EL-LIBRO-D-L-CAMBIOS



EL LIBRO DE LOS CAMBIOS


LA ESENCIALIDAD (Capítulo 1)


1- Hemos analizado en La crítica de la razón social el devenir de la sociedad, y las posibilidades exitosas del decurso social, que fiamos a la utilización de los principios de verdad, además de aplicar el principio de los vasos comunicantes (VVCC) y la inversión social. Allí presentamos la idea de los principios de verdad, pero no (prácticamente no)  a los principios de verdad propiamente dichos. Es decir, allí los principios los presentamos como necesidad o fundamento lógico de la sociedad, para guiar nuestra sociedad convenientemente, de forma saneada, pero no se aportaron principios de verdad, y no se aportaron precisamente porque no los tenemos, porque los tenemos que construir. ¿Cómo, nos podremos preguntar, si no tenemos ya unos principios de verdad de los que partir? Bueno, ya está dicho de forma velada aquí cuando digo que nuestra sociedad debe estar saneada. Ya lo dije en realidad cuando dije que en sociedad se deben hacer las cosas buscando la higiene social, en el convencimiento de que por encima de nuestras verdades está esa higiene social como criterio suficiente, prima facie, para testar cómo de verdad es nuestra verdad: es verdad lo que nos lleva a esa higiene y mentira lo contrario. Éste es un concepto que está presente en todo y es el motor de todo: principios de verdad, inversión social,  VVCC; porque todo trata de luchar contra la falta de esa higiene y los estados de asimetría social que le son característicos. Sobre esta premisa debemos construir el debate, esto es,  utilizar o extender esa forma de análisis y de exigencia a todas las cuestiones que queramos plantear, que es justamente lo que vamos a realizar a lo largo de este bloque intitulado El libro de los cambios, que comienza aquí.
Vemos, en definitiva, que para construir nuestros principios tenemos que partir de unas cuestiones básicas, llámese categorías, llámese principios esenciales, llámese sentido interno, que comporta alguna forma de espiritualidad o idea elevada de nosotros mismos y de sociedad, y la inevitable traza de lo que realmente somos. Esa forma de espiritualidad a unos les viene por la religión, a otros a través del dolor social, a otros simplemente como un mecanismo intelectual. Esto hace que no tengamos una única forma o que incluso nos identifiquemos a nosotros mismos mediante una forma u otra, y que, en consecuencia, nos identifiquemos y nos juntemos con los que la tienen igual. Eso tiene una cosa buena y una mala. La buena es que estamos en el camino, la mala es que más que probablemente estemos en el camino equivocado, sea cual sea éste, porque más que probablemente estemos en el camino de la creencia, de la visión parcial o en perspectiva de las cosas, la que impone lo que verdaderamente somos.
Ésa es la forma de lo humano, nos hacemos de un equipo, ya sea político o de fútbol y ya todo lo vemos desde la perspectiva de ese equipo. No somos libres, no alcanzamos nuestras verdades de acuerdo a la higiene social y los otros principios esenciales sino a unos principios sesgados o inclinados a aquello que estamos defendiendo.
Hesse escribió: “El pájaro rompe el cascarón, el huevo es el mundo. El que quiere nacer tiene que romper el mundo”. También se dice en el génesis. “El Señor le dijo a Abram: 'Deja tu tierra, tus parientes y la casa de tu padre, y vete a la tierra que te mostraré'.” Estamos hablando de lo mismo, de la necesidad de dejar de ser lo que somos para poder ser otra cosa, de la necesidad de romper esa identidad que hemos construido, para partir de unas premisas nuevas, limpias, verdaderas, verdaderamente espirituales.
No voy a desarrollar ahora la verdadera espiritualidad a sabiendas de que aparecerá de forma natural en el discurso cuando dejemos lo social y nos introduzcamos en lo humano, y, de forma particular, en la forma higiénica de vivir lo humano, esto es, la desposeída de falsas identidades. No la voy a desarrollar a pesar de ser esta forma higiénica de vivir lo humano la que mejor conecta con un compromiso social libre de lastre. Y no la voy a hacer porque existen formas alternativas o modos diferentes de explicar esa conexión, más adecuadas, cercanas, asépticas y rigurosas (que de forma más extensa, y más o menos similar, está en las entregas 14-15 de la WEB), sobre todo para las personas a las que esta conexión entre la espiritualidad exigible y la praxis social le suena al toco mocho, esto es, que quieren prescindir de toda forma de psicologismo, o de otras cuestiones que toman su forma (aunque no lo sea):
Pensemos que nuestro mundo social es el espacio geométrico euclídeo (plano). Este espacio está construido a partir de cinco axiomas que se cumplen en virtud de su métrica (plana), esto es, de la forma de medir en él. Axioma es de lo que se parte (ejemplo: “Dados dos puntos se puede trazar una recta que los une”, o “Dos rectas paralelas guardan entre sí una distancia finita”). A partir de ahí se construye todo un espació matemático, esto es, toda una serie de verdades: proposiciones, teoremas, en ese espacio.
Pues bien, de lo que hablamos es lo mismo, nosotros tenemos que construir nuestras verdades, que son los principios de verdad, a partir de unas verdades esenciales que son elementos como “la higiene social”, esto es, elementos que limitan nuestras posibilidades a la hora de construir esas verdades, nuestro espacio social, en función de su existencia. Y que cambian en función de la misma, de la misma forma que si quitamos el segundo axioma citado (esa limitación) ya no estaremos en un espacio euclídeo o euclidiano, que tiene la limitación de ser plano, sino en uno curvo, tal como ha ocurrido de hecho en la representación de nuestra realidad física en virtud de la teoría de la relatividad general.
Existe además toda una suerte de limitaciones formales, lógicas y propiedades a las que debemos atenernos (además de un básico principio de contradicción), que la matemática preserva y que sin embargo en sociedad se transgrede constantemente, pudiendo decir que de dos posiciones en pugna, una de ella, si no son las dos, está en la mentira dialéctica, esto es, en la utilización fraudulenta de las reglas.
Por cierto, que (a modo de curiosidad) el conocimiento noético, éste que se puede establecer a través de la meditación, tiene mucho que ver con esta forma de alcanzar el conocimiento, siendo por así decirlo una manera de alcanzar las verdades respecto a ciertos órdenes a partir de unas verdades esenciales (internas, en este caso), mediante una conexión rápida e intuitiva, como aquellas que hacía Srinivasa Ramanujan, el matemático que los dioses susurraban fórmulas imposibles. Es decir, la estructura es la misma, en lo que se diferencia es en la forma de transitar desde esas verdades esenciales a las siguientes, el mecanismo, y la velocidad del mecanismo noético, del tránsito intuitivo, que sin embargo, como vemos, no es privativo. Es extraño, inusual, pero no más de lo que lo es donde se supone que no lo es, de hecho, la creatividad, incluso la científica, tiene mucho de esto: de ver de una manera antes de ser capaz de ver de la otra. Todo esto representa, dicho sea de paso, un reencuentro fantástico, a través del concepto de productividad, entre dos cosas o mecanismos aparentemente contrarios, casi en lucha, el de la metodología científica y el intuitivo, precisamente por esa habitual diferencia de velocidades y la consecuente imposibilidad de fiscalizar los logros paso a paso cuando surge de la intuición y no del razonamiento lógico.
Salvado esto último, lo que estoy diciendo en este caso es que tenemos que ser escrupulosos con los teoremas y con los axiomas de los que se parte, también en sociedad, en la que por ignorancia principalmente no hemos sabido establecer esos axiomas básicos (verdades esenciales), de lo que se infiere que los principios de verdad que construimos no son tales. Ésa es nuestra Historia como sociedad, como civilización. Necesitamos, por tanto, que ser capaces de dotar a nuestro conocimiento social de la misma fortaleza estructural (o casi) que tiene la geometría euclidiana o cualquier otra área de las matemáticas o de la física.
La sociedad inversa es el desarrollo de esa idea, es el planteamiento aséptico o, cuando menos la expresión de la necesidad social del mismo, que no pretende ser la verdad, objetivo imposible por cuanto la verdad está hecha de muchas sensibilidades, sólo racionalizar esas sensibilidades al objeto de encontrar esos principios de verdad, que es eso que queda cuando a la sensibilidad de cada uno le quitas todas las tonterías, y algunas mentiras, mediante la aplicación de esas verdades esenciales, que es en la práctica la mejor forma de ir dejando lo que queremos encontrar al descubierto. No pretendo tanto llevar la razón o la verdad en todas las cuestiones como construir un discurso minucioso que sirva para establecer un debate honesto sobre ellas, acotarlo mediante principios de verdad preexistentes (verdades esenciales) que nos permitan la formulación de otros nuevos. Ése es el trabajo que tenemos por delante, para el que tendremos que dejar a un lado ideologías, credos, apetencias y dolencias, es decir, atenernos a esas verdades esenciales y a las que seamos capaces de alcanzar limpiamente a partir de ellas, objetivos ambiciosos que si bien están fuera de nuestro horizonte cercano, son condición sine qua non para dar un salto cualitativo como sociedad, imprescindible para optar a la supervivencia o al progreso.
Lo que voy a desarrollar aquí, pues, tratará de sentar las bases para un debate aséptico sobre algunas materias, que luego podremos compartir o no compartir pero que tiene los elementos necesarios, por cuanto están estructurados (como el espacio euclídeo), para ser fiscalizados intelectualmente, a diferencia de lo que hace el debate político y todos sus defectos formales, lógicos, estructurales... etc.
Esa es la estrategia que voy a adoptar para todos los temas. A partir de ahí, a efectos de clasificación, aunque sean temas independientes unos de otros, se seguirá un orden necesario puesto que a la vez lo tienen contextual. De hecho, de algún relato se podría derivar al otro de forma natural sin solución de continuidad, y si no se hace es para no complicar el primero o hacerlo inacabable, y para darle su sitio al segundo: para no hacer como esos trabajos en los que van de una cosa a otra sin cerrar, sin llegar a unas conclusiones mínimas. Esa misma pretensión hace que los temas sean extensos, y con ello que puedan parecer más literarios, menos divulgativos, lo sé, pero no se puede todo, y, como no se puede, opto (por lo ya dicho) por encapsular los temas de esta manera. Decía Kant que algunos libros serían más claros si no hubieran querido ser tan claros. Seguramente esto se lo aplicara a sus propios escritos. Seguramente yo también sería más claro si no quisiera ser tan claro, más entendible, si no quisiera librar de todos los malentendidos a “la verdad mínima” que se pretende alcanzar.
Lo haré abordando los temas que están en continuo debate en nuestra sociedad, expuestos a cambios y tensiones, pero sin solución, es decir, que se habla y se habla de ellos pero no se llega a nada, a ninguna certeza (o sólo a alguna interesada), precisamente porque no se debaten en el entorno de trabajo ya planteado, esto es, porque no se manejan las estructuras discursivas correctas ni los propósitos correctos.
Se debate sólo con datos y con el empleo de las herramientas pobres que nos dan las diferentes disciplinas (economía, justicia, sociología, política) sin reparar, o querer reparar (a pesar de no llegar a conclusiones), en que hay una verdad esencial en cada debate que pone de manifiesto que el debate es estéril y el objeto a debatir es otro. Si no cambiamos ese objeto a debatir, el debate siempre estará en un conflicto argumental y emocional, que  es el que trata de alimentar los que sacan partido del mismo.
Podemos darnos cuenta hasta qué punto esto es así y somos víctimas de esto que estoy hablando si pensamos en cualquier estadística sobre cualquier tema social o político, donde se pone de manifiesto que no se puede llegar a un consenso, sólo a una indeterminación más o menos mediatizada, que evidencia los parámetros de indefinición de la cuestión y de todo aquel que quiera afrontarla para su resolución: lo poco posible que es llegar a la verdad y lo poco que importa.
Aquí vamos a debatir cambiando el objeto a debatir (por esto es El libro de los cambios). Cambiar el objeto a debatir, nuestra atención, es ver cuál de todos los objetos es el de mayor jerarquía entre todos los presentes. Es muy sencillo: ¿qué es más grande 8 o 9? Lo pregunto otra vez: ¿qué es más grande 09 o 80? En la primera pregunta hemos obviado los ceros y con ellos el orden o poder jerárquico de los otros números. El discurso mentiroso se construye a base de eliminar el orden jerárquico de las proposiciones, lo que deriva en que todas ellas estén en el mismo orden o estén el que quiera el especulador de turno. Llevado a lo que nos importa, llegar a la verdad o apartarnos de la mentira es encontrar el verdadero orden jerárquico de las cosas.
No cabe duda que la realidad es compleja, pero la hace más compleja la indefinición teórica que permite que cualesquiera argumentos sean válidos, y que puedan ser, por tanto, pertrechados y revalidados por apoyos interesados. Frente a esa complejidad sólo cabe una voz única, que se haya hecho única a través de un fundamento lógico.

2- Con estas premisas, esto es, para alcanzar los objetivos y desarrollar la metodología presentada, nosotros podríamos abrirnos en abanico a raíz de lo expresado en La crítica de la razón social y ahondar en las diferentes problemáticas, o podríamos establecer una secuencia de problemáticas sobre un determinado hilo conductor. Nosotros haremos fundamentalmente lo segundo. El hilo conductor son los principios de verdad y la problemática de partida no puede ser otra que el resurgimiento de los partidos de ultraderecha que es la que pone más en evidencia la cuestión de los principios de verdad (por razones que quedarán sobradamente explicadas), es decir, que tanto nos sirve el resurgimiento de la ultraderecha para abordar la importancia de los principios como los principios para abordar el resurgimiento de la ultraderecha.
Ya dije que unos temas nos llevarían a otros de la mano. Los principios nos llevan a la cuestión jurídica. Pero el resurgimiento de la ultraderecha también nos lanza a una cuestión tal como la revolución social de la mujer, y de lo femenino, y su forma de ocupar todas las cosas de la vida, que no será hilo conductor pero sí tema recurrente, y capital para el entendimiento del momento actual, que a su vez tiene elementos jurídicos.

A- Ya se verá como recorreremos el camino para tratar cada cosa en el momento adecuado y abordar el análisis de lo que sin duda es la mayor revolución conocida, o cambio de paradigma, con toda la profundidad que merece, y en el formato o con las pretensiones que en cada situación  o recurrencia sean las adecuadas. El asunto nos sirve de momento, a expensas de ser tratado oportunamente, para ejemplificar todo lo dicho a respecto de la jerarquía de las cosas, y la esencialidad de las mismas (los cambios). A este respecto, la cuestión no radica en que la mujer sea o pueda ser la protagonista de los cambios (podemos olvidarnos de ese detalle en el análisis), tampoco en que esos cambios puedan ser tan representativos a algunos efectos como la supresión del esclavismo, la cuestión es si apreciaríamos alguna diferencia en las pautas de penetración social si en vez de ser la mujer la que ocupa el espacio fueran alguna suerte de seres reptililoides (sí, como aquellos que se presentaron en sociedad mediante la película V) con sus aparentemente espléndidas pretensiones, o, mejor todavía (para que no parezca tan conspiranoico), si lo que está ocurriendo no es, de hecho, lo que se representaba en el film “The Invasion”, protagonizado por Nicole kidman.
Es decir, la cuestión no es,  tal como sucede en la película, si el mundo al que se llega es mejor o peor, o incluso si es al que podríamos querer aspirar (un mundo sin emociones malas), sino si lo alcanzamos de forma natural o lo alcanzamos mediante un proceso que nos transforma fraudulentamente, tanto que, propiamente dicho, ya no somos nosotros, porque lleva aparejada la supresión de esas emociones malas (de todas, en realidad) o las señas de identidad de lo humano; o de lo masculino, en nuestro caso, como paradigma de lo emocionalmente malo o desechable. La cuestión es de qué manera tan productiva, a los efectos del proceso de sustitución o la estrategia invasora, los infestados se reconocen y se diferencian de los otros, esto es, se establece una frontera de contagio, que se expande, y que diferencia a los adaptados al nuevo diseño de los que no, y que criminaliza irremisiblemente, a estos últimos, o los arrincona socialmente.
Aquí es donde viene la necesidad de hacernos las preguntas correctas, y de no atender a otras que hacen otros, que quieren desorientar, desacreditar e inducir al contagio. Aquí es donde viene la necesidad de encontrar las verdades esenciales y determinar con ellas si lo que ocurre en sociedad es lo que tiene que ocurrir o es una adulteración interesada y forzada, y luego si es interesada por sí misma o por algo más.
La cuestión, en este sentido, no está en que ocurra sino en que ocurra de un modo concreto y a una velocidad determinada, tal como tenemos aceptado respecto a las características de nuestra curva de progreso y bienestar social, y su punto de inflexión. En ambos casos, si se observa que unas determinadas transformaciones son consecuencias inevitables de causas preexistentes, se acepta como parte del decurso,  si, en cambio, se observa que se dispone algo para que esas transformaciones sean inevitables y de un signo, es distinto. Dando como más cercano a la realidad la segunda forma de proceder, no podemos nada más que extrañarnos del alto grado de silenciamiento y connivencia del mundo político, cultural y mediático, es decir, de la total ausencia de análisis o cuestionamiento, ni siquiera para alcanzar una perspectiva histórica respecto a los pros y los contras, las luces y las sombras, o una proyección de futuro de lo que sin duda será nuestra realidad próxima, seguramente deslumbrados por los elementos liberadores que comporta y sus expectativas, y los demás cantos de sirena: Pinocho fue a la feria también, creyendo que era una feria, y se convirtió en un asno, un asno de feria.
Este silenciamiento nos lleva a la idea, volviendo a la película, de que en buena medida gran parte de esos mundos ya están infestados, y que son los encargados de propagar o construir esa realidad, ese nuevo orden social. Pensamiento que puede parecer exagerado si pensamos en el desarrollo escénico, en su desencadenante vírico y las transformaciones biológicas que conllevan. No lo es tanto si pensamos que ese virus no es un virus, es una idea. Y no lo es tanto, tampoco, si observamos de qué manera tan extraña e inusitadamente rápida se ha infestado buena parte de la población en el proceso, alterando sus patrones de conducta, que se ven modificados, bien por el contagio bien por la necesidad de permanecer camuflados (como en la película), de no ser descubiertos, de no desentonar, lo que supone, de facto, un contagio por adaptación o mímesis, que expande igualmente la frontera y posibilita el contagio de otros por simple contacto.
Es decir, la sociedad no se infesta por virus sino por ideas. La cuestión es, en consecuencia, si esa idea es nuestra o estamos infestados con ella. Algo que deberíamos plantearnos con cualquier idea, sobre todo si está claramente activada y patrocinada. Una idea, por otra parte, fácilmente insertable en sociedad, tal como evidencia el resultado, por cuanto existe una carencia ancestral de lo que comporta, una necesidad primigenia, además de la que legítimamente visibiliza la mujer, en virtud de la cual millones de personas podemos tener la intuición de que la regeneración del mundo o el mayor cambio paradigmático, jamás visto, tendría que venir de la mano de lo femenino, del retorno a la madre, donde todo se une y se fusiona, como idea de lo común. La cuestión es: ¿esto que se está incorporando al mundo es “lo femenino”, o es otra cosa? Y otra,  respecto del mencionado retorno a lo común, que puede ser lo común en una pareja, en una sociedad, en el mundo o en el universo entero: ¿esto une o separa? Vemos que si escarbamos en esa idea reconocible, y a priori no rechazable, encontramos a través de la esencialidad de las cosas que es como un caballo de Troya, un engaño. Un engaño que nos enseña que ni siquiera esa forma familiar o coincidente nos puede hacer pensar que es nuestra idea, levantar la guardia u olvidar que detrás de ella puede haber algo escondido, sucio, "no higiénico".
Un engaño en el que no caen, por cierto, muchas mujeres, porque ellas mejor que nadie saben lo que le es propio, y en donde está su verdadera frustración o su verdadero objetivo, y que saben, como sabemos todos, que las relaciones no (tan) reguladas jurídicamente pueden ir bien o mal, pero las otras, no son relaciones. Ése es el engaño, del que sólo podemos salir buscando la esencialidad, la jerarquía correcta, y comprendiendo que de lo malo no puede salir nada bueno, que no se puede corregir una asimetría con otra, y que quien lo hace, algo busca de otra naturaleza.
Nosotros dijimos que había que ver si era una adulteración interesada, y luego si lo era por sí misma o por algo más, pues bien, ya vamos con esto último tras la pista, que no es otra cosa que la estandarización o desestructuración de las relaciones entre géneros a través, como veremos, de la judicialización, el miedo, y otras cuestiones que, sin duda, tendremos oportunidad de desarrollar.

B- Vuelvo a repetir, si no ha quedado claro, que la cuestión no es si la mujer debe y tiene que alcanzar otro papel diferente en sociedad (mejor), al que ha mantenido tradicionalmente (que seguro que sí), o si se ha hecho socialmente acreedora de esa revolución social, sino si ese cambio de papel lo está alcanzando de forma natural o se está introduciendo de forma forzada y perversa por alguna entidad (persona o no) muy interesada en que esto sea así y con otras pretensiones (troyano), y de forma particular si no se está utilizando a la mujer como vehículo o pretexto para llevar a cabo alguna forma de alienación o subyugación, aprovechando sus demandas intemporales, o, de otra forma, si se está presentando como progresista y liberador algo que encierra otros fines que no son ni progresistas ni liberadores.
¿Quién, y por qué? (Esto ya es otra cuestión al hilo de ésta que tendremos que tratar de forma más pausada, pero…) En principio, los mismos de siempre y por lo de siempre, que no es otra cosa, en primer orden (sin querer apuntar de momento a razones de otra enjundia), que una desestructuración social ventajosa para los procesos productivos. Se estará conmigo en que, siendo los mismos de siempre, que hacen todo tipo de cosas para alcanzar sus fines, el elemento conspiratorio se puede dar como plausible, se vea acompañado o no de una piel de lagarto.
Estoy diciendo que los cambios en las cosas no se producen por causalidad, que algunas veces los promotores de los mismos los realizan a las bravas y otros, sin embargo, de una forma sibilina (haciendo coincidir sus planes con determinadas demandas), y que la conspiración o la manipulación es algo que está siempre presente, y es mayor cuanto más inconfesable y más a largo plazo es el cambio pretendido. Para advertir esto sólo tenemos que reparar en qué cambio se presenta como más favorecido (incluso financiado) desde ciertos ámbitos, de qué manera y con qué pretensiones, y qué otros no se producen porque no son de su agrado o conveniencia a pesar de ser más significativos o esenciales (sobre el hambre, la desigualdad) para el desarrollo.
A efectos económicos ya lo expresamos, diciendo que a esos efectos el Capital tenía diseñado un esquema de sociedad, que era una sociedad estandarizada. La pregunta es qué otra cosa puede querer alcanzar el Capital de la sociedad para alcanzar esa sociedad estandarizada. La respuesta puede ser la estandarización a los efectos que estamos hablando, esto es, la que atañe a la relación entre géneros, de lo que se deduciría que las pretensiones del Capital trascienden del plano económico y apuntan directamente al diseño social del porvenir, incluso como especie.
Tal vez, también, a inhabilitar la respuesta social, esto es, a planificar alguna suerte de cortafuegos. Por ejemplo, ¿sería posible que alguien esté planificando de esta guisa la superpoblación y el resto de las cuestiones que nos llevan al colapso social? Lo voy a preguntar de otra manera. ¿Alguien se cree que no hay ya quien está pensando en este particular y todo lo que implica o implicará en las próximas décadas, y tiene diseñado un perfecto plan de contingencias que puede incluir esto que estamos hablando? Es evidente que sí, y que si se está pensado en un planeta alternativo de otra estrella, no ha sido como la primera opción o la más factible. Y otra pregunta que muy bien podría haber ido antes de ésta: en nuestro momento social y con los avances científicos, las técnicas reproductivas, ¿quién está mejor adaptado al entorno?, ¿quién es más prescindible? La respuesta es obvia. Lo único que la puede apartar de la realidad es que, en un sentido más general, prescindibles somos todos.
Esta forma de modelado social ha sido así desde siempre en la Historia de la humanidad. Los grandes cambios han seguido una agenda que se ha puesto en marcha cuando ha resultado interesante, con sus más y sus menos (recordemos la supresión del esclavismo o el de la concepción de usura, la creación de la clase media, y ahora su supresión). Es tanto así, que es muy posible que, de cara a la esencialidad de las cosas, lo que tuviéramos que plantearnos fuese qué es verdaderamente lo que hay detrás de cada cambio social, qué se pretende. Es decir, dar por descontado que obedece a algún interés circunstancial que está aprovechando el nuestro, y preguntarnos por cuál puede ser ese interés, para tratar de dibujar ese diseño o anticiparnos a él, sobre todo ahora que somos testigos de la ejecución paso a paso del plan, que muy bien puede ser el de amortizar una lucha de clases con otra, y, en último término, el de mantenernos distraídos (ocupados y divididos) mientras gobiernan el mundo, y evitar que levantemos la mirada y nos preguntemos quién lo hace y con qué rumbo.

