontal dispone de unas asambleas bien reguladas. Esto es un botón de muestra, tal vez el más doméstico, de por qué no podemos partir de cero: existe toda una regulación sobre bienes comunales, sobre qué y cómo debatir, cómo levantar actas, aprobarlas o impugnarlas: no parece acertado que la presentación de las propuestas, discusión, rectificación, aprobación y ratificación se hagan en el mismo acto; lo que pueda dar idea de la entidad de las mismas o de la vehemencia con la que se han alcanzado ciertas decisiones: su legitimidad (existen comisiones de trabajo cerradas, hay una cierta élite que habla, escribe y expresa opinión), su permanencia en el tiempo (por ejemplo, en la WEB, la adscripción a la Declaración es una continuación de la que se hizo para el Llamamiento¿?), estructura de la organización y metodología de comunicación, en definitiva, del desarrollo de una democracia interna, trasparencia y equidad que facilite la posibilidad de decir cosas a quien tenga cosas que decir, con las mismas herramientas y la misma cobertura, y no a quien llegó antes o se entiende precursor. En todo esto tenemos que contemplar que en efecto somos el 99%, pero también que al 99% de ese tanto por ciento no le importa el tema o está inmerso en los hábitos sociales o es ignorante o remiso a cualquier cambio, y desconfiado, porque entiende que no le reporta nada, que es más de lo mismo. A ese tanto por ciento no le importa pero le puede importar, y queremos que le importe, lo que nos da que hay ofrecer algo más (en la forma y en el fondo), tenemos que ofrecer la oportunidad de sumarse a la propuesta y la de cuestionarla: no estamos sumándonos a un proceso, lo estamos creando.
Para sumar efectivos a una acción se debe respirar un aire de confianza: entender que es una acción efectiva (consigue metas), que responde a la necesidad (sabe cuál es), que hay una cabeza (no está descerebrada sino organizada) y una columna vertebral (una teoría social o ideario que vertebre esa necesidad), y no va contra los intereses generales. El 15M está a años luz de este movimiento y, sin embargo, adolece de esta confianza, esto es, de la totalidad de los elementos que la componen. En eso estriba la capacidad de convocatoria o la posibilidad de pasar a formar parte de la fauna descontenta o del activismo infructuoso y disperso. Es por esto también que necesitamos alcanzar su necesidad, y la necesidad de que sea de una forma determinada. Todavía no se ha encontrado la necesidad, sólo se presenta un repertorio de necesidades (15M) o una hipotética estructura formal que las enfundan a todas, pero esto no ha sido siempre así: antes, a cada nueva norma le empujaba un espíritu, un sentimiento. Antaño fue así para eliminar la tortura (1812), ahora puede ser ya así para entender o revitalizar ciertos sentimientos de humanidad, pero no lo es todavía para descubrir otros que están escondidos o camuflados, y a los que sólo se puede llegar escarbando en los hábitos sociales y poniendo a prueba nuestra propia exigencia. Tendremos que alcanzar ese espíritu, mediante una intensa confrontación de opuestos, antes de pretender ordenación jurídica alguna. Ésta es la esencia de los principios de verdad, la síntesis (una verdad suficiente, un principio necesario).
Lo importante es encontrar aquello que puede hacer diferente a nuestra sociedad, y eso no lo da una estructura sino el deseo de ser algo esencialmente diferente de lo que somos. El cambio no es una estructura sino el descubrimiento de unos comportamientos indignos instalados, en algunos casos perversos, y en otros simplemente ineficientes o contraproducentes, y de toda una mentalidad que los amparan, creyendo amparar —en el mejor de los casos—  un ideal o una forma de vida. Sólo seremos capaces de transformar nuestra sociedad cuando definamos claramente las formas sociales desechables, y vayamos introduciendo elementos de higiene social y política, nunca mediante la adscripción a determinadas fórmulas establecidas y manidas. En este sentido, nuestro caso no sólo no es el caso de otros países, sino que nuestra época no es la misma que otras épocas, y, en consecuencia, la solución no puede ser la misma ni en el fondo —como ya hemos indicando—, ni en la forma, esto es, que pretender encontrar en una nueva Constitución la solución puede no sólo ser inapropiado sino anacrónico, desfasado u obsoleto, teniendo que buscar otra fórmula, ser más exigente respecto a esto, inventar, porque, a fin de cuentas, ¿qué es una Constitución? Una Constitución es una limitación a la verdad de las cosas o a las que coyunturalmente podamos entender como tales: no analizamos si algo es verdad, solo si es constitucional. Creo que esto se puede perfeccionar. Algo parecido se puede decir respecto de la pretensión de hacer la revolución de forma similar a cualquier revolución pasada (y fallida): como ya expresé en el Manifiesto, el Manifiesto comunista hace un análisis perfecto de la situación, válido en buena medida para la actual, y da una pésima solución. Nosotros tenemos que mejorar esa solución. No sirve repetir, no sirve emular.
En aras de ser más explícito respecto a lo que estoy diciendo y a todo el cuerpo teórico que trato de trasladar, voy a poner un caso que ejemplifica lo expuesto sobre qué y cómo hay que remangarse para transformar verdaderamente nuestra sociedad; que tendremos que hacer, que es ineludible y que, aunque existen cuestiones más capitales y prioritarias, es esencial… Nosotros sabemos que la educación está de pena, que esto obedece a muchas cuestiones (nosotros vamos a centrarnos en una de ellas) que redundan en esa pérdida de eficacia (aquí la eficacia, como en sanidad, no es dinero, sino que está asociada a la idea de bienestar, y a la base de todo progreso: la educación). Luchar contra esa ineficacia implica luchar contra el sistema (educativo) y contra sus partes, entre las que cabe citar al profesorado y sus sindicatos. El profesorado como colectivo se defiende (la corrección de unos excesos suele darse mediante otros excesos), se crea un cierto corporativismo (no quieren medidas de control de su actividad), los sindicatos de la enseñanza cierran filas en torno a ellos, de lo que al sistema le resulta muy difícil tomar medidas productivas que lo mejoren, y mejoren la calidad del servicio dado a los usuarios (los alumnos).
Este es un ejemplo de tres colectivos, con diferente perspectiva o necesidades (seguramente casi todas legítimas desde esa perspectiva) y, en consecuencia, de una deficiente aportación a la sociedad, y, de otra forma, de cómo entran en confrontación el interés general y el particular, y los derechos que lo amparan. La cuestión por defecto es obvia: ¿para qué vamos a establecer una disposición que sobre el papel hable de la calidad de la enseñanza y de determinados derechos fundamentales? Parece evidente que, como todo lo que podamos decir a estas alturas de cualquier regulación vacía, es innecesario y es insuficiente, que lo que procede es encontrar un principio de verdad que sirva de soporte, esto es, que lo que procede es poner sobre la mesa la fórmula que ampare lo primordial (sin complejos, sin pudor), sin esquilmar los derechos fundamentales de los otros actores, lo que nos llevaría a establecer una jerarquía entre ellos que todos podamos entender o aceptar al margen del rol desempeñado. Lo que procede, en definitiva, es resolver una cuestión (que en EE.UU acaban de resolver a las bravas, por cierto). Esto es un ejemplo, pero sólo uno, que habría que llevar a todas esa cuestiones controvertibles (vivienda, sistema de elección, la propia actividad sindical, la propiedad intelectual…), y que definirían qué tipo de sociedad queremos, no por una propuesta, no por un programa electoral huero, tampoco por el interés, sino por el peso específico de las razones y las objeciones. Esto es, además, una ejemplificación de cómo el sindicalismo gubernamental y acomodado (y constituido en empresa) sirve para defender a los trabajadores, a según qué trabajadores, según que casos, y cómo en esa indefinición no hace un beneficio al colectivo que defiende o no hace un beneficio a la sociedad en la que están inversa, porque está en liza su propio beneficio, pudiendo argüir cuando se da lo primero que es por lo segundo y cuando no se da lo segundo que es por lo primero, es decir, que están legitimados a defender lo sectorial (corporativismo) en perjuicio de lo social si no se cruza lo particular, y viceversa, como se ha puesto de manifiesto en tantas cosas. Un ejemplo que pone de manifiesto cómo el poder (cualquier poder) hace un uso ilegítimo de ese poder y se apoya en la equipartición de la verdad (la judicialización) para camuflar o defender posturas contrarias y, en consecuencia, incoherentes y deshonestas; y siempre interesadas. Todo esto debe ser nuestra preocupación, esto es un gusano instalado que hace que la sociedad no avance, porque nace como factor dinamizador y termina como una potente resistencia o impedimento a cualquier transformación y, sobre todo, a la que no parte de su esquema: todo esto se constituye en una forma de cultura que difícilmente se puede erradicar por decreto ley. Dicho de otra manera, y volviendo a nuestro tema, no hay nada en la actual Constitución que impida un determinado tipo de comportamiento, e incluso en las distintas leyes o normativas, por lo que reescribirlas no sirve de nada, sólo sirve establecer otra forma de cultura, manifestar la voluntad clara acerca de cómo queremos las cosas y establecer las medidas necesarias para evitar que esa voluntad se disipe en el camino, y sirve adoptar un sistema de discriminación superior que eleve nuestra capacidad de elección o la sustituya por un patrón que unifique, calibre y resuelva la confrontación de distintas realidades: no podemos debatir sobre cada cosa, tenemos que debatir una escala de valores (una orientación social) y acoplar cada solicitud a ella. De este modo facilitamos la decisión; su ordenamiento posterior puede llegar a ser un puro trámite administrativo.

