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miércoles, 9 de octubre de 2013

Sobre lo ineludible y lo eludible de la realidad social


Todo está frío. Todo ha regresado a su estado inicial, a la equidistancia de todas las posiciones. El movimiento social ha sido prácticamente anulado, amortizado o superado por la maquinaria del poder (más la del contrapoder oficialista). En realidad ha sido superado por lo que ya dije que era su peor enemigo: su propia realidad, precipitada a la nada por la otra realidad, esto es, por las previsibles estrategias de represión y por el amejoramiento de la situación económica, o de índices económicos tan significativos como la prima de riesgo.

Es esto último lo que más preocupaba a (casi) todos porque sin esto no cabía otra preocupación. Ahora ha cesado esta tensión y volvemos a nuestra rutina, eso sí, un 20% más pobres como consecuencia de la disminución del gasto y la prestación social en esa cantidad.

Los mercados exigen disminuir el gasto para conservar el margen de beneficio u obtienen éste directamente de los mecanismos de financiación o de su manipulación. Ellos ponen la distancia y rompen la equidistancia mediante la necesidad de mantener el margen de beneficio: inapelable. La ciudadanía la pone con el rastro más que visible de su necesidad: inapelable.

La equidistancia se había roto circunstancialmente con el aumento casi caótico o irrefrenable del  mencionado índice  (con la manifiesta  inestabilidad del sistema), pero una vez vuelta a los márgenes de normalidad, ¿en qué basar ese rompimiento, cómo hacer una necesidad más necesaria que otra? No se puede, y como no se puede todo deja de ser de una importancia capital para simplemente estar ahí, como están ahí tantos temas de esa cotidianidad nefasta (la Corona, el extesorero del PP, corrupción y financiación ilegal, Independencia de Cataluña, Gibraltar), como una parte más de nuestra realidad.

El movimiento social trata de romper el empate técnico con “envidos a la grande” que magnifiquen el deterioro y lo saquen de ese interesado in pass o del olvido, pero sin una razón instrumental ni un argumento unificado y suficiente que aglutine a la opinión pública. En efecto, algunas de esas cuestiones están ya abordadas por el poder judicial (y se quiera o no se quiera tienen que seguir su trámite), y otras, lejos de representar un elemento de consenso, pueden dividir a la ciudadanía en dos facciones claras y bien diferenciadas, por lo que debe seguir su decurso natural y supeditarse al hallazgo de un nuevo marco, de una nueva coyuntura histórica.

Desde aquí no queremos engordar la polémica o ser parte de ella, no queremos decir algo que sin duda ya ha sido dicho (ya estamos demasiados para opinar, y por esto hemos restringido en estos últimos meses nuestro discurso). Sólo queremos reiterar la necesidad de incorporar elementos, nuevos y objetivos a la demanda social, muy particularmente la necesidad de superar la propia necesidad o coyuntura, y romper la equidistancia.

Esta equidistancia sólo se puede superar con una verdadera proyección de futuro del problema (que sigue ahí) y una solución plausible, es decir, restringiéndonos a un escenario objetivamente ineludible por unas causas también ineludibles en este contexto, y a un ideal verosímil y asumible en mayor o menor grado (con diferente grado de implicación) por la práctica totalidad de la sociedad, tal como ocurre con la sostenibilidad medio ambiental del planeta.

Ese escenario ineludible es el que tenemos que alcanzar para el planteamiento y solución de los problemas. Siendo más exactos, saber de lo eludible e ineludible es saber de la verdad de las cosas en política y de las posibilidades en desarrollo de las sociedades. ¿Qué es ineludible? Ineludible es la superpoblación y el incremento de la esperanza de vida, el incremento de productividad (o trabajo equivalente) y el consecuente incremento en la relación existente entre horas de trabajo libre (o no empleadas) y horas empleadas. No ineludible y presentado como tal es el desempleo derivado de esto último, el proceso de concentración del capital en unas manos (natural sin control político), su deslocalización, y la infrautilización consecuente de los recursos económicos: en un sistema da igual no tener recursos a que éstos estén cautivos y sin aplicación.

En este contexto, si nos atenemos a la crisis, una crisis económica no es nada más que la concurrencia de estos elementos perversos y de políticas —toda una suerte de mecanismos (abaratando los procesos de despido y desocupación actuales y venideros, por ejemplo)— ideadas para desarticularla y darles solución desde algún punto de vista, que las más de las veces introducen nuevos elementos perversos, de desajustes o precarización, como ocurre con la reforma de las pensiones.

La clave de una crisis no parece estar en los hechos ineludibles sino en esos elementos difícilmente eludibles que hacen de los primeros un drama vital, pudiéndonos llevar su desarrollo a concepciones bien distintas, válidas y contrarias, es decir, a formas opuestas y legítimas de tratar las cuestiones y darles solución en función de lo ineludibles que entendamos (depende de nuestra percepción y posición) las situaciones.

La superación de la equidistancia no está, por tanto, en advertir y cuestionar lo aparentemente ineludible de la situación o de la intervención, que puede ser discrecional, oportuna y legítima, sino de la progresión (acordémonos de los rescates bancarios) , en caso de que la tal intervención pueda representar sólo una solución de los efectos, o de causas aisladas de otros problemas que lo condicionan gravemente, como ocurre en el tema ya mencionado de las pensiones respecto a la imposibilidad de tener una ocupación y, por ende, una cotización, de forma continuada. Es decir, la distinción cualitativa de unas y otras posiciones no está en la diferente posición frente a las necesidades actuales porque no está en las necesidades actuales, propiamente dichas, sino en la necesidad futura común y en la posibilidad más que probable de llevar el sistema social al caos sin la participación de determinadas medidas de control, sujeción y ruptura con la tendencia actual.

