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lunes, 9 de abril de 2012

Asambleas Constituyentes

Ya he expresado la necesidad de ejercer una acción o establecer una lucha contra este proceso de regresión social puesto en marcha, y que cualquier iniciativa que trate de parar, paliar, o ejercer una simple resistencia, es buena en sí misma, al margen de que analizada en detalle o mirada desde diferentes ángulos podamos cuestionarla. Es bueno en sí mismo el simple cuestionamiento del orden establecido y todo el debate que suscita, la oposición presentada a que esta sociedad sea llevada en una dirección claramente equivocada sin coste; aunque el coste sea inicialmente el nuestro.
Pero pasada esa primera congratulación sí tenemos que plantearnos qué estamos haciendo, cómo, para qué realmente y con qué grado de efectividad y coherencia, dado que, además, todo planteamiento lleva aparejado una infraestructura, y ésta un trabajo muchas veces ingrato y poco recompensado por los resultados o por la capacidad de convocatoria.
De entre las tareas más ímprobas (y más concretas) que se están haciendo, podemos citar la creación de un proceso constituyente y todo lo que lo acompaña. Esto alguien lo propone y muchos otros, llenos de entusiasmo, lo siguen, pensando que ciertamente es la solución, pero esto no es cualquier cosa. No voy a cuestionar, de momento, si es la herramienta o una herramienta adecuada, porque entiendo que el proceso de regresión social es muy serio (creciente y perdurable) y que puede llegar a ser la única forma de aplicar contrarreformas y establecer un nuevo punto de inflexión en el futuro (al que hay que anticiparse); pero si voy a cuestionar que sea de aplicación en este momento, esto es, si es necesario, eficaz y suficiente.
Para poder valorar esto, habría que saber si queremos reformular toda la Constitución y decir: “artículo uno…”, y decir qué queremos que diga el artículo uno, y así con todos, de acuerdo a un pretendido esquema de sociedad, o si queremos destacar los problemas sociales que tenemos y poner en evidencia aquella parte de la Constitución que lo origina o le da cobertura, y, consecuentemente, analizarla y corregirla.
Lo primero implica debatir intensamente, “pelear” y llegar a acuerdos de todo entre todos, y estar dispuestos a realizar un gasto de tiempo y energía sobre cuestiones que no nos orientan al problema y que nos ponen ante problemas nuevos: sistema federal o no, monarquía o no, etc., es decir, ante un problema político cuando tenemos uno social en plena efervescencia; lo que no deja de ser una forma absurda de desviar la atención.
La segunda fórmula es más rápida y nos orienta al problema, y a la solución, si es que somos capaces de encontrar una clara relación entre el problema y aquella parte de la Constitución que lo origina. Sobre este particular, es verdad que la Constitución es susceptible de ser mejorada, y por tal serlo en un futuro, ¿pero en rigor podemos establecer una conexión entre la problemática actual y nuestra Constitución? Si echamos cuenta de las demandas populares recogidas por DRY, podemos darnos cuenta de que verdaderamente no se corresponden o tienen su origen en la Constitución, y que esencialmente no se corrigen con su modificación puesto que obedecen a cuestiones políticas (que se modifican mediante leyes) o puramente económicas, es decir, que la transformación social en lo que atañe a esas demandas se topan con la realidad en esas dos variedades: el deterioro socioeconómico no tiene su origen en una Constitución degastada o perversa sino que obedece a un desplazamiento del poder por cuestiones económicas (véase el Manifiesto), y esto, por unas razones que en cierto sentido no gobierna nadie, porque obedecen a la expresión colectiva del apego, de nuestro propio desorden, y a otros factores ligados a la evolución social y el desarrollo que propician determinadas formas de dominación ya olvidadas o en desuso, que, sometidas a una clara y fuerte inercia, parecen difíciles de contener.
Es de este no saber, de este no gobernar, de este desorden, de donde nace la idea de que es más fácil retomar el poder (el poder del pueblo), y establecer un nuevo marco, o reformularlo, que advertir y corregir las deficiencias existentes, dado que esto último se presenta como una tarea sobrehumana (sólo hay que ver las casi 4.000 propuestas dispares, y los otros tantos problemas). En efecto, la revolución se presenta más fácil que la regeneración (o evolución) porque ésta exige mejor conocimiento de la situación, más uso de la imaginación y de las capacidades; en tanto que para la primera sólo nos tenemos que preocupar inicialmente de cuestiones esenciales y de un consenso relativamente fácil, siendo más tarde cuando tenemos que hacer el ajuste fino y plantearnos innumerables cuestiones que hemos dejado atrás, o