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viernes, 13 de abril de 2012

Pedagogía de la subversión


Expresé una cuestión, aunque de forma indirecta, en la anterior comunicación, que nos proyecta sin remisión al origen o al fondo del problema del movimiento social, su legitimidad y fuerza, y que revalida la necesidad de establecer un modelo o unas directrices comunes, claras y descontaminadas, y, por encima de esto, la de establecer unos mínimos. La cuestión fue si, derivado de algunas acciones, tenemos planteada la posibilidad de caer en una forma de subsistencia, o incluso si ésta es deseable por parte de alguna parte del movimiento social, esto es, si junto con su deseo de alcanzar una horizontalidad social se está preconizando una forma de regresión.
Esto es importante porque tal vez no nos podamos poner de acuerdo en un modelo social total, pero sí delimitar algunos aspectos sobre los que discrepamos, o somos totalmente opuestos, y entre todos ellos, y como más fundamental, si, de acuerdo con la realidad y nuestra memoria histórica, pensamos que el desarrollo social y su degeneración van de la mano, por lo que se aboga por retroceder en lo primero para restituir lo segundo, o, por el contrario, que el desarrollo social es una cosa y otra es cómo se gestiona, de lo que cabe reconducir la situación, bien mediante transformaciones estructurales, bien mediante transformaciones esenciales. Son dos formas de entenderlo. Tal vez sean tres, porque suele ocurrir en los movimientos sociales (es condición humana) que las posturas supuestamente más revolucionarias se dan la mano con las más reaccionarias (ejemplos tenemos en la Historia), y que lo más de los más en esto de ir contra el sistema para cambiarlo es anularlo; de lo que resultan tres facciones, los que quieren reformar el sistema social establecido, los que quieren revolucionarlo y los que quieren negarlo y propugnan transformaciones maximalistas y sectarias, y poco congruentes con la realidad, es decir, imposibles de aplicar so pena de someter al sistema a tensiones o a dinámicas artificiales y perversas[1]. Aquí es donde está la clave respecto a nuestra propia capacidad de encuentro, y respecto a la posibilidad de aplicar medidas, aunque aisladas,  útiles, para la transformación del sistema social: el sistema social es un sistema, y como tal está armonizado, esto es, con un punto de trabajo estable, dependiente de sus elementos de regulación y sus resistencias internas, que se debe mantener si pretendemos tener alguna posibilidad de afectarlo de forma exitosa. Otra cosa sería la ruptura de esa forma de equilibrio. Esto mismo se puede decir del sistema económico que le da sustento, de modo que, entre las opciones disponibles de transformación —o su resultado final mediante acciones— está la de caer en alguna forma de subsistencia, esto es, a una de las formas económicas que se deriva, y que derivan los sistemas, cuando no se tiene cuidado o se le aplican excesos. Esto no es tan raro, buena parte de todo lo que sufrimos como sociedad radica en las consecuencias de estos desequilibrios sobre la base del sistema capitalista, que nos llevan a procesos de superproducción, y las subsiguientes crisis, o a distintas clases de subsistencia[2], originadas fundamentalmente por una mala gestión de la desigualdad, derivada a su vez del principio de competitividad mal entendido.