La superación de la equidistancia consiste en este caso, por tanto, en ver y hacer ver que este paro no es un paro coyuntural, ni siquiera estructural, sino que es un paro sistémico, y que lo que se ha presentado no es nada más que la primera manifestación de un problema más hondo de dudosa respuesta a los distintos ensayos pero de conocido resultado por los factores determinantes ya expuestos. El problema no está ni siquiera en que el 1% de la población tenga el 99% de la riqueza (que también) sino en que cada vez más la obtiene sin hacer uso de ese 99%, con todo lo que conlleva respecto al desempleo y la garantía de las pensiones futuros (he oído que han dicho que dicen que ahora se está haciendo eco en Europa de esto). El problema es la incapacidad real para adoptar medidas de ruptura, esto es, capaces de romper la relación de proporcionalidad inversa entre crecimiento económico y desarrollo social, que es la que caracteriza a este tipo de crisis sistémicas frente a otras crisis de desarrollo.

Las crisis de desarrollo se pueden afrontar de una u otra forma, para la sistémica sólo cabe una solución, un tipo de política. Esta política debe corregir o contrarrestar las desviaciones asociadas al desarrollo de las sociedades (incremento excesivo del gasto como consecuencia de la universalización del bienestar), pero fundamentalmente tiene que preservar ese bienestar y corregir las causas que hacen que éste bienestar no se pueda procurar en un mundo que quintuplica su capacidad de generar riqueza, que grosso modo, y como común denominador, vienen determinadas por la infrautilización o utilización equivocada de los recursos económicos y humanos. Es decir:

*Por un lado, esa política debe corregir el derroche y el reparto de la riqueza: no se entiende que un aumento de la renta per cápita no lleve aparejado un incremento o mantenimiento de nuestras posibilidades sociales (por extrapolación de lo que se alcanza con la media de las individuales), que además es la mejor garantía de pervivencia del sistema.

*Por otro lado, debe corregir la forma en la que se utiliza el capital sobrante: no se entiende que el mismo (el verdaderamente sobrante) no tenga una aplicación social, esto es, que no exista una gestión de toda la riqueza más allá de la recaudación de impuestos y su gasto en las diferentes partidas.

*Por último, y más principal, debe corregir la aberrante funcionalidad de la ocupación, o dicho de una forma más suave, su concepción obsoleta o anacrónica: frente a la necesidad de someter el nivel de ocupación a la maquinaria económica o la maquinaria económica al empleo, está la de la plena ocupación, esto es, la de la ocupación al margen de la rentabilidad o perspectiva economicista de la misma, y de la contraprestación dineraria.

 
Tal como se refleja en el punto 8º de la DECLARACIÓN.

De otra parte, es tal la cantidad de esfuerzo excedente (lo que esta sociedad puede hacer y no es acumulable de forma dineraria) que no es posible —esta sociedad no admite— que la ocupación (las posibilidades del hacer), y la riqueza que puede generar, esté sujeta a la rentabilidad económica o el beneficio, o limitada por ella.

 
Esta nueva concepción de la ocupación abre la puerta a un nuevo paradigma, el de la ocupación por criterios socializantes y creativos (los propios de la sociedad del conocimiento) que además representa la única fórmula capaz de soportar todas las servidumbres asociadas a estadios de desarrollo futuros: la sociedad del futuro será solidaria o no será. Valga como ejemplo de lo que digo toda la carga social que representa el cuidado de los mayores.

La fórmula empleada para conseguir todo esto, —planteada en el mencionado decálogo y expuesta en el Manifiesto que sirve de guión a la Teoría social que estamos desarrollando (La Sociedad Inversa)— es la estructuración social eficiente o Inversión social[1]


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Las transformaciones sociales necesitan de ideas útiles y posibles, y de un estado de opinión que haga de ellas una referencia constantemente presente. ¿Qué tenemos que tener presente? La idea que hay que tener presente es que la clase media tal como la ha conocido nuestra generación está en vías de extinción, dejando tras de sí a dos clases sociales muy diferenciadas e irreconciliables (en estado de lucha o de sumisión): no queremos ganar esa lucha de clases, sólo superarla. Ésa es la idea, la única posible y útil en este estadio cultural (o superamos la lucha o la perdemos definitivamente).  La idea que hay que tener presente es que ese estado de bipolaridad social, o fragmentación social de la sociedad, es la reedición de modelos de sociedad pobres, arcaicos y abandonados, por lo que se presenta como un claro síntoma de regresión social, esto es, del deterioro de nuestra altura social, un empobrecimiento de nuestra idea de sociedad y de sus expectativas. La idea que hay que tener presente es que esto no es inminente pero es, salvo que establezcamos ese punto de ruptura, ineludible.

Sólo hacen falta tres ideas…, y alguna idea más, y contarlas a todo el mundo (machaconamente) para que estén presentes o compartidas por una amplia mayoría del tejido social, y suponga una resistencia teórica real al modelo que de facto se está implantando, y que se constituyan a sí mismas en modelo y luego en sistema social.

De la posibilidad, utilidad y presencia se llega a la determinación de ir en una dirección y la de articular un proceso que nos lleve de un sistema a otro, o que evite —con la determinación clara de lo que queremos como sociedad— que el nuestro se corrompa.

Otra realidad es posible…, pero sólo así es posible.
 



[1] Remitimos al mencionado manifiesto y a la propia teoría para comprender el sentido contextual de la inversión social, en tanto que abordaremos su sentido íntimo y puro en una próxima entrada en la que quedará totalmente explicada y justificada su participación final y principal en el cuerpo teórico.

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