simplemente vernos con la realidad o con la evolución que inevitablemente le sigue, y por la que muchas revoluciones fallan o se convierten en formas totalitarias (además de por las consecuencias dramáticas que puede tener las variaciones inerciales). Ahí está el error: hacer el boceto, nuevo y distinto, o similar, puede ser hasta fácil (y, sin embargo, creo que ya costaría), hacer lo segundo, que va detrás, no, para lo segundo hay que sacar el lápiz fino, hay que decidir, y antes de eso poner en confrontación solicitudes particulares legítimas y contrarias (como es el caso de cualquier asamblea y lo sería la práctica real de democracia 4.0), que plantea muchos problemas y hacen de “El poder del pueblo” una quimera: el problema surge cuando nuestras demandas luchan contra la realidad y luchan contra las demandas de los otros; en algún momento hay que decidir: no vale eludir esa responsabilidad (no hay atajos).
Pero la cuestión no acaba aquí, porque además de esto, cualquier intento de transformación profunda, con nueva Constitución o sin ella, chocaría con Europa y con los Mercados (otra vez la realidad). ¿Lo tenemos contemplado?, ¿somos capaces de asumirlo? Aquí también se produce una fractura entre unos y otros, porque hay quien lo asume y en esa asunción contempla la posibilidad de caer hacia una economía de subsistencia (esa es una de la posibles consecuencias), o incluso la persigue, en tanto que muchos otros, no.
Esto nos lleva a que hay que establecer una determinada estrategia para alcanzar unos fines, y alcanzarlos de una forma escrupulosa: una solución que no contemple la realidad anterior y todas las realidades no es solución, es sólo un golpe efectista, un alarde de improvisación o muestra de desesperación. Una solución que contemple todas las realidades no puede ser el fruto de una realidad concreta ni ser suma de ellas: tiene que ser fenomenológica.
Ése es el desacierto de la Constitución (la actual o una nueva), el de unificar todas las posibles propuestas o las necesidades que ellas encarnan en un conjunto de leyes maestras, mediante un proceso de síntesis erróneo. Queremos una transformación social, pero entre las solicitudes que tenemos que tener en cuenta están la de aquéllos que la tienen distinta (la del compañero de asamblea), y la de aquéllos que se oponen a nuestra idea de transformación, y entre estos últimos, aquéllos que revalidan el sistema actual y lo ven natural o sufren sus agresiones de manera muy distinta. Tenemos que tener en cuenta todos los deseos, todos los opuestos. Y es el desacierto porque, en último término, una Constitución es un ordenamiento que como tal viene expresado en el lenguaje del derecho, no del deseo: una Constitución no realiza una síntesis del deseo o de la necesidad sino que lo ordena. En vez de ese camino trazado hay que tomar este otro, el de la síntesis previa de todos los opuestos, de todos los deseos, o, de una forma más pragmática, de todo el articulado de la Constitución en dos pilares básicos (o teoría social) que además sirvan de fundamento para la hoja de ruta de toda transformación, es decir, el logro de un modelo social accesible desde éste y que reconozca las necesidades de los dos polos activos de una sociedad y los integre en un proyecto social común. La situación actual es la de una lucha de clases, pues bien, no más luchas de clases, no queremos ganar la lucha, queremos superarla: esto es La sociedad Inversa.
Se quiere abrir un proceso constituyente, esto es, de establecimiento de una nueva estructura constitucional, pero esto, en el momento social actual no sólo puede ser innecesario sino insuficiente porque este momento social no exige principalmente el establecimiento de esa estructura sino algo anterior, una metaestructura o marco previo en el que establecer la anterior. Aquélla puede ser la opción de Egipto o de Marruecos, pero no la nuestra, nosotros tenemos que mirar más lejos: ellos aspiran a una democracia, nosotros a algo más. La opción no es, por tanto, la primera ni la segunda, ni el tratamiento a las bravas de todas las problemáticas, porque la cuestión no es ni el cúmulo de problemas ni el marco en el que se desarrollan, sino la intencionalidad, la legitimidad y la voluntad de llevar a la sociedad en una dirección determinada, que tiene que venir expresada por dos simples claves; y el espíritu de ese marco, que luego tiene que reflejarse e imperar en cada una de sus disposiciones; además de reconducir toda la problemática económica.
Este camino sí es más largo porque quizás precise pasar años (de regresión) para alcanzar una verdadera idea de lo que se quiere y cómo, o para consolidarla y llevarla a la sociedad, pero hay que recorrerlo, dado que el devenir de una sociedad no puede llevarnos nada más que ese entendimiento o a la destrucción propia de una regresión total.