¿Quitamos, en consecuencia, esa desigualdad y la competitividad que lo ocasiona?
Evidentemente sí, pero no de cualquier manera, porque no es útil. No sirve poner palos a las ruedas. Ya vemos cuáles pueden ser las consecuencias de hacer las cosas de cualquier manera: el sistema está en un estado crítico, en parte motivado (está interesando que esté crítico), y en parte como consecuencia del propio desarrollo. Por una razón y por otra se estrecha el margen de beneficio y se propicia obtenerlo mediante otros mecanismos que nos llevan al subdesarrollo, con esto, el neoliberalismo demuestra que la horizontalidad social y el crecimiento son (como lo ha sido a lo largo de la Historia) incompatibles. A nosotros nos toca demostrar lo contrario. No hemos llegado hasta aquí y aprendido tanto para hacer, aún sobre la base de las nuevas tecnologías, lo mismo que nuestros padres, porque en este caso no podremos y tendrán que hacerlo nuestros hijos (algo de esto dije ya). En consecuencia, nosotros tendremos que asimilar la forma de crecimiento usual y superarla. Para ello tendremos que plantear nuestras acciones sobre la base del conocimiento, por lo que éstas en modo alguno pueden obedecer a un rosario de anhelos o inquietudes, o un proceso de reacción, sino a una estrategia clara enfocada a obtener unos logros necesarios dentro un plan: nuestra prioridad es una. Todo ese plan,  que poco a poco se va esbozando, es el de La Sociedad Inversa, que parte de un conocimiento del sistema socioeconómico desde otra perspectiva, desde la perspectiva del sistema socioeconómico como sistema, físico como tal, sobre la base del principio de Bipolaridad (que ya adelantamos en el Manifiesto, e iremos desarrollando). Desde esta perspectiva, el sistema socioeconómico es una cadena sin fin entre dos ruedas, entre dos polos, todo lo que se haga tiene que ir destinado a su perfecto funcionamiento, y al cuidado de sus elementos, es decir, al establecimiento de un flujo permanente entre polos, en este caso fundamentado en la supresión de resistencias internas mediante la aplicación de dos elementos de higiene (la inversión social y los principios de verdad), y no —tal como se viene dando—en el incremento de la distancia entre dichos polos, mediante la acumulación de riqueza en uno de ellos. De esto (el segundo fundamento) se deduce que tendremos también que asimilar una referencia moral —imprescindible para cualquier transformación—y superarla; por esto hay que ahondar hasta el cansancio en determinados aspectos deontológicos: no podremos hacer una sociedad nueva si no somos seres diferentes, no basta con ser ecologista, pro esto o anti lo otro, la exigencia es otra, la exigencia es alcanzar otra idea de interdependencia y de conciencia social (ya definida en la última página del Manifiesto); la que se alcanza un par de palmos por encima del suelo del campo de batalla.
Evidentemente sí, pero no de cualquier manera, porque no es posible. En los sistemas, una solución es un estado (una forma de realidad), no todas las soluciones imaginables son estados posibles: la realidad es una solución del sistema, buscar otra solución es encontrar otra realidad compatible con él, y accesible. La propia realidad nos marca el camino. Cuando digo “en los sistemas” quiero decir, para empezar, en los sistemas físicos, y seguidamente en los socioeconómicos o humanos como una ejemplificación de los primeros. En estos sistemas físicos no podemos alterar determinadas factores sin modificar otros porque existen entre unos y otros ligaduras. Cada ligadura implica la pérdida de un grado de libertad, es decir, de la libertad de manejarnos independientemente con uno o con otro. Cuantas más ligaduras menos grados de libertad, menos posibilidades de manejar los distintos factores a nuestro antojo. Esto es lo que hace que los sistemas parezcan seres vivos complejos e ingobernables o estar en el caos, y que cada cosa que ocurre se presente como la que necesariamente tiene que ocurrir (eso es el devenir). Tanto factor ligado no se puede alterar de forma individualizada o aislada y sólo se puede gobernar mediante el uso de determinados elementos precursores, o aplicación de algunas palancas de transformación social,  que permitan, mediante pequeños cambios de control o regulación, grandes cambios y orientaciones.
Una y otra razón nos lleva a un conocimiento del modelo social y, más propiamente, a un esquematismo del mismo: sin ese esquematismo no sólo no podemos gobernar sino que tampoco podemos entender. Los modelos económicos actuales explican o interpretan los sistemas mediante conceptos de alto nivel (las llamadas magnitudes macroeconómicas, y afines) pero no pueden dar cuenta de toda la casuística posible porque escapa de sus pretensiones, posibilidades de estudio y lenguaje (por esto nadie puede anticipar el comportamiento). Este lenguaje de alto nivel alejado de una realidad subyacente más primordial es el causante de que no haya una clara relación causa-efecto entre determinados sucesos. Un nuevo modelo debe entender bien las relaciones económicas y superar su lenguaje (no hablaríamos de nivel de riqueza, de inversiones o de enajenación sino de potenciales, corrientes y resistencias), es decir, establecerse como modelo meta-económico: un esquema. Sólo mediante un esquema estaremos capacitados para establecer los estados posibles, y dentro de los mismos los que resulten apropiados, así como las palancas de transformación y el proceso de implantación. Y sólo mediante el esquema podremos ver el problema o entenderlo de una forma aséptica, no ya como una lucha de clases o un proceso de regresión social (que lo es) sino como la distorsión del sistema socioeconómico o la manifestación de sus deficiencias sistémicas.
La cuestión es clara, o entendemos todo esto, o esto que hacemos sólo servirá para expresar el desencanto, como un murmullo, sobre el que la historia seguirá su curso; el curso que guían los que sí son dueños de los pequeños grandes cambios y fabrican el devenir.