C- Cuando se levanta la mirada se puede ver el poder de los que están arriba o se puede ver una representación de ese poder. Cuando se levanta la mirada y se ve una representación de ese poder, se deja de ver al poder en sí, y se deja de ver el poder que hay por encima de ese poder representativo, sea democrático o no, es decir, que el poder representativo sirve para desdibujar el propio poder que encarna y el de todo aquello que está por encima: es un filtro, un espejo semitransparente que sólo permite la visión y control hacia un lado. Ese poder representativo en continua lucha de opuestos no llega sistemáticamente a ninguna solución en las cuestiones importantes. Pensamos que no llega como consecuencia de esa lucha de opuestos o de la falta de consenso, pero no es así, no se llega porque no tiene las competencias para arreglar la cuestión, y se camufla esa falta de adscripción competencial mediante una lucha de opuestos, que trata de buscar segundas soluciones toda vez que no pueden tomar las primeras, las más lógicas y efectivas. Sólo hay que ver lo que ocurre en los Presupuestos Generales, en cómo se despreocupan de las cifras mayores y se vuelcan sobre las menores, llenándolas de ideología,  de partidarios y de ruido para que parezca que entre lo que dicen unos y lo que dicen otros hay un cambio radical del rumbo (aunque algunas veces, porque todo es susceptible de empeorar, lo haya). Nadie toma o intenta tomar las soluciones de primer orden, las que luchan contra las verdaderas causas de la desigualdad y la calamidad humana.
No pueden tomar las de primer orden porque la adscripción competencial la tienen otros, que no actúan porque no quieren, porque quieren mantener las cosas en ese estado. Eso es lo que pasa con los temas del hambre, del desarrollo de los pueblos, en los que los poderes representativos no tienen esas competencias ni autoridad para reclamarlas ni, por supuesto, forma de obligar (por causa del espejo) a los que sí la tienen, a pesar de que la desigualdad mate gente.
No digo que el sistema sea desigual y mate gente, digo que los verdaderos poderes fuerzan esa desigualdad intencionadamente para crear ese espacio de penuria que finalmente acaba en muerte. Ellos fuerzan esa desigualdad, porque persiguen juntar todo el poder y todo el dinero en su polo, en detrimento del otro polo. Es decir, que cualquier idea de reparto va en contra de sus planes, del modelo de bipolarización extrema que imponen gracias a la riqueza y a toda una política consentida de estandarización que les ha permitido situarse en referencia única de los procesos, que es lo que ha hecho que se puedan situar en esa posición de poder al suprimir las vías alternativas, esto es, en la forma más implacable de totalitarismo, dado que, además, ese polo de poder es único a nivel mundial, aunque se trate de aparentar lo contrario  (¡¡¡ Cada vez menos, por cierto !!! ).
La cuestión es que lo mismo que esos poderes representativos no tienen poder respecto a la situación actual, tampoco lo tienen para cualquiera de las otras cosas que se quieran establecer desde ese poder: ahora es el hambre y la creciente desigualdad, mañana será la miseria y la semiesclavitud o la desigualdad extrema. Que el poder representativo no tenga poder no quiere decir que no sea consciente de él y de su repercusión dramática, algunos lo son, lo que justificaría la codicia insaciable, el intento de garantizarse una posición de privilegio y pasar el corte: no servirán más credenciales que tener una cuenta corriente tan suficientemente abultado como para que resista el primer fulgor.  
Los poderosos de verdad tienen innumerables formas de iniciarlo porque, junto a ese inmenso poder, las tienen de crear tragedias, ya sea mediante las herramientas financieras o mediante otras tecnológicas, como el HARRP, capaz modificar masivamente las pautas de comportamiento o los procesos mentales mediante un disparo electromagnético y de alterar la ionosfera y provocar sequías y otros desastres naturales y humanos (se piensa que buena parte de los todos los últimos), o simplemente mediantes guerras provocadas, y epidemias. Algunas de ellas, aunque se han utilizado experimentalmente o de forma eventual, no se han utilizado bajo la prescripción que estamos  adelantando.
No se han utilizado con esta especificación porque no ha llegado el momento, pero tienen la capacidad financiera, logística y técnica. Cuando digo que tienen capacidad quiero decir que tienen los medios para quebrar el sistema financiero, crear los desastres o los conflictos necesarios y llevarnos a la edad media en una semana (lo que dure la comida del frigorífico), además de existir unas posibilidades nulas de respuesta. Uno podría pensar que, a pesar de todas esas posibilidades, es impensable que esos poderes hagan uso de ellas, impensable que las lleve a extremo, sin reparar en que el Capital y todos los poderes que se esconden con él ha hecho siempre lo que ha podido hasta donde ha podido, y que si no ha hecho más es porque circunstancialmente no le ha interesado o le ha sido imposible.
De hecho, ha sido a lo largo de estos últimos treinta años cuando ha terminado de encontrar las piezas que les faltaba para poder ser totalmente autosuficiente, o lo que es lo mismo, para que todo lo que no pertenezca a su entorno de dominación sea prescindible. Dicho de otra forma (o en otro sentido), ha sido en estos años cuando ha encontrado los mecanismos para ser implacable y poder hacer de forma general lo que de hecho ya está haciendo en algunos países de forma discrecional, en los que si hay que hacer, se hace.
Ese espejo semitransparente les hace ser invulnerables, desconocidos, en un sentido y les permite ser implacables y eficientes en el otro. Como dioses, y así se sienten, cada vez más fuertes, y cada vez más ajenos a la naturaleza humana y sus miserias, y a la importancia moral de sus decisiones o, lo que es lo mismo, considerando sólo la instrumental. Es por eso que la decisión meramente instrumental de llevar nuestro sistema al reset, a la dominación total, está ahí, está tomada, a la espera de dar definitivamente la orden y ejecutarse, a la espera de que se den las condiciones o la oportunidad que las hagan instrumentalmente exitosa. Será ahora, en un año, en tres o en cinco, pero será.
Cuando se den esas condiciones, ¿quién lo evitará? ¿Será ese poder representativo, que no tiene fuerza ni para atarse los cordones, o seremos nosotros que estamos discutiendo de nuestras pequeñas cosas como si fueran las cosas más importantes del mundo y no hubiera otras, llenos de soberbia y de ignorancia? Otra pregunta interesante es quiénes serán nuestros amigos en ese caso. Desde luego no será la derecha ni será la izquierda, sino aquellos, los únicos, que podrán constituirse en alguna forma de resistencia.
En lo que sigue trataremos esas pequeñas cosas, esas cuestiones que tratamos como si nos fuera en ello la vida, para clarificarlas y, en la medida de lo posible, olvidarlas (como secundarias), y tratar con la importancia capital esto que está pasando en el mundo, en nuestro mundo, y así cambiar el debate. El libro de los cambios quiere cambiar el debate para cambiar el mundo que ya otros están cambiando. Tenemos que acercarnos a la discusión para llegar a la conclusión de que el debate es otro, olvidarnos de esas pugnas, y establecer la verdadera jerarquía. Seguro que cuando pongamos lo primero en primer lugar lo demás caerá por su peso: nada se sujeta sin una buena base, y la que tenemos ahora es perversa. Hablamos de la relación de la mujer con el hombre, o del hombre con la mujer, pero qué decimos de los hijos con los padres, o de la opresión laboral, o de la vida casi inerte que este mundo les ofrece a muchos. ¿Por qué no pensamos en el común denominador en vez echarnos la culpa unos a otros de las imperfecciones del mundo? Ahí este la auténtica jerarquía de la cosas ¿Por qué no nos olvidamos de nuestras miserias y pensamos qué miseria hay en el mundo más grande que la nuestra, y luchamos por ella? Sólo tendremos esperanza cambiando la naturaleza de nuestras demandas. Lo demás, es método.




LA ULTRADERECHA Y EL SINCRETISMO

              EL LIBRO DE LOS CAMBIOS (Capítulo 2)


PRIMERA PARTE

(1) El resurgimiento de los partidos ultraderecha, en general, y de forma particular en España a través de VOX, es la prueba clara de que algo se está haciendo mal, que hay problemas de fondo que están tomando otra dimensión. Como toman otra dimensión apareció el 15M en su momento por un lado (y en un sentido), y como toman otra dimensión aparecen estos partidos por el otro.
Aparece la ultraderecha porque los poderes políticos establecidos no tienen una respuesta a los problemas, o unos posicionamientos convincentes o suficientemente clarificadores. Problemas tales como la migración, o la desestructuración social, o el desequilibrio intra-nacional. Tampoco se tiene respuesta respecto a la aparición de estos partidos, tomada como otro problema más (algo sintomático, casi patológico), porque no se tiene la capacidad, ni mucho menos, de contener el sentimiento desbordado o generalizado que los promueve, principalmente porque sólo se puede hacer esta contención desde la honestidad o la comprensión; y no se tienen. No se tiene esa capacidad a pesar de venir acompañado de un reclamo tan rancio y poco atrayente como el himno de la legión.  Quiero decir que si en vez de ese reclamo se diera una escenografía más actual la cuestión podría ser peor, más irrefrenable, más extensible y extrapolable a la que acontece en Francia y otros países, o a la del nacional socialismo previo a la Segunda Guerra.
La explicación de lo que ocurre ya está dicha en La crítica de la razón social, ahora sólo tenemos que particularizar para el caso, ahondar en lo que se dijo para comprender lo que está ocurriendo a este respecto, ahondar concretamente en los principios de verdad (tal como haremos en el siguiente punto) porque es sobre lo que pivota toda esta realidad, permitiéndonos, además, realizar un tratamiento intelectual de las cuestiones, y no político.
La explicación-solución pasa también (o en consecuencia) por comprender lo que he dicho respecto de los sentimientos desbordados, y cómo unos sentimientos hacen que se desborden otros por contacto, y, consecuentemente, pasa por comprender la importancia de que nuestras verdades sociales sean lo suficientemente ciertas y asépticas, tan ciertas que no permitan estos nidos de mentira de los que se valen los sentimientos para florecer, y que neutralicen la asimetría social que les sirve de alimento o de pretexto.
Podría hablar también de la cuestión catalana en este contexto, pero será en otro trabajo y con otra perspectiva: hablaré del asunto y de él derivaré a los principios de verdad según proceda por su relevancia y concordancia, y no al revés (como aquí).

(2) No es extraño que los principios de verdad sean tan importantes o estén en el eje de toda la discusión. Todo lo que ha transformado las sociedades son o han sido principios de verdad. Lo que trató de establecer el cristianismo fueron unos principios de verdad. Lo que trató de establecer la Ilustración y luego el marxismo fueron unos principios de verdad. En cada caso pretendiendo superar el mundo anterior conocido.
-¿Qué es lo que supera el cristianismo? Bueno, el cristianismo dio un mensaje nuevo sobradamente conocido, pero, para lo que nos importa, pensemos sólo en que, frente a las religiones anteriores, como las orientales, que aceptan el status individual o social como inamovible, el cristianismo supuso un revulsivo teórico y práctico. Respecto al práctico, acordémonos de la lucha contra el esclavismo, de la que fue precursor. Respecto al teórico, acordémonos de en cómo la tradición oriental asocia el desajuste social de las castas al karma y su superación a la migración de las almas o la encarnación, es decir, que lo asume porque lo entiende como una herramienta pertinente para la evolución espiritual: el pobre es pobre, el rico es rico, y ya está.
-¿Qué es lo que pretende superar el marxismo? Para el marxismo, el mundo conocido que pretende superar es el del capitalismo feroz, y con ello la anulación, no esencial del individuo (como en el esclavismo), sino existencial: ahondando en las proclamas de la Ilustración, esto es, en el igualitarismo social.
Podríamos llegar hasta los Mandamientos. ¿Qué son los Mandamientos sino principios de verdad? Esto nos ayuda a entender mejor qué es (lo que es) un principio de verdad. De hecho, el desarrollo de esta identidad (principio de verdad-mandamiento) nos da para decir multitud de cosas, y, como primera de ellas, que más buenos o más malos, de forma más exacta o menos, llevamos 4000 años con los mismos principios de verdad.
¿Qué son los Mandamientos? Sujeciones o compromisos sociales destinados a orientar a la sociedad en una determinada dirección y preservarla de sus excesos… Mandatos. Algunos de ellos los hemos desechado por innecesarios, o superado, y a otros no llegamos todavía en la actualidad, aun siendo una exigencia mínima.
¿Qué tenemos ahora? Ahora tenemos La Constitución o, por decirlo mejor, los pretendidos principios de verdad derivados de la Ilustración. ¿Es lo mismo? No, no es lo mismo:
Cuando nosotros decimos “No matarás”, eso está en el imaginario colectivo y hacemos lo posible porque sea así. Cuando hablamos de “El derecho constitucional a la vivienda”, hablamos de algo que se pretende o entendemos bueno, pero ya está. Más aún, cuando decimos “Igualdad” estamos diciendo algo que no está en ese imaginario y que tenemos que regular jurídicamente para darle forma porque no tiene esa forma (de principio de verdad) de manera natural. Ésa es la diferencia entre un Mandato y una regulación jurídica, su determinación, su aceptación inequívoca, su concordancia con una determinada forma de ser o expresarse el sentido común.
Ocurre que al darle forma se convierte en algo reconceptualizado, que se tropieza con otras cosas, de tal manera que hay una mitad de la población que directamente no lo acepta y por lo menos la mitad de la otra media que lo hace con reservas. No son principios, son pseudoprincipios. No son lo mismo, y por no serlo no nos lo terminamos de creer. Y no lo terminamos de creer porque es imposible desde todo punto de vista. Desde un punto de vista teórico va en contra de la realidad de las cosas, de su fundamento lógico: simplemente, ni somos ni podemos ni debemos ser iguales. Desde un punto de vista práctico no existen los mecanismos que lo hagan posible (sino todo lo contrario).
Que sea imposible no quiere decir que no podamos tenerlo como referencia, y que represente una de tantas superaciones de lo humano (de lo demasiado humano). Es decir, podemos tratar de alcanzar una idea de igualdad que podamos llevar al imaginario, pero eso significa dos cosas, una aceptar que no es principio (de lo que se parte) sino final (por esto es pseudoprincipio), y otra, que tenemos que hacerlo mediante un proceso de construcción. Aquí es donde viene la necesidad de los vasos comunicantes (VVCC introducidos en “La crítica de la razón social”), la de hacer que esa desigualdad responda exclusivamente a nuestra propia naturaleza (a lo que somos), y no a otras razones, y no tenga, en primer orden, consecuencias psicológicas o morales, y luego económicas (más allá de lo razonable). Y es aquí donde viene también la necesidad de la inversión social, proporcionando la ocupación pertinente a cada una de los individuos en función de su singularidad.
Ese proceso de construcción tiene dos etapas una la de desmontar o derribar, de la que se ha ido encargando todo el proceso de estandarización, y otra, la de construir, propiamente, o formar, y no sólo desde el punto de vista arquitectónico que acabamos de expresar a través de los VVCC y la inversión social, sino desde el lógico, y ahí está el problema, ésa es la verdadera encrucijada en la que estamos ahora.

(3) ¿Qué ha ocurrido en sociedad, y que es en realidad la madre de todos los problemas? Pues que hemos sustituido los Mandatos por una regulación jurídica que da lugar a tres cuestionesa la inefectividad, a la ambigüedad, y a la asimetría. Esto es parte del proceso de estandarización que ya indiqué, que incluso entra en confrontación con los Mandatos (léase con el principio común, con el imaginario colectivo).
Cuando yo digo “No robarás”, estoy diciendo eso, y estoy diciendo que existe una jerarquía entre eso y todas las otras acciones o efectos que se deriven de ese acto, de tal modo que el ejecuta la acción nunca puede ser la víctima de ella o lo que se desprenda de ella de forma natural. ¿Esto qué quiere decir? Quiere decir que si alguien roba en mi casa, todo lo que ocurra y le ocurra al ladrón es de su responsabilidad. Salvo la muerte o el ensañamiento, que tiene mayor jerarquía o no sucede de forma natural, y habría que someterlo al criterio de “defensa propia”, y similares. Sabemos que la regulación jurídica nos lleva a otra cosa.
También nos lleva a otra cosa si alguien en vez de robarla la ocupa. Aquí sucede que alguien ocupa tu casa y no lo puedes echar. Es el mundo al revés. Al revés para el ciudadano, porque el Estado sí que se previene de esto. Los dos deberían tener la misma legitimidad, es decir, la misma capacidad de respuesta frente a la misma acción, o, en su defecto, ser el Estado responsable subsidiario de eso que impone, de esa conducta.
De forma análoga, lo mismo que el Estado tiene leyes, jueces y medidas represoras para obligar a una forma de comportamiento, y su aplicación no resta legitimidad al Estado (salvo en cuestiones de mayor jerarquía), los padres tienen y deben tener normas, criterios paternos y posibilidades coercitivas sin que esto derive en una pérdida de sus derechos paternos o en la merma del respeto filial, o (el) de las normas de convivencia (cuando menos). En este sentido, cuando se decía “Honrarás a tu padre y a tu madre”, se quería decir que por defecto los hijos están obligados al principio de autoridad paterna, muy al margen  de las capacidades y de las actuaciones de esos padres. De esto hemos pasado (quitando la última parte de la frase) a que sí se pueda cuestionar esas capacidades, y de ahí a que no se acepte esa autoridad paterna como principio, en tanto que los padres sí están obligados al socorro, no de los hijos (puesto que no se comportan como tales en ese caso), sino de esas personas jurídicas, que viven de forma disoluta y sin compromisos.
Mediante la regulación jurídica (ésta regulación jurídica) hemos pasado de unos padres que circunstancialmente imponen a sus hijos, sin que éstos tengan otra posibilidad, a que sean los hijos los que impongan a los padres sin remedio ni amparo. Es decir, de una asimetría a otra.
Esta regulación jurídica,  como proceso de liberación, ha podido ser necesaria para desasirse del corsé del Mandato decimonónico (de la asimetría ancestral), pero no podemos darle la vuelta al Mandato (su jerarquía) o sustituirlo por nada (es decir, rompemos pero no construimos o no lo hacemos bien). Y no se puede dar la vuelta al Mandato por muchas razones, entre ellas, porque dejar todo el peso de la educación al Estado y sus organismos tiene consecuencias: el Estado no puede con todo, y como no puede con todo se da lugar a una sociedad problemática, y maleducada cuando menos. El Estado quita la potestad, pero luego no tutela, se lava las manos. Podemos ser progresistas, pero no gilipollas, esto es, no podemos tirar piedras sobre nuestro propio tejado.
Esto es una pincelada sobre la educación, la desvertebración social y el papel de la familia, no como cuestión solapada a una determinada concepción o estructura judeo-cristiana sino como una cuestión de higiene social y de efectividad. Igualmente podríamos hablar del papel de cada cónyuge en ella, o de la escuela al respecto de esta desvertebración (será no obstante en otro trabajo, para no desviarnos de la cuestión). Desvertebración social, por cierto, que, aunque promovida por la izquierda, le viene de perillas al Capital por cuanto es la expresión de la estandarización que éste persigue, que nos lleva a lo apuntado en el capítulo anterior respecto al empeño de ese Capital, o del Estado profundo que está detrás de él, en poner en marcha un esquema social sin capacidad de respuesta por cuanto supone una neutralización de esa respuesta en los grupos de decisión básicos de la sociedad, esto es, la familia, al poner a todos sus miembros en una situación de equiparación y eterno conflicto.
Todo esto está desarrollado en la WEB, concretamente en el apartado 3ª de los Principios, donde se explica la desintegración social, derivada del igualitarismo, de otro modo:
Una sociedad regulada por principios viejos, llenos de prejuicios es una sociedad altamente polarizada, que contiene todas las patologías sociales ya vista, que le son propias y sabemos (la del patriarcado). Una sociedad sustentada en el igualitarismo alberga otra serie de patologías, patologías que derivan de la despolarización social. Una sociedad no puede estar altamente polarizada (es además una sociedad primitiva). Una sociedad no puede estar (hoy por hoy) despolarizada, porque en la despolarización está el caos, la indeterminación (derivada de la indeterminación en el sentido de circulación del flujo entre polos), la imposibilidad de transmitir generacionalmente una idea de sociedad: si se anula cualquier idea de sociedad futura en función de la idea de sociedad pasada, porque ha sido aniquilada esta última, se puede presentar cualquier otra idea interesada de sociedad futura e instalarse sin resistencia alguna, que es justamente lo que está ocurriendo en la actualidad.
Y de esa imposibilidad de transmitir generacionalmente una idea de sociedad, la imposibilidad de constituirnos, alguna vez en el tiempo, en sociedad única, salvo ésa estandarizada que es única sobre un único principio, el que promueve el Capital, el del dinero y la optimización de los procesos. Esto es importante: las sociedades o se unifican o se disgregan irremisiblemente, y es común que hagan lo segundo, aumentando su desorden, como lo hacen todas las cosas en la naturaleza a no ser que empleemos algún tipo de energía para contener o invertir el proceso. Y es importante porque cualquier idea que queramos pensar de sociedad avanzada, tiene que sustentarse en la idea de sociedad unificada. Unificación que, como ya he explicado, sólo puede venir a través de principios de verdad, de un nuevo imaginario. No cabe otra cosa.

 (4) Hay algo más importante aún que deriva del Mandato. El Mandato no sólo establece una jerarquía entre el mismo y el resto de la acciones que se derivan, sino que establece una jerarquía entre ellos, lo que nos lleva a tener ordenadas las cosas de la vida en virtud de esa jerarquía, de su importancia.
Esa jerarquía ha cambiado o puede cambiar con el paso del tiempo. Ésa es la adecuación del Principio a lo que entendemos por tal: su depuración. El debate político (y el personal) debe estar en esa depuración, en su definición, para luego poner sobre ella las cosas, y no como se hace ahora, donde son debatidas las cosas sin haber establecido esas categorías y, por tanto, sin resultado posible (que es lo que ocurre en cualquier debate político, donde cada uno habla de una cosa distinta)
Decía Kant, hablando del conocimiento y de la forma de alcanzarlo que sin las categorías no podríamos tener ese conocimiento, que “las intuiciones sin conceptos son ciegas”, pues bien, lo mismo para nuestro acercamiento a la verdad de las cosas, para el juicio moral o para ése que trata de establecer la legitimidad de las cosas en sociedad.
En este caso, las categorías son principios y están jerarquizadas (dicho de otra forma, los principios son categorías jerarquizadas), y representan la única forma de que los argumentos no sean sólo la expresión de nuestros deseos sino que respondan a un esquema aceptado.
Si alguien se preguntaba para qué sirve la filosofía, sirve para esto, para ir más allá de nuestras preferencias, para que éstas se acomoden a la verdad de las cosas, para crear esa verdad, o una verdad suficiente.
Pensemos además una cosa, cuando yo digo que es necesario ordenar nuestro mundo, quiero decir el nuestro (el del 99%), para que esté ordenado al igual que está ordenado el de ciertas élites (las del 1%), es decir, para evitar que exista un mundo ordenado y otro (el nuestro) en el caos. A río revuelto (ya se sabe), ganancia de pescadores.
Esto último no es filosofía, es subversión. Una subversión necesaria por cuanto el establecimiento de esa sociedad maleducada y problemática del 99% es algo que además busca ese 1%, esto es, el Capital, el Estado profundo, que hace de esa desestructuración la antesala de su pretendida estandarización, que a su vez es antesala del estado de esclavización social puesto en marcha.


SEGUNDA PARTE

(1) Sabemos que esta sociedad esta dividida en dos polos respecto a lo económico. La cuestión es que también está polarizada respecto a esto que he desarrollado. Entre quienes abogan por una regulación garantista (aunque endeble) y otra fundamentalista. Entre quienes abogan por el igualitarismo a ultranza y los que piensan que es contrario al desarrollo de los pueblos y de los hombres. Eso son la izquierda y la derecha sociales, la expresión de esa dicotomía, o, por decirlo mejor, eso es, o lo es de forma más categórica, el espectro político estandarizado (adscrito a las fórmulas democráticas vigentes) y ese otro que escapa a izquierda y derecha y que abomina de él.
Creo que quien no sepa ver el desarrollo de la ultraderecha desde esta perspectiva, desde la consagración de esta dicotomía no está viéndolo bien, lo suficientemente bien (sólo hay que fijarse en la intervención y la cita evangélica del portavoz de VOX en la Investidura andaluza).  Creo además que no sirve demonizar (son formas de leer la realidad en virtud, la más de las veces, de la experiencia), y que sólo entendiendo unas y otras posturas como expresión de esa experiencia (empatizando con ella, averiguando qué de verdad puede haber en lo que a priori nos parece tan desalmado), seremos capaces de dar una solución válida a la cuestión del mundo. Partiendo además de la premisa de que nadie (o casi) hace las cosas desde la perversión sino desde la incapacidad personal (por lo que es y por su experiencia) de encontrar algo mejor, y desde el anhelo de encontrarlo: incluso el que se suicida lo hace porque no encuentra algo mejor.
Sucede además que cuanto más inefectivoasimétrico y ambiguo es el primero más fácil es que florezca el segundo, que se genere ese anhelo. Lo vimos en la Alemania nazi, lo hemos visto en Trump, en el surgimiento de la extrema derecha europea, en la brasileña ahora de una forma más definitiva, y ya en la española con VOX, consecuencia en alguna medida de la inefectividad, asimetría y ambigüedad de la política nacional respecto del independentismo catalán, que a su vez puede ser una consecuencia de estos mismos elementos en otro sentido (en el otro sentido). De lo que se concluye que esa forma de hacer política (de entender las cosas) no sirve, y que al final te salen goteras por un sitio o por el otro, si no por los dos.
Esto no quiere decir que VOX tenga o vaya a tener la respuesta a la cuestión catalana, por ejemplo, lo que quiere decir es que representa o introduce un determinado tipo de respuesta que no está en el panorama.
Estos partidos no sólo florecen por la incapacidad de dar solución a los problemas de los grupos políticos estandarizados sino por su incapacidad de expresarlos convenientemente y sin ambages, tal como hacen esos partidos llamados populistas o radicales. Son llamados populistas porque expresan aquello que quiere escuchar la gente y proponen la solución (más buena o más mala), tal como hacemos cada uno de nosotros (los que lo hacemos) en el día a día, con determinación (sólo hay que ver como despacha Trump), frente a la eterna indeterminación de los otros, frente a su equidistante soflama.
Esa radicalidad pone la urgencia sobre los temas fundamentales que están ahí y que todos podemos sentir, en tanto que la clase política estandarizada está en que lo más importante que tiene que hacer (que se tiene que hacer) es aprobar los Presupuestos Generales, que es tanto como decir que lo más importante que tiene que hacer es un ajuste contable, en tanto que el resto de las cuestiones siguen un curso u otro en función de un sentido particular de “la importancia”, cuestionable y con fecha de caducidad la más de las veces.
Lo vemos en todos los órdenes, por ejemplo en la Educación, queriendo sustituir lo fundamental por lo accesorio, y no llegando a acuerdos en lo que todos entenderíamos prioritario, que es establecer un sistema educativo saneado y eficiente, ambicioso. Y lo vemos hasta el punto de preguntarnos si hemos ganado algo al respecto de esto en estos cuarenta años, revigorizando el pasado, no por añoranza o por su excelencia sino por la total ausencia de eficacia, de elementos ilusionantes y con perspectivas de futuro del presente, de las actuaciones en el presente; y de preguntarnos si no se está haciendo de este modo de forma intencionada.
Aquí es donde viene, una vez más, el valor de los principios de verdad, como la única forma de establecer una “importancia” indubitable, como la única forma de que el debate entre las distintas fuerzas políticas se establezcan por cuestiones de segundo orden, es decir, sobre la base del principio alcanzado, que representa el primer orden, de cuya desconsideración viene, además, que algunos miles de años de Historia no hayan servido para resolver como sociedad lo esencial, que es esto que acabo de decir, y que en vez de una perspectiva fundamental se haya impuesto una lucha de opuestos que es la lucha de intereses opuestos, que prefieren no permitir, o entorpecer, que hacer: la lucha de opuestos se constituye, de hecho, como en la más perfecta herramienta de colapso social o suma destructiva de fuerzas.
Dicho de forma gráfica, tirando uno para arriba y otro para abajo no se avanza, en cambio, si se determina que el sentido es para arriba mediante el principio de verdad, ya podremos discutir si a la derecha o izquierda con la seguridad de no estar afectando a los fundamentos, al movimiento principal y consecuentemente a su eficacia.
El populismo actual no compra buena parte de los supuestos logros de la modernidad (ni el de derechas ni el de izquierdas), como el ya visto de la Educación, ni la lucha de opuestos que los sustentan (aunque no lo tenga teorizado). El populismo expresa lo que quizá no se pueda hacer o incluso represente una barbaridad hacer, pero tiene la vocación de hacer, o la suficiente cantidad de hartazgo o de impaciencia.
La demagogia de la política estandarizada expresa en cambio lo que en realidad no se quiere hacer o se sabe que no se puede, y sólo trata de conectar con los anhelos y camuflar la realidad, esto es, su escaso nivel de impacto social, incluso (como dije ya) la deficiente capacidad de contener o absorber esas corrientes populistas, esto es, de proponer iniciativas que las desactiven, más allá del discurso o la reprobación fácil e interesada.
Puesto que el poder estandarizado está dividido en dos, el de derecha y el de izquierda (PP-PSOE en España, podríamos decir), el de derechas reprueba el populismo de izquierdas, y el estandarizado de izquierdas, el populismo de derechas, dado que, radicalidad al margen, son diametralmente opuestos. Son opuestos porque tienen objetivos diferentes y surgen por diferentes causas. El de izquierdas tiene una carga ideológica contra el sistema (puesto que el sistema vigente, el del Capital, es de derechas) y el otro sólo una crítica respecto a su aplicación, su aplicación no extrema. Por ejemplo, frente al paro, el de izquierdas, propiciaría políticas contrarias al capitalismo estandarizado y el de derechas la elevación de las mismas, es decir, la supresión de los competidores, llámese migración o comercio exterior. Vemos que para uno existe una ideología social equivocada y para el otro una, adulterada o almibarada.
El primero se basa en el reforzamiento de los pseudoprincipios y el otro en el de los principios de antaño. Ambas nos llevan al localismo y al reforzamiento identitario, así como a estructuras sociales perniciosas, bien porque no son completas o implementables en el mundo actual, bien porque puede dar lugar a desastres de orden geopolítico, en ambos casos a fórmulas fascistoides derivadas, en consecuencia, de hacer lo que se pretende doctrinalmente hasta las últimas consecuencias, es decir, de la intolerancia, de la dogmática mal concebida.

