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domingo, 8 de diciembre de 2013

Más allá de lo social



Antes de proseguir con el resto de la obra, reflexionaremos sobre algunas cuestiones, algunas que vienen al hilo de lo que se ha desarrollado en los dos últimos apartados de la teoría social, que son los que verdaderamente importan respecto a la propia teoría (su cuerpo teórico - su Sw y su Hw), y otras que trascienden a otros ámbitos y se extienden a un esquema (y necesidad) que va más allá de lo social para ir, desde la cuestión fundamental del conocimiento, a otra más prosaica –pero también más vital– del comportamiento.

Éste es el caso de todo lo dicho en “Los principios de verdad”, donde además de expresar la necesidad de alcanzar la verdad social, o repertorio suficiente de criterios, se expresa ésa otra de alcanzar una determinada higiene y orden en todos los ámbitos, es decir, la de romper con la confusión, y eliminar, por tanto, la lucha de opuestos innecesaria e improductiva. Esta lucha de opuestos se concreta en el marco que nos ocupa –tal como venimos desarrollando– en la falta de convergencia respecto del (la idea de) futuro de nuestra sociedad, pero se traduce más dolorosamente en el mismo sentido en otros marcos como son el de la educación y el de las relaciones sociales de todo tipo, esto es, en la conformación más o menos sana y eficiente de individuos (que luego se tendrán que relacionar) y en la relación, propiamente dicha, de esos individuos, y muy particularmente en la relación de pareja como forma fundamental, y más susceptible de alcanzar el éxito o el fracaso (el aprovechamiento eficiente de lo que somos o hemos aprendido) en eso que llamamos amor (desarrollo iniciado en la entrega 4ª de la teoría y completado en la 16ª).

En este caso, estamos diciendo que eso que llamamos amor no es más que la eficiencia en la relación de dos polos que se encuentra a una determinada diferencia de potencial, esto es, las características del flujo en función de la bipolaridad y de las resistencias, alimentadores psicológicos, valores etc. que pueda poner cada uno, que da lugar a un punto u otro de trabajo en el efecto transistor; y que una vez más el éxito o el fracaso dependerá de los objetivos que sean nuestros criterios, y, en consecuencia, de lo coincidentes o libres de elementos subjetivos, problemáticos, ineficaces y antagónicos.

Diremos de forma más definitiva y general, y una vez más, que se trata de alcanzar la bipolaridad adecuada y el punto de trabajo correcto, prevaleciendo el criterio aséptico y la metodología práctica frente a la lucha inútil y absurda, y de llevar ese equilibrio fundamental en nuestras vidas mediante la incorporación de criterios reales, justos y resueltos que esclarezcan qué es lo que se espera (esperamos) de nosotros mismos y a qué podemos optar, cuestión que pasa en buena medida, como es lógico, por la supresión de la servidumbre (supervivencia) y el miedo, que son los que verdaderamente hacen que tengamos comportamientos excesivos e injustos.

Estos excesos son los que crean el círculo vicioso entre hombre y mundo, entre una parte del mundo y otra, y el establecido entre sus despropósitos: que dos soluciones distintas a un mismo problema deriven en problemas diversos y distintos, da lugar, a su vez, a que esas soluciones se radicalicen o se dogmaticen, o que alguna nos lleve o pretenda llevar a posiciones anteriores, como solución particular, al caos instalado. Hablamos por esto de fundamentalismos sociales o religiosos que buscan en el mandato ese patrón cuando deberíamos hablar de unos nuevos mandatos, de los que unos no quieren saber nada porque suponen una cortapisa a su capacidad de utilizar al ser humano como instrumento para el beneficio económico (abogan por la estandarización) y otros tampoco porque sólo saben establecer ideas difusas que tratan de contemplarlo todo sin definirse en nada (abogan por el igualitarismo).

Algo parecido ocurre con la inversión social. Con ella hablamos de eficiencia, de eficiencia de la ocupación, pero también hablamos de administrar la ocupación y equilibrarla con la desocupación. Hablamos de un mundo bien ocupado y hablamos de seres humanos bien ocupados o incluso desocupados u ocupados en la infinidad de tareas alternativas a la ocupación mercantilista o dineraria. La forma de actual de ocupación (hasta la extenuación de algunos) y desocupación (la del paro de otros) es un sinsentido social, pero además es un sinsentido vital.

La sociedad y el ser humano tienen que entrar en este cuestionamiento y aspirar a otra forma de ocupación, más equilibrada. Pero en un sistema situado en el umbral de la supervivencia no cabe preguntarse nada (salvo lo ideado para lograrla) porque el ser humano no está instruido, orientado a esa posibilidad (la de divergir o escapar), ni tiene posibilidades materiales de aspirar a nada más, como ya ocurre en esas miríadas de trabajadores sujetos a toda una legislación  pro-esclavista, puesto que a esclavismo apunta o es trabajar lo máximo por lo mínimo (ya hablaremos de esto). Es decir, el ser humano puede pensar o en cómo lograr estar mejor o en cómo lograr no estar peor (su problemática particular), lo que implica que ciertas perspectivas prácticamente no quepan, y que se haga necesario introducirlas mediante planteamientos teóricos que superen la realidad, porque además ese estar peor o mejor puede representar una visión pobre de la comodidad o de la plenitud psicológica (la falsa realización personal, la falsa conciencia) que encuentra natural escapar de las servidumbres mediante el desarrollo profesional individual sin cuestionar la naturaleza de las servidumbres presentes.

Estos planteamientos suponen proponer un ideal social práctico (praxis social vertebrada por principios de verdad), es decir, una referencia siempre presente que nos ponga frente a ella además de estarlo frente al problema concreto y circunstancial. Esta proposición supone, dicho de otra forma, establecer una ligadura (acotar el movimiento) o condicionar el movimiento sobre un movimiento fundamental irrenunciable.

Con las dos palancas propuestas pretendemos equilibrar (y distribuir) la ocupación (la fuerza del trabajo) para que ésta proporcione un flujo constante, haciéndola eficiente, eliminando todo tipo de resistencias estructurales (derivadas de la estructura social y de la política), lo que permitirá alcanzar unas plusvalías superiores con una bipolaridad social menor, que se tendrá que ajustar finalmente con el reequilibrio económico (cuyo desarrollo acometeremos en otro momento).
 

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