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viernes, 6 de abril de 2012

Una ligera mirada de reconocimiento

Hay gran desorden en todo esto. En realidad, hay bastante desorden en la propia red (N-1) y, en consecuencia, poca claridad, duplicidad e inefectividad (lo que merecería y merecerá un capítulo aparte). Y hay, además, mucho recursos empleados (y desperdiciados) para tratar de poner orden, para tratar de establecer un mínimo de organización, y poco espacio para las ideas, quedando restringido ese mundo de las ideas a las de la organización y a otras que podríamos englobar en el campo de las ocurrencias (de las que la coordinadora de DRY, por ejemplo, ha tratado de prevenirse en su facebook, cerrando el acceso). Es decir, que salvo elementos pro-organizativos, reacciones y ocurrencias tenemos poco o nada.
Lo peor de todo es que la respuesta social se presenta como un collage de demandas y los grupos en sí se presentan como un collage de demandantes, sin un claro patrón. No se tiene una meta clara, un orden y una jerarquía en las demandas, sólo se tienen “demandas”, y, como consecuencia, tampoco se tiene una conciencia clara de qué cosa hay que perseguir en primer lugar porque va primera, y abre la puerta de otra, y que cosa va en segundo lugar, en definitiva sobre qué cuestiones emplear las fuerzas, principalmente, para de una parte ser conscientes de la verdadera necesidad (esto será objeto de un estudio posterior), y, de otra, de cuándo ésta aumenta o no mediante determinadas medidas políticas o, dicho en activa, cuando determinadas medidas políticas se acercan o se alejan de nuestras pretensiones. De esta forma, además, se pierde (no se tiene) sentido crítico o incluso se deja de ser honesto por ignorancia u omisión, y se empieza a hacer política de la que no queremos y estamos acostumbrados. Y todo esto porque finalmente ya no se sabe si esto que apoyamos lo apoyamos porque tenemos que apoyarlo, porque se apoya, porque lo apoyan quienes a su vez apoyaron, o por qué (y si nos hace bien o no). Si no somos unos contrincantes claros, no somos contrincantes.

Esa falta de criterio y de honestidad es de la que hace uso el político (o sindicalista) para levantar cortinas de humos, sobre la ignorancia de los demás, y para moverse en la ambigüedad o en la indefinición que hace bueno lo que es malo y malo lo que es bueno, o le predispone a conformarse, o no conformarse bajo ningún concepto, en virtud de la coyuntura o del interés particular o sectario. La honestidad nos tiene que llevar tanto a distanciarnos del falso amigo como a no alejarnos del enemigo que, seguramente desde otra perspectiva, entiende la necesidad de una realidad distinta, que vive el exceso en su forma particular de vivirlo y llega a la misma conclusión que nosotros con la nuestra. Un ejemplo de esa honestidad, que parte de una idea clara de la exigencia (y de no reconocer amigos), la ha ofrecido en estos días  José Borrell (PSOE) cuando ha manifestado (referido a la bajada de sueldo de los banqueros y la dación en pago) que "alguna de las cosas que ha hecho el Partido Popular yo lamento que no las haya hecho antes del gobierno socialista. ¿Por qué no decirlo?". Y de esa honestidad tiene que hacer gala quienes quieran ser promotores del pensamiento social, porque este movimiento tiene que superar el sentido usual de honestidad, de justicia, y darle otro valor.
Lo mismo que se ha dicho de esto se podría decir de la pretensión gubernamental de que los impagos de la administración a los proveedores pasen a formar parte de la deuda de esas administraciones, es decir, que la morosidad la sufra quien la origina: el mal gestor; lo que dará pie a tener una conciencia clara del bueno y del malo, y poder diferenciarlos, y del uso del gasto (lo que haría  a la sociedad más coparticipe de ese uso y de ese gasto). En efecto, las medidas son las necesarias (o las que queremos) las tome Agamenón o su porquero, y como tales ser reconocidas.