(2) Lo que estamos planteando es que la política estandarizada no sirve porque está estandarizada y no tiene principios o más principios que una regulación jurídica difusa (un perpetuo conflicto), la populista ultraconservadora no la queremos porque parte de unos principios arcaicos, llámese dogma de Fe o no, y que el populismo de izquierdas está vacío de referencias reales, obsoleto; y que, por tanto, necesitamos una nueva referencia política, una apoyada en otra dogmática, en una dogmática social, no en un marco jurídico sino en principios de verdad.
Lo que estamos planteando además es que se puede promover esa dogmática desde posiciones progresistas, que, aunque es dogmática, sólo comparte con la dogmática ultraconservadora, su carácter dogmático, no su contenido. Esa similitud es la que hace (junto al vacío preexistente) que determinados grupos sociales o perspectivas personales, que no encuentran una versión progresista de lo que se quieren expresar, se desvíen a esas fórmulas, tal como se ha puesto de manifiesto en las elecciones de Andalucía.
Si reparamos en estas elecciones, en la que ha resurgido la ultraderecha de VOX y ha crecido el centro-derecha de Ciudadanos, VOX se ha presentado de esta forma que digo (regeneración y determinación) frente a la derecha tradicional del PP (para su electorado). Y, curiosamente, Ciudadanos, siendo centro-derecha, se ha presentado de esta forma para el electorado de izquierdas (o de la derecha amable) a falta de una izquierda que cumpla esta función (PODEMOS en este sentido fue el sueño de una noche de verano), lo que evidencia esta necesidad de referencias (determinación) que acabo de presentar, que podría haber sido más polarizada sin esa segunda fuerza política referida.
A decir verdad, si VOX en vez de representar esa parte extrema de la derecha, que es así porque se desgaja por ese lado del PP, recogiendo todo lo rancio de la vieja derecha, se hubiera desligado un poco (hubiera tenido esa capacidad), otro gallo hubiera cantado, esto es, que muy probablemente hubiera recogido a otros muchos perdidos en el camino, dado que es toda esa parafernalia rimbombante la que desluce un discurso que podría conectar incluso con el de la izquierda por lo ya dicho (ejemplos tenemos en los parlamentos europeos), esto es, por cuanto son o quieren ser un contrapoder.
Invalidando el sincretismo político planteado, se podrá decir aquello de “claro, y si la abuela tuviera bigote ya no sería la abuela, sería el abuelo”, y es verdad, es verdad la imposibilidad de esta mutación o esta transversalidad, como lamentablemente lo fue con PODEMOS por su no menos rancia vieja guardia. Errejón ya expresó vía twitter ese “miedo” a Podemos: "A los poderosos ya les damos miedo, ese no es el reto. Lo es seducir a la parte de nuestro pueblo que sufre pero aún no confía en nosotros".
Pero, siendo verdad, no es menos verdad que esto es en buena medida lo que pretende Ciudadanos (como lo ha pretendido cualquier grupo de centro que se precie) para alcanzar ese posicionamiento regenerador desideologizado, que otros, precisamente por lo que estoy tratando y les supone, tratan de arruinar o de escorar. Y no es menos verdad que conectar con la esencia que queremos todos (cosas que sirvan, y que sirvan ya) es también lo que pretenden los dos grupos citados (Podemos; Vox) por ser como son esencialistas, o creerse ellos mismos que lo son.

(3) Lo anterior me lleva a otro análisis más arriesgado. Ambos partidos extremos quieren conectar con la esencia de la ciudadanía y no lo consiguen como consecuencia de sus remanentes históricos, sus particulares obcecaciones, sus resistencias doctrinarias, y, particularizando a lo español, por una guerra civil. No lo consiguen como consecuencia de no comprender qué es lo que tienen que quitar para llegar a la ciudadanía sin perder la esencia, que es la única forma de romper el techo electoral que tienen por defecto, como muestra o efecto visible de esa conexión. La contestación de Iglesias al comentario de Érrejón en la cita anterior demuestra que él no lo comprende, además de demostrar que sólo sabe de funciones de una variable y que tiene muy poca intuición (ya, por tres veces): la realidad ha demostrado ser más compleja. La simple mención por parte de Vox de querer separar en las escuelas a los niños y a las niñas pone de relieve también, en primer orden (que más tarde ajustaré), que sus dirigentes no han entendido nada.
La cuestión es que no hay dos esencias de una misma cosa, sólo una, por pura definición, de lo que se desprende que queriendo llegar los dos a esa esencia no puede ser sino a través de la convergencia.
Lo que estoy diciendo es que, salvadas esas objeciones, es más fácil que esa derecha conecte con esa izquierda, y viceversa, a que lo hagan con las respectivas formas estandarizadas (más allá de la exigencia de las mayorías parlamentarias) y que muy bien se puede llegar a esa conexión a través de la verdadera esencialidad de sus posturas, esto es, mediante los principios de verdad, para lo que sólo tendríamos que quitarle algo de caspa a los Principios de la derecha y ponerle algo de verdad a los pseudoprincipios de la izquierda, es decir, ser otra derecha y ser otra izquierda, o unas versiones nuevas o actualizadas, que muy bien se podrían corresponder con el Ciudadanos de Rivera (que podemos asemejar a Vox sin esa caspa) y el Podemos de Errejón (que se quiere desmarcar de Podemos) si no fueran porque respecto a la esencialidad exigida, como veremos más adelante, ya van muy por detrás de los tiempos, que son tiempos de sublevación global.
Lo que estoy diciendo, además, es que, salvada nuestra memoria histórica (tal vez por ella), ambos grupos extremos (Vox, Podemos) están conectados como están conectados dos gallitos de pelea, que se saben gallitos, aunque luego peleen a muerte. Los dos gallitos tienen en común que aunque vivan en democracia tienen una misma idea antisistémica de la misma. Los dos tienen el mismo espíritu, aunque diferente concepción, pero los dos quieren lo mismo o podrían quererlo si no caen en la alienación o en la degeneración, o, más propiamente, si desarrollan su última versión por el camino de la esencialidad y se atienen a lo que de verdad, de verdad, se debe exigir de una sociedad: elementos de higiene social, y como primero de esos elementos de higiene el de la relación con el Capital y el tratamiento correcto de toda la manipulación perpetrada por el Estado profundo del que muchos de ellos son en realidad acreedores.
¿Es tan difícil? Sólo voy a poner un ejemplo. ¿Cuántos de esa derecha o de esa izquierda no volverían a una legislación tan proteccionista para el trabajador como la heredada por el franquismo? Está claro que el mundo ha cambiado y que tenemos que adaptarnos al mundo, pero sabemos dónde está el nivel de referencia. Unos llegaron a ese nivel desde la necesidad y otros desde la sujeción moral o el paternalismo institucional (que no tienen el Capital o los Bancos hoy en día), y ahí se cruzaron y encontraron el común denominador. La necesidad sigue siendo la misma, sólo tenemos que reeditar otras formas de sujeción o compromiso y articularlo social y económicamente (VVCC e inversión social).
No es tan difícil. El común denominador es eso que nos sirve a todos. Así se llega a la esencialidad, cruzando de forma transversal todas las capas laminadas de la sociedad. Así se llega a esas formas de higiene social, así se llega a no querer más de lo que nos corresponde, a no querer todo lo que se pueda de aquello que queremos porque si lo queremos y lo tomamos seguro que nos tropezamos con algo.
Por ejemplo, a alguien le podrá parecer el colmo del control o dominio de la propia vida que una niña de 16 años, que por otra parte tiene que pedir permiso a sus padres para faltar a clase, pueda abortar sin tan siquiera el conocimiento de éstos, pero es un exceso, un exceso que termina cayendo porque, como dije, y para empezar, no está en el imaginario e incluso es contrario al sentir de gran parte de la población (de izquierdas también), que en buena medida toma esto como una usurpación de responsabilidades. Una cosa es presentar principios de verdad y otra bien distinta una moral de Ikea (pseudoprincipios).
En consecuencia, podrá implementarse en sociedad, pero siempre estará en el capítulo de los “debes” de esos grupos, esto es, será derogado a la menor oportunidad. ¿Qué sentido tiene darle a la tuerca una vuelta de más y que se pase de rosca? ¿Qué sentido tiene poner en sociedad reglamentos que sólo responden o son la materialización, más que probablemente, de la frustración vivencial y adolecente de alguien, de una mala experiencia paterno-filial en este sentido? No estamos hablando del aborto, estamos hablando de otra cosa. Esto es un caso más de asimetría. Asimetría entre el Estado y las personas, y, si se quiere, entre las obligaciones educadoras-preservadoras de los padres y las que de forma real tienen lugar. Esto es un caso más de manipulación y de anulación del dominio de nuestras vidas a través del supuesto empoderamiento de los miembros en formación de las unidades familiares y su equiparación a los elementos ya formados de las mismas como método para romper cualquier vestigio de tradición, de esquema previo en la toma de decisiones, y nos pongamos, ya sin esquema, en la posición de aceptar cualquier cosa que nos quieran poner en la tele.
De otra parte (y del otro lado), otro tanto se podría decir respecto al aborto en sí. Uno puede tener en muy alta consideración la vida humana, pero ¿de qué sirve, en virtud de la misma, hacerla extensible al resto de la ciudadanía si ese resto tiene en consideración otras cuestiones, otras premuras? La esencialidad de las cosas no puede venir por la vía de la Fe o la creencia y querer hacerla universal cuando tiene tantos efectos colaterales, y cuando, además, ni siquiera a efectos de esa Fe se tienen resueltos todos los supuestos: ¿qué pasa con los abortos generados por el DIU? La esencialidad comportan tantas contradicciones que no nos queda más remedio que establecerla sobre el mandato social (la derecha doméstica incluso lo hace, por lo mismo) y dejar el moral para el que lo sienta así, dejando que sea la providencia la que en un futuro nos saque del dilema de alguna u otra forma (algo análogo se puede decir de la eutanasia).
En la transformación social hay que distinguir muy bien lo necesario de lo contingente, lo exigible de lo que no lo es. Lo contrario es invertir las categorías, las jerarquías. Cuando se invierten, la sociedad se resiente, y se descompone poco a poco. Es decir, no puede aguantar el peso de la asimetría social mucho tiempo (tenga la forma que tenga), a no ser que se quiera llevar a la sociedad a alguna forma de totalitarismo.

(4) Voy a tratar de hacer el “más difícil todavía”. Algo parecido a lo anterior ocurre con la ley de violencia de género y la discriminación positiva que la acompaña, si no peor. Digo peor porque, como se ha visto, más hincapié ha hecho la ultraderecha en esto que en cualquier otra cosa, entendiendo ella misma que aquí (en España) y ahora es en lo que más puede diferenciarse de otras formaciones políticas, porque es sobre este particular sobre lo que se ha instalado un pensamiento único. Es decir, que hay que hacer la lectura en esta clave y darse cuenta de qué es lo que dicen todos (lo mismo) y qué es lo que pretende decir quienes dicen algo diferente, y por qué. Y qué nos aparta de la posibilidad de llegar a la verdad social de las cosas, a ese sincretismo.

(A) La cuestión no es, en primer término, si lo está expresando un partido de ultraderecha (la verdad es verdad la diga Agamenón o su porquero) sino si se está expresando un malestar real existente que no encuentra (encontraba) otras formas de visibilizarse, y sí muchas de ser acallado. De hecho esta cuestión no es una cuestión de la ultraderecha sino una cuestión sobre la que no se ha tenido en consideración a una de las partes (como si no fuera parte) a base de criminalizar cualquier manifestación, declarándola misógina para acallarla, de tal modo que, a falta de un grupo pro-igualdad entre los géneros claramente constituido (aunque existe la sensibilidad), no se ha podido tener presencia ni ejercer ningún tipo de reacción, y ni siquiera reticencia. Y de hecho, también, es muy probable que se declare de ultraderechista o incluso fascista este posicionamiento, aprovechando que la ultraderecha es la valedora del patriarcado, para forzar que nadie se acerque a esas posiciones o tome sensibilidad, a riesgo de ser tomado como tal fascista, por asociación, sin tomar en consideración que fascista es el que hace una ley asimétrica, a sabiendas (sobre todo si se hace desde el odio), no el que la denuncia.
Pasa algo parecido a lo que ocurre con el separatismo catalán y el proselitismos independentista (se utilizan las mismas técnicas de extorsión emocional-intelectual), aquí también existe una mitad silenciosa y silenciada con sus derechos conculcados sin una voz, y no por esto conformes. La diferencia es que allí puede ser que estén sufriéndolo en el día a día, dependiendo de los ámbitos, y en esto sólo el que entra en algún tipo de conflicto, como pueda ser un proceso de divorcio, lo que lo puede hacer más indetectable o menos susceptible de debate, en virtud también de los casos reales de violencia (maltrato, violaciones) que sirven de justificación para todo lo demás, esto es, para crear una determinada cultura, una determinada subclase ciudadana, criminalizando al sexo masculino y muchos de los gestos que le son propios que no tienen nada que ver con esa violencia.
Allí se hizo visible luego la Sociedad civil catalana con todo lo que representaba. ¿Tendremos aquí que densificar y bipolarizar igualmente las posiciones, o seremos más inteligentes? Tal vez en la salida a escena de la ultraderecha esté la contestación.

(B) La cuestión no es sólo, por tanto, y en segundo término, que un determinado partido exprese algo que no estaba expresado y trate de expresarlo, la cuestión es que quien lo está expresando no estaba antes en el panorama y no ha tenido oportunidad de hacerlo, esto es de posicionarse frente a esa realidad, frente a ese malestar, y darle un carácter político a lo que de otra parte ya tiene sobrada forma. La respuesta no puede ser, en consecuencia, dado que es nuevo en el panorama, ningunear sus objeciones sino hacer pedagogía con ellas, puesto que ellos precisamente asoman en virtud de esas objeciones, que luego tendrán el tratamiento que tengan que tener. Pensemos cómo debería tratar una comunidad de vecinos a un nuevo vecino, o un círculo laboral a un nuevo trabajador, con sus normas, usos y costumbres, y nos haremos una idea de esa respuesta. Nos haremos una mejor idea si pensamos qué fácilmente se confunden las normas con esos usos y costumbres, y, más aún, si pensamos en el afán de unos por mantener el status frente al legítimo derecho del nuevo vecino (trabajador) a diferenciar unos de otros.
Aquí la confusión no se establece entre la norma y el uso sino entre la ley y el pseudoprincipio, esto es, la ley con pretensiones de rango superior, al que quiere dar lugar. Es decir, la confusión se establece porque hay quien toma la Ley como un Principio (y los principios no se tocan), sin serlo de verdad,  y porque en vez de analizar qué puede haber de verdad en los planteamientos se blinda mediante el consenso alcanzado a través del parlamentarismo estandarizado, como si esto fuera razón suficiente, abalado por una parte la ciudadanía interesada (juntando el interés del feminismo respecto de la Ley con el de la izquierda respecto al tránsito de gobierno en la Junta y la Investidura de su Presidente), que eleva la voz no para reclamar sino para acallar en origen cualquier expresión, cualquier intención. Y todo ello sin comprender que estas cuestiones no se pueden ni deben dinamitar/dinamizar con la acción popular o la componenda política, sino que hay que ir al fondo del asunto y, como dije,  hacer pedagogía puesto que el asunto, lejos de ser político, es social.
Sin entrar en ese fondo de la Ley, la cuestión es, partiendo de la necesidad incuestionable de una “Ley de violencia de género” (más acertado es cuestionar las partes que invalidar), si esta ley está o no está establecida en unos términos de asimetría social, o si para neutralizar una asimetría no nos está llevando a la sociedad a otra insostenible. Tan sencillo como esto.
La cuestión es ver si existen personas claramente perjudicadas por la Ley, que como consecuencia de ella reciben un agravio comparativo, que es lo más básico en derecho que debe cuidar una legislación y, en consecuencia, lo más recurrible judicialmente. Y verlo, es verlo, no es decir: “es mentira, es mentira, lo de las denuncias falsas es mentira, es mentira, son el 0,0075%, lo de la legislación privilegiada, es mentira, es mentira” y ya está, ni postular que cuestionar la Ley es ir contra la mujer o alguna otra afirmación interesada que trata de constreñir el citado derecho (se pone la Ley con categoría de Principio por encima del derecho). Y así todo. Es decir, la misma potestad se tiene para denunciar ese agravio comparativo a título personal (por un caso particular) como hacerlo a título general por un colectivo político o social. Si es, es.
Hay que decir una cosa más, cuando el agravio comparativo es sobre una persona de forma aislada se va al juzgado y ya está, queda ahí. Cuando ese agravio es sobre un grupo de personas por su religión, su raza, su sexo o su orientación sexual, es otra cosa. Esa otra cosa es lo que se ha tipificado modernamente como delito de odio, pero es lo que todos reconocemos desde siempre como actitudes fascistas y se reconoce como fascismo propiamente dicho cuando está regulado jurídicamente como se hizo en la Alemania nazi con los judíos, separando a las personas por clases, o por clase de personas. Y no sólo eso, esa otra cosa es algo que no permite la Constitución española, de forma explícita, de lo que se deriva que es inconstitucional, muy al margen de que en la tramitación de la Ley se haya recurrido o no para esos efectos, o pueda serlo de forma discrecional.
Dicho de forma explícita, el Estado puede legislar para amparar a la presunta víctima y darle todos los cuidados que estime, pero esos cuidados no pueden estar efectuados de forma sistemática a cargo del presunto agresor sin haber sido condenado, como ocurre ahora, mediante la cesión de la vivienda y la retirada de la custodia (valga como ejemplos de las cuestiones particulares), contrariamente a lo que sucede en cualquier otra causa judicial abierta por cualquier otra cosa que queramos considerar.
Lo anterior que he dicho no es cierto del todo. El Estado no puede dar todos los cuidados que estime porque si ocurre esto, como ocurre, una persona está pleiteando con toda la ayuda jurídico-vital del Estado, y la otra con sus medios, lo que incorpora un elemento más de asimetría en el proceso. Este mecanismo pretende facilitar que la mujer ponga en marcha estos procesos de denuncia, lo que estaría bien si no fuera porque los promueve (además de ser promovidos por otros ámbitos y factores), sin mediar control alguno, libre de gastos y de responsabilidad jurídica.
En esa ausencia de control, y no en la inexistencia de falsas acusaciones, se fundamenta el pírrico 0,0075% frente al abultado 80% de absolución, y viceversa, es la prueba de la misma, esto es, esa exigua cantidad es la prueba de la inexistente voluntad jurídica (de la fiscalía) de aproximar una cifra a la otra mediante una pertinente apertura de expediente por denuncia falsa (sin duda proceloso y costoso), salvo en los casos flagrantes o de perversión insoslayable, el 0,0075 precisamente.
Aquí está, sin entrar en el detalle, el meollo del asunto.

(C) Y la cuestión es, finalmente, si tiene o no tiene otra trascendencia, otras lecturas que vayan más allá de las que se aprecia a primera vista, esto es, si tiene repercusiones sistémicas. Esta cuestión no sólo es peor que otras cuestiones porque lo haya tomada Vox como caballo de batalla, o por la asimetría expresada en el punto anterior, sino porque este caballo de batalla, o esta asimetría, va directamente al corazón de nuestros fundamentos sociales, a los cimientos, pero no a los cimientos de las construcciones del pasado sino de las del futuro o sus posibilidades: un ordenamiento social como el actual que trata de limar todo tipo de discriminación por raza, religión, sexo (también) no puede instalarse en una forma de discriminación (la positiva), o en su sospecha, de forma indefinida e indiscriminada, y avanzar con ella.
Dicho de otra manera, se ha pretendido construir un principio de verdad precisamente con esta ley por ser una ley que corrige o pretende corregir una cuestión capital, pero precisamente por ser capital (no sólo para la mujer) no se puede hacer con esta forma de quebranto, con esta ligereza porque estamos mal guiando el devenir y las relaciones entre géneros, las relaciones de forma general, en realidad. Es decir, la asimetría a la que da lugar la Ley no sólo es una asimetría procesal sino una sustancial por cuanto se está fomentando el odio, generándolo a modo de estrategia si no existía, y exagerándolo para legislar, además de desvirtuar la realidad social en la que, ni mucho menos, la concepción de las mujeres en general ni de los hombres, ni sus relaciones, obedecen a este canon.
Se está intentando por otro lado restar importancia al impacto y enmascararlo en todos los órdenes que afecta como si verdaderamente no tuviera importancia, pero sí que tiene esa importancia y puede tenerla más aún si consideramos todas esas estrategias de la llamada “Ideología de género”. En este sentido, a modo de símil, nosotros ya postulamos que la cuarta revolución industrial no es mala en sí misma, lo es por todo lo que lleva aparejado respecto a la ocupabilidad, respecto a las nuevas servidumbres que nos impone, etc. Aquí ocurre igual, la dignificación de lo femenino, y el desarrollo de la regulación jurídica que lo ampara, no es mala en sí misma (es necesaria y conforme con nuestro momento histórico), sólo lo es si lleva aparejada la supresión de lo masculino, esto es, cuando lo masculino queda como un elemento residual, casi vergonzoso, una subclase (como ya dije) que sólo se acepta si está debidamente feminizada, desvestida de todo lo suyo. Ése es el verdadero impacto.
Cuando yo decía que la intención de Vox de segregar en las escuelas a los niños y a las niñas, ponía de relieve su falta de entendimiento, lo decía desde la intencionalidad que todos podemos darle a esta acción, conociendo como conocemos a la ultraderecha española cristiana, esto es, la de proteger a las niñas, la de la castidad, la virtud, etc. ¿Y si decimos que la intención puede ser la de proteger al niño? Más aún, ¿y si decimos que la intención puede ser la de proteger la masculinidad? Se estará conmigo que en un mundo en el que muchas minorías suman ya más que algunas mayorías, no es tan extraño, y puede serlo menos si consideramos o tenemos en cuenta todo el proceso de feminización derivado de la Ideología de género que ya he apuntado, y sólo apuntado, y que es tan incuestionable y visible en sociedad. Naturalmente, lo de la segregación no es ni puede ser solución de nada pero pone de manifiesto lo desesperada de la situación por parte de algunos observadores de la misma, es decir, la necesidad de corregir todo aquello que no obedezca a un proceso natural.
No voy a desarrollarlo aquí porque este trabajo no va de esto, va de la respuesta de los grupos políticos de ideología extrema y de la posibilidad de alcanzar un grado de convergencia, de cómo algunas veces no se alcanza por falta de lucidez, y cómo en otras no se hace porque las partes lo ponen difícil, como es este caso, y, finalmente, va de a qué da lugar esta falta de respuesta. No voy a desarrollarlo, sólo a decir lo justo para dejar patente que muchas cuestiones que parecen ocurrencias o hechos insustanciales, como lo parece una mera modificación de la ley tributaria, no lo son, y que no lo son porque van directamente al centro de lo que somos, y de lo que podemos o queremos llegar a ser.
El camino es hacer las leyes higiénicas, asépticas, productivas, incontestables. Ése es el camino de la convergencia ¿Es tan difícil? Hay dos formas de hacerlo. Una es que cada una de las facciones haga su parte y se llegue al punto de convergencia, como ya expresé. Otra que lo haga una de ellas lo que daría lugar a la irrelevancia social de la otra, dado que con una ley higiénica esa posición distinta y de fuerza sólo se podría mantener desde el absurdo. Es decir, que una vez que una parte llega a esa forma de sentido común con determinación, a la esencia, la otra no tiene mucho que decir (si la esencia la cubre uno, al otro sólo le queda la doctrina).
La tercera vía es que ninguna facción siga el camino de la convergencia, y que lleve una a la otra a la irrelevancia por mor de esa determinación, aplicada sobre otros criterios, como el de la supervivencia, por ejemplo, que es justamente la vía que se está produciendo ya en Europa, es decir, la del predominio de la derecha y la irrelevancia de la izquierda (que ya tuvo su oportunidad).
Una vía que se está produciendo sin remisión y sin altura social, por lo dicho, porque a falta de una dogmática escrupulosa a las personas les sirve una dogmática que no lo sea: la supervivencia circunstancial se presenta como esencial si no hay algo más esencial (un sentido más elevado de la supervivencia, por ejemplo, o del devenir), o si lo esencial es inconsistente y se cae porque no viene acompañado de unas motivaciones lógicas ni de una arquitectura que lo sustente; como se derivaría de una dogmática progresista como ésta que estoy intentando plantear, o es su fundamento.