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[1] En realidad, por la línea creciente del desánimo llegaríamos desde los simples grupos marginales, al nihilismo o al terrorismo. Todas las formas son una expresión concreta de las posibilidades de acción de una parte de la sociedad, es decir, de la imposibilidad de expresarse, según el momento histórico y la coyuntura, de otro modo, y de forma efectiva, pero es también la expresión de esa imposibilidad, de la incapacidad de tener más de una perspectiva de las cosas, de ese fracaso, de ese dolor. Todo sirve en sociedad, en este caso le sirve al resto de la sociedad para tener una conciencia más clara de sus propios excesos y desajustes mediante la manifestación de un problema (algunas veces encarnado en otro) o de la calamidad generalizada, que de otra forma estaría enmascarada. Todo sirve en sociedad, pero ni desde el dolor del problema particular ni desde la calamidad general y dispersa se llega a la transformación social sin una buena estrategia, es decir, sin que se den el resto de los elementos que la hacen teóricamente posible.
[2] Esto que parece tan alejado lo estamos viendo con muy poco en Grecia, poniéndose de manifiesto cómo de delicados son los sistemas económicos y sociales, y, por otro lado, manejables, cuestión que no hay que perder de vista tampoco.

lunes, 9 de abril de 2012

Asambleas Constituyentes

Ya he expresado la necesidad de ejercer una acción o establecer una lucha contra este proceso de regresión social puesto en marcha, y que cualquier iniciativa que trate de parar, paliar, o ejercer una simple resistencia, es buena en sí misma, al margen de que analizada en detalle o mirada desde diferentes ángulos podamos cuestionarla. Es bueno en sí mismo el simple cuestionamiento del orden establecido y todo el debate que suscita, la oposición presentada a que esta sociedad sea llevada en una dirección claramente equivocada sin coste; aunque el coste sea inicialmente el nuestro.
Pero pasada esa primera congratulación sí tenemos que plantearnos qué estamos haciendo, cómo, para qué realmente y con qué grado de efectividad y coherencia, dado que, además, todo planteamiento lleva aparejado una infraestructura, y ésta un trabajo muchas veces ingrato y poco recompensado por los resultados o por la capacidad de convocatoria.
De entre las tareas más ímprobas (y más concretas) que se están haciendo, podemos citar la creación de un proceso constituyente y todo lo que lo acompaña. Esto alguien lo propone y muchos otros, llenos de entusiasmo, lo siguen, pensando que ciertamente es la solución, pero esto no es cualquier cosa. No voy a cuestionar, de momento, si es la herramienta o una herramienta adecuada, porque entiendo que el proceso de regresión social es muy serio (creciente y perdurable) y que puede llegar a ser la única forma de aplicar contrarreformas y establecer un nuevo punto de inflexión en el futuro (al que hay que anticiparse); pero si voy a cuestionar que sea de aplicación en este momento, esto es, si es necesario, eficaz y suficiente.
Para poder valorar esto, habría que saber si queremos reformular toda la Constitución y decir: “artículo uno…”, y decir qué queremos que diga el artículo uno, y así con todos, de acuerdo a un pretendido esquema de sociedad, o si queremos destacar los problemas sociales que tenemos y poner en evidencia aquella parte de la Constitución que lo origina o le da cobertura, y, consecuentemente, analizarla y corregirla.
Lo primero implica debatir intensamente, “pelear” y llegar a acuerdos de todo entre todos, y estar dispuestos a realizar un gasto de tiempo y energía sobre cuestiones que no nos orientan al problema y que nos ponen ante problemas nuevos: sistema federal o no, monarquía o no, etc., es decir, ante un problema político cuando tenemos uno social en plena efervescencia; lo que no deja de ser una forma absurda de desviar la atención.
La segunda fórmula es más rápida y nos orienta al problema, y a la solución, si es que somos capaces de encontrar una clara relación entre el problema y aquella parte de la Constitución que lo origina. Sobre este particular, es verdad que la Constitución es susceptible de ser mejorada, y por tal serlo en un futuro, ¿pero en rigor podemos establecer una conexión entre la problemática actual y nuestra Constitución? Si echamos cuenta de las demandas populares recogidas por DRY, podemos darnos cuenta de que verdaderamente no se corresponden o tienen su origen en la Constitución, y que esencialmente no se corrigen con su modificación puesto que obedecen a cuestiones políticas (que se modifican mediante leyes) o puramente económicas, es decir, que la transformación social en lo que atañe a esas demandas se topan con la realidad en esas dos variedades: el deterioro socioeconómico no tiene su origen en una Constitución degastada o perversa sino que obedece a un desplazamiento del poder por cuestiones económicas (véase el Manifiesto), y esto, por unas razones que en cierto sentido no gobierna nadie, porque obedecen a la expresión colectiva del apego, de nuestro propio desorden, y a otros factores ligados a la evolución social y el desarrollo que propician determinadas formas de dominación ya olvidadas o en desuso, que, sometidas a una clara y fuerte inercia, parecen difíciles de contener.
Es de este no saber, de este no gobernar, de este desorden, de donde nace la idea de que es más fácil retomar el poder (el poder del pueblo), y establecer un nuevo marco, o reformularlo, que advertir y corregir las deficiencias existentes, dado que esto último se presenta como una tarea sobrehumana (sólo hay que ver las casi 4.000 propuestas dispares, y los otros tantos problemas). En efecto, la revolución se presenta más fácil que la regeneración (o evolución) porque ésta exige mejor conocimiento de la situación, más uso de la imaginación y de las capacidades; en tanto que para la primera sólo nos tenemos que preocupar inicialmente de cuestiones esenciales y de un consenso relativamente fácil, siendo más tarde cuando tenemos que hacer el ajuste fino y plantearnos innumerables cuestiones que hemos dejado atrás, o simplemente vernos con la realidad o con la evolución que inevitablemente le sigue, y por la que muchas revoluciones fallan o se convierten en formas totalitarias (además de por las consecuencias dramáticas que puede tener las variaciones inerciales). Ahí está el error: hacer el boceto, nuevo y distinto, o similar, puede ser hasta fácil (y, sin embargo, creo que ya costaría), hacer lo segundo, que va detrás, no, para lo segundo hay que sacar el lápiz fino, hay que decidir, y antes de eso poner en confrontación solicitudes particulares legítimas y contrarias (como es el caso de cualquier asamblea y lo sería la práctica real de democracia 4.0), que plantea muchos problemas y hacen de “El poder del pueblo” una quimera: el problema surge cuando nuestras demandas luchan contra la realidad y luchan contra las demandas de los otros; en algún momento hay que decidir: no vale eludir esa responsabilidad (no hay atajos).
Pero la cuestión no acaba aquí, porque además de esto, cualquier intento de transformación profunda, con nueva Constitución o sin ella, chocaría con Europa y con los Mercados (otra vez la realidad). ¿Lo tenemos contemplado?, ¿somos capaces de asumirlo? Aquí también se produce una fractura entre unos y otros, porque hay quien lo asume y en esa asunción contempla la posibilidad de caer hacia una economía de subsistencia (esa es una de la posibles consecuencias), o incluso la persigue, en tanto que muchos otros, no.
Esto nos lleva a que hay que establecer una determinada estrategia para alcanzar unos fines, y alcanzarlos de una forma escrupulosa: una solución que no contemple la realidad anterior y todas las realidades no es solución, es sólo un golpe efectista, un alarde de improvisación o muestra de desesperación. Una solución que contemple todas las realidades no puede ser el fruto de una realidad concreta ni ser suma de ellas: tiene que ser fenomenológica.
Ése es el desacierto de la Constitución (la actual o una nueva), el de unificar todas las posibles propuestas o las necesidades que ellas encarnan en un conjunto de leyes maestras, mediante un proceso de síntesis erróneo. Queremos una transformación social, pero entre las solicitudes que tenemos que tener en cuenta están la de aquéllos que la tienen distinta (la del compañero de asamblea), y la de aquéllos que se oponen a nuestra idea de transformación, y entre estos últimos, aquéllos que revalidan el sistema actual y lo ven natural o sufren sus agresiones de manera muy distinta. Tenemos que tener en cuenta todos los deseos, todos los opuestos. Y es el desacierto porque, en último término, una Constitución es un ordenamiento que como tal viene expresado en el lenguaje del derecho, no del deseo: una Constitución no realiza una síntesis del deseo o de la necesidad sino que lo ordena. En vez de ese camino trazado hay que tomar este otro, el de la síntesis previa de todos los opuestos, de todos los deseos, o, de una forma más pragmática, de todo el articulado de la Constitución en dos pilares básicos (o teoría social) que además sirvan de fundamento para la hoja de ruta de toda transformación, es decir, el logro de un modelo social accesible desde éste y que reconozca las necesidades de los dos polos activos de una sociedad y los integre en un proyecto social común. La situación actual es la de una lucha de clases, pues bien, no más luchas de clases, no queremos ganar la lucha, queremos superarla: esto es La sociedad Inversa.
Se quiere abrir un proceso constituyente, esto es, de establecimiento de una nueva estructura constitucional, pero esto, en el momento social actual no sólo puede ser innecesario sino insuficiente porque este momento social no exige principalmente el establecimiento de esa estructura sino algo anterior, una metaestructura o marco previo en el que establecer la anterior. Aquélla puede ser la opción de Egipto o de Marruecos, pero no la nuestra, nosotros tenemos que mirar más lejos: ellos aspiran a una democracia, nosotros a algo más. La opción no es, por tanto, la primera ni la segunda, ni el tratamiento a las bravas de todas las problemáticas, porque la cuestión no es ni el cúmulo de problemas ni el marco en el que se desarrollan, sino la intencionalidad, la legitimidad y la voluntad de llevar a la sociedad en una dirección determinada, que tiene que venir expresada por dos simples claves; y el espíritu de ese marco, que luego tiene que reflejarse e imperar en cada una de sus disposiciones; además de reconducir toda la problemática económica.
Este camino sí es más largo porque quizás precise pasar años (de regresión) para alcanzar una verdadera idea de lo que se quiere y cómo, o para consolidarla y llevarla a la sociedad, pero hay que recorrerlo, dado que el devenir de una sociedad no puede llevarnos nada más que ese entendimiento o a la destrucción propia de una regresión total.