Nosotros tenemos que saber muy claro qué cosas no apartan de una idea y cuáles nos acercan a ella. En el caso de la reforma laboral, por ejemplo, y partiendo de la base de que es totalmente regresiva para la clase trabajadora, tenemos que diferenciar en ella, lo que es malo en sí, lo que puede ser bueno para el conjunto de la sociedad dado el momento actual, lo que no es admisible pero podría, en cambio, ser bueno para el conjunto de la sociedad si estuviéramos en otro paradigma social, es decir, lo que ahora no tiene cabida pero que sería lógico en otro modelo de sociedad, y, finalmente, lo que es malo pero no es fruto de esta ley (pese a que algunos interlocutores sociales lo propalen como tal) sino de la anterior reforma laboral, como es el despido procedente por baja médica superior al 20% de las jornadas en dos meses[1] (estas cuatro variedades serán objeto de un estudio posterior).

Partiendo de esa idea de las cosas, nosotros no podemos negociar (queremos lo que queremos), tampoco luchar indiscriminadamente: tenemos que eliminar lo malo, cambiar el contexto que hace necesario lo malo y cambiar el contexto que presenta como malo lo que podría ser bueno. Y antes de eso, establecer una referencia, una idea clara de hacia dónde queremos llevar a esta sociedad, y para esto, responder a muchas preguntas claves, preguntas cuyas repuestas quizá pensemos que sabemos (porque las personas hacemos de nuestras opiniones dogma de fe), pero que quizás, no, y que al intentar responderlas se ponga de manifiesto que no estamos capacitados para formar ese tipo de sociedad (porque sólo somos capaces de expresar contradicciones): que tal vez tengan que ser nuestros hijos o nuestros nietos.

Voy a reiterar la necesidad de establecer una columna vertebral sobre la que apoyar las demandas, para así clarificar cuál es nuestra idea de sociedad, cuáles son estas demandas, y la forma de articularlas, y llegar a un esquema social  en el que la justicia profunda de las pretensiones y la efectividad o éxito de las mismas se dan la mano. Y todo esto por una cuestión muy sencilla y contraria a la que habitualmente se ha venido dando: porque no se crean resistencias en la sociedad (cuestión que sin duda tendré oportunidad de tratar).
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[1] Para ser exactos, es incluso anterior a la última reforma, variando de una a otra reforma el valor porcentual de la condición necesaria (“siempre que el índice de absentismo total de la plantilla del centro de trabajo supere el 2,5 % en los mismos períodos de tiempo”), que finalmente ha quedado extinguido o nulo en el proyecto de ésta.