PARTE FINAL

(1) Todo está dicho, pero, no obstante hay que decirlo de otra forma o muchas veces para que nos enteremos: el 3% en mordidas de CIU lo dijo una vez Maragall y tuvieron que pasar veinte años para que se dijera de nuevo, y enterarnos definitivamente; en España se hacía un tipo de política y tuvo que venir el 15M para que abriera la posibilidad a otra (prácticamente integrada ya en la preexistentes). Ahora pasan cosas y viene la ultraderecha a establecer sus límites, a reaccionar a cosas sobre las que no reaccionan otros, porque unos se quieren enterar de unas cosas, otros de otras, y de otras no se quiere enterar nadie o casi nadie.
La ultraderecha alemana (el nacional socialismo) es la que reaccionó a algo que no estaba funcionando bien en Alemania: esa ultraderecha que llamamos fascista y que luego degeneró y terminó en un Holocausto. Nosotros solemos identificar ultraderecha con fascismo y con Holocausto judío, por lo dicho, pero esa asociación no la tienen ni en Israel donde son fundamentalmente ultraconservadores o ultra ortodoxos, que es lo mismo. Y no la tienen porque saben perfectamente que una cosa es el judaísmo y otra el sionismo responsable en buena medida, por activa o por pasiva, de esa matanza, como lo ha sido de todas las guerras y las barbaridades genocidas por un afán todavía no totalmente puesto de relieve pero que se entrevé si atendemos a su agenda de dominación, la que deriva de Los Protocolos de los Sabios de Sion, que vemos implementarse paso a paso. Y esto último, muy al margen de que hayan sido los autores intelectuales o no del itinerario que se marca en ellos, el de constituirse en ese Estado profundo, el de conformar esa forma de poder total que se oculta tras el espejo y tras la engañosa presencia de los poderes representativos y de su calculada bipolaridad, tal como ya tratamos.
Es decir, que aquí y en Pequín la ultra-posición, sea conservadora o no, se opone, limita o reacciona a los excesos, o se posiciona frente a ellos, sin contemplar ni como posibilidad que pueda terminar en alguna suerte de desastre, aunque luego lo haga como consecuencia de la existencia de determinados poderes fácticos que aprovechan la coyuntura para partir la sociedad en dos, irremisiblemente, como se partió en España o se partió en EEUU por las mismas causas. Esto es verdaderamente lo que sigue ocurriendo en el país americano casi ininterrumpidamente desde su guerra civil: la división y la ultra-posición; que ha dado lugar, en virtud  de esa persistencia patriótica de fondo, a la ley NESARA (a cargo de unas demandas hipotecarias) y de forma más universal a la GESARA  y a todo lo que de ellas se deriva, esto es, toda una suerte de  medidas económicas y sociales liberadoras (veladas al público). Y que, de forma particular, propiciaría el reseteo financiero, que incluye la caída del dólar, consecuencia del cese de su hegemonía cambiaria, en la que están muy interesadas otras potencias con mayor riqueza material, en tanto que la América real, desmantelada industrialmente, se adhiere porque no se puede sustentar más sobre tamaño fraude financiero. Cuestiones que, como se puede imaginar fácilmente, están en el ámbito del más estricto secreto, casi conspiranoico, mezclando los deseos con todo tipo de infiltraciones, entre las que se incluye la posible maquinación y aplicación de medidas disuasorias o correctoras por parte del Estado profundo, que muy bien podrían derivar, una vez más, en algún tipo de desastre global.
Al margen del resultado final, vemos que la liberación de la dominación se va a hacer inicialmente gracias al empeño de quienes no se han atenido a esa dominación, aunque sea por una sublevación patriótica: los militares, su primera constitución republicana y el afán de recuperarla. Es decir, que son los que tradicionalmente han representado unas formas fascitoides de entender la política y la vida (patria, religión, ejército) los que hacen frente y nos pueden salvar (modular el impacto) de otras formas aún más fascistas todavía que, revistiéndose de progreso y modernidad, nos llevan a la dominación total, camuflándose en los grupos políticos y la masa social que sí representan esas posiciones de forma leal.
¿En virtud de qué se lleva a cabo esa sublevación? En virtud, como dije, de las jerarquías, pero no sólo de las que derivan de nuestros principios sino de las que surgen de nuestras necesidades, que también están jerarquizadas, al igual que los conflictos o lucha de opuestos que se derivan de esos principios y esas necesidades. Ésa es la importancia de las jerarquías, la de no desorientarnos, la de evitar que perdamos memoria de lo que somos.

(2) Nuestras luchas, en efecto, están jerarquizadas, de tal modo que después de la primera va la segunda y así sucesivamente. A partir de ahí, nosotros podemos convenir que la batalla económica, la lucha de clases, que es la de máxima jerarquía, está perdida, y lo estará definitivamente (si no se remedia en virtud de estas leyes), por cuanto sólo la mantienen de forma residual los grupos anticapitalistas, en tanto que los poderes estandarizados (los dos polos, de derechas y de izquierdas), ajenos a esta extorsión global, se mueven en su contexto, dialogan con su lenguaje, están dentro del sistema, asimilados, amortiguando el conflicto y su poder jerárquico, salvo en épocas de crisis manifiesta en las que tienen que aparentar. En ese caso, podríamos preguntarnos cuál es la segunda en importancia, en orden de jerarquía, y que, en consecuencia, toma el primer puesto o lo está tomando en este impasse. ¿Podría ser la referida ideología de género? En efecto, la lucha de género ha venido a sustituir la tradicional lucha de clase de la izquierda, de modo que, una vez perdida la batalla contra el Capital se emprende otra, establecida, al igual que aquélla, entre dos polos (hombre y mujer), y con el mismo pretendido fin, el de alcanzar un igualitarismo a ultranza, el de despolarizarlos: confrontarlos y neutralizarlos; el de desviar (en realidad) sus empeños a algo más tangible y ajeno al Capital.
Ciertamente, se ha establecido una lucha de opuestos, que merecería un rotundo apoyo si se hubiera establecido en unos términos razonables en las pretensiones y en las formas, esto es, de otra manera diferente a la realizada y sin la utilización de expresiones de lucha, de bando, de clase de personas, tal como se venía haciendo en el ámbito económico… Si se hubiera prescindido de toda la parafernalia, y la utilización generalista de determinados términos: opresores, violadores, etc., que hubiera invalidado cualquier objeción al respecto, y que pone de manifiesto, por otra parte, un desatado sentimiento misandrógino, un afán de universalizar, de extender, de ajustar las cuentas con recargo o penalización. Y de una forma absurda, mayormente, por cuanto buena parte de la ciudadanía masculina es cómplice de ese proceso inclusivo y reparador.
No era necesario dejar al hombre (que plantea objeciones) al margen de la lucha, o ser el objeto de ella, separando, dividiendo, tal como se ha dejado. Algo que separa, que divide, que no implica (que complica), no puede estar bien concebido. Si se hace así ya no seremos uno, seremos dos, y siendo dos uno hace y el otro reacciona y deshace. Siendo dos, la lucha de opuestos será lucha, una continua interferencia destructiva, la que como dije se pretende en última instancia desde ese poder oculto: se despolarizan socialmente y se polarizan humanamente.
No necesitamos ni siquiera conocer los detalles para explicar el proceso. Este asunto, como en casi cualquier otro de la vida, y cualquier función matemática que lo represente, a partir de un punto cambia su pendiente y se hace negativa. Ésa es la mecánica.
Esto no quiere decir que no podamos seguir mejorando en lo que queremos mejorar, quiere decir que hay que hacerlo de otro modo (actuando sobre otras variables), porque haciéndolo así, sobre una única variable, iniciamos un inevitable deterioro de otras cuestiones importantes de la realidad, como está siendo el caso.
Respecto a lo económico, de acuerdo con esa mecánica, se ha producido un punto de inflexión en la relación entre los polos (dinero-no dinero), pasando de un máximo histórico de bienestar en esa relación a una situación de regresión social que viene acompañado de un marco jurídico laboral, que es el que verdaderamente lo posibilitaba, impulsado por el Capital y su modelo de estandarización social vigente actualmente. La pregunta es, ¿no se ha producido aquí igualmente un punto de inflexión y hemos pasado de la máxima equidad entre polos-sexos (susceptible de ser mejorada mediante otras variables) a un estado de regresión o quebranto, casi sin darnos cuenta, impulsados también mediante una legislación y por los mismos actores?
Realmente, no se entiende por qué la izquierda extrema, sensible normalmente a las manipulaciones, no se percata de ésta, es decir, no advierte que ha entrado en el juego de sus enemigos tradicionales, por qué no se distancia y cae en la cuenta del verdadero juego (o, por qué no cae en la cuenta, y se distancia). No se entiende por qué no sabe o no intenta diferenciar aquello que es repudiable, impuesto, antiguo, de aquello otro que trata de establecer, como paradigma, una suerte de seres asexuados, sin impulsos vitales, desnaturalizados, desprovistos de lo genuino, y se presta a que tenga que ser la derecha la que lo haga desde su ortodoxia, desde su memoria. Y, en último término, no se entiende por qué busca el reencuentro con lo natural (con lo genuino) en todas las naturalezas menos en la humana.

(3) En las relaciones económicas se pudo advertir que a partir de una fecha el mundo económico se desvirtuó y entró en una deriva inadmisible, aquí se puede advertir lo mismo, se puede advertir que las relaciones entre género lejos de ir hacia ese espacio de libertad ansiado se está emponzoñando, lo están emponzoñando quienes les da igual que haya ese espacio o que no. En consecuencia, o guiamos estas relaciones por el camino de la comprensión de lo que he expuesto o las llevaremos al extremo, que es llevarlas a la iniquidad, al enfrentamiento, a la perpetuidad, a la degeneración sistémica.
Como punto de partida de ese camino tenemos que establecer una ley higiénica, aséptica, incontestable, una ley que no dé la última vuelta de tuerca, que no aspire a todo sin mirar para atrás, y que elimine los puntos de discordia, los aspectos controvertidos y con ellos los argumentos, la objeción social o de las partes, precisamente para que no haya partes.
Ése es el camino, pero por encima de éste el camino es recuperar la verdadera jerarquía para, como dije, no desorientarnos y evitar perder la memoria de lo que somos, para no dejarnos involucrar más en una lucha fratricida, ya sea entre un hermano y otro o entre éste y su hermana, para determinar claramente qué cosas de todas las que nos pasan es la de mayor importancia y es, además, causa de otras muchas que quedarían automáticamente en franquicia.
El camino es diferenciar la igualdad-reclamo y la desigualdad forzada que da lugar a otras muchas desigualdades y falta de oportunidades, dicho de otra forma, diferenciar la desigualdad esencial, que afecta a nuestra naturaleza humana y nuestra dignidad, de esa que proviene de la comparación, de la competitividad o incluso la supervivencia, y que exacerba engañosamente los elementos diferenciales, o los entresaca sin más. Se presenta un panorama de escasez, y el Capital establece unos nuevos competidores, una nueva clase de competidores, ya no entre zonas ricas y pobres, entre el norte y el sur, sino entre sus habitantes partidos en dos de forma natural a través de su género. Allí donde antes había una familia luchando juntos contra la precariedad, ahora hay un hombre y una mujer, y con ello una mujer que mide con calibre en qué cosa se encuentra en desventaja, en vez de observar el conjunto de la realidad, lo absurdo de la disputa, y comprender que hay otra indignidad de orden superior, y un opresor de orden superior que aprieta una mano u otra a discreción, y que eventualmente afloja la mano antes de estrangular definitivamente, de llevarnos irremisiblemente al esclavismo social, adscrito a las estructuras laborales, empresariales, y demás servidumbres de la vida que cada vez más soportamos todos: todo logro social es producto del interés del Capital que ocasionalmente simula rendirse a las demandas y que incluso crea corrientes de opinión favorable y grupos de presión al efecto.
Tenemos que hacer una liberación social, pero tenemos que establecer sus criterios. Liberación puede ser forzar unas determinadas transformaciones sociales y liberación puede ser resistirse a que se realicen (como la ley de la reforma laboral, como la ley mordaza), en consecuencia, liberación puede ser tanto forzar un nuevo paradigma social como impedir adentrarnos en otro de dudosa altura social. Nosotros tenemos que conocer sin lugar a dudas cuál es nuestra lucha, nuestros propósitos, que no son otros que la elevación del ser humano, y quienes son los que impiden que los alcancemos, quienes son los que sistemáticamente nos desvían del camino y nos quieren hacer creer que el camino es otro, simplemente porque pueda haber una relación causa-efecto de segundo orden que valida sus premisas (trabaja más y vivirás mejor, por ejemplo), en tanto que la de primer orden nos lleva al sinsentido existencial (trabaja más y no tendrás vida propia).
El camino es señalar las cosas que verdaderamente nos impide transformarnos como sociedad porque cada vez que lo intentamos alguien se encarga de desbaratarnos las pretensiones con un golpe de realidad, o con un golpe, o mediante un oportuno señuelo o un falso elemento de prosperidad.
Ése es el camino de la esencialidad o de la convergencia política que demandamos en los partidos, la propuesta de trabajo que pedimos, a la que ya llegan tarde y no alcanzan, la de ser claros divulgadores de la realidad (no encubridores), y de todas las extorsiones soterradas que se producen en las diferentes esferas de poder.
El camino es Nesara y Gesara como realidad o como idea que dibuja por primera vez de una forma suficientemente difundida lo que queremos como humanidad, que impide que la realidad pretendida u ofertada pueda ser otra menor o adulterada, y que por primera vez reconoce una forma de dictadura global, esto es, a una élite totalitaria de orden mundial, y establece su correspondiente propuesta de liberación en ese mismo ámbito.



DEMOCRACIA 7.0         Como COROLARIO del capítulo 2
o cómo salir de la matrix (en 5 sencillas lecciones)


También:
                              
Cómo diferenciar lo necesario de lo contingente, romper esquemas y prejuicios (en la actividad política) que nos impiden rasgar el velo y acceder a nuestra verdadera realidad.

o

Los sistemas democráticos como formas de camuflar la frustración, apaciguar la desesperanza, y crear la ilusión de que caminamos en una dirección y con una finalidad, cuando la realidad es que empujamos en círculos, a derecha e izquierda, como mulos en una rueda de noria, en tanto que esa finalidad está dirigida por determinadas élites que sólo proporcionan bienestar o desarrollo a la humanidad, como subproducto, de forma coyuntural y selectiva.



1- Parece evidente que la misma cadena La Sexta que aupó a Podemos ahora lo finiquita, lo saca del sueño en que cayó y lo pone frente a la realidad.
Luego, los mismos periodistas, como portavoces de los mediosse preguntan entre asombrados y dolidos si acaso es que no hay libertad de expresión… No, no es que no se pueda decir lo que se quiere, es que si no les resultas interesante (si tu mensaje no resulta interesante), pasas al otro lado, al lado de los ignorados o irrelevantes: ellos ponen, ellos quitan.
1.2- La manipulación de la información no está en lo que se permite o no se permite decir sino en la amplificación o anulación interesada de la información como la sentencia de las hipotecas, por ejemplo, su seguimiento en el tiempo o su rápida amortización. Se habla de lo que ellos quieren que se hable, o de lo que manda una supuesta urgencia informativa.
¿Qué hay del reseteo financiero? ¿Por qué no se habla de esto? ¿Acaso no interesa?
2- Luego, como párvulos, cuestionan que pueda haber un poder oculto que domina. Claro que lo hay, el mismo al que le da igual la derecha que la izquierda, y que sólo sabe de ayudar a determinadas corrientes de opinión que les resulta interesantes para sus fines, y de neutralizar las otras, a través en primera instancia de los medios, de “los propios medios”.
2.1- Ese Poder da a la derecha algo de eso que la derecha busca, y la derecha se siente realizada, plena. Ese Poder da a la izquierda algo de eso que la izquierda busca, y la izquierda se siente realizada, plena. La cuestión es que él siempre gana, tanto cuando le da algo a la derecha como cuando se lo da a la izquierda, y que siempre encuentra a quien colmar.
También quita las cosas que quiere quitar sin mancharse las manos a través de la correspondiente lucha de opuestos, articulada como mecanismo de control social, como lo son las religiones y los planes de educación (de derechas y de izquierdas)
2.2- Todos los partidos caen en el juego porque todos son coyunturalmente beneficiados o satisfechos, a todos les sigue el juego con alguna cuestión. Hay quien ha visto de forma clara esta manipulación en la financiación económica de los partidos a través de los Bancos y en la servidumbre de los medios a éstos, y sin embargo piensa que el movimiento feminista (tal como se está produciendo), alentado y financiado por los mismos medios de ese mismo Poder, es un logro social.
¡Qué ingenuos!
2.3- No es estrictamente un logro sino eso que el Poder le da a la masa social, a través de los partidos, porque le interesa dárselo para algo. Pensad qué pueda ser ese algo.
La izquierda que sabe que el Capital elimina las superestructuras que son un impedimento para la producción (Carlos Marx), debería saberlo. Luego, cuando se cae en la cuenta del engaño, el Poder dice lo que Groucho Marx: “Lo que usted es ya ha quedado claro, ahora estamos negociando el precio”.
(Debe ser la primera vez en la Historia que se cita a los dos Marx juntos)
2.4- La diferencia es que en este caso no somos putas sino siervos, que el precio va imparablemente a la baja desde los años 90, y que ya no lo tienen que negociar, tal como ya he desarrollado.
3- Luego dicen que se parecen Podemos y Vox. Claro, y más que se tendrían que parecer o se parecerían si ambos tuvieran un poco de inteligencia y supieran relativizar todo salvo una única cosa. Si se dieran cuenta de qué es lo único insoslayable que les une, que nos une. Si comprendieran que unos y otros tienen que mirar para arriba, no a los lados. Si unos y otros dejaran lo contingente a un lado y se ocuparan de la Matrix.
3.1- No sólo ellos sino todos los que sean capaces de observar cómo la dualidad ha sido generada en la humanidad desde el principio de los tiempos para el beneficio de terceros.
Todos los que sean capaces de observar el nuevo orden mundial que se está instalando.
Todos los que sean capaces de darse cuenta que la diferencia no es o está entre derecha e izquierda sino entre los que alimentan un sistema que nos engulle y los que quieren escapar de él.
4- Para resolver esto hay dos caminos. Uno es el de la esencialidad y el sincretismo. El otro, no es camino.
4.1- El camino del sincretismo es un camino difícil. Por eso que es difícil estamos aquí, aguantando la mierda de unos y de otros.
4.2- Es difícil que nuestra derecha política adscrita a las corrientes de mercantilismo ultraliberal sepa hacer virtud de su sentido patriótico más allá de las propuestas rancias e impracticables.
4.3- Es difícil que Podemos que se presenta como su némesis pueda practicar el tipo de convergencia necesaria. Es difícil sobre todo cuando por toda solución se dice:
- Vamos a hacer una ley que impida que los Bancos financien a los partidos.
Rápidamente decimos:
- ¡Perdona, vosotros y cuántos más?
No podemos escapar de una mentira institucional con una mentira programática: para hacer la ley tienes que convencer a los mismos que se financian actualmente (condición necesaria), pero los que se financian no pueden ser convencidos porque están financiados-comprometidos y/o participan  de esa cultura, luego… Seamos serios.
Si la forma de alcanzar el objetivo parte de una condición necesaria imposible de alcanzar o de que el 60% del electorado “vea la luz” y vote a Podemos, precursor de la iniciativa, para llevarla a efecto, vamos listos.
5- Lo que está ocurriendo no es la dominación mediática del espacio político, es algo más, es el totalitarismo o conformación piramidal del poder global hasta sus últimas consecuencias, es decir, hacia un poder único mundial. No podemos creer una iniciativa que promueva la lucha contra esa dominación-manipulación que no mire hacia la fuente, al origen, y que no observe los acontecimientos, los movimientos de la geopolítica. Es insuficiente, es estéril
5.1- Por encima de los Estados y los medios, como mecanismos de controlar-dividir a la población, están las Corporaciones, y por encima de las Corporaciones están los Bancos, y por encima de los Bancos, los Bancos centrales, y por encima de ellos, el FMI… ¿De qué estamos hablando? ¿Está claro, no?
Cada uno le da la forma que quiere al enemigo, o la que necesita para procurarse a sí mismo un enemigo manejable o tangible, pero si no es el verdadero enemigo, no sirve, porque nos lleva, como dije, a caminos que no son caminos, a ninguna parte.
5.2- El camino es definir claramente, a nivel europeo cuando menos, cuál es el verdadero problema y quiénes los verdaderos causantes… Y que las ligas antiglobalización (de izquierdas y derechas) vayan más allá de sus obsesiones sesgadas y trasnochadas para alcanzar un presupuesto de mínimos que obligue a identificar a todos los reos del sistema, un para-Estado europeo de emergencia.
5.3- Un para-Estado que sea parte activa en unas conversaciones que ya se están produciendo entre USA y Oriente para dibujar un nuevo orden, que a priori, aun como subproducto, podrían ir encaminadas a la materialización de las leyes NESARA y GESARA, como  paradigma de prosperidad. Pero que, por el contrario –dado que las leyes no son públicas y no se conoce su plan de ejecución y de viabilidad–, pueden ser o se pueden quedar en una nueva maniobra de distracción encaminada a reorientar el poder mundial, esto es, destinada a relocalizar ese poder y a optimizar los elementos de dominación que han imperado en los dos siglos anteriores.
5.4- Lo que debatimos no es si es la izquierda o la derecha, si es esta izquierda o esta derecha. Lo que debatimos es quienes de los que están se acercan más a esta idea, a esta urgencia.
Llevado a la práctica, a los problemas, para el caso de las pensiones sólo hay 3 fórmulas:
Bajar gastos (1), aumentar ingresos (2) y cambiar modelo (3).
La 1ª es la que quiere ese Poder, la 2ª (soluciones ordinarias) y la 3ª (s. extraordinarias) serían las soluciones de verdad, que exige enfrentarse a él. ¿Quién está en esta exigencia?
5.5- Alguien podría decir, con razón, que la 2ª (soluciones ordinarias) es lo que plantea ya la izquierda (+ingresos) ¿Cuál es la diferencia? La diferencia es el sincretismo y, si no se alcanza, la esencialidad, la inmutabilidad.
La diferencia es que así siempre apuntamos a la misma diana, y no nos dejamos engañar, con firmeza, dejando de ser gentes de izquierdas que apuntan a la derecha para ser gentes que apuntamos a nuestros opresores (al 1% de la población que controla el 99% de la riqueza y quiere controlar el 99,9% aunque suponga llevar al resto a la miseria, a la opresión vital).
¿A qué estamos jugando? No poniendo las cartas sobre la mesa estamos jugando a que se hace algo cuando en realidad no se hace. Estamos jugando a no hacer las cosas cuando no quiere o no nos deja el amo, y a eso le llamamos coyuntura socioeconómica, que no es sino la forma perversa de dominar nuestras vidas  a través del dinero ($).
Y frente a eso no hay ni una sola forma de insurgencia conocida, ninguna formación que catalice la lucha social en un orden superior. Nadie que por toda respuesta diga:
"Bueno, muy bien, pero, ¿qué hay de lo nuestro?
Eso es fijar la diana
Ellos mismos se encargan de que no haya ninguna idea de ingeniería social, que es la única esperanza, o de que no florezca. Ellos se encargan de que todas las ideas estén en el marco del sistema, en su lenguaje, y de que todos los partidos sean los partidos del sistema.
Para eso tienen medios, para eso tienen los medios.
Luego se preguntan por qué no conectan más con la ciudadanía. Ya se lo digo yo, es por esto. No conectan porque esa ciudadanía sólo ve acciones duales que se neutralizan entre sí con el fragor de una premeditada contienda política, en tanto que los verdaderos artífices de la desolación humana y sus adláteres están a salvo, moviendo a la humanidad a su antojo; sin posibilidad de reacción ni aliados.


EL IMPUESTO HIPOTECARIO Y LA JUDICATURA
                EL LIBRO DE LOS CAMBIOS (Capítulo 3)