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viernes, 6 de abril de 2012

Una ligera mirada de reconocimiento

Hay gran desorden en todo esto. En realidad, hay bastante desorden en la propia red (N-1) y, en consecuencia, poca claridad, duplicidad e inefectividad (lo que merecería y merecerá un capítulo aparte). Y hay, además, mucho recursos empleados (y desperdiciados) para tratar de poner orden, para tratar de establecer un mínimo de organización, y poco espacio para las ideas, quedando restringido ese mundo de las ideas a las de la organización y a otras que podríamos englobar en el campo de las ocurrencias (de las que la coordinadora de DRY, por ejemplo, ha tratado de prevenirse en su facebook, cerrando el acceso). Es decir, que salvo elementos pro-organizativos, reacciones y ocurrencias tenemos poco o nada.
Lo peor de todo es que la respuesta social se presenta como un collage de demandas y los grupos en sí se presentan como un collage de demandantes, sin un claro patrón. No se tiene una meta clara, un orden y una jerarquía en las demandas, sólo se tienen “demandas”, y, como consecuencia, tampoco se tiene una conciencia clara de qué cosa hay que perseguir en primer lugar porque va primera, y abre la puerta de otra, y que cosa va en segundo lugar, en definitiva sobre qué cuestiones emplear las fuerzas, principalmente, para de una parte ser conscientes de la verdadera necesidad (esto será objeto de un estudio posterior), y, de otra, de cuándo ésta aumenta o no mediante determinadas medidas políticas o, dicho en activa, cuando determinadas medidas políticas se acercan o se alejan de nuestras pretensiones. De esta forma, además, se pierde (no se tiene) sentido crítico o incluso se deja de ser honesto por ignorancia u omisión, y se empieza a hacer política de la que no queremos y estamos acostumbrados. Y todo esto porque finalmente ya no se sabe si esto que apoyamos lo apoyamos porque tenemos que apoyarlo, porque se apoya, porque lo apoyan quienes a su vez apoyaron, o por qué (y si nos hace bien o no). Si no somos unos contrincantes claros, no somos contrincantes.