martes, 3 de abril de 2012

Presentación

Aunque el 15M (the spanish revolution) ha logrado constituirse en grupo(s) o aglutinar a los ya existentes y establecer propuestas, no ha conseguido crear un escenario adecuado para depurarlas, como se desprende de la ausencia de elementos teóricos en el movimiento, esto es, de una columna vertebral teórica, o teoría social, que conforme precisamente ese escenario, y le sirva de soporte. Esto obedece a diversos problemas, pero fundamentalmente a cómo se forman las propuestas, su verosimilitud o grado de construcción, y a cómo de serio nos podemos tomar a nosotros mismos en ellas, y, en consecuencia, a la asincronía que subyace. Y esto último, porque lo que a un grupo de la sociedad puede hacerlo enardecer y llenarlo de esperanza, a otro, más pleno de realidad, le puede parecer que está fuera de la misma, que no merece la pena perder un segundo, que el camino es otro.
Son muchos los ejemplos, pero puede ser el caso de la controvertible Democracia 4.0: como gesto está bien, pero, ya está. Pero no sólo ya está porque sea impracticable, o sea, fácilmente neutralizable por los poderes públicos, sino ya está porque además, puede ser una barbaridad. En este caso es una barbaridad porque lo es que los asuntos se solucionen a mano alzada o se deje a la decisión de las personas cada acción social, porque las personas nos movemos por instintos, pasiones, miedos, mayorías malsanas, y un largo etc., es decir, es una barbaridad que no nos preservemos a nosotros de nosotros mismos, y es una barbaridad que la sociedad pretendida (la que se elige con el voto) sea la media aritmética de lo que ya somos como sociedad. Sobre esto podemos (tenemos que) dar un paso más: ser más ambiciosos.
Esto mismo es lo que podemos encontrar con muchas de las propuestas: toda una serie de contraindicaciones y efectos secundarios, a nada que profundicemos en ellas, demostrando que entre el ideal y lo que somos debe existir una dosis importante de pragmatismo o, lo que es lo mismo, un conocimiento de su aplicabilidad en virtud del momento y de la interdependencia con otros elementos del sistema social.
Lo peor no es que encontremos estos tipos de reparos cuando profundizamos, lo peor es que con ellos entremos en oposición clara unos con otros, a pesar de estar básicamente de acuerdo, es decir, que entremos en desacuerdo en las demandas y en la forma en que se hacen, ya sea en las propuestas o en las proclamas, y que en plena exaltación observemos que en verdad estamos en desacuerdo, que si abrimos el campo tenemos diferente punto de vista, que la intención se dispersa, y ya somos extraños o incluso contrarios y, consecuentemente, inefectivos. Se puede ver fácilmente que si iniciamos este tipo de debate sobre cada cuestión, estamos perdidos.
Esto que se plantea aquí es en realidad muy viejo, y es el problema incluso de formaciones políticas de izquierdas: la imposibilidad real de establecer un proyecto común amplio como consecuencia de la incorporación de demandas de todo tipo que son ajenas o incluso contrarias al sentir de una mayoría, afín a una parte nuclear del proyecto. Y ocurre con ideas tan bien intencionadas como la del ecologismo, que se puede defender pero se puede hacer a ultranza o no, lo que da lugar a un orden jerárquico de las ideas y de las necesidades bien distinto a las del prójimo. Y de esta dispersión, su ineficacia.
Este diferente orden jerárquico de las ideas de unos respecto a los otros es tanto como un defecto jerárquico de las mismas o, lo que es igual, su judicialización o prevalencia jurídica: someterlas a derecho o al resultado de las diferentes fuerzas; lo que supone un degaste y una inefectividad, natural de todo movimiento progresista (de acción plural pero caótica), y, en consecuencia, un impedimento para toda transformación social, además de una desventaja frente a otras fuerzas reaccionarias y frente al orden establecido.
Hasta aquí, lo que se presenta como una crítica y constatación de una realidad que, por cierto, no es nueva, que ha estado en la percepción o cuestionamiento de muchos analistas, como lo ha estado la existencia o no de líderes en el movimiento social, etc. Es hora, creo, de intentar cambiar esa realidad o superarla, y aportar iniciativas o reseñas metodológicas, es decir, empezar a tener claro que falta y que sobra para dejar de ser grupúsculos molestos pero fácilmente neutralizables e inefectivos: tenemos que empezar a estructurar la organización y los fundamentos. Necesitamos una hoja de ruta.