(1) Podría haber seguido desarrollando el trabajo anterior con la cuestión de la judicatura sin solución de continuidad porque que una vez que hemos enfrentado los Mandatos a la regulación jurídica parece lógico hablar a renglón seguido de todo lo que conlleva o implica esa regulación jurídica, de todo lo malo. Lo haré ahora, y lo haré apoyándome fundamentalmente en un caso tan reciente y conocido como el de la sentencia sobre las hipotecas, ya mencionado, o, dicho más exactamente, el follón liado por la Sala del Tribunal Supremo a cargo de la misma, por el que ha quedado en entredicho la independencia del citado Tribunal, que es tanto como decir de toda la Judicatura.
No es que el caso empañe a toda ella, que también, es que se ha puesto de manifiesto que toda ella podría estar (está) empañada de las mismas cosas, de tal modo que cuando aparece un caso aparece de acuerdo a toda una sintomática, a toda una dinámica interna de funcionamiento, y a unos modos pocos conocidos de elevar la verdad jurídica; lo mismo que si vemos una pompa en el agua que está en el fuego sabemos que obedece a toda la dinámica interior del caldero aunque no sepamos describir esa dinámica, aunque sobre esa dinámica sólo tengamos desconocimiento.
Amparándose en ese desconocimiento, en los casos de corrupción se ha dicho con el mayor cinismo, uno tras otro, que “es una persona”, que “no es generalizado”, cuando la realidad es que es un sistema, un modo operandi, una forma de relacionarse determinados ámbitos sociales con otros para alcanzar los fines, y todos ellos con la administración como uno más, por hecho o por derecho, según se desprende de todos las tramas conocidas. Lo hemos visto en mil y una maniobras, incluso de la Fiscalía del Estado, de dudoso pedigrí. En cómo esta Fiscalía atiende o se hace eco al primer compás sobre algunas cuestiones y cómo en otras sólo se dan por enterados con el clamor popular (o ni eso), o que incluso pervierte su función, como en el caso de la Infanta, diga lo que diga el fiscal Horrach: lo diga él o San Pito Pato. Lo hemos visto y lo sabemos, pero no podemos señalarlo con el dedo sin tener los datos. Y no podemos porque toda esta práctica se suele rodear de una aureola de honorabilidad y secretismo que la hace prácticamente insondable, inexpugnable, como lo ha sido hasta ahora el 3% y toda la trama Pujol, y lo seguirá siendo a no ser que alguien con las manos verdaderamente limpias y suficientemente blindado dé un paso al frente. O lo dé aun sin estar blindado, como ha sido el caso de las personas gracias a la cuales se ha destapado toda la trama Gürtel. Personas que han sido defenestradas, como Ana garrido Ramos (funcionaria del ayuntamiento de Boadilla del Monte) o incluso enjuiciadas, como José Luis Peñas Domingo (exconcejal del PP de Majadahonda). Personas con las que la sociedad, de forma general, está en deuda, y a las que se les debería haber dado reconocimiento y amparo (y todavía hoy) como se le debe dar a toda persona dispuesta a escarbar en la mierda para echarla a un lado y sacar a la luz al delincuente que se esconde en ella.
Esto que ocurre no es una cuestión casual o producto de la mala suerte sino que obedece a una forma de proceder sistémica, a la forma de entenderse el Poder a sí mismo, a la forma de defenderse cuando ese Poder o las personas que lo representan se sienten atacadas, a la forma de represaliar cuando se supera algún cortafuego. También obedece al simple uso de las posibilidades jurídicas o lo regulado como marco de actuación, por cuanto incluso el reconocimiento del derecho no lo es tanto en virtud de la asimetría establecida entre las partes o la que se establece entre la evaluación del daño y su indemnización o restitución, como sucede por ejemplo en las sanciones a las eléctricas monopolios en general por prácticas desleales. O como sucede respecto a la denuncia de los usos y abusos en el ámbito laboral, tales como la ampliación no retribuida e injustificada de las jornadas laborales, y las consecuencias que las mismas tienen para el trabajador, en forma de pérdida de empleo, frente a posible sanción de la otra parte, que omite el fondo (social) de la cuestión.
¿Por qué no adaptamos la legislación a esas formas de vulnerabilidad, y se protege, tal como se hace con otras? Una ley de protección de testigos-afectados que vaya más allá de la protección de sus vidas y garantice todo eso que no estando garantizado hacen de la vida un infierno y de la persona, una víctima propiciatoria, un pertinente chivo expiatorio a la luz de las partes, si es que no lo es a la luz pública. Una ley que equilibre la fuerza que tiene uno con la que tiene y sabe que tiene el otro, con la que puede utilizar y sabe que puede utilizar ese otro.
Vemos que no es sólo que sabemos que esto ocurre, y ocurra, es que esto está diseñado para que ocurra, por eso ocurre, porque difícilmente se puede luchar contra algo (la asimetría, por ejemplo) que deriva de un diseño, que sólo se rompe (y rompe esa asimetría) ante casos flagrante y en según qué órdenes (no en el de los Bancos, por ejemplo). Está diseñado además para que no haya trasparencia y se haga casi imposible el rastreo del delito y su comprobación. Esto es lo que sucede por ejemplo respecto a la procedencia de las fortunas, y de forma particular la de los políticos. Después de muchos años se ha conseguido que los altos cargos políticos declaren su patrimonio (expuestos a valor catastral y no el de mercado), pero no por ello que tengan que demostrar de dónde les viene, tal como sucede en otros países. De tal modo que en esta última hornada hay quien ha multiplicado por cuatro su patrimonio, y tan campantes todos. Todos son muy listos, son tan listos que son capaces de multiplicar su hacienda por cuatro mientras desempeñan un cargo público de la máxima responsabilidad y exigencia, tan listos que les sobra el tiempo para esto y para escribir libros. Tan listos que después de haber cobrado durante unos años un sueldo discreto luego son capaces de hacerse, y pagarse con sus ahorros, casas de dos millones de euros, poniéndose de manifiesto al tiempo que el beneficio monetario del cargo no viene representado sólo por su asignación económica directa. Tan listos que tendrían que vivir del aire para afrontar con su sueldo las cargas económicas que les representa y que se suman a la del propio ejercicio público.
A pesar de ser tan listos no nos engañan, porque ellos puede que sean muy listos, pero nosotros no somos tontos. Y suponiendo que somos tontos y que ellos dicen la verdad, como dicen que la dicen, da igual, porque somos tan tontos que no les creemos, como no creímos a Pujol cuando escondía la mirada junto a su desvergüenza, queriendo presentarse así como mesurado, ni creímos a Zaplana ni sus aires de circunspecto mayordomo, ni creemos al superviviente Mas y sus supuestos de defensa tan absurdos y esquivos como los de su valedor. Cómo no creemos a tantos que, sumando actividades lucrativas de diversa índole, ya sean inversiones, fundaciones o derechos de edición, convierten la política en una rampa de lanzamiento o trampolín de relevancia social y de popularidad, en una oportunidad de aparente legitimidad.
No nos engañan, y a pesar de eso no lo podemos decir, sólo rezar para que la suerte nos brinde una oportunidad de descubrir alguna cuestión colateral (ya sean los papeles de Panamá o el recibo de una compra) que justifique la sana vocación de saber o de descubrir el engaño, aunque finalmente, a pesar de esa suerte se haga casi imposible el enjuiciamiento, porque finalmente el que tiene que acusar no acuse, el que tiene que instruir no instruya (lo guarde en un cajón) o lo haga a cámara lenta. Ésa es la segunda parte de todo esto. Todos en la Magistratura se entregan a la tarea con reservas porque saben del diseño, porque saben que tienen poco que ganar y mucho que perder, y porque saben que si finalmente es encausado lo será con todas las salvaguardas procesales posibles y habidas para una causa, elevadas a la n-sima potencia, convertidas en el late motiv de la causa misma, que incluso se vuelven en su contra: alguien mueve los resortes y les pone una cruz, y son olvidados, trasladados…, eliminados profesional, moral o mediáticamente. Sirvan de ejemplo el caso de los jueces Baltasar Garzón, Elpidio silva, y otros, que son ejemplos de jueces inhabilitados y sentenciados por prevaricación como consecuencia, la más de las veces, de las escasas posibilidades de instruir de forma cabal y sin extralimitarse unos determinados delitos que están deficientemente tipificados, y de hacerlo sobre sujetos blindados. La dinámica social para estos estamentos es análoga realmente a la de esos juegos de rol en los que hay casillas en las que uno está protegido, que llamamos “casa”, pero que sólo algunos la alcanzan; o esos otros juegos en los que tienen “otra vida”, una vida extra, un perdón o indulto, como el de la amnistía fiscal o ése que se da en el Consejo de Ministros.
Un raterillo que roba no tiene “casa”, con él no hay necesidad de extralimitarse en la instrucción porque todo está tipificado. Como no hay necesidad no se hace. Ni hay necesidad de revocar a los jueces, ni de establecer procesos judiciales contra ellos.
La noticia no debería ser que un juez es encausado, la noticia es que no siéndolo casi en absoluto (paradójicamente) de pronto lo sea por cinco causas diferentes, y que lo sea como consecuencia de estar en medio de un proceso de naturaleza política. La noticia debería ser el empleo de esa contra-ofensiva para preservar las fisuras judiciales y neutralizar las actuaciones que tratan de desenmascararlas o hacerlas insuficientes, tratando de perpetuar, en definitiva, un sistema judicial imperfecto establecido a modo de acuerdo tácito ventajoso, y vía de escape, para unas partes privilegiadas de la sociedad. De hecho gran parte de lo que pasa respecto a los grandes temas, incluido lo de Cataluña se debe a esto. Gran parte de lo que pasa es que en esos temas, en los que incluso una legislación escrupulosa puede ser insuficiente (se precisarían principios de verdad), se deambula con un marco jurídico ambiguo establecido ex profeso.
Ni los medios que atizan y azuzan hasta el hartazgo con determinadas cuestiones, hablan de esas otras, estableciéndose unas líneas rojas que no permiten que la sociedad fluya a espacios sociales higiénicos. No hablan por lo que (les) representa económicamente, como es la exigua contribución de la Banca al erario público (los bancos están metidos en los medios), o porque políticamente no quieren hablar, esto es, destacar algo contrario a sus posicionamientos políticos, o porque se abriría la caja de Pandora, como se abriría si por ejemplo a cargo del 3% se preguntasen insistentemente qué está pasando con el caso, quién lo tiene dormido.
Caja de Pandora que nos llevaría al planteamiento inicial respecto de la justicia, a su cuestionamiento, a analizar cómo convive esa justicia que por querer ser justicia (justa) acomete farragosos e ímprobos procedimientos, y es examinada con lupa y acusada, con esa otra que no es acusada de nada o que incluso participa por activa o por pasiva de decisiones que van más allá de sus competencias y compromisos sociales y jurídicos, o que simplemente no es justa para el común de los mortales por un sinfín de deficiencias que se perpetúan para ese fin.
(2) Todo esto que ocurre ya lo sabemos en realidad sobradamente, como sabemos tantas cosas, como sabemos todo lo que ocurre desde antaño en el seno de la Iglesia en lo referido a los abusos, como sabemos lo que ocurre en el ámbito docente o en lo laboral a otros efectos, esto es, a otras formas de abuso, de impunidad o acomodación perniciosa, de camuflaje, y de silencio (nuestro silencio), y consecuentemente a otras formas de ser, de ser políticos, esto es, ladinos, listos, muy listos, demasiado listos.
Este debate va en realidad y esencialmente a lo que somos y lo que hacemos en la vida, principalmente cuando ocupamos una posición de poder que tiene repercusiones sobre los demás: políticos, y jueces sobre todo, como última salvaguarda de la dignidad colectiva. Aunque no sólo ellos: pensemos que hay dos formas de estar en el mundo, uno haciendo eso que eleva o intenta elevar nuestra categoría como seres humanos y esa otra que la baja. Luego podemos decir “yo no he hecho nada malo”, y es que lo que se hace de bueno y de malo en la vida son estas pequeñas cosas, las cosas que ponen freno a la infamia o aquéllas que las contemplan sin pestañear o le dan cobertura. Es así de sencillo.
Como estamos hablando del poder judicial nos centraremos en él, y sobre él relatar algo a propósito de lo anterior que para mí es recurrente. Se trata de la película “¿Vencedores o vencidos?”. Era sobre los juicios de Nuremberg, al término de la segunda guerra mundial. Spencer Tracy, le decía a Burt Lancaster algo así como: Auschwitz empezó cuando se declaró culpable al primer judío, sabiéndole inocente. Anteriormente Burt había querido minimizar y limitar la responsabilidad, su responsabilidad, en el sentido contrario: yo sólo condené a un hombre; pero Spenser le había dicho las palabras justas, en todos los sentidos: los actos tienen una responsabilidad intrínseca aunque no acaben en Auschwitz. La responsabilidad es saltarse la ley, lo triste y lamentable es hacerlo por encargo, o por miedo, por falta de discernimiento o víctima de la embriaguez colectiva.
Todos los actos son actos morales. El ejemplo viene particularmente bien (aunque no es privativo de la jurisprudencia) porque es un ejemplo de jueces y de juicios de las cosas y estamos hablando precisamente de eso: del juicio de las cosas y de cómo se puede alterar, precisamente, alterando la legalidad o incluso la legitimidad.
Con la cuestión de las hipotecas y con otras cuestiones no se quebrantan principios fundamentales, pero el hecho es el mismo. La justicia es el último recurso y los jueces los únicos que pueden o deben actuar sin condicionantes, que tienen las manos limpias (o deben tenerlas) para hacerlo, y con la autoridad y la independencia social, económica y moral.
Los jueces son los encargados de impartir justicia, los encargados (y obligados por ello) de elevar la altura social a través de la neutralización de los conflictos o la lucha de intereses, que es tanto como impedir que el interés vaya más allá de lo que le es preceptivo, en tanto somos capaces de asumir como individuos ese desapego de forma natural.
Los jueces hacen esto bien a través de las leyes, bien a través del reconocimiento de la legitimidad, esto es, de una realidad superior o implícita que no está regulada pero que debería estarlo, y que muy probablemente pudiera estarlo a partir de su sentencia (decimos la misma es jurisprudencia). Incluso hacen esto mediante el reconocimiento de una legitimidad que va en contra de la ley, y que por esto mismo obliga a cuestionarla, a aplicarla con cautela o reformarla. ¿Qué hace el juez en ese caso sino reconocer un principio de verdad? En efecto, es esto en esencia: no estando la verdad jurídica recogida en la ley, el juez atiende al espíritu de la ley o incluso supera ese espíritu, por depuración, de acuerdo a la altura de los tiempos.
Esta es la forma habitual de actuación que, expresado de forma esquemática, podríamos enumerar como:
La superación de la ley mediante una legitimidad que no crea conflicto con el sentir general, y que de algún modo la sociedad asume porque ya lo hacía tácitamente (se preserva la legitimidad).
La superación de la ley mediante una legitimidad ad hoc que busca preservar algo que podría ser principio de verdad, o encuadrarse como tal, pero que no lo es o no está reconocido como tal (se crea la legitimidad).
Aplicación de la ley sin más, bien porque sea suficiente o porque no siéndolo se aplique de forma reglamentista, atendiendo a la letra, viéndonos obligados a cambiar esa letra mediante las transformaciones legislativas (se preserva la legalidad).
Aunque no siempre es así, y por esto se pueden dar el siguiente supuesto:
Contravenir la ley o violentarla, o incluso violentar su espíritu, lo que precisa recurrir a una interpretación jurídica elástica, es decir, camuflar este propósito mediante la propia ley, si es que no se hace a las bravas mediante una falsa legitimidad.
Esto último que podría parecer algo exótico dentro del poder judicial no lo es tanto. ¿Qué es un juez que toma esa cuarta opción? Pues un individuo integrado en el sistema, que tiene su parecer sobre las cosas, y practica su acomodación personal o política a ellas (en el sentido que ya hemos referido y que es común a la mayoría de los mortales), que un día se hace juez, pero sigue siendo político en los mismos términos que hemos hablado, la de la acomodación del parecer propio que, además, resulta prácticamente invulnerable por toda una serie de mecanismos que le desligan del error o la omisión.
Cuando ocurre esto y decimos aquello de “respeto la decisión el poder judicial” estamos acatando o incluso respetando lo que puede ser una decisión desacertada o estamos haciendo lo propio sobre una que, acertada o no, no tiene rigor o más peso jurídico que la contraria, al margen de que luego pueda ser recurrible o precisamente por esto: los hechos dan para decir una cosa u otra, sólo hay que guiarlos. Esta falta de rigor es la que hace parecer que la justicia es un cachondeo o que toma a cachondeo a las personas que ponen toda su fe en ella. Llevándolo a términos futbolísticos que entiende mucha gente, sobre una falta que comienza antes de la línea del área y que concluye dentro de ella, hay quien puede sentenciar lo primero que se le ocurra sabiendo que cualquier decisión se acatará y que no será  más objeto de crítica que la decisión contraria; y hay quien con la misma salvaguarda  tenderá a tomar un juicio u otro en función de que sea en el campo del Barcelona o del Madrid, y ocurra en su área o la del visitante, y también en función de quien sea ese equipo visitante
Dicho en los términos que estamos hablando, cuando no importa el caso se puede echar una moneda al aire para decidir, y, cuando sí, se puede orientar el criterio-sentencia en la dirección que se quiera y arrogarse la verdad, porque la situación lo permite (siempre hay algo que lo justifica) sin que haya o pueda haber un clamor contra el juez que está preservado por su figura de “juez”, y de un supuesto principio de indecibilidad, esto es, de imposibilidad de expresar con más rotundidad, y con los elementos de que se dispone, lo contrario de lo expresado en el dicha sentencia, que puede llegar a ser o tomar así la forma de “mentira o error irrebatible”, que se envuelve, además, de una importancia que no tiene mediante el mecanismo de la demora, esto es, del largo y supuestamente trascendente sopesar.
La demora es reflexión, la toga es una sotana y la decisión, una pretendida comunicación con Dios, que le da al asunto, a golpe de parafernalia sacramental, un respeto eclesiástico que no se corresponden con la frivolidad e incluso inmoralidad de las actuaciones, que muy bien pueden derivar de un prejuicio (que se lo digan a María José), que luego, pasado el tiempo, puede tomar forma jurídica (consagrarse) en el acto de sentenciar, mediante la incorporación preceptiva de los hechos que la amparen o la hagan plausible. Cuando digo prejuicio lo digo tanto por incorporación de juicios de valor o tendenciosos (los medios en el caso citado se han centrado en la actitud machista), como por la consideración anterior (pre-juicio) a la consideración-disposición de todos los elementos de juicio, que es aún más relevante o más destacable en un juez por cuanto es contrario a lo que se le encomienda, al acto único de dictar sentencia (una única), y  a toda la liturgia que lo acompaña, destinada precisamente a elevarse por encima de lo humano, esto es, de las otras formas de prejuicio citadas.
Se reviste de tanta importancia, es tanto el peso o influjo de esa parafernalia, que ya antes de obtener una sentencia hay quien dice que “no se puede decir nada del caso”  invalidando la posibilidad de emitir un juicio sopesado fuera del ámbito judicial, como si los juicios de las cosas no se pudieran realizar al margen de la regulación jurídica de los elementos, esto es, como si sólo fuera practicable mediante su conocimiento exhaustivo y sólo siendo juez. Cuando la realidad es se puede llegar a una verdad más acertada desde el sentido común no condicionado, ése  que se da cuenta de que “lo que es, es, y es imposible que no sea” por mucho que se maquille, ése que distingue la importancia jerárquica de los elementos y advierte rápidamente los que son fraudulentos o contaminantes (cuestión que abordaré sobre un caso práctico y real en el próximo trabajo), y los suprime: la verdad no tiene nada más que un camino.
(3) Luego, una vez que se emite la sentencia, y siendo ésta contraria a alguna suerte de evidencia, en ese acatarla y respetarla se dice todo lo más que “el juez no ha sido objetivo o independiente”, como si ésa fuera la única posibilidad o remedio a nuestra desazón, y como si fuera nuestra única capacidad de análisis o de actuación. Y no es cierto que sea el único remedio, aunque lo parezca en virtud del escaso número de jueces enjuiciados, y del pobre cuestionamiento social, por el que –como ya dije respecto a los políticos (Crítica de la razón social) y se puede generalizar ahora–, mientras que una limpiadora da explicaciones cuando se olvida limpiar un wáter, las clases dirigentes (las que deciden cosas importantes) eluden cualquier responsabilidad de sus actos, que se presentan así como un ejercicio de inspiración no fiscalizable, como un producto intelectual sin más, cuando lo cierto es que no lo es, que no es nuestra única capacidad de actuación, y que sí que hay formas de ver hasta qué punto la arbitrariedad o la falta de cuidado ha jugado un papel importante en una sentencia, esto es, hasta qué punto existe una deficitaria correlación entre la sentencia y la ley… Formas de superar la plausibilidad de la sentencia como condición suficiente, la indefensión que se establece, precisamente, frente al aparato de justicia, y la tolerancia a sus excesos, a su mediocridad, a su falta de rigor jurídico o exigencia para con los ciudadanos. En efecto:
En primer orden mediante la trasposición de aquello que se sentencia, o que incluso se demanda, al lenguaje del vulgo, con el fin de evidenciar que la interpretación es algo más que un corta-pega y que se ha llegado a la comprensión de lo expuesto por las partes en sus alegatos o en el juicio oral, particularmente importante y reseñable cuando lo expuesto por las partes se acompaña de razonamientos o argumentos clave que son obviados o excluidos sin saber a qué obedece, si es fruto del ninguneo instrumental, de la incapacidad comprensiva o de la pereza, pero que, sea por la razón que sea, ponen en evidencia la nula capacidad/voluntad de diferenciar lo capital de lo accesorio y, en consecuencia, de alcanzar verdad.
En segundo orden, mediante la sentencia de las instancias superiores (con varios jueces) que además de resolver, deja en evidencia –en función de la unanimidad– el desacierto de los magistrados de las instancias inferiores (coeficiente de acierto), adscritos normalmente a juzgados de primera instancia en los que el denunciado es un parroquiano y tiene, en consecuencia, una posible notoriedad en ese círculo social.
En tercer orden, mediante una crítica de las motivaciones, y, de forma muy particular, de ese supuesto principio de indecibilidad que se sustenta en la ausencia de los elementos pertinentes de decisión, y que se supera o corrige bien mediante algún elemento adicional de decisión (tal como ocurre con la indecibilidad de un marco axiomático matemático –que también existe– y la incorporación de un nuevo axioma-principio al mismo) bien mediante la supresión de elementos en conflicto, que quedarían sobradamente identificados a través de un simple flujograma lógico, y que son consecuencia del exceso de palabrería (redundante y ambigua) y de la deficitaria ordenación, que sitúa indebidamente dos criterios contrarios al mismo nivel jerárquico o incluso los invierte jerárquicamente.
Esta forma de fiscalizar el trabajo es lo que teóricamente debería producirse, no sólo en el ámbito que nos ocupa sino en todos los demás. Ocurre en cambio una cosa muy distinta, y así nos luce el pelo, puesto que no haciendo las cosas de este modo todo está empañado de mediocridad, de ineficacia, de arribismo, de vulgaridad y de otras cuestiones que no contribuyen, desde luego, a construir una sociedad higiénica. Tampoco contribuye a superar la ineficacia y la mediocridad del sistema judicial, en este caso, un sinfín de particularidades al respecto que lo único que hacen es que la maquinaria judicial sea pesada e inservible, y que tenga un comportamiento asimétrico respecto al ciudadano. A este respecto, ya dije en el capítulo anterior que incluso cuando alguien ocupa tu casa se produce un estado de inadmisible indefensión en el que ni la policía puede actuar sin una orden judicial. Ahora digo que esa orden puede tardar tres años. Y dije también que esto que le ocurre al ciudadano no le ocurre al Estado, que se proporciona unos mecanismos más eficaces y directos. Ahora digo que esa asimetría se produce respecto a las actuaciones de todo el aparato judicial, de modo que si por ventura después de esos tres años de arrastrar todos las penalidades de un proceso judicial resultas victorioso es muy probable que la compensación económica que deriva no se obtenga, bien porque la responsabilidad civil esté diluida en algún tipo de corporación o empresa de responsabilidad limitada, bien porque se declare una aparente insolvencia que sólo el Estado está en condiciones de investigar, y que sólo investiga para su propio beneficio, no el del ciudadano. No hablemos de los tediosos e ineficaces procedimientos administrativos que contemplan mecanismos-trampa, esto es, fórmulas intermedias de tramitación de las demandas administrativas que son lanzadas al limbo, es decir, a un buzón que nadie mira y que, en consecuencia nadie trata, porque además no están obligados a tratar (como ocurre con el recurso de reposición), dejando todo el mecanismo de arbitrio, todo el peso, a la siguiente instancia, a los tribunales. Y como esto toda una serie de procedimientos judiciales pensados más para aburrir que para satisfacer.
(4) En último término se debería preservar esta forma de actuar fidedigna o ser escrupuloso con ella en los ámbitos más sensibles de la sociedad, esto es, los que más incidencia tienen sobre la misma y más representan a su ser social... Sin embargo no. Ocurre, de forma adicional a la casuística tratada, y contrariamente a lo que en teoría debería producirse, que cuánto más nos elevamos en el escalafón judicial menos obedece la decisión a la suerte o la ineficacia y más a la motivación (interés), y menos a la motivación general y más a la política, dado que además son cargos promovidos políticamente. De hecho, es básicamente aquí donde podemos considerar todas estas cosas interpuestas porque es aquí donde media el interés, frente al 95% de los casos en los que ese interés no tiene donde aplicarse (tal vez el desinterés) y sólo cabe aplicar la ley de forma reglamentista, de acuerdo con el supuesto 3º expuesto arriba, dado que para ese 95% la ley suele estar bien tipificada y la línea, bien definida: o estás dentro del área o fuera.
En consecuencia, es para el 5% de los casos cuando decimos lo que decimos, de modo que cuando decimos –centrándonos en nuestro caso particular como uno más de éstos– que de 28 magistrados la mitad dice una cosa, y la mitad otra no es que la ley sea confusa y exista la dicotomía sino que verdaderamente el posicionamiento político, que no jurídico, está dividido (o está dividido entre político y jurídico), y aprovecha más que en ningún otro caso cualquier punto de indeterminación de la ley para expresarse, para pintar la línea del área todo lo ancha que se pueda y, luego, decidir.
Los políticos se conforman porque unas veces le toca a unos perder y otras, a otros, y porque el que gana normalmente está en el poder y salva así un embolado, y se salva a él mismo de las consecuencias del mismo. Esto es tanto como decir que siempre se imponen las posiciones del poder, lo que nos lleva –dado que ese poder es unas veces de un color y otras es de otro– a preguntarnos si no habrá un poder detrás que, por lo mismo, siempre sale victorioso, que siempre impone su posición, para el que el color político gubernamental es sólo un accidente o cuestión circunstancial, una herramienta.