Esa falta de criterio y de honestidad es de la que hace uso el político (o sindicalista) para levantar cortinas de humos, sobre la ignorancia de los demás, y para moverse en la ambigüedad o en la indefinición que hace bueno lo que es malo y malo lo que es bueno, o le predispone a conformarse, o no conformarse bajo ningún concepto, en virtud de la coyuntura o del interés particular o sectario. La honestidad nos tiene que llevar tanto a distanciarnos del falso amigo como a no alejarnos del enemigo que, seguramente desde otra perspectiva, entiende la necesidad de una realidad distinta, que vive el exceso en su forma particular de vivirlo y llega a la misma conclusión que nosotros con la nuestra. Un ejemplo de esa honestidad, que parte de una idea clara de la exigencia (y de no reconocer amigos), la ha ofrecido en estos días  José Borrell (PSOE) cuando ha manifestado (referido a la bajada de sueldo de los banqueros y la dación en pago) que "alguna de las cosas que ha hecho el Partido Popular yo lamento que no las haya hecho antes del gobierno socialista. ¿Por qué no decirlo?". Y de esa honestidad tiene que hacer gala quienes quieran ser promotores del pensamiento social, porque este movimiento tiene que superar el sentido usual de honestidad, de justicia, y darle otro valor.
Lo mismo que se ha dicho de esto se podría decir de la pretensión gubernamental de que los impagos de la administración a los proveedores pasen a formar parte de la deuda de esas administraciones, es decir, que la morosidad la sufra quien la origina: el mal gestor; lo que dará pie a tener una conciencia clara del bueno y del malo, y poder diferenciarlos, y del uso del gasto (lo que haría  a la sociedad más coparticipe de ese uso y de ese gasto). En efecto, las medidas son las necesarias (o las que queremos) las tome Agamenón o su porquero, y como tales ser reconocidas.

Nosotros tenemos que saber muy claro qué cosas no apartan de una idea y cuáles nos acercan a ella. En el caso de la reforma laboral, por ejemplo, y partiendo de la base de que es totalmente regresiva para la clase trabajadora, tenemos que diferenciar en ella, lo que es malo en sí, lo que puede ser bueno para el conjunto de la sociedad dado el momento actual, lo que no es admisible pero podría, en cambio, ser bueno para el conjunto de la sociedad si estuviéramos en otro paradigma social, es decir, lo que ahora no tiene cabida pero que sería lógico en otro modelo de sociedad, y, finalmente, lo que es malo pero no es fruto de esta ley (pese a que algunos interlocutores sociales lo propalen como tal) sino de la anterior reforma laboral, como es el despido procedente por baja médica superior al 20% de las jornadas en dos meses[1] (estas cuatro variedades serán objeto de un estudio posterior).

Partiendo de esa idea de las cosas, nosotros no podemos negociar (queremos lo que queremos), tampoco luchar indiscriminadamente: tenemos que eliminar lo malo, cambiar el contexto que hace necesario lo malo y cambiar el contexto que presenta como malo lo que podría ser bueno. Y antes de eso, establecer una referencia, una idea clara de hacia dónde queremos llevar a esta sociedad, y para esto, responder a muchas preguntas claves, preguntas cuyas repuestas quizá pensemos que sabemos (porque las personas hacemos de nuestras opiniones dogma de fe), pero que quizás, no, y que al intentar responderlas se ponga de manifiesto que no estamos capacitados para formar ese tipo de sociedad (porque sólo somos capaces de expresar contradicciones): que tal vez tengan que ser nuestros hijos o nuestros nietos.

Voy a reiterar la necesidad de establecer una columna vertebral sobre la que apoyar las demandas, para así clarificar cuál es nuestra idea de sociedad, cuáles son estas demandas, y la forma de articularlas, y llegar a un esquema social  en el que la justicia profunda de las pretensiones y la efectividad o éxito de las mismas se dan la mano. Y todo esto por una cuestión muy sencilla y contraria a la que habitualmente se ha venido dando: porque no se crean resistencias en la sociedad (cuestión que sin duda tendré oportunidad de tratar).
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[1] Para ser exactos, es incluso anterior a la última reforma, variando de una a otra reforma el valor porcentual de la condición necesaria (“siempre que el índice de absentismo total de la plantilla del centro de trabajo supere el 2,5 % en los mismos períodos de tiempo”), que finalmente ha quedado extinguido o nulo en el proyecto de ésta.