Este movimiento tiene que ser eficiente y pacífico (no sólo respecto de la violencia física sino respecto de otras formas de violencia). Estas dos exigencias nos llevan a una metodología exquisita y casi única, esto es, a un espacio bastante reducido en la forma de la acción, y, sin embargo, entiendo que suficiente, pero entiendo también que inevitable porque estamos intentando fundamentalmente construir una forma de sociedad y esto no permite una distancia entre la forma de hacer y de ser. Esto implica igualmente excluir todo maniqueísmo absurdo, aniquilar toda intransigencia, porque la sola pervivencia de estas ideas implica la del modelo que la sostiene de cuyo lenguaje y formas nos queremos liberar. Superar el modelo no es desear que estemos arriba los que estamos abajo y demás lemas similares, superar el modelo no es invertir esto, superar el modelo es otra cosa: otro tipo de inversión. Tendremos que desear todos lo mismo, tenemos que desear aquello que desearíamos igual en una situación que en otra. Ahí es donde se tiene que poner de manifiesto la perfección de la idea de “conciencia social” que debe imperar: en saber diferenciar nuestro ideal de sociedad de nuestra miseria personal, en diferenciar las exigencias de primer orden de aquéllas que, o bien son de segundo orden o bien quedarían en franquicia tras las primeras, y que en cualquier caso representan un lastre o una desvaluación de las intenciones.
Me parece importante manifestar esta sensibilidad y sumar sensibilidades, y evaluar cuántos estamos en una idea, y cuántos en una idea que se parece (porque se opone a algo) pero que es distinta, como distinta es la necesidad de la que parte, dicho de otra forma, cuántos parten de la necesidad y cuántos aun con la necesidad son capaces de ver una necesidad común y superior. Todo no puede partir de la necesidad, si fuera así no cabrían en este proyecto los que no la tienen, y no es el caso: este movimiento se nutre también de personas libres de toda penuria. Todos los colectivos deberían ser capaces de contemporizar sus pretensiones particulares (y, sin duda, dolorosas), superar esta limitación consustancial e ir a otras pretensiones más universales, de fuerte poder de consenso y de transformación social, y así, de una vez por todas, definir a por qué vamos, cuántos somos y con qué contamos. Es decir, no basta con la sensibilidad, hace falta algo más: el movimiento social necesita apoyarse en unos principios fundamentales sobre los que hacer su manifestación pública o declaración de intenciones, y conformar una teoría social en la que reconocerse (la simplificación de lo reconocido nos lleva a la universalización del que reconoce), que sirva de referencia, soporte o guía de la infinidad de cambios concretos y demandas: un nuevo fundamento de lo posible.
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Para lograr nuestras pretensiones, necesitaremos alcanzar un esquematismo del modelo social y de sus excesos, es decir, comprender cómo hemos llegado hasta aquí. En este sentido, podemos darnos cuenta de que la burguesía ha efectuado toda la transformación social que ha llevado a cabo desde el renacimiento sobre dos pilares fundamentales: crear una profunda desigualdad y llevar la sociedad a un proceso de estandarización, de la que forma parte la judicialización o el igualitarismo (no nos olvidemos de la Ilustración). Podemos admitir que las dos cuestiones no son perniciosas en sí mismas. La primera, porque podemos partir de un principio básico por el que todo lo que deba crecer lo debe hacer por una desigualdad, por una diferencia entre dos puntos o estados: esto constituye el principio de bipolaridad del que en realidad parte todo lo que da lugar a un flujo o movimiento, ya sea de carga eléctrica por el voltaje (o diferencia de potencial) de la pila, de agua por la diferente altura en la cascada, o económico por la riqueza acumulada. La segunda, porque ese proceso es el que ha permitido desasirse del dogma y de otras inveteradas formas sociales. Pero tenemos, naturalmente, que objetar, de una parte, que esta desigualdad haya estado y esté mal gestionada y en vías de radicalizarse, en lo que se está presentando como una bipartición de la masa social a través de la destrucción de la clase media, y, de otra parte, que junto con los dogmas hayamos abandonado principios básicos, en tanto que la estandarización nos está llevando a un proceso de desestructuración social.
La corrección de estos dos factores debe conformar los ejes o palancas de transformación social. No podemos olvidar tampoco el desarrollo de esta crisis y la aparente bancarrota técnica de algunas naciones, pero todo eso es un problema de dinero, que se soluciona con dinero (o con decisiones políticas), que camufla el proceso de regresión social que estamos tratando, y que entendemos primordial. Cualquier propuesta debería estar, por tanto, en la idea de alcanzar la corrección de estos dos elementos, sin olvidar la realidad expuesta y aceptada, en la superación o la síntesis de la misma (en el contexto de la dialéctica histórica); y en el afán de inventarse otra forma de vivir que preserve todas las grandes posibilidades que nos da ésta. Lejos de ser así, y en el mejor de los casos, tenemos unas propuestas de ajuste (véase ATACC), muy en el contexto y el lenguaje neoliberal, que tratan de corregir los excesos, pero no el pensamiento, o, dicho de otro modo, que inciden sobre los excesos de segundo orden pero no los de primer orden, anteriormente reseñados, que implicarían un verdadero cambio en el modelo; en tanto que la masa social incide en el modelo desde el deseo, sin unos verdaderos motores de transformación.