Cuando alguien gana de este modo, está claro que algún otro pierde y que lo hace de forma fraudulenta, quedando, consiguientemente, en posición de recurrir alguna suerte de artimaña, es decir, de llevar la sentencia a otros términos objetivos y de esclarecimiento mediante el concurso de una instancia superior. En el caso del Supremo esa instancia superior es Europa (siempre nos queda Europa) pero ni debería ser Europa (deberíamos tener nuestros propia instancia suprajurídica) ni se debería sólo enjuiciar la sentencia sino también cómo de lejos está esa sentencia de la lógica jurídica, mediante los criterios arriba indicados (ya sea por Europa o por esa instancia) y, por tanto, cómo de apartado el criterio de los jueces que la dictaron, o sus actuaciones. De hecho, tal como se ha llevado a efecto de forma tan interesada y extrema (extrema por interesada) con los jueces apartados de la carrera, sólo que como herramienta jurídica regulada, y no política como aquí. Es decir, que ante una sentencia claramente alejada de la ley, y sin otros fundamentos, no sólo cabe criticar su falta de imparcialidad o independencia como si fueran un reflejo de la personalidad o consecuencia de las posibilidades materiales del acierto, sino que cabe elevarla jurídicamente, puesto que sobre un juez todas estas cosas son o pueden ser constitutivas de delito, esto es, puede haber prevaricación o cohecho en función de cuánto se aparte de la lógica jurídica, de cuánto se ha retorcido el lenguaje para llegar a lo que se quería alcanzar, y en función de las motivaciones personales puestas de manifiesto y las contraprestaciones de cualquier índole.
Puesto que los delitos están ya regulados, lo que hay que regular es la forma de evidenciarlos sin que sea menester una acción política interesada. En este caso, la cuestión a dirimir no es sólo si el Pleno de la Sala del Tribunal Supremo ha sido más o menos independiente en virtud de una determinada posición sino si se ha llevado forzadamente la lógica a esa posición, si se ha prevaricado o no, en virtud de la existencia o no de cuestiones de índole subjetiva en el análisis. En cuyo caso, lo que se derivaría no es una posible dimisión a cargo de una presión popular o política, más o menos acusada (que en nuestro caso ni siquiera ha existido), sino una acción judicial.
Vamos a verlo punto por punto, para la sentencia hipotecaria que nos ocupa:
Se pone de manifiesto que la ley se presta a interpretación. En este caso 15 en una posición y 13 en otra, que han ido cambiando a lo largo de las sesiones. ¿Algo tan voluble y moldeable se puede decir que obedece a un principio de justicia? Lo dudo. Esto sin tomar en consideración que ya había habido una sentencia del Tribunal Supremo (Sección Segunda de la Sala Tercera), que, por cierto, enmendaba otra sentencia anterior (de febrero), y que en realidad se trata de una revisión in extremis del Pleno de Sala de dicho Tribunal Supremo (como casi todo el mundo denuncia).
Esto que se debate referido a una ley, la Ley del Impuesto sobre Transmisiones Patrimoniales y Actos Jurídicos Documentados, que recoge claramente en su artículo 29 el  objeto a debate, es decir que deja fuera del debate la cuestión, fuera de la interpretación.
Artículo 29.
Será sujeto pasivo el adquirente del bien o derecho y, en su defecto, las personas que insten o soliciten los documentos notariales, o aquellos en cuyo interés se expidan.
Cuando se trate de escrituras de préstamo con garantía hipotecaria, se considerará sujeto pasivo al prestamista.
El artículo 29 no es un principio de verdad, pero se parece: “Cuando se trate de escrituras de préstamo con garantía hipotecaria, se considerará sujeto pasivo al prestamista”. En consecuencia, parece poco probable que se pueda decir lo contrario de lo que dice, y necesario, por tanto, que en caso de decirlo se diga con tanta fuerza de reacción como la de acción que trata de contrarrestar… ¿Qué podremos decir de cualquier otra ley o supuesto no recogido claramente y, en consecuencia, de cualquier decisión judicial? Parece claro que en un caso la decisión se puede torcer a voluntad (a la voluntad) y en el otro se puede retorcer mediante ella.
No es lícito decir lo contrario y pertrecharlo de ornamento legal para hacerlo parecer más convincente. En este caso el ornamento legal viene de la mano del reglamento de dicha Ley en su artículo 68.2 (que es eliminado por la propia sentencia) que lleva a la contradicción cuando dice:
Cuando se trate de escrituras de constitución de préstamo con garantía se considerará adquirente al prestatario.
Y es un ornamento en cuanto que, siendo reglamento, tiene un menor nivel jerárquico que la Ley, esto es, no deja de ser una interpretación. Por consiguiente, si el mismo lleva a esa contradicción hay que eliminarlo (punto que se hace en la propia sentencia) y restringirse a la propia fuente, como hace la sentencia original, y explica en ella.
El artículo 68.2 del reglamento, por tanto, no tiene el carácter interpretativo o aclaratorio que le otorga la jurisprudencia que ahora modificamos, sino que constituye un evidente exceso reglamentario…
El artículo 68.2 no sólo carece de la entidad por su naturaleza sino por su carácter local o marco de aplicación, esto es, por las nulas pretensiones de ser conclusivo y general, puesto que los otros supuestos en los que se podría aplicar o tomar ese sentido restrictivo, es manifestado explícitamente (como en lo dispuesto en el artículo 15, por ejemplo), según dicta la propia sentencia:
… de ser ese el criterio del legislador, debería haberlo declarado expresamente al contemplar en su articulado el préstamo con garantía hipotecaria. De hecho, lo hace con este mismo negocio jurídico complejo en la modalidad transmisiones patrimoniales (artículo 15) […]Nada le era más fácil al legislador que incorporar una previsión equivalente en sede de actos jurídicos documentados…
En tanto que la sentencia posterior del Pleno de la Sala hace lo contrario, esto es, da prevalencia y carácter general al reglamento de la ley, frente a la propia ley, y, podríamos decir, fuera de plazo (lo protocolado). Y lo hace, además, por no poder excluir la retroactividad (en el pago) de la decisión, que deja más en evidencia que se trata de una decisión condicionada, esto es, no sujeta al Derecho sino a otros factores circunstanciales adscritos a las consecuencias de su aplicación, que, como en todas las sentencias, sólo se presentan como razones de primer orden para quienes tienen afrontarlas:
Eso no es Derecho, es posicionamiento negociado (tanto, que de hecho se negoció): se acepta lo que de verdad dice la ley si la ley no tiene penalidad económica (antes de valorar esa penalidad) si no, no se acepta lo que de verdad dice la ley. Es de risa. También es de risa, en consecuencia, el posicionamiento hecho por la propia Sala respecto al ámbito competencial por cuanto que, lo mismo que la jurisprudencia de las secciones no es excluyente (la Sala puede actuar, y así lo reclama), tampoco es excluyente la jurisprudencia de la Sala, o, por decirlo mejor, no es privativo de ella (las secciones pueden actuar), y por cuanto que una vez que asume la competencia (innecesaria según algunas aportaciones) no lo hace sobre el fondo del asunto, esto es, sobre el razonamiento jurídico sino sobre la ausencia de una multiplicidad de sentencias diferenciadas que sustente la nueva jurisprudencia, y sobre la oportunidad, alegando que la jurisprudencia actual es inveterada y sin fisuras.
Respecto a lo primero, si uno lee algunas sentencias, parece que la norma es justamente lo contrario, esto es, que son esas sentencias del Tribunal Supremo, expresadas de forma única, las que son jurisprudencia, sirviendo para jalonar los razonamientos jurídicos y los límites de la verdad expositiva o de la doctrina. Tampoco parece muy ajustado a Derecho ni a la realidad alegar que la jurisprudencia actual es inveterada y sin fisuras. Que tiene fisuras  lo demuestra el propio caso que tratamos, y una vez que las tiene, que la fisura sea inveterada o no, es lo de menos: que sea inveterada justifica o es argumento contra la retroactividad ilimitada, no para el fondo de la cuestión. Esto que se alega se asemeja mucho a la contestación de un sargento semana, uno que dijera: “las guardias las llevamos poniendo así (de mal) toda la vida, no me compliques”. Eso es pintar la línea ancha, esto es, lo es utilizar argumentos peregrinos, que además son esgrimidos incluso con cierta displicencia y ejercicio de autoridad (leyéndoles la cartilla a los otros jueces).
La cuestión no está en lo que se dictamina dado que, en un sentido profundo, alguien (un juez en su ejercicio) puede entender lo injusto de la retroactividad y puede querer darle solución. La cuestión está en querer llegar a esa solución de cualquier forma (la que se ha tomado) en vez de la natural, en la que aparentemente no se ha reparado. La cuestión es que no se sabe hacer bien, y que se está dispuesto a hacerlo mal cuando no se sabe hacer bien. La Sala no debería haber recriminado que la Sección Segunda actuara sin haber modificado previamente el corpus normativo (eso que modifica en su propia sentencia) sino –haciendo lo propio– haber modificado ese corpus en lo que respecta a la retroactividad antes de emitir la suya. Eso es lo natural. Lo natural es ajustar o crear la jurisprudencia al respecto y luego abordar la cuestión en ese marco, que es justamente lo que hizo la Sección Segunda, gracias a lo cual llego a la verdad jurídica tan molesta. Lo natural para nuestro caso (pensemos en el supuesto contrario) es limitar la retroactividad de una disposición-interpretación de la que a priori la parte beneficiada no es responsable. Lo dice un lego.
(5) Hemos visto que parte del problema es consecuencia de no tener decidido de forma general (no sólo para el caso) hasta dónde debe llegar la retroactividad de los pagos en estos casos, que viene a demostrar que llevar todo al principio de los tiempos no ayuda a nadie, además de ser ilógico. A partir de ahí, en el marco de los “Principios de verdad”, uno podría pensar que lo que ha hecho de forma soterrada el Pleno es superar o escamotear la ley (los excesos de la retroactividad) mediante pretendidos principios de verdad, o, por decirlo mejor, uno a uno los miembros que han afrontado esta tesitura de este modo. Entendiendo como principio, un agravio o consecuencia de mayor jerarquía, derivado de la ejecución de la sentencia. Nivel de jerarquía que en modo alguno tiene la mencionada retroactividad, que, como hemos indicado, salvo para los afectados, es de orden inferior al derecho que se trata de reponer, y que en cambio sí podría tener (o ser considera así) la caída del sistema financiero –como consecuencia– que habría que presentar y justificar convenientemente.
No siendo el caso y no encontrando nada tangible más allá de la retroactividad, que no está regulada jurídicamente, convenimos en que no hay nada a primera vista que pueda tomar en consideración un poder judicial cuya esencia es la regulación y para quien lo que no está regulado no existe. Y no existe a no ser que se invente, se fundamente y se lleve, como dije, desde el ámbito de la legitimidad al de la legalidad o se reintroduzca en la ley de alguna manera lícita, lógica o, de acuerdo con nuestra definición, natural.
Lo opuesto es introducir algo ilícito o contrario a ella, esto es, prevaricar en el caso del principio de verdad inexistente (un supuesto bien general), y algo más que eso en el caso del pseudoprincipio, o aceptar algo que aprovecha de forma ventajista sus posibilidades, articulado y camuflado mediante el citado principio de indecibilidad, esto es, el de la indefectible ambigüedad o relatividad que acompaña a todas las cosas, que puede derivar finalmente en las otras figuras jurídicas en función también de la intencionalidad… Si el Tribunal Supremo da la razón a los Bancos, como lo hizo en tiempo y forma en la sentencia de febrero –ya citada–, todos nos tendremos que aguantar, o renegar en la intimidad como tantas veces, pero si lo hace de la forma que lo ha hecho ahora la Sala, no nos podemos aguantar: en los dos casos ha dicho “No” a la demanda ciudadana, pero lo que importa no es el “No” sino la necesidad de alcanzar un nuevo “No” de forma atropellada, después del “Sí” del Recurso de Casación de octubre.
Es por esa diferente conceptualización de un caso y otro por lo que resulta alarmante que ni los partidos ni la prensa hayan hecho más mención, esto es, una mención seria y continuada encaminada a averiguar cómo se han articulado los mecanismos que han hecho posible tamaña burla.
No estoy diciendo por esto que tal prevaricación exista (no me corresponde a mí), lo que digo es que no se debería poder superar una ley, tampoco desdecir lo que se ha determinado mediante sentencia (que a lo efectos es lo mismo) a través de otra sentencia que no desdiga a la primera con rotundidad (de forma natural) sobre todo cuando la primera parte del Supremo y existen unos claros beneficiados, más si estos son los estamentos adscritos al poder. No se debería poder hacer sin haber una mayoría cualificada de dos tercios como la exigida respecto de las leyes fundamentales (un estatuto autonómico, por ejemplo), como la que debería haber también –dicho sea de paso– para una independencia o para sobreseer el quebranto de principios fundamentales: es lamentable que determinadas cosas se ganen o se pierdan por un diferencial de un punto porcentual.
No estoy diciendo que tal prevaricación exista, lo que digo es que lo mismo que se puede hacer juicio sobre una sentencia de acuerdo con nuestro propio orden jerárquico de la cosas, se puede hacer sobre los elementos indiciarios, tal como hace la propia fiscalía cuando lo hace, que muchas veces no hace y que debería hacer para revalidar, precisamente, esas victorias pírricas y amparar-depurar la lectura ciudadana de los acontecimientos, y las objeciones de los diferentes actores (incluyendo a los otros jueces, que, por cierto, más que nadie deberían elevar jurídicamente objeciones o desacuerdos como los competenciales), y así diferenciar la intencionalidad malsana de esa que simplemente entiende que lo mejor es una determinada cosa (como ya referí) y hace lo necesario para alcanzarla de buena lid, que es en esencia su función.
Ante esta situación el gobierno resuelve y modifica la ley para que en adelante no se produzca la situación, al tiempo que evita el conflicto con el poder judicial y con la Banca, que ha resultado beneficiada, en tanto que los otros partidos se muestran contrahechos respecto a la acción de gobierno pero sin demasiada intención de alcanzar una notoriedad que pueda derivar en un obligado posicionamiento respecto al fondo del asunto, conscientes de que se enfrentan en realidad al verdadero poder, diríase al Estado profundo, que en ningún modo permitiría (no ha permitido de hecho) la pérdida de 30000 millones de Euros, o más, sin aplicar algún tipo de respuesta (como tampoco ha devuelto los 42000 del rescate a la Banca). Y no sólo la pérdida de dinero, que en última instancia puede ser irrelevante, sino la de dominación, o la ruptura del orden jerárquico de las decisiones, contra la que ponen en marcha toda la maquinaria, incluida la mediática, encargada de disipar rápidamente los hechos con otros hechos supuestamente más relevantes destinados a ese fin: ellos quieren dejar claro que se hace lo que ellos dicen, que las decisiones están en su agenda.
Es el reconocimiento de ese verdadero poder lo único que puede explicar esta acción in extremis y desmelenada, con perjuicio social y argumentario escaso, que ha puesto al estado de derecho al borde del precipicio. Y es lo único que puede explicarla dado que el poder judicial no actúa motu propio (¿a cuento de qué?) sino a instancia de las partes o de la fiscalía, menos contra una de sus órganos (reprobándolo), y menos aún sin un informe que avale las actuaciones. Y es lo único que puede explicar que lo hiciera de forma extemporánea, es decir, una vez conocida la sentencia de la Sala tercera y no antes como es preceptivo. Y es lo único que puede explicar, como consecuencia de la injerencia encubierta y todas las servidumbres que comporta, la fractura del propio tribunal y “las críticas feroces de los que votaron en contra […] que incluso cuestionan que el asunto debiera tratarse en un pleno y critican la decisión del presidente de la sala”. Es lo único que puede explicar que todos ellos cierren los ojos y aprieten los dientes y que siendo una de las partes del conflicto no se expresen jurídicamente en él.
Es el reconocimiento de ese verdadero poder lo único que puede explicar que esta maniobra no haya tenido más respuesta que la modificación de la ley, y que nadie haya pedido explicaciones (por sabidas) o no se haya producido alguna alerta-tensión institucional entre poderes (cuestionando la legitimidad a través de la abogacía del Estado), contra toda lógica, como si los movimientos estuvieran respaldados por el primo de Zumosol.
(6) Se podría decir como resumen de todo lo anterior, y ya trascendiendo el caso particular que nos ocupa, que aparentemente existe un poder más profundo o elevado que utiliza al poder político como herramienta de sujeción  y, cuando le falla (en virtud de sus propias limitaciones), al poder judicial, ya sea de forma activa o pasiva, en la parte acusatoria o en la decisoria, como ya ocurriera en el caso Gürtel (con PP como acusación particular para dinamitar-controlar el proceso en el que estaba siendo investigado), el de la doctrina Botín (y luego Axutxa) como paradigma de imputabilidad a la carta, o el Noos (ya reseñado) que intentaba tocar todos los palos. Y se podría decir que es, en apariencia también, precisamente por este carácter delegado por el que uno y otros poderes (el político y el judicial) se tienen cuidado: no por ser dos poderes independientes sino por serlo dependientes de otro superior.
Los políticos se conforman, ya lo dije. Los políticos tienen la oportunidad de elegir un poder judicial libre de la voluntad política y no lo hacen, eligen uno que sea capaz de adoptar un criterio por encima de la ley, y en la medida de lo posible un criterio afín a ese poder político, y por esto no escatiman esfuerzos o maniobras con tal de poner a sus hombres en los puestos claves, como en este último caso (designación) donde incluso se ha elegido directamente al Presidente del CGPJ en vez de ser elegido por los vocales y donde algunos de los vocales propuestos son personas claramente vinculadas al partido, y, salvo error u omisión, permeables a las necesidades del mismo.
Podríamos decir que ni siquiera eligen los políticos a muchos de esos hombres claves sino que se los eligen. También podríamos decir que esa fidelidad (a un partido u otro) es una cuestión anecdótica, comparativamente irrelevante, puesto que existen fidelidades que van más allá de este vínculo, que se alcanza cuando unos dan indicios de una potencialidad (ciertos o no) y otros se hacen eco de esa potencialidad y la utilizan, como Ignacio González intentando poner a alguien que entendía que le resultaría ventajoso en sus litigios, que luego será o no será, en virtud de los elementos de los que se acompañen, pero que evidencia la existencia del fenómeno que puede constituirse en sistémico con la sola presencia de unas pocas células, esto es, al margen del comportamiento escrupuloso del grueso de la judicatura, ése que no parte habas con nadie. Fidelidades que, por su peligro potencial para la integridad del sistema, deberían ser cuestionadas, investigadas y esclarecidas, tanto en la parte corrupta como en la corruptora, en vez de asumidas como parte natural del sistema, como insondables. Fidelidades que muy bien pueden pertenecer a un estado de consagración juramentado, de aceptación incondicional de unas premisas (las de una logia, por ejemplo), por las que unos se encargan de hacer lo que tienen que hacer y, los otros (el conjunto total de ellos mismos), de asegurar que no les falte de nada, ya sea riquezas, cuidados o un posterior reconocimiento (de ahí algunas de las promociones galopante y luego las puertas giratorias), y que tienen que aceptar sí o sí, por la buenas, desde la convicción, la lealtad o la compensación que acabo de desarrollar, por las malas, esto es, mediante la extorsión que se puede derivar del conocimiento de la vida de las personas a través de las escuchas telefónicas u otras fórmulas de información, o (ni buenas ni malas) mediante la simple neutralización de obstáculos, más o menos amistosos y con más o menos contrapartidas (plazas de ascenso o traslados).
Por esto es importante además fiscalizar los entresijos de las decisiones políticas y jurídicas, para advertir o diferenciar los reos del sistema de los que son simples víctimas.
El poder se cuida muy mucho de que las personas en los puestos claves sean perfectas correas de transmisión, y que a ser posible lo sean desde la convicción, como mejor mecanismo de servidumbre y de cinismo institucional, el de estar al servicio de unas ideas que no son las del mandato social. Tenemos sobrados ejemplos en la propia acción de gobierno en los que los dirigentes parecen estar empeñados en algo cuando la realidad es que su empeño y su verdadero mandato es el de cuadrar las cifras macroeconómicas y no salirse de guion, es decir, cumplir los requerimientos de quienes les han colocado en los puestos de responsabilidad o lo toleran, a los que se deben, muy al margen de que haya habido una intermediación plebiscitaria. Podríamos hablar de la prometida contra-reforma laboral, de la prometida lista de amnistiados fiscalmente… Para qué seguir: las cosas se explican por sí mismas con los casos. Después, lo que se escapa del control político, por ámbito, tiempo o forma, es recogido y controlado por la parte judicial que coyuntural y discrecionalmente puede hacer lo indecible –en apariencia al menos– para orientar los procesos judiciales y legitimar jurídicamente la iniquidad, como es la doctrina Botín, ya citada, o el inusitado trato de la Abogacía y la Fiscalía a Emilio Cuatrecasas, sin que nadie dé explicaciones y sin que nadie las pida, esto es, sin que nadie legitimado resuelva de una forma u otra esa apariencia. ¿Esto es una excepción o es lo que se suele hacer con las personas influyentes, y se hace de hecho por defecto cuando no existe una posibilidad apreciable de trascender públicamente? ¿No es esto pintar la línea del área bien ancha y coger el borde que interesa con quien interesa?
¿Qué demuestra todo esto? Esto demuestra, para empezar, que vivimos en el engaño, un engaño que da lugar a otros engaños (y a muchas mentiras) para mantenerse, y más que para mantenerse, para controlar. Todos juegan a ser demócratas que se advienen al criterio del otro, pero cuando llega la hora de la verdad, el criterio del otro (la verdad jurídica) es un estorbo: un estorbo que impide hacer las cosas que hay que hacer o que les mandan hacer. Todos juegan a ser demócratas, sujetos a la ley, pero cuando llega la hora de la verdad y la ley no es suficiente, la ley no llega, o la ley se pasa, es ahí cuando aparece la necesidad de una verdad superior a la ley, una que ésta no contempla. Y se opta por el engaño.
Un engaño que es además un engaño absurdo porque es consecuencia del no reconocimiento de una realidad (de los principios de verdad, allí donde se pueda) y luego de su construcción forzada e improvisada, pero, a su vez, un engaño doble, porque es consecuencia del no reconocimiento intencionado de esa realidad precisamente para esto, para la creación de otra por hechos consumados. Un engaño que no por absurdo es casual o producto de la ignorancia sino perpetrado por quienes hacen de esa construcción forzada e improvisada de principios (sobre un marco jurídico permeable) un modo operandi. Y es ahí cuando aparece el político-hombre de Estado, y es cuando aparece el jurista-hombre de Estado.
Cuando aparece el político-hombre de Estado, se produce un quebranto alarmante (sobre todo si es reiterado) pero cuando aparece el jurista-hombre de Estado, sobreviene la catástrofe. Eso sí es engañarse en el solitario.
(A) El problema es que esto conforma una ambigüedad interesada e interesante para todos ellos, por esto hacen pocas propuestas de regeneración (reparemos en estas últimas elecciones), y las pocas que hacen las olvidan pronto. De otra parte, el problema es que se quiere cubrir todo con la ley, pero la ley es endeble y se tiene que echar mano de esa verdad superior, y no se está preparado, no se tiene a la mano, por lo que da toda la traza de ser ad hoc, partidista, interesada, socorrida, precipitada. Esto es lo que ocurre de forma recurrente. Ocurre que no tenemos establecidos nuestros mandatos, nuestras líneas rojas, la realidad de la que partimos. Una realidad que no debe estar protegida jurídicamente, sólo expresada tal cual mediante esos mandatos, de tal modo que la podamos poner limpiamente sobre la mesa, y no de forma subrepticia, o mediante toda suerte de artificios.
Esto,  básicamente, es lo que ha ocurrido en todo el procés catalán, y lo que ocurre sistemáticamente respecto a la libertad de expresión frente al respeto a los credos y a los creyentes o, simplemente, a las personas: que no tenemos unos mandatos que establezcan claramente los límites higiénicos de la divisibilidad nacional y sus fundamentos o los límites higiénicos de la libertad de expresión y sus fundamentos. Como vemos, y ya expresé en capítulos anteriores, con la higiene como fundamento de toda norma o como formante esencial de los principios de verdad.
Y esto es lo que ocurre en el caso de las hipotecas, y que evitaríamos si existiera un principio de verdad que dijera, por ejemplo, que “los consumidores no se hacen cargo los gastos de las tramitaciones” sin más explicaciones (los principios no necesitan ser explicados por ser sentencias rotundas, cerradas, y no tienen, por tanto, otra posible interpretación), o, como dije, estuviera definida o limitada la retroactividad de las cosas. No siendo así (de esta forma natural) se tiene que inventar algo forzado o adulterarlo para proteger las cosas que entendemos de valor, que nos llevan inevitablemente al conflicto (como en los otros dos casos anteriores).
Con el caso de las hipotecas no se ve qué otra cosa de mayor valor se esté protegiendo que no sea el interés de un tercero (de uno poderoso y concreto), evidenciando que el principio que no está establecido es casi siempre un principio a la carta y por ello difícilmente separable del interés particular: es un pseudoprincipio.
Lo importante (lamentable) de todo esto es que –como ya dije– la independencia del poder judicial ha quedado en entredicho (una vez más), con todo lo que esto supone, no porque se haya puesto en entredicho con su actuación sino porque cuando se ha visto forzada a quedar en entredicho ha ocurrido, lo que demuestra que lo característico o novedoso es la evidencia, no la ocurrencia en sí, sobre todo si, como venimos postulando, muchas de las decisiones (sentencias) no alcanzan este grado de visibilidad, tampoco de análisis o cuestionamiento por la propia idiosincrasia de las mismas y la aparente indecibilidad, es decir, sobre todo si tenemos en cuenta que no se suele ver forzada a explicarse y que ha sido cuando se ha visto obligado a hacerlo cuando se ha puesto de manifiesto la conducta soterrada.
Cuando se cuestiona las garantías del sistema judicial español y se contrapone al de otras naciones europeas que entendemos garantistas hablamos de esto, no de que no tengas un juzgado a dónde acudir sino de un ecosistema, de unas formas de hacer, de una ley del embudo o a tenor de los vientos, de unos criterios personales que está por encima de las leyes, por cuanto que, con las misma leyes, si “te cagas en Dios” puede ser que no te ocurra nada como que te manden a la cárcel para tres años. Esto es inaceptable.
Cuando se cuestiona las garantías del sistema judicial español hablamos también de los privilegios de unos y la indefensión de otros, de la asimetría en las actuaciones y de las posibilidades de determinados estamentos con poder frente a otros que no lo tienen, y de cómo o con qué facilidad aparecen esos pseudoprincipios para amparar el derecho de los primeros, de tal modo que en sociedad está el derecho entre iguales, y eso otro. Algo que, de otra parte, ya sabíamos que ocurre con frecuencia en todos los órdenes, y a lo que estamos acostumbrados, porque sabemos que en realidad la ley no es para ellos, que es para nosotros, que ellos sólo vigilan que la cumplamos, que ellos no la cumplen ni se someten a ella, sólo la tienen en cuenta en tanto no haya una razón para quebrantarla. Algo que pasa cuando se piensa que la sociedad es un cortijo, las empresas también, las instituciones…  Y un cortijo ya sabemos lo que es. Algo que pasa cuando se adopta ese aire de suficiencia, de superioridad, de estar por encima de las penalidadesy las servidumbres, incluso de la razón…No hace falta tener razón. Sabemos (eso también lo sabemos) que no importa llevar razón, que lo que importa es lo que diga la justicia, y ya hemos visto qué hace la justicia en según qué casos… Esto está pensado para que determinadas personas hagan lo que quieran hacer, personas que de hecho hacen lo que quieren, porque la victima pequeña se tropieza con la fuerza del grande, luego con la ley del grande, y finalmente con los falsos principios ex profeso del grande, de tal forma que sólo recorriendo un itinerario judicial imposible o alineándose los astros podemos llegar a la verdad, a una posibilidad de justicia.