martes, 3 de abril de 2012

Presentación

Aunque el 15M (the spanish revolution) ha logrado constituirse en grupo(s) o aglutinar a los ya existentes y establecer propuestas, no ha conseguido crear un escenario adecuado para depurarlas, como se desprende de la ausencia de elementos teóricos en el movimiento, esto es, de una columna vertebral teórica, o teoría social, que conforme precisamente ese escenario, y le sirva de soporte. Esto obedece a diversos problemas, pero fundamentalmente a cómo se forman las propuestas, su verosimilitud o grado de construcción, y a cómo de serio nos podemos tomar a nosotros mismos en ellas, y, en consecuencia, a la asincronía que subyace. Y esto último, porque lo que a un grupo de la sociedad puede hacerlo enardecer y llenarlo de esperanza, a otro, más pleno de realidad, le puede parecer que está fuera de la misma, que no merece la pena perder un segundo, que el camino es otro.
Son muchos los ejemplos, pero puede ser el caso de la controvertible Democracia 4.0: como gesto está bien, pero, ya está. Pero no sólo ya está porque sea impracticable, o sea, fácilmente neutralizable por los poderes públicos, sino ya está porque además, puede ser una barbaridad. En este caso es una barbaridad porque lo es que los asuntos se solucionen a mano alzada o se deje a la decisión de las personas cada acción social, porque las personas nos movemos por instintos, pasiones, miedos, mayorías malsanas, y un largo etc., es decir, es una barbaridad que no nos preservemos a nosotros de nosotros mismos, y es una barbaridad que la sociedad pretendida (la que se elige con el voto) sea la media aritmética de lo que ya somos como sociedad. Sobre esto podemos (tenemos que) dar un paso más: ser más ambiciosos.
Esto mismo es lo que podemos encontrar con muchas de las propuestas: toda una serie de contraindicaciones y efectos secundarios, a nada que profundicemos en ellas, demostrando que entre el ideal y lo que somos debe existir una dosis importante de pragmatismo o, lo que es lo mismo, un conocimiento de su aplicabilidad en virtud del momento y de la interdependencia con otros elementos del sistema social.
Lo peor no es que encontremos estos tipos de reparos cuando profundizamos, lo peor es que con ellos entremos en oposición clara unos con otros, a pesar de estar básicamente de acuerdo, es decir, que entremos en desacuerdo en las demandas y en la forma en que se hacen, ya sea en las propuestas o en las proclamas, y que en plena exaltación observemos que en verdad estamos en desacuerdo, que si abrimos el campo tenemos diferente punto de vista, que la intención se dispersa, y ya somos extraños o incluso contrarios y, consecuentemente, inefectivos. Se puede ver fácilmente que si iniciamos este tipo de debate sobre cada cuestión, estamos perdidos.
Esto que se plantea aquí es en realidad muy viejo, y es el problema incluso de formaciones políticas de izquierdas: la imposibilidad real de establecer un proyecto común amplio como consecuencia de la incorporación de demandas de todo tipo que son ajenas o incluso contrarias al sentir de una mayoría, afín a una parte nuclear del proyecto. Y ocurre con ideas tan bien intencionadas como la del ecologismo, que se puede defender pero se puede hacer a ultranza o no, lo que da lugar a un orden jerárquico de las ideas y de las necesidades bien distinto a las del prójimo. Y de esta dispersión, su ineficacia.
Este diferente orden jerárquico de las ideas de unos respecto a los otros es tanto como un defecto jerárquico de las mismas o, lo que es igual, su judicialización o prevalencia jurídica: someterlas a derecho o al resultado de las diferentes fuerzas; lo que supone un degaste y una inefectividad, natural de todo movimiento progresista (de acción plural pero caótica), y, en consecuencia, un impedimento para toda transformación social, además de una desventaja frente a otras fuerzas reaccionarias y frente al orden establecido.
Hasta aquí, lo que se presenta como una crítica y constatación de una realidad que, por cierto, no es nueva, que ha estado en la percepción o cuestionamiento de muchos analistas, como lo ha estado la existencia o no de líderes en el movimiento social, etc. Es hora, creo, de intentar cambiar esa realidad o superarla, y aportar iniciativas o reseñas metodológicas, es decir, empezar a tener claro que falta y que sobra para dejar de ser grupúsculos molestos pero fácilmente neutralizables e inefectivos: tenemos que empezar a estructurar la organización y los fundamentos. Necesitamos una hoja de ruta.
Este movimiento tiene que ser eficiente y pacífico (no sólo respecto de la violencia física sino respecto de otras formas de violencia). Estas dos exigencias nos llevan a una metodología exquisita y casi única, esto es, a un espacio bastante reducido en la forma de la acción, y, sin embargo, entiendo que suficiente, pero entiendo también que inevitable porque estamos intentando fundamentalmente construir una forma de sociedad y esto no permite una distancia entre la forma de hacer y de ser. Esto implica igualmente excluir todo maniqueísmo absurdo, aniquilar toda intransigencia, porque la sola pervivencia de estas ideas implica la del modelo que la sostiene de cuyo lenguaje y formas nos queremos liberar. Superar el modelo no es desear que estemos arriba los que estamos abajo y demás lemas similares, superar el modelo no es invertir esto, superar el modelo es otra cosa: otro tipo de inversión. Tendremos que desear todos lo mismo, tenemos que desear aquello que desearíamos igual en una situación que en otra. Ahí es donde se tiene que poner de manifiesto la perfección de la idea de “conciencia social” que debe imperar: en saber diferenciar nuestro ideal de sociedad de nuestra miseria personal, en diferenciar las exigencias de primer orden de aquéllas que, o bien son de segundo orden o bien quedarían en franquicia tras las primeras, y que en cualquier caso representan un lastre o una desvaluación de las intenciones.
Me parece importante manifestar esta sensibilidad y sumar sensibilidades, y evaluar cuántos estamos en una idea, y cuántos en una idea que se parece (porque se opone a algo) pero que es distinta, como distinta es la necesidad de la que parte, dicho de otra forma, cuántos parten de la necesidad y cuántos aun con la necesidad son capaces de ver una necesidad común y superior. Todo no puede partir de la necesidad, si fuera así no cabrían en este proyecto los que no la tienen, y no es el caso: este movimiento se nutre también de personas libres de toda penuria. Todos los colectivos deberían ser capaces de contemporizar sus pretensiones particulares (y, sin duda, dolorosas), superar esta limitación consustancial e ir a otras pretensiones más universales, de fuerte poder de consenso y de transformación social, y así, de una vez por todas, definir a por qué vamos, cuántos somos y con qué contamos. Es decir, no basta con la sensibilidad, hace falta algo más: el movimiento social necesita apoyarse en unos principios fundamentales sobre los que hacer su manifestación pública o declaración de intenciones, y conformar una teoría social en la que reconocerse (la simplificación de lo reconocido nos lleva a la universalización del que reconoce), que sirva de referencia, soporte o guía de la infinidad de cambios concretos y demandas: un nuevo fundamento de lo posible.