A mí entender, la corrección, en correspondencia con los problemas apuntados, debe venir dada por un proceso de inversión social, como medida de higiene socioeconómica, y por una recuperación o redefinición de los principios, en lo que denominaremos principios de verdad, que se presenta como una medida de higiene política, y, entre ambos, como los pilares básicos o palancas de la reestructuración eficiente de la sociedad:
Primera palanca. Nuestra sociedad está apoyada en el principio de competencia, como motor de la desigualdad y, por tanto, del crecimiento, pero en realidad esto es causa de una profunda desestructuración social y de ineficiencia del sistema productivo, es decir, el modelo actual de sociedad tiene muy en cuenta los beneficios que alcanza por la aplicación de este principio y no sus perjuicios, que son muchos.
El empleo a la corta o a la larga será un problema. En consecuencia, ¿qué hacemos, de acuerdo con este hecho y el principio de competencia, cubrimos las plazas de trabajo menos cualificado con población cualificada, que por supuesto compite en situación ventajosa, y creamos dos problemas (los desocupados y los mal ocupados), o las cubrimos con la población afín, y dejamos, haya o no haya ocupación, a los cualificados para las innumerables ocupaciones de nivel que, si se quiere, puede demandar una sociedad de progreso?
El actual sistema de escalado social es improductivo por la ineficaz utilización de recursos humanos, tanto por el aspecto estructural de los que no prosperan y las condiciones en las que llegan los que sí lo hacen (empleo poco racional de los elementos en la arquitectura social), como por el aspecto funcional de los mismos, o desaprovechamiento de las capacidades y despilfarro de los recursos materiales en todo el proceso. Una sociedad no se puede permitir desaprovechar a su población capacitada en tareas que no le son afines o tenerla entretenida en una búsqueda de recursos propios (su camino) estúpida. Una sociedad debe tener satisfechas sus necesidades estructurales y de provisión básicas, pero la alternativa no debe estar entre ocupar una plaza o no poder ocuparla (ocupándose de abajo a arriba, con la desocupación como estado residual, improductivo y subsidiado) sino entre ocuparla y quedar liberados de ocupación, es decir, ocupándose de arriba abajo, con la ocupación como estado residual plenamente productivo y regulada por mínimos: esto es la inversión social.
Segunda palanca. El proceso de estandarización conlleva el abandono del dogma, de las referencias (acertadas o no), para tomar el camino de la judicialización (la Fe única y estándar), que implica una despolarización política, definida como la igualación social de los roles en los diferentes ámbitos sociales, y promovida desde los mismos. Esto implica muchas ventajas para la producción y es muestra de la altura social, pero parejamente comporta una importante desestructuración social derivada de la imposibilidad de educar en el seno de la sociedad y de la familia, es decir, de la transmisión, distribución y consolidación del acervo. Todo esto comporta, así mismo, una gran confusión en todos esos ámbitos, así como en el de la justicia, propiamente dicho (de la que se nutre la política), por la concurrencia de toda una serie de obligaciones y derechos sin una jerarquía clara. Confusión y desorientación. La sociedad no puede estar sumida en la equidistancia constante, en el igualitarismo perpetuo, en la continua lucha de fuerzas contrarias que impide determinar algún tipo de orientación social, como si al cabo de dos mil años de historia no hubiéramos aprendido nada. Durante ese tiempo la sociedad se ha regido por toda una serie de mandamientos, ahora, no pudiendo echar manos de ellos por haber perdido el carácter universal, estamos en la obligación de dar una solución a la altura de los tiempos: no de determinación equivocada, no indeterminación, sino determinación suficiente. Esto es el principio de verdad. El principio de verdad es el espacio común formado por aquellas cuestiones sociales que en su desarrollo más se parecen a la idea de principio —que por tal es común—, pues representa, aunque no en su estadio de máxima simplificación, una idea de éste, esto es, de lo que la sociedad quiere y parte.
Se trata de dos grandes orientaciones sociales hacia un modelo de sociedad accesible desde éste, y, por tanto, de una referencia. La alarmante tendencia social y la necesidad de invertirla exigen hacer una manifestación pública, establecimiento de un punto de partida, referencias y metas, en forma de Manifiesto.

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