Esto seguramente se cambie con leyes, pero la solución no es una ley sino un pensamiento, una voluntad.



LA MANADA DE SAN FERMÍN
                             EL LIBRO DE LOS CAMBIOS (Capítulo 4)

1- Hablar del caso judicial de “La Manada”, esto es, de la supuesta violación grupal de una chica en las fiestas de San Fermín 2016, es necesariamente hablar de la sentencia primera, es decir, de la sentencia y del voto particular habida en ella del magistrado Ricardo Javier González.
Esto es justamente lo que voy a hacer, hablar del caso de la Manada, pero sólo al hilo de otro discurso, de otros aspectos al margen, de algunos elementos que no se han significado durante la causa y de otros que, aunque sí, necesitan matiz o, por decirlo mejor, ser expresados con otro lenguaje.
Los aspectos al margen se podrían haber abordado a renglón seguido del tema judicial desarrollado en el trabajo anterior, para conectar con el fenómeno social del feminismo, por ser el feminismo quien ha hecho de este caso un caso particular, su estandarte, que ha obligado a posicionarse a gran parte de la ciudadanía…, a los políticos, a los medios, a los jueces. Cuando digo ‘a posicionarse’ digo ‘a creer’ (“yo sí te creo”) o ‘a no creer’ (“yo no te creo”) a la presunta víctima, y a hacer de esta creencia el fundamento del Derecho o el de nuestro discernimiento.
En Derecho no importa lo que creamos tenemos que demostrarlo. Podemos incluso “saberlo” y no ser suficiente, como ocurre en tantos y tantos casos de homicidio en los que, a falta de la prueba del delito (el cadáver), la justicia archiva, por cuanto sin esa prueba no hay caso por haber otra posibilidad de las cosas (desaparición, por ejemplo) que aunque remota e inaceptable desde nuestra convicción, está ahí. Así han sido los casos que sabemos en los que esperaron para poder encajar todas las piezas, a tenerlas todas, casos como el del “Chicle” en el que a pesar de la convicción de la policía, si él no aporta esa última pieza, si no se autoinculpa y lleva hasta la ubicación de la víctima más que probablemente estaría en la calle, a pesar de todos los otros elementos inculpadores.
Si bien es cierto que en Derecho, y algunas veces en la vida, no importa lo que creamos, también es cierto que sí importa cómo creamos. Naturalmente, algo que está basado en el testimonio tenemos que creerlo o no creerlo, pero siempre hay algo más además del testimonio que nos auxilia, que puede hacer de nuestra creencia algo más que un acto de fe, que es en lo que se convierte cuando, tratando de explicar en qué se sustenta, encontramos sólo otra creencia, un deseo, o un dolor reconocible que busca reparación.
En consecuencia, hay dos formas de creer o no creer, una que busca y encuentra ese algo más, que es algo racional, y otra que no. “Yo sí te creo” no es racional, es emocional, es una declaración de fidelidad en aras de la reparación, del apoyo incondicional.
A pesar de esto, de esta forma de creencia y este apoyo incondicional, a mí no me cabe duda de que quien defiende a la chica creyéndola de verdad víctima está intentando defender o elevar la dignidad humana. Eso lo entendemos todos. De la misma manera, quien pueda defender a los integrantes de la Manada creyéndolos de verdad inocentes está intentando defender o elevar algún aspecto de esa dignidad. Esta última cuestión al parecer no la entiende casi nadie, aunque baste imaginar a un hijo y una hija en edad, y a cada uno de ellos en esa situación (como víctimas), para entender y establecer esa equidistancia o simetría. Si a pesar del ejemplo alguien no encuentra esa equidistancia, en fin, que sepa que el problema no es del ejemplo ni de lo que se ejemplifica, que es otro.
Lo que tampoco parece entender casi nadie, y sin embargo hay que tener claro (redundando, además, en lo anterior), es que, de forma análoga, defendiendo una cosa u otra de forma equivocada, se puede estar defendiendo en realidad la perversión o la vileza, y con ello participando en la materialización de algo innoble porque tan innoble es defender a alguien que haciéndose pasar por víctima es capaz de enviar a la cárcel durante catorce años a cinco personas (es decir, no víctima  en este caso sino delincuente y mala persona) como defender a cinco violadores.
Lo que digo es que no podemos subsumir nuestro juicio a la repulsa del acto en primer orden (la supuesta violación) sin tener en consideración que el mismo puede tener como consecuencias otra violación, en este caso la de la integridad moral y personal que supone acusar y condenar a personas que no han hecho los actos que se les imputan.
Lo que digo, por tanto, es que no estamos juzgando una posible acción (y su secuela) sino dos acciones, y que aunque he personificado la equidistancia de los actos en dos seres (hijos) aprovechando la que ya tienen de por sí respecto de un padre o una madre, en realidad ya alcanzan por sí mismos esa equidistancia si los caracterizamos convenientemente.
Lo que digo, también, es que no es de recibo utilizar la repulsa al acto en abstracto para valorar el caso, pretendiendo asociar subrepticia y erróneamente el tamaño de esa repulsa con nuestra altura moral, porque, siendo las consecuencias del mismo orden que la acción, ninguna elección tiene más altura moral que la otra, ni más compromiso social, y si para alguien lo tiene, por gusto, preferencia, empatía, por cuestiones gregarias… En fin, será cuestión suya.
A partir de ahí cada uno puede sacar sus conclusiones y extender por simple dispersión estadística todas las posibilidades de elección, o adscribirse a ésas que están desarrolladas e incluso abaladas jurídicamente por una sentencia. Lo llamativo sobre un caso sería que no se produjera esta dispersión de elección o juicio en el universo estadístico, que es justamente lo que ha ocurrido curiosamente en éste de la Manada, en el que todos los estamentos sociales se han posicionado, han “creído”, y lo han hecho prácticamente del mismo modo.
Es decir, lo llamativo es que no se haya realizado este mínimo ejercicio de asepsia que he realizado, que es de limpieza de pensamiento, en ninguno de los citados estamentos, lo que es, sin duda, para análisis:
A-Me parece que ni uno sólo de los políticos ha dicho algo diferente de lo que se esperaba. Ya es raro (o no). No tocaba, no tocaba moverse en la foto. Como tantas veces, sobre todo en política, no se quiere la verdad, se busca un resultado. Ellos saben mejor que nadie cuando decir algo contrario a la opinión furibunda de la calle (de esa parte de la calle que se pone furibunda) no les va a reportar nada bueno, de modo que se guardan esas opiniones contrarias o dicen aquello tan socorrido de “dejemos que actúe la justicia” o, lo que es peor, se alinean con las tesis más populistas, plenas de demagogia u oportunismo, y de maniqueísmo interesado. Luchar contra el pensamiento único es un acto casi suicida.
Es decir, todos están de acuerdo en opinar, en sentenciar de forma sumarísima, y en hacerlo de forma condenatoria para la Manada. Todos sopesan las ventajas y las desventajas, y, sin tener por qué opinar, opinan, aun siendo legos, conformando una especie de linchamiento institucional, que es en lo que se convierte incluso la verdad cuando se aplica sobre nombres con caras, y se repite insistentemente, convirtiendo la libertad de expresión en difamación.
Ellos que no se muestran con rotundidad nada más que en lo que le interesa (siendo para lo demás sibilinos) se muestran con rotundidad en un caso en el que ni los jueces se han podido expresar con rotundidad (a través de su sentencia), y se muestran con rotundidad como lo hace la calle, y no con la modificación de las leyes que es como lo hacen los políticos, o mediante la introduciendo de elementos inteligentes al debate, esto es, poniendo de relieve la controversia que subyace, y que no terminamos de resolver.
Como sabemos, hasta el ministro de justicia de turno lanzó infundios contra el magistrado disidente, pero no sólo él, y no sólo eso, otros dicen aquello de “es una vergüenza que la justicia no actúe…”, y claro que lo es, y más vergüenza es que actúe por ese tipo de clamores. Lo primero puede dejar libre a un culpable, lo segundo puede hacer culpable a quien no lo era. Ya lo dije. Simplemente me parece vergonzoso.
Es vergonzoso, escandaloso, porque si una coge la sentencia enseguida se da cuenta de que el juez disidente no sólo hace un alegato en lo referente a la causa sino que hace una crítica a través del mismo, una denuncia de la poca altura jurídica encontrada en la sentencia mayoritaria, y se previene de ella a lo largo de todo su relato. Cuando un juez hace unas consideraciones previas en el fundamento del derecho se está dirigiendo a las partes, al objeto de contextualizar sus alegaciones o reprobaciones a dichas partes. En este caso la sentencia mayoritaria es una parte más, y las consideraciones previas van dirigidas principalmente a ella.
Las críticas fáciles criticaban que siendo un voto particular tuviera casi el doble de extensión que la sentencia mayoritaria como si eso fuera síntoma de algún tipo de empecinamiento insano cuando lo cierto es que la mitad de su relato lo ocupa en lo que acabo de citar (30 páginas), y la otra en ejemplificarlo, en ordenar de forma escrupulosa los sucesos y en poner punto por punto “las cosas en su sitio”, es decir, todas las cuestiones que la sentencia mayoritaria obvia, olvida o tergiversa. Dicho de otra forma, denuncia todas las cuestiones que desde su punto de vista razonado jurídicamente no se ajustan a derecho, que es tanto como decir todas las expresiones jurídicas de la sentencia mayoritaria que, tanto si están razonadas como si no, no lo hacen. En consecuencia está realizando una arriesgada denuncia de sus compañeros y, por ende, del sistema jurídico, que en ningún modo un político debería pasar por alto, mucho menos criticar a no ser que, como dije, realmente esto no le interese, le interese otras cosas, otros resultados.
B-El colectivo feminista por su parte no quiere la verdad de ese suceso, quiere, a través de él, la solución, el ajuste de los 1000 casos anuales de violación. Es decir, no le importa averiguar cómo de culpables son, para dictaminar, tan sólo entienden que al margen de los hechos (de las penetraciones) el comportamiento obedece a una conducta machista que quieren erradicar, sobre la que quieren dar un escarmiento… Un castigo ejemplar sobre el caso indistintamente de que este caso sea “el caso”.
Tal vez, también, como compensación a todas aquellas chicas a las que se les pidió demostrar la verdad o la verosimilitud de los hechos, a ésta se la pretender liberar de esto o de la exigencia de que dichos hechos sean congruentes.
Por esto estaban allí manifestándose sobre una sentencia que no había salido y declarándola inaceptable, al margen de sus términos, si no recogía la pena máxima.
El colectivo feminista no quiere la verdad de ese suceso, quiere, a través de él el auge y la normalización de una determinada subcultura sexista que ha pasado de la caza del violador a la caza del fornicador sin solución de continuidad, y de ahí a la del hombre blanco hetero, tal cual, como se desprende de algunas de sus actuaciones y de algunas de sus manifestaciones, o lo que es lo mismo, a un diseño social al margen de ese hombre blanco y hetero, y de todo lo que lo representa (que ya desarrollaré). Por esto estaba allí manifestándose también.
El feminismo ha hecho un envido a la grande (de ahí el apoyo incondicional al “yo sí te creo”), asociando su causa con ésta, su vulnerabilidad-indefensión general con la vulnerabilidad-indefensión de la mujer violada, siendo ésta la conexión la que ha quedado establecida de forma más o menos clara, más o menos subliminal pero requerida en los posicionamientos de todos los que por propia iniciativa u obligados se han tenido que posicionar, que quedaría refrendada con la aceptación o demostración de una de los elementos de esa conexión, de esa falsa tautología: la persona violada es indefensa/la persona violada es mujer/ luego la mujer es indefensa.
C- No obstante, entre todos los juicios sumarísimos el que me escandaliza es el realizado por los medios, incluso antes de saber una palabra del tema, antes de leer la sentencia, antes de poder calibrar la repercusiones. Y que aún siguen haciendo, permitiéndose los informadores juicios de valor, como si estuviera abierta la veda, y correlacionando una determinada opinión con la altura moral, social o incluso humana de quien la expresa. Particularmente vergonzosas las manifestaciones del aspirante a profesional que preguntaba al abogado defensor Agustín Martínez, y a renglón seguido, sin dejarle expresar, decía “aunque ya sé lo que me vas a decir”, y otras lindezas, dejando sobre patente un posicionamiento que nadie le pide y realizando un cuestionamiento moral, no intelectual, del caso. En tanto que otros se alinean con una sonrisa de satisfacción, como diciendo “yo soy también de ésos”, de ésos con conciencia pre-clara, diferenciándose de unos “otros” casi inexistentes, es decir, con un pronunciamiento innecesario porque el pronunciamiento contrario está hecho de silencio, cerrando filas frente a un hipotético e inexistente rival dialéctico.
Se ha tratado, diría conseguido, expresar o concentrar toda la repulsa hacia la violación, como concepto, en este caso, como si fuera asimilable, convirtiendo todo en un circo romano. La chusma baja el pulgar y ya está, a tomar por el culo.
Resulta que los medios, que analizan las escuchas de Villarejo hasta lo indecible, los papeles de Bárcenas hasta aburrir, el master de Cifuentes hasta la saciedad (y bien que está todo ello), controlando tiempos y movimientos para poner al descubierto las inconsistencias de su relato, y todo lo demás casos habidos y por haber, tienen la posibilidad de analizar cómo de fundamentadas están la sentencia y el voto particular, y no dicen media palabra. Aquí no tienen que indagar una verdad, aquí se la está sirviendo un juez en bandeja, y sin embargo no sacan ni un titular. Es decir, no tienen el más mínimo interés, la vocación natural de contrastar punto por punto lo que dice una sentencia de la otra. No digo una opinión suelta, digo un análisis como el que he citado al principio o una ponencia como ésta. No les interesa por qué dice el juez lo que dice, simplemente, molesta lo que dice. Les interesa el resultado (la sentencia), y el resultado ha resultado ser el que les interesa. Si hubiera sido otro, ya veríamos. También ha resultado ser el que interesa para quienes afirman que los medios están al servicio del Capital y de determinadas ideas. Aquí no se cuestiona, No se cuestiona cuando las ideas coinciden con las propias ideas.
Es tal la presión que ni siquiera los medios de derechas (tradicionalmente antifeministas) han encontrado el prurito, una razón para analizar, se han sentido acomplejados, involucrados en el discurso, esto es, incapaces de establecer el verdadero debate o darle el punto adecuado, por cuanto el debate lo han iniciado y amplificado otros, y con una finalidad. Alguien ha hecho las preguntas-trampa del tipo “¿Entonces tú estás de acuerdo en que cinco violadores estén en la calle?, y se la han tragado. Es decir, el feminismo ha asociado la iniquidad de una violación con esta supuesta violación, lo general con lo particular, y casi nadie ha sabido diferenciarlo, sacudirse el polvo de esa intencionada perversión semántica, ningún medio ha querido soportar no ya la crítica sino el trabajo que implica desmontar una afirmación y hacer frente a los cuestionamientos morales de los que se sintieran contrariados.
A duras penas algunas personas han podido levantar la voz para dar unas pinceladas en medio de tanto ruido. Sólo algunas han podido poner tímidamente objeciones…, principalmente mujeres (hay que decirlo) porque son las únicas que lo pueden hacer sin ser tachadas de pro-violadores o misóginas. Los hombres-periodistas que lo han hecho han sido o son declarados de este modo, algunos de ellos sin tener oportunidad de pronunciarse en condiciones en los medios importantes, como ha sido el caso del director de La Tribuna de Cartagena, Josele Sánchez, que ha liderado la disidencia y encabezado la contra-información, a riesgo de su integridad, poniendo sobre la mesa lo descabellado del asunto, las manipulaciones y las inconsistencias; las mismas que trataré de desarrollar, ampliar y desmenuzar aquí, para así poder contemplar el caso en una sola mirada, en toda su extensión y en todas sus vertientes, esto es, con los argumentos necesarios para decir lo que se quiere decir y no otros pillados a vuelo pluma y mal formulados que sólo sirven para alimentar ese pensamiento único.
Argumentos mal formulados como los expresados e incluso reiterados por Arcadi Espada, quien, a pesar de tener la oportunidad de explicarse, y a pesar de todo el dominio del lenguaje y de las ideas que se le presume, no entiende que hay que destacar las incoherencias y la asimetría, y no expresar nuevas incoherencias o cambiar una asimetría por otra (la suya), como ha hecho respecto a la cuestión de los videos. Y todo ello por no darse cuenta a efectos prácticos (y lo debería hacer sobradamente por los resultados) que el argumento de la “normalidad” pasa por encima del discurso nihilista sin despeinarse, que incluso le viene bien. La cuestión (a expensas de ser desarrollada convenientemente) no es “sacar videos de la víctima como se han sacado de los agresores”, la cuestión es cuestionar que sea víctima y, en consecuencia, cuestionar por qué se han sacado los de los supuestos agresores, y argumentar que lo mismo que se han sacado de forma indebida e intencionada los videos de los presuntos agresores para hacerlos parecer más agresores estamos en el derecho de conocer los videos de la presunta víctima para demostrar o poner de relieve que no lo es, y, en consecuencia, para quitarle un blindaje que no merece y que perjudica a terceros, tal como sostiene el director de La Tribuna, amenazando, por ello, con difundirlos. Parece lo mismo que lo primero, pero no lo es. Seguramente todavía se pueda decir mejor.
Más allá de esos efectos prácticos, la cuestión es comprender que cuando se intenta desmontar una mentira que está sustentada por todo un sistema –que todos sin entrar en detalle podríamos asumir– sólo sirve ser minuciosos y exactos. Porque esto va de esto, de hacer frente a toda una manipulación y un engaño que trasciende a la violación. La manipulación y el engaño están en hacer pensar que estamos tratando una violación o las violaciones, y no es cierto. Estamos tratando el caso, sólo este caso. Nada que decir, por tanto, de la aún más reciente violación múltiple de Alicante, que a buen seguro no va a necesitar que nadie la apuntale (como en tantas otras) para llevarla al término que le corresponda, que más que probablemente será –por serlo en el 99% de los casos– el que postula la denunciante: no estamos cuestionando las violaciones, estamos cuestionando una violación más que dudosa sobre la que determinados sectores quieren sacar rédito –hacer una determinada lectura–, y con la que se quiere implantar un pensamiento que propicie una cierta perspectiva social, transformaciones y, si llega el caso, cambio de paradigma.
Un caso dudoso, frente a ese 99% de fácil lectura, que obliga a ponerse de rodillas a determinadas instancias, a doblegarse, a no dictaminar sobre lo evidente (sobre lo evidente no tiene mérito) sino sobre lo no evidente o sobre algo en lo que se ponga de manifiesto el plus de presión social y mediática. Ése es el logro.
D-Ya ha habido diferentes casos de supuesta violación múltiple en los que finalmente se ha descubierto el engaño. En éste se han puesto tantas esperanzas por parte de casi todos los estamentos, ha habido una posicionamiento tan rotundo que si por manos de la providencia (o del demonio) la chica tuviera ahora la tentación de desdecirse, de seguro que alguien la frenaría para evitar el bochorno colectivo.
En realidad, para evitar ese bochorno una vez más: el reciente falso caso del camerino, resulto que la chica ya había puesto cinco denuncias falsas con anterioridad; el falso caso de la feria de Málaga tuvo un modo operandi similar al de San Fermín por cuanto se encontraron unas grabaciones (un vídeo y una foto) en las que no se apreciaba violencia de los cinco supuestos violadores (también cinco) sino todo lo contrario, y en el que la chica admitió ante la magistrada que todo había sucedido por el temor de que las imágenes del vídeo se hicieran públicas. Un caso en el que por cierto el feminismo salió a la calle para amplificarlo a través de los medios, aunque luego tuviera que recoger velas.
¿De verdad están todos tan seguros de que lo ocurrido es lo que se ha sentenciado y no esto que acabo de relatar? ¿O es sólo que lo quieren creer? A mí no me convence. A mí que me enseñaron eso de que “de lo que oigas no te creas la mitad, y de lo que veas ni la cuarta parte”, a no ser que lo que veas no se pueda sostener de otro modo. No me convence. La mitad y la cuarta parte es lo que hay que creerse cuando las cosas a la vista y a los oídos se presentan como ciertas, cuando no ocurre, como es el caso… Más aún si interviene el “miedo a” o el interés como motor del comportamiento.
La cuestión no es creer o no creer, la cuestión es que acusar, mantener la “creencia” sin la suficiente acreditación, puede llevar a gente inocente a la cárcel, lo que, como dije, es innoble, mezquino…, además de ser ventajista dado que existe una asimetría conceptual entre las partes, que además tiene su correlación legal en tanto en cuanto una denuncia falsa exitosa puede suponer 14 años de privación de libertad (más indemnizaciones) frente a la apertura de un expediente administrativo o irrelevancia procesal del caso contrario, como consecuencia más que probablemente de que la misma sólo se puede consignar en grado de tentativa (dado que una falsa denuncia que prospere es idéntica a una verdadera o tomada como tal), lo que la hace parecer más inocua.
Es decir, mientras que la denuncia falsa que no prospera lleva a los dos actores a una situación procesal prácticamente idéntica a la que tenían antes de ella, la que sí prospera (que es tomada como denuncia verdadera) lleva a cada uno de ellos a una situación muy diferente. Ésa es la asimetría. La asimetría está en que se toma en consideración el daño real de ambos casos (la violación sexual frente a la acusación falsa) y no el daño pretendido (la violación sexual frente a la violación personal). La asimetría está en que mientras que podemos distinguir entre violación sexual y el intento de violación, y ambos son punibles, no podemos distinguir lo propio para la violación personal, sólo podemos advertir el intento y además sale a precio de saldo.
Parece evidente que esto no debería ser así, y que lo mismo que la violación y los intentos de violación no salen ni deben salir gratis, los intentos de fastidiarle la vida al prójimo (toda ella, no sólo los 14 años), tampoco, y que, en consecuencia, lo mismo que se antoja justo que el autor de una agresión sexual pase 14 años o más en la cárcel, parece igualmente justo que pase un tiempo equivalente quien pretenda hacer pasar a otro injustamente 14 años en la cárcel, pudiendo entender, a efectos de su tipificación, que se está manipulando y perpetrando un secuestro (privación de libertad) a cargo del Estado, dado que además todo el encausamiento está sustentado en su testimonio, al que se le da una legitimidad superior: el valor testimonial de una autoridad. ¿A cómo se paga esto? ¿No parece lógico que el perjurio testimonial de una “autoridad” tenga un plus punitivo?
Existen comportamientos o hábitos sociales que obedecen al mismo patrón asimétrico y que lo resuelven finalmente. Cuando decimos por ejemplo que un conductor ha atropellado a un peatón, pensamos que el estado del conductor es culpable o no culpable, sin reparar en que además puede ser “la víctima” de la imprudencia del peatón. Aun sabiéndolo nos cuesta aceptarlo y tendemos a relativizar la culpa de la parte más vulnerable (el peatón) o asociar esa vulnerabilidad con la no culpabilidad, y, en consecuencia, a no grabar la consecuencias de su imprudencia (posibles lesiones) con otras cargas (indemnizaciones), de tal modo que en caso muy excepcionales se abre una causa contra el peatón (causante).
Si el peatón ha dañado un faro del coche lo asume el conductor (o su seguro), si ha abollado el vehículo con la colisión, posiblemente también, pero si como consecuencia del viraje provocado se atropella a tres personas (o al propio causante) y fallecen, la cosa cambia. En ese caso tendremos que ir al detalle. En este caso no hay vulnerables o no vulnerables, hay una ley, y hay culpables.
En el caso que nos ocupa, los hombres podemos asumir y asumimos de hecho la vulnerabilidad de la mujer, y damos por buenas algunas asimetrías que se producen en sociedad consecuencia de esta asunción, pero claro, una cosa es esto y otra muy distinta que ese trato preferente (pese a lo que se crea) se convierta en una barra libre, es decir, que todo lo que a la postre pueda terminar en conflicto se resuelva anteponiendo la vulnerabilidad, privacidad, etc., etc., a la verdad, estableciendo alguna suerte de impunidad y desequilibrio manifiesto, tal como ocurre en lo que nos ocupa.

2- Antes de entrar en el fondo del asunto (los hechos del caso, que quedarán para una segunda parte), y puesto que el contexto es judicial, hay que decir algo al respecto. Esto es, al respecto del ámbito judicial, del análisis de los hechos realizado en el mismo y, de forma más específica, de la en general deficiente autoridad de las sentencias jurídicas  (que ya postulamos en el trabajo anterior*).
*De hecho, esta parte del asunto de La Manada se puede tomar como un apéndice de ese trabajo anterior, como una ejemplificación de lo que allí se quería decir.
Hay que decirlo por ser a la postre uno más de los actores sociales que se han posicionado, que han “creído” de una determinada manera, el principal de ellos (por esto lo separo del resto). Hay que decirlo por ser, además, el que nos nutre de toda la información, el que realiza la primera interpretación y el que por ello se constituye en protagonista, en parte fundamental y cuestionable.
Las opiniones, incluso las que se expresan mediante una sentencia son opiniones, y lo son, antes, durante y después de establecer una sentencia firme, que no es sino otra opinión más, más o menos fundamentada, la que vale, pero una más. Una sentencia no es dogma de Fe. Tenemos que obedecerlas no creérnoslas necesariamente. Un juez además puede decir una cosa y otro la contraria (como ha sido el caso), o incluso decir, hacer o pretender barbaridades.
Esto viene al hilo también de tantos comentaristas asimilados por el sistema, que dicen, sobre personas públicas en casos públicos, que “no podemos decir nada de éste o aquél, porque no ha sido juzgado”. Y no es cierto, sí podemos decir. Algunas veces nuestro sentido es inferior al de la Justicia porque no tenemos todos los datos o la capacidad de detalle (para eso están o existen los tribunales), pero otras muchas veces es superior porque un determinado hecho, que la justicia desconsidera como prueba (no puede o no quiere admitirla), es decisivo sin embargo para el sentido común (del que hablaré). ¿Qué otra cosa se puede decir con tantos casos de corrupción que a duras penas se han abierto camino, y de tantas actuaciones cuasi-delictivas que han tenido el respaldo institucional sistemático? No es extraño, por tanto, lo que digo.
De todo ello se infiere que no tengo una gran confianza en la Justicia y sus jueces, esto es, en su capacidad de presentarse con los ojos vendados, ajena a las miradas y las presiones. Pero siendo esto cierto, también lo es que tengo más fe en una justicia en la que uno de los jueces discrepa de sus compañeros mediante un voto particular que en otra que no, porque da garantías, porque da una oportunidad a quien de otra forma no la tendría, porque expresa algo diferente, rompiendo además la unanimidad del criterio (no olvidemos que sobre tres jueces un voto discrepante es un voto de diferencia, es decir, como si hubiera un solo juez, con 3: 2-1=1).
A decir verdad, los jueces deberían hacer su voto particular siempre, por una cuestión elemental, la de que las defensas buenas la hacen los abogados caros, de modo que un voto particular de un juez puede ser la única voz con criterio que encuentre un enjuiciado o un denunciante, incluso la única voz legitimada para decir públicamente que un tal abogado u otro juez no ha hecho bien su trabajo, tal como postulamos que ha ocurrido para el caso que estamos tratando, y desarrollaremos.
Tengo más fe en una justicia en la que se discrepe de la voz mayoritaria (sentencia)  porque mediante la discrepancia se expondrá un punto de vista que puede ser una de dos cosas, o una sandez fácilmente contra-argumentable (no hay por qué preocuparse) o un argumento serio (y si es serio, es serio), que tendrán que recoger otras instancias, si verdaderamente quieren hacer justicia (cosa que tendrán más fácil por cuanto no es lo mismo adherirse a algo que plantearlo inicialmente).
En España hay unos 1000 casos de violación al año. Es más que probable que en muchos de ellos no se llegue a la sentencia apetecible o justa. Seguramente en algunos de ellos por una deficiente legislación, en otros por un deficiente juez, y en otros por un deficiente elemento probatorio. Respecto a la primera circunstancia se podrá y se tendrá que hacer las mejoras pertinentes (ésa es la funcionalidad política reclamada en el punto anterior). Lo segundo, que suele ir acompañado de lo último como circunstancia, se presta a todo, tal como desarrollé en el trabajo anterior mediante toda suerte de argumentos y un símil futbolístico: cuando la falta está sobre la línea del área, cabe todo, un árbitro dice penalti y otro no; que pone de manifiesto un comportamiento inaceptable del sistema jurídico. Es decir, es inaceptable que la verdad de las cosas sea tan elástica, y sea tan aleatorio o indeterminado obtener un dictamen justo. Es inaceptable que en el caso que nos ocupa haya dos sentencias tan dispares.
La cuestión capital está en saber o poder discernir cuando alguien disiente o eleva su criterio desde la honestidad personal o la profesionalidad y cuando lo hace por una cuestión de oportunidad, de afinidad o de ignorancia, esto es, diferenciar cuando se está eligiendo de forma interesada o no suficientemente diestra, dado que nos movemos o podemos mover en el campo de la percepción. Diferenciar y corregir.
La cuestión capital es establecer unos criterios que ayuden a discernir a la hora de sentenciar, y que hagan de esa sentencia algo fiscalizable, y establecer un órgano regulador que lo aplique (más allá del CGPJ), es decir, que dictamine cómo de objetiva es la percepción del juez.
La cuestión es establecer un patrón de decisión en los preliminares de la causa para su instrucción (supresión de prejuicios) así como una jerarquización de los hechos circunstanciales, una vez que no existen pruebas de cargo, para que hechos circunstanciales de menor entidad no anulen a los de mayor entidad, o que los efectos parezcan y aparezcan como causas de las verdaderas causas. Siendo éste, además, un modo de proceder que cuesta dinero al usuario por cuanto el quebranto de dicha jerarquización nos hace alargar los procesos y encarecerlos, además de apartarnos de la verdad jurídica.
La conversación o debate de ideas que se puede establecer entre una persona que se rige por un esquema, y otra que no, es un una conversación de besugos, aunque las dos sean jueces. En consecuencia, las sentencias que pueden llevar a efecto cada una de ellas, muy distintas, no sólo en el resultado sino en la forma de alcanzarlo. Hablé del sentido común, la jerarquización de los hechos circunstanciales es nuestro sentido común, la forma de que no sea el nuestro propiamente dicho (que puede ser diverso y maleable) sino uno estructurado desde la asepsia jurídica.

A- Todo esto que estoy diciendo, este espíritu, esta exigencia, es lo que uno encuentra, expresado mediante las leyes que lo abalan, en la sentencia del juez discordante, que trata de marcar la distancia entre lo que promulgan esas leyes y lo que se ha hecho en la sentencia mayoritaria o lo que han hecho cada uno de los actores que han participado en el caso, estableciendo la distancia, a su vez,  entre una forma de entender la justicia, rigurosa, y esa otra que se acomoda, de tal modo que cita, por ejemplo, la ley sobre “los juicios morales” y se refiere a las actuaciones particulares en el contexto de la misma, indicando quién y cómo no ha estado a la altura de la ley, en un ejercicio de limpieza profesional que ya me gustaría ver más a menudo.
No voy a transcribir todas las citas al respecto de estas deficiencias formales (lo formal como esencia de la jurisprudencia), sólo sí aquéllas en las que el Magistrado trata de llevar a su debido punto el valor testifical de la presunta víctima en el entorno que estamos tratando, definido, por ejemplo, por la STS núm. 263/2017, de 7 de abril.
En tal clase de supuestos, de relaciones producidas entre dos personas en un contexto íntimo, existe cierta tendencia a postular para la declaración de la que aparece procesalmente como víctima un plus de credibilidad. Es decir, la aplicación de un estándar de prueba menos exigente. Pero esto es algo que no puede admitirse. El derecho a la presunción de inocencia es de carácter absoluto: cualquiera que sea la imputación, debe estar bien acreditada en todos sus elementos centrales, para que pueda dar lugar a una sentencia condenatoria. […]
Pues el sistema punitivo conoce una sola forma de dar respuesta constitucionalmente válida a los actos penalmente relevantes: la fundada en el respeto de la presunción de inocencia como regla de juicio. Y ésta exige que cualquier condena tenga como soporte una convicción de culpabilidad más allá de toda duda razonable, racionalmente formada, y argumentada de manera convincente a partir de datos probatorios bien adquiridos.