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Para lograr nuestras pretensiones, necesitaremos alcanzar un esquematismo del modelo social y de sus excesos, es decir, comprender cómo hemos llegado hasta aquí. En este sentido, podemos darnos cuenta de que la burguesía ha efectuado toda la transformación social que ha llevado a cabo desde el renacimiento sobre dos pilares fundamentales: crear una profunda desigualdad y llevar la sociedad a un proceso de estandarización, de la que forma parte la judicialización o el igualitarismo (no nos olvidemos de la Ilustración). Podemos admitir que las dos cuestiones no son perniciosas en sí mismas. La primera, porque podemos partir de un principio básico por el que todo lo que deba crecer lo debe hacer por una desigualdad, por una diferencia entre dos puntos o estados: esto constituye el principio de bipolaridad del que en realidad parte todo lo que da lugar a un flujo o movimiento, ya sea de carga eléctrica por el voltaje (o diferencia de potencial) de la pila, de agua por la diferente altura en la cascada, o económico por la riqueza acumulada. La segunda, porque ese proceso es el que ha permitido desasirse del dogma y de otras inveteradas formas sociales. Pero tenemos, naturalmente, que objetar, de una parte, que esta desigualdad haya estado y esté mal gestionada y en vías de radicalizarse, en lo que se está presentando como una bipartición de la masa social a través de la destrucción de la clase media, y, de otra parte, que junto con los dogmas hayamos abandonado principios básicos, en tanto que la estandarización nos está llevando a un proceso de desestructuración social.
La corrección de estos dos factores debe conformar los ejes o palancas de transformación social. No podemos olvidar tampoco el desarrollo de esta crisis y la aparente bancarrota técnica de algunas naciones, pero todo eso es un problema de dinero, que se soluciona con dinero (o con decisiones políticas), que camufla el proceso de regresión social que estamos tratando, y que entendemos primordial. Cualquier propuesta debería estar, por tanto, en la idea de alcanzar la corrección de estos dos elementos, sin olvidar la realidad expuesta y aceptada, en la superación o la síntesis de la misma (en el contexto de la dialéctica histórica); y en el afán de inventarse otra forma de vivir que preserve todas las grandes posibilidades que nos da ésta. Lejos de ser así, y en el mejor de los casos, tenemos unas propuestas de ajuste (véase ATACC), muy en el contexto y el lenguaje neoliberal, que tratan de corregir los excesos, pero no el pensamiento, o, dicho de otro modo, que inciden sobre los excesos de segundo orden pero no los de primer orden, anteriormente reseñados, que implicarían un verdadero cambio en el modelo; en tanto que la masa social incide en el modelo desde el deseo, sin unos verdaderos motores de transformación.
A mí entender, la corrección, en correspondencia con los problemas apuntados, debe venir dada por un proceso de inversión social, como medida de higiene socioeconómica, y por una recuperación o redefinición de los principios, en lo que denominaremos principios de verdad, que se presenta como una medida de higiene política, y, entre ambos, como los pilares básicos o palancas de la reestructuración eficiente de la sociedad:
Primera palanca. Nuestra sociedad está apoyada en el principio de competencia, como motor de la desigualdad y, por tanto, del crecimiento, pero en realidad esto es causa de una profunda desestructuración social y de ineficiencia del sistema productivo, es decir, el modelo actual de sociedad tiene muy en cuenta los beneficios que alcanza por la aplicación de este principio y no sus perjuicios, que son muchos.
El empleo a la corta o a la larga será un problema. En consecuencia, ¿qué hacemos, de acuerdo con este hecho y el principio de competencia, cubrimos las plazas de trabajo menos cualificado con población cualificada, que por supuesto compite en situación ventajosa, y creamos dos problemas (los desocupados y los mal ocupados), o las cubrimos con la población afín, y dejamos, haya o no haya ocupación, a los cualificados para las innumerables ocupaciones de nivel que, si se quiere, puede demandar una sociedad de progreso?
El actual sistema de escalado social es improductivo por la ineficaz utilización de recursos humanos, tanto por el aspecto estructural de los que no prosperan y las condiciones en las que llegan los que sí lo hacen (empleo poco racional de los elementos en la arquitectura social), como por el aspecto funcional de los mismos, o desaprovechamiento de las capacidades y despilfarro de los recursos materiales en todo el proceso. Una sociedad no se puede permitir desaprovechar a su población capacitada en tareas que no le son afines o tenerla entretenida en una búsqueda de recursos propios (su camino) estúpida. Una sociedad debe tener satisfechas sus necesidades estructurales y de provisión básicas, pero la alternativa no debe estar entre ocupar una plaza o no poder ocuparla (ocupándose de abajo a arriba, con la desocupación como estado residual, improductivo y subsidiado) sino entre ocuparla y quedar liberados de ocupación, es decir, ocupándose de arriba abajo, con la ocupación como estado residual plenamente productivo y regulada por mínimos: esto es la inversión social.
Segunda palanca. El proceso de estandarización conlleva el abandono del dogma, de las referencias (acertadas o no), para tomar el camino de la judicialización (la Fe única y estándar), que implica una despolarización política, definida como la igualación social de los roles en los diferentes ámbitos sociales, y promovida desde los mismos. Esto implica muchas ventajas para la producción y es muestra de la altura social, pero parejamente comporta una importante desestructuración social derivada de la imposibilidad de educar en el seno de la sociedad y de la familia, es decir, de la transmisión, distribución y consolidación del acervo. Todo esto comporta, así mismo, una gran confusión en todos esos ámbitos, así como en el de la justicia, propiamente dicho (de la que se nutre la política), por la concurrencia de toda una serie de obligaciones y derechos sin una jerarquía clara. Confusión y desorientación. La sociedad no puede estar sumida en la equidistancia constante, en el igualitarismo perpetuo, en la continua lucha de fuerzas contrarias que impide determinar algún tipo de orientación social, como si al cabo de dos mil años de historia no hubiéramos aprendido nada. Durante ese tiempo la sociedad se ha regido por toda una serie de mandamientos, ahora, no pudiendo echar manos de ellos por haber perdido el carácter universal, estamos en la obligación de dar una solución a la altura de los tiempos: no de determinación equivocada, no indeterminación, sino determinación suficiente. Esto es el principio de verdad. El principio de verdad es el espacio común formado por aquellas cuestiones sociales que en su desarrollo más se parecen a la idea de principio —que por tal es común—, pues representa, aunque no en su estadio de máxima simplificación, una idea de éste, esto es, de lo que la sociedad quiere y parte.
Se trata de dos grandes orientaciones sociales hacia un modelo de sociedad accesible desde éste, y, por tanto, de una referencia. La alarmante tendencia social y la necesidad de invertirla exigen hacer una manifestación pública, establecimiento de un punto de partida, referencias y metas, en forma de Manifiesto.

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