Yo dije que la cuestión estaba en establecer unos criterios regulados jerárquicamente, pero no sólo establecer, sino respetar los existentes y en primer orden el de mayor jerarquía que es éste de la presunción de inocencia. Lo que sucede (los hechos) se aparta tanto de esta exigencia que el Juez disidente no tienen por menos que desgranarlo punto por punto como un rosario de barbaridades o de elementos que no pasan una prueba mínima de stress, que no voy a detallar dado que ya están sobradamente tratados en la red.
A pesar de todo hay algo que no está suficientemente destacado o puesto de relieve entre todo ese conjunto de discrepancias, y es lo que sigue. Un voto particular puede servir de debate y asimilarse por la lectura discrepante de un hecho o de dos, pero no por la lectura de infinidad de cuestiones que, además, atacan la esencia del principio de inocencia citado. Quiero decir que, al margen de ese rosario de elementos, el hecho de que un juez mediante el voto particular dude de la preservación del principio de inocencia debería haber dado lugar a la suspensión cautelar del juicio o declararlo nulo, así como el hecho (que va en la misma línea de razonamiento) de que ni siquiera partan de los mismos hechos probados. Y todo ello para, de acuerdo con la STS, darle ese carácter absoluto al principio de inocencia no sólo en esos elementos centrales sino en la interpretación de esos hechos centrales y su aceptación como tales. Con esto, cuando hay un juez debe ser el juez el que haga de fedatario de ese principio, pero cuando hay tres deben ser los tres, y una mayoría colegiada: los principios no admiten de mayorías escuetas. Pensemos, además, que si hubiese un jurado popular a éste habría que darle unos hechos probados, y no dos listas diferentes de hechos, lo que hace esta circunstancia del todo inadmisible. Tan inadmisible, por cierto, como que los hechos probados por la sentencia mayoritaria traten de cuestiones irrelevantes que no aportan nada al esclarecimiento y que dejan, en efecto, todo el peso de la sentencia en el testimonio, o tan inadmisible como que los pocos hechos relevantes y decisorios no se investiguen hasta las últimas consecuencias para no dejar todo el peso en dicho testimonio.
El Derecho no resta la posibilidad a la presunta víctima de declararse víctima a pesar de no tener la prueba de cargo (como en lo referido arriba) pero, dado que no la tiene, y fía lo sucedido a su declaración (en cierto sentido para estos supuestos vamos a “creer” o “no creer”), sí pide que la misma sea consistente, redonda, sin fisuras, y que aunque sea testimonial no quepan otra posibilidad en lo ocurrido, otra interpretación. Si hay otra posibilidad (la expuesta por los acusados) y nos decantamos por la de la denunciante estamos quebrantando la presunción de inocencia, es decir, dándole más peso a un testimonio que a otro sin que el primero alcance la categoría de incuestionable (como ha sido el caso). Además de todo lo dicho que justifica esta necesidad jurídica existe otra añadida que por sí sola es suficiente para justificar esta forma cautelosa de entender el testimonio de la presunta víctima y que radica en su posible condición de parte en el caso, esto es, de parte interesada, que puede hacer del testimonio una simple artimaña incontrastable.
Para ejemplificar todo esto podemos acordarnos de un suceso que ha estado en los medios y modificarlo para lo que se pretende. Estoy hablando de la chica que empuja a su amiga desde lo alto de un puente. Imaginemos que en vez de estar acompañadas están solas las dos amigas y sucede lo que sucedió, y luego denuncia a la amiga por haberla empujado. En este supuesto, dado que están solas, dado que la chica reconoce que cruzó la barandilla para tantear el salto, no importa lo que pensemos, lo que creamos o lo que “sepamos” porque todo, salvo el supuesto empujón, que estaría por demostrar, es congruente con un acto derivado de su propia iniciativa o con un resbalón. En consecuencia sólo hay dos testimonios, y a no ser que haya algún elemento adicional que invalide al de la amiga, por ejemplo un arañazo hecho en el momento de empujarla (que se podría también asociar al intento de evitar la caída) se tendría que dar por tan bueno a uno como al otro, y, siendo los dos iguales, tomar el de la amiga que está amparada por la presunción de inocencia. Vemos, sabiendo la realidad, que declarando inocente a la amiga nos estamos equivocando. Lo sabemos. Lo sabe la justicia que lo asume y lo prefiere así precisamente para no caer en lo contrario, porque no sabiéndolo de verdad también podría hacer ocurrido que se resbalara, o que la amiga le tocara el hombro y se asustara, o que saldara alguna cuenta pendiente mediante esa imputación.
En el caso de la Manada se está haciendo lo contrario, además sin pestañear. Es decir, precisamente todo lo manifestado por los integrantes de la Manada es coherente o se puede constatar con las cámaras en tanto que lo que dice la chica o no se corresponde con las cámaras o es confuso y difícilmente creíble. En este caso de la Manada existe algo más que una duda razonable respecto a la culpabilidad dado que los elementos inculpadores son prácticamente inexistentes y congruentes con otra interpretación de las cosas, habiendo sólo un elemento decisivo para fijar la responsabilidad que es la libre o no libre elección del acto, que además sólo se puede dilucidar con el testimonio de los afectados (siendo incluso el de la presunta víctima carente del mínimo aplomo). Lo normal es que el resto de los hechos den por bueno uno u otro testimonio respecto al elemento decisivo, y no al revés, es decir, que demos por bueno el elemento decisivo por el testimonio (difuso) de la presunta víctima y luego adaptemos los hechos a nuestra convicción, tal como sostiene el juez disidente que ha ocurrido y pasamos a presentar:
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Si leemos las sentencias del caso (léase sentencia y voto particular) se llega rápidamente a la conclusión de que una de ellas, la sentencia mayoritaria, está repleta de descripciones que no llevan a nada, es decir, que no concluyen en nada para sostener la culpabilidad, que las actuaciones que se describen se mueven en la ambigüedad respecto a la finalidad. Así por ejemplo se dice:
En cuanto a los sonidos, agudos y cortos, similares a gemidos o quejidos que se escuchan en el intervalo comprendido entre los segundos 00:02 a 00:07, no pueden identificarse con la experimentación de placer sexual por la denunciante, esto sonidos igualmente puede expresar dolor o pena y no apreciamos ningún signo que nos permita valorar, bienestar, sosiego, comodidad, goce o disfrute en la situación.
En efecto. No se llega a nada determinante mediante el relato porque no se puede llegar, porque lo que se aporta (los gemidos) pueden ser verdaderamente indistinguibles sobre todo en una mujer entre los del placer, y los del dolor. En los mismos términos inconcluyentes se expresa, por ejemplo, respecto al sostenimiento más o menos voluntario de la cabeza durante las felaciones y la actitud general del cuerpo, no pudiendo alcanzar tampoco un resultado puesto que hay quien puede gustar de tomarse la felación como quien se toma un polo de chocolate y hay quien simplemente le gusta ser follada en la boca y se queda inmóvil (así es la vida). Y respecto a la inmovilidad general, o la pasividad, tres cuartos de lo mismo, sobre todo si tomamos en consideración el nivel etílico de la chica, que en los chicos se traducía, según se describe en una mermada capacidad para alcanzar las erecciones. Vemos que no se puede llegar a nada concluyente y que si se llega se hace poniendo sobre la mesa mucho desconocimiento respecto a la normalidad y diversidad escénica en este tipo de relaciones.
Por cierto, que la imposibilidad de relacionar determinadas disposiciones corporales con la violencia no es algo que digo yo, o se argumenta desde el voto particular, sino que lo asume la sentencia mayoritaria por cuanto existe una sentencia al respecto del Tribunal Supremo, tal como se refiere.
En cuanto a la práctica sexual descrita en primer término, declara la jurisprudencia: “… El hecho de sujetar la cabeza (…), durante una felación, sin más datos, no puede equiparase a la violencia típica del delito de agresión sexual”, (STS. 2ª 411/2014 de 26 de mayo).
Lo que resulta inaudito es que se asuma esa sentencia para la sujeción dela cabeza y no se haga lo propio para “la posición entornada de los ojos”, por ejemplo, para establecer por extrapolación o esquematización que dicha posición no implica sumisión, y que muy contrariamente se apoye el fallo en cuestiones de esta especie. Es decir, resulta inaudito que no pudiendo llegar a nada concluyente por las cuestiones de primer orden (los hechos inexistentes) ni mediante el análisis gestual declarado en la STS. 2ª 411/2014 de 26 de mayo (2º orden), se llegue mediante el análisis de otros gestos que están tácitamente descartados por la sentencia. Inaudito y recurrible.
Otro tanto se puede decir de la actitud general del cuerpo que es informada por D. Alfonso Sanz Cid, desde su condición de Doctor en Medicina y Cirugía; Especialista y Máster en valoración del Daño Corporal y Peritaje Médico; Especialista en Psiquiatría; Perito en Psiquiatría Forense y Profesor titular del Máster en Psicopatología Legal y Forense de la Universidad Internacional de Cataluña, según refleja el juez disidente:
El único perito que ha trascendido el plano teórico general y ha emitido su opinión profesional acerca de […]las posibles reacciones que puede desplegar quien se enfrenta a un suceso traumático o muy estresante, descartaba dicha reacción en el concreto caso que enjuiciamos en razón a que las imágenes son incompatibles con una sumisión provocada por estrés agudo porque hay más actividad que pasividad […]no ve ninguna fuerza y sí movimientos sincronizados en varón y mujer, movimientos que no son de empuje del varón sobre ella, sino sincronizados y que requieren de una participación activa en la mujer.
Criterio profesional que es invalidado por la opinión mayoritaria. Cuestión que deja perplejo al juez disidente.
No puedo compartir el tratamiento que la sentencia mayoritaria da a su intervención pericial sobre el contenido de los videos que visionó, tratando de equiparar su función a este respecto con la de los agentes de la Policía Foral que realizaron una pericial técnica sobre su contenido.
Más allá de la endeble funcionalidad pericial de la Policial Foral, que acabo de citar, derivada de su comparativamente hablando exigua acreditación académica, el voto particular pone de manifiesto en su relato la deficiente propuesta de los peritos, el tono paternalista y subjetivo de los intervinientes hacia la presunta víctima y, en consecuencia, la diferente consideración a priori sobre las partes en la causa (la supuesta víctima y los demás), la diferente consideración emocional, que muy bien podría haber sido motivo de nulidad del proceso en virtud del quebranto del principio de justicia. Y que, por encima de otras consideraciones, pone de manifiesto la deficiente jerarquía de los hechos, sobre la que trata de llamar la atención en su relato el voto particular, cuando dice:
La continua reiteración por la sala mayoritaria de su no apreciación de “ningún signo en la denunciante que nos permita valorar, bienestar, sosiego, comodidad, goce o disfrute en la situación” no es sino un intento más de justificar aquello para lo que no se encuentra otra razón válida pues no es la mayor o menor satisfacción sexual de la mujer lo que determina el delito o la presencia, ausencia o calidad de su consentimiento, ni la ausencia de goce ha de traducirse necesariamente en presencia de sufrimiento imputable a otro.
Es decir, el juez disidente no sólo quiere esclarecer esta jerarquía sino que denuncia la ausencia de rigor de la sala mayoritaria por cuanto no hace lo propio y no distingue lo necesario de lo contingente respecto a lo que establece:
No puedo entender qué se pretende poniendo tanto énfasis en esa falta de goce o disfrute que dicen apreciar en la mujer
En realidad sí lo entiende, y lo hace diciendo que es “un intento más de justificar aquello para lo que no se encuentra otra razón válida”, es decir, tal como dijimos, partir de un presupuesto y justificarlo con aquello que lo valida y con aquello que no lo invalida, quedando para los acusados sólo lo que lo invalida. Eso, evidentemente, es parcialidad.
Cuestión de la que incluso él se previene cuando habla de la posible indistinción de los sonidos o la posible asociación de los mismos a regocijo, tan duramente criticada y manipulada:
No puedo interpretar en sus gestos, ni en sus palabras (en lo que me han resultado audibles) intención de burla, desprecio, humillación, mofa o jactancia de ninguna clase. Sí de una desinhibición total y explícitos actos sexuales en un ambiente de jolgorio y regocijo en todos ellos.
Indicando a reglón seguido que eso es lo que percibe pero que en ningún modo para él mismo es sintomático de nada:
Una relación sexual no puede calificarse como agresión o abuso en función de si la mujer (o el hombre) la disfruta o no físicamente. Es más, en función de las circunstancias que concurran puede llegar a darse una verdadera agresión sexual en la que, pese a todo, la mujer llegue a experimentar “excitación” o “placer” meramente físico en algún momento.
En lo que me parece un tratamiento exquisito, no sólo para este caso sino para todos aquéllos en los que se pretende enjuiciar los hechos desde otras perspectivas cargadas (esas sí) de machismo y no desde la libertad de los actos, tal como siempre ha promovido o demandado el feminismo por otra parte (salvo en este caso que doblando la intencionalidad original le resulta ventajoso).

B- En definitiva, tenemos dos sentencias de diferente calidad al margen de la conclusión final de las mismas. Esto es, sentencias de dos tipos diferentes, una que no establece una relación causa-efecto, y otra que, cuando menos, lo pretende, estableciendo en primer orden esas causas y los elementos espurios de las mismas.
Revalidar esta forma de hacer frente a la otra es revalidar un principio de justicia. El juez disidente no sólo está haciendo lo justo y necesario para llevar la verdad a su sitio sino para señalar en qué, quienes y de qué modo se está desviando una determinada sentencia de ese principio de justicia. Ya no puede hacer más, lo siguiente hubiera sido denunciar aquello que se sale de la mínima exigencia. ¿Tendría él que hacerlo? ¿No está para eso el CGPJ o las instancias superiores en el desarrollo de los procesos?
La pregunta podría ser también qué tipo de barbaridad judicial se tiene que hacer para que dichos estamentos actúen de oficio, y, de otra parte, si esos estamentos tienen criterios para saber cuándo lo que se dictamina es simplemente un desacierto, cuando ese desacierto es consecuencia de unos criterios (jerarquías) inadecuados, y cuando es prevaricación, ésa que convierte a una persona inocente en culpable, aunque sea la consecuencia de una simple desatención, de no ser todo lo pulcro y exigente que se precisa (y lo preciso que se exige). En último término la cuestión es cuántas de estas cosas son moduladas o cargadas de importancia extrajudicialmente.
Ya me referí en el trabajo anterior a los juicios de Nuremberg, y de forma particular a su versión cinematográfica, que nos ayuda a comprender por qué o de qué manera los actos de la vida son actos morales. El juez del film se podría haber preguntado a partir de qué momento la prevaricación deja de ser prevaricación y se convierte en fascismo. No lo hace, no de este modo, pero sin embargo lo responde: Auschwitz empezó cuando se declaró culpable al primer judío, sabiéndole inocente, empezó cuando alguien que estaba al lado miró para otro lado. No hay acto, por pequeño que sea, que esté libre de culpa, si no se produce de acuerdo a la ley o con un sentido interno que la trate de superar, de mejorar, esto es, que trate de alcanzar la verdad a la que esa ley no llega.
La única forma de que no tengamos que preguntarnos nunca esto es que respondamos verazmente a los cuestionamientos anteriores, destinados a diferenciar la desatención guiada, o incluso perversa, del desacierto circunstancial propio del ejercicio e impedir que uno y otro se confundan y convivan.
Yo, con las sentencias en la mano, no voy a resolver lo anterior, es decir no voy a encapsular jurídicamente el desacierto o a darle una categoría que habría que demostrar, entre otras cosas porque no me corresponde, pero más allá de esto porque entiendo, como ya dije, que cada persona, juez o no, cuando dictamina cree que hace lo mejor, que eleva la dignidad humana, que está lleno de verdad en alguno de los planos en los que la verdad se construye (como la de todos los que dicen “si te creo”), el plano que se elige y del que se es, el de nuestra estructura mental, que hace que ante un desacierto sólo se puede hablar (sin más argumentos ni pruebas) de falta de pericia o de ignorancia, de carencias personales y profesionales, incluso de compasión o empatía mal concebidas. Carencias y desaciertos que, lamentablemente, además de tener consecuencias directas, contribuyen a la invisibilización de determinadas perversiones que, en efecto, existen.
Perversiones que otros se encargan de categorizar asociando hechos con nombres y apellidos y poniendo de relieve la connivencia de los aparatos del Estado para encubrir quirúrgicamente el delito de determinadas personas y diluir su responsabilidad, que evidencia la existencia real de las cloacas del Estado y la cooperación necesaria de determinadas esferas políticas y jurídicas claves, esto es, que evidencia que junto a toda esa falta de pericia o ignorancia, convive la iniquidad (convive Auschwitz), una iniquidad sobre hechos tan monstruosos y de tan difícil encubrimiento (y a pesar de eso se lleva a cabo) que haría de esto que estamos tratando un asunto menor o algo que se puede apartar intencionadamente de la verdad sin despeinar a nadie, pero que por lo mismo nos obliga a preguntarnos si obedece a la misma dinámica, a la misma máxima de ese poder que no quiere la verdad, que sólo quiere administrarla, crearse un espacio de flexibilidad jurídica, de impunidad.
Casos como los que, por otra parte, se dan de forma masiva en EEUU (también con nombres y apellidos), que ponen de relieve que existe una degradación mórbida hasta ahora oculta y una relación muy estrecha entre ella y el acceso a determinado estatus o grado de influencia social (que lo retroalimenta) que, a su vez, tiene a su disposición todas las herramientas de impunidad jurídica a su alcance, y que ha costado la vida a numerosas personas que han tratado de correr el velo, como ha sido el caso de Ted Gunderson, exjefe de la Cía y experto durante su ejercicio en ritos satánicos acompañados de toda suerte de actividades pedófilas, que explican buena parte de los millones de niños desaparecidos cada año en el mundo.
Yo no voy a resolver esto, sólo voy a mostrar o evidenciar, mediante un par de apuntes, el fundamento de ese desacierto que radica básicamente en las posibilidades de establecer indebidamente un vínculo directo entre nuestro juicio moral (que puede estar adulterado) y el judicial, y que, como ya he dicho, representa (lo hace en el caso que tratamos y se puede generalizar) el sustrato necesario de todo lo anterior. Es ahí donde entra nuestra responsabilidad, la de no ser cómplices de comportamientos aparentemente liberadores que encierran algún tipo de felonía de orden superior, y es ahí, sobre todo, donde entra la de cualquier juez, que tiene que desprenderse necesariamente es su obligación de toda laxitud y de toda simpatía, diferenciarse y llenar de importancia su juicio, dado que la tiene más allá de lo que puede imaginar.
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Cada instancia jurídica es una oportunidad de facto de hacer esto. En lo que nos ocupa, ya llevamos dos sentencias, la primera que hemos desarrollado y ésta del TSJ de Navarra, que ha ratificado la sentencia anterior de la audiencia provincial por unanimidad (cinco magistrados), emitiendo dos de ellos un voto particular para que el delito fuera consignado como agresión y no como abuso, de tal guisa que todos ellos han quitado la razón al juez disidente o, por decirlo mejor, lo han ninguneado clamorosamente.
Aquí tenemos el primer apunte. Ir a un Tribunal Superior es, o debería ser, construir una verdad superior que contenga a las dos que pugnan. Eso exige construir la verdad superior con elementos de verdad, y esto último, responder al juez disidente en cada una de sus objeciones, puntualmente, desmontar su alegato desde la neutralidad ¿Se ha hecho eso? Más bien no. La justicia que no hace eso no es justicia. No es justicia porque, como veremos, está dispuesta para corroborar o no disputar lo alcanzado en la instancia previa salvo para errores formales de bulto, lo que facilita que se pueda alcanzar una unanimidad, en tanto que los hechos y los fundamentos quedan tal cual quedaron establecidos. Sólo añadir a esto, respecto a los votos particulares, que si ya la sentencia primera adolece de algo (deficiente relación causa-efecto) difícilmente un voto particular que se sustenta (ahonda) en ella puede superar esa deficiencia.
En línea con lo anterior y de acuerdo con todo lo visto, no estoy seguro, por otra parte, si la lucha entre estas dos sentencias (lejos de ser la lucha de dos dialécticas, y la prevalencia de una de ellas) no es la lucha entre la capacidad de establecer mentalmente una serie de caminos lógicos que van entrando en contradicción y definiéndose, y la incapacidad o el propósito de hacerlo, de lo que resulta que sentenciar como lo ha hecho el voto mayoritario (y su relato anodino) o superar esas dialécticas (como ha hecho el TSJ de Navarra) es sólo plasmar un pálpito:
No es verosímil que la víctima consintiera el maltrato y la vejación, la atmósfera opresiva y el prevalimiento de grupo en el que se desarrolla la acción criminal”
Un pálpito que, como observamos en la cita, está eximido de toda exigencia y de los requisitos mínimos de la lógica aplicada al lenguaje, la que nos ayuda a determinar si con el lenguaje decimos cosas ciertas y con sentido.
La frase parte de una premisa: que la víctima (presunta) en el momento del acto lo considere maltrato y vejación. En consecuencia, si lo considera así no es verosímil que lo consintiera, pero, ¿y si la premisa es otra? Pongamos el ejemplo de una práctica sexual masoquista. ¿Haríamos sobre ella la misma declaración? Indudablemente podríamos decir lo mismo si no sabemos la premisa (y equivocarnos igualmente) y nos recataríamos de decirlo sabiéndola, de lo que se deduce que lo que marca el carácter de la escena es esa premisa, que tendremos que establecer por otros medios.
Es inadmisible un lenguaje tan aparentemente categórico (para aparentar verdad) y a la vez tan poco riguroso. La falacia que acabo de exponer se puede expresar de otro modo:
“No es verosímil que la víctima consintiera”, parte de la idea de que la persona es víctima, que es precisamente lo que tratamos de demostrar (o aclarar). En consecuencia, “siendo víctima” es inverosímil que consintiera (cierto), falta por determinar si es víctima.  Falta por determinar lo indicado, a no ser que se asuma como víctima, esto es, se entienda ya determinado por ser declarada así por la primera sentencia, lo que implicaría la asunción de ese estatus por quienes lo tienen que determinar en segunda instancia, que implicaría, como dijimos, una falta de neutralidad.
Es decir, estamos construyendo una sentencia (frase) con dos ideas preconcebidas, ergo estamos construyendo una sentencia (jurídica) con ideas preconcebidas, que es por otra parte lo que ha estado denunciando el juez disidente mediante su voto particular, y es donde está el quid de la cuestión y, yendo más allá, el de la historia del ser humano en estas lides.
La forma de salir de este bucle es atenernos a los hechos, que nos expresemos a través de ellos y no de frases rimbombantes que esconden este tipo de gazapos. La forma es establecer jerarquías entre ellos, y dejar a esa estructura jerárquica todo el peso de la decisión, y no, a nuestro parecer de las cosas.
Lo peor del asunto es que esta contestación inverosímil es la que se da (punto quinto de los fundamentos del derecho) a la cuestión capital de la defensa, expresada en el punto anterior (cuarto), en donde se trata de impugnar la declaración de la denunciante como prueba de cargo. Lo siguiente peor es que esa contestación inverosímil se fundamenta en que “consideramos su testimonio seguro y convincente”, en que “manifestaciones de la denunciante, sobre la dirección que tomaron a su iniciativa se muestran a nuestro entender creíbles y verosímiles”, en que “no está probado que prestara expresamente su consentimiento a unas relaciones sexuales”, en tanto que “la afirmación de que quería evitar la publicidad de los vídeos o de estar despechada son meras elucubraciones carentes de apoyo alguno probatorio”.
Es decir, que la declaración de ella tiene que ser simplemente coherente (lo válido), o no refutado (lo no invalidado), y la de ellos tiene que venir acompañada de elementos de refutación (lo no validado). Blanco y en botella. Esto es dejar al lado de la acusación todo lo que no sea demostrable. Esto es la presunción de inocencia al revés.
Luego, se alega (como ya anticipamos) que “Este Tribunal Superior no está llamado a valorar de nuevo el testimonio acusatorio, sino a ponderar si las conclusiones de instancia se revelasen absurdas, ilógicas o arbitrarias, o contradichas por elementos fehacientes que evidencien la mendacidad del testimonio”.
Las preguntas son claras a tenor del último párrafo: ¿No es suficiente arbitrariedad la inversión de la presunción de inocencia? ¿No es ilógico que quien a lo mejor no ha hecho nada tenga que demostrar que no ha hecho nada sin que exista más elemento probatorio que el testimonio de la denunciante, esto es, de alguien que es parte (¿interesada?) en el proceso? ¿Y con ello, no son absurdas por arriesgadas las conclusiones que no disponen de un solo elemento de cargo más allá del testimonio (excluidas las de primer orden y las de segundo)?
Cuando partimos de unas premisas equivocadas, ambiguas, cuando pintamos la línea ancha, todo cabe. Con cuatro hechos puntuales o eventos podemos establecer una docena de relatos diferentes que pasen por esos cuatro puntos, y ninguno ser cierto. Así se desarrollan las historias en los libros de intriga para confundir, para atrapar la atención. Todas las historias son plausibles hasta que no se encuentra el fallo. Aquí no se ha encontrado el fallo en ningún relato, y, puestos a decir, en el de la chica. Sin embargo se ha cogido la historia contada por ella y se ha aplicado el principio de indecibilidad (que ya explique), esto, es el de la imposibilidad de decir lo contrario de lo que se afirma con más rotundidad, lo que lleva a la inhibición, a la solución fácil, a la indefensión.
Nuestra justicia está basada en buena medida en ese principio, y nuestro sistema judicial en la incapacidad o la falta de voluntad (¿interesada?) de superarlo. Tenemos por tanto dos tipos de justicia o, por decirlo mejor, una, porque la primera da lugar a una justicia que no es justicia, que es injusta, dado que, partiendo de las consideraciones previas se puede llegar a cualquier conclusión, a la fácil. Conclusión que además es difícilmente cuestionable y difícilmente revocable (indecibilidad) al carecer de fundamento lógico o una sintaxis gramatical apropiada (como hemos visto), y que, por tanto, permite todo tipo de adulteraciones, interesadas o no.
Revalidar esta forma de hacer justicia es perpetuarnos en lo mismo, en lo de siempre, en lo que siempre ha hecho que determinados sectores de la sociedad no puedan llegar a verse resarcidos judicialmente porque la verdad judicial no se construye de elementos de verdad sino de coyunturas que unas veces pueden favorecer y otras muchas perjudicar, las mismas coyunturas que han hecho que durante tanto tiempo la justicia no fuera justa en un caso de violación a pesar de ir con la verdad en una mano y las bragas en la otra. ¿Queremos eso? ¿Queremos lo contrario? Querer lo contrario parece que es lo justo, pero que sepamos que lo contrario no es lo mismo aplicado a otros.


                                                         Continuará…
                                                             

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