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martes, 9 de octubre de 2012

Deontología de la subversión


Se nos acumula el trabajo. No sé sí ir del 15-S al 7-O, pasando por el 25-S, o al revés. Se están iniciando diversos procesos que está poniendo en cuestionamiento la legitimidad del Estado constituyente actual y que da, por tanto, por descontada la legitimidad de un proceso constituyente o de cualquier proceso de subversión y rebelión. Incluso el Juez Pedraz lo dice:
…, exi­gir un pro­ceso de des­ti­tu­ción y rup­tura del rég­i­men vigente, medi­ante la dimisión del Gob­ierno en pleno, dis­olu­ción de las Cortes y de la Jefatura del Estado, abol­i­ción de la actual Con­sti­tu­ción e ini­ciar un pro­ceso de con­sti­tu­ción de un nuevo sis­tema de orga­ni­zación política, económica o social en modo alguno puede ser con­sti­tu­tivo de delito, ya no solo porque no existe tal delito en nues­tra leg­is­lación penal, sino porque de exi­s­tir aten­taría clara­mente al dere­cho fun­da­men­tal de lib­er­tad de expre­sión, pues hay que con­venir que no cabe pro­hibir el elo­gio o la defensa de ideas o doc­tri­nas, por más que éstas se ale­jen o incluso pon­gan en cuestión el marco con­sti­tu­cional, ni, menos aún, de pro­hibir la expre­sión de opin­iones sub­je­ti­vas sobre acon­tec­imien­tos históri­cos o de actu­al­i­dad
Al Auto del juez le falta algo más para no ser objetable, porque el fascismo también es una ideología o una idea de sociedad sobre la que no cabe el elogio, y el alzamiento militar también es una rebelión que puede nacer de la exigencia de la que habla.
Lo fundamental no es que haya que decir algo más porque lo dicho incluya estos casos particulares, la cuestión es que todos los casos ideologizados se convierten en casos particulares desde alguna perspectiva y que, por ende, pueda quedar en entredicho cualquier acción.
¿Esto quiere decir que no se pueda ejercer esa acción? Evidentemente, no. Quiere decir lo que ya se ha dicho, que la fuente, el motor no puede ser sólo la necesidad o el elogio de ideologías y doctrinas sino que tiene que residir en alguna cuestión más fundamental o primaria, y darle a la acción un canon de importancia.
Un proceso constituyente tiene que ser anterior a cualquier ley, a cualquier ideología porque tiene que ser la expresión social de un punto de partida, y los puntos de partida —en tanto que nos implica a todos y tienen casar a todas las ideologías— no pueden por menos que abandonar ideologías y partir de lo común, de lo que no es ideología (principios).
Supongamos que como minoría somos capaces de promover ese proceso constituyente y que tenemos que poner en común —puesto que el proceso es de todos— pareceres dispares, entre los que podemos citar la propia oposición a dicho proceso (la necesidad del mismo). En virtud de lo anterior, cabe preguntar si esa minoría está legitimada a presentar, por qué y hasta cuando, algo distinto a lo que de hecho respalda (aunque sea con su silencio) esa mayoría silenciosa.
La respuesta es que sí, y no porque sea una ideología o una idea distinta sino, simplemente porque ésta está desconsiderada por la mayoría, esto es, porque es la única forma que tienen dichas minorías de elevar propuestas. ¿Hasta cuando? Hasta que, después de un periodo razonable, entre en la consideración de esa mayoría y tenga la oportunidad de ser aceptado o descartado finalmente.
Esa es la esencia de la democracia, la que se persigue, no ya tanto que todos podamos ejercer un voto directo o no sobre cada una de las propuestas o éstas sean gestionadas de forma representativa (sobre lo que podemos discutir), como en la posibilidad de elevar propuestas de las minorías y, llevado a extremo, las individuales o particulares con la sola condición de estar bien formuladas o lo suficientemente formuladas como para que alguien más capaz establezca una formulación final, esto es, en la posibilidad de someter a juicio lo que el sistema como tal no contempla o desconsidera (el fascismo en este caso ya ha sido sometido a juicio, esa es la diferencia, lo que le falta a Pedraz)
El proceso debe estar totalmente desideologizado, y no sólo no lo está sino que está dirigido por individuos que en todo momento están alerta a cualquier indicio de convulsión social (los generales de la revolución) para poner su maquinaria a trabajar y revitalizar así sus oportunidades o proyectos sociales caducos (que ya han sido sometidos al juicio social y desechados).
Esto es lo que verdaderamente desvirtúa los movimientos sociales, la inclusión de propuestas abandonadas o imposibles, o abandonadas por imposibles.
Este movimiento social tiene que ser de izquierdas en el sentido de ser promotores de puntos de inflexión (casi rupturistas), pero nada más, esto es, no puede ser de izquierdas en el resto de los sentidos de entender la izquierda porque esos sentidos no hacen nada más que dividir y separar, crear susceptibilidades y objeciones, o incluso grandes reparos en virtud de la experiencia histórica y de lo fácilmente que la euforia se vuelve desenfreno y de cómo después de la revuelta sólo quedan erguidos los generales sobre el campo yermo; o simplemente del posicionamiento personal y legítimo.
La cuestión es determinar cuántos de los que están “en pie” son de un tipo o de otro, y si 40 o 50 mil son un número suficiente para formar una identidad genuina, dado que está nutrida del sector mencionado y de otro sector que juega con dos barajas, la de las urnas cuando ganan y la de la revuelta cuando no.
Esto nos lleva a que si el partido de la oposición y sindicatos son contrarios al estado actual tendrían que dejar sus actas de diputados y sus prerrogativas y ponerse al lado de la subversión a ras de suelo, y no desde una posición de ventaja, y dejar patente que lo que se hace obedece a una sola intención, o ponerse (y poner su aparato) claramente al servicio de esa proclama social, que en ningún momento fue la suya (tiempo tuvieron para hacerla).
Hay que dejar a un lado determinadas consignas y mostrar a propios y extraños que lo que se hace se hace por un único fin, que no puede ser otro que “ini­ciar un pro­ceso de con­sti­tu­ción de un nuevo sis­tema de orga­ni­zación política, económica o social” pero que si bien “no cabe pro­hibir el elo­gio o la defensa de ideas o doc­tri­nas” no es menos cierto que éstos deben ser separados de las demandas fundamentales y puestas en tercer plano.
Si con esa sola y única intención solo estamos cuatro, mala suerte, pero mejor esto que vernos empujados a una lucha que en el fondo no es nuestra lucha, o a una nueva batalla fraticida o sin solución.
Hay quien no mira esto y sólo mira dar por bueno cualquier espaldarazo, llenar las plazas y hacer ruido aunque el ruido lo hagan los fascistas, pero ya se ve que en realidad no trae cuenta y que no hay que dar oportunidad de desviar la atención y no perderla para dar un mensaje claro a la sociedad, cosa que no se ha hecho (a las preguntas de los reporteros se balbucea), porque no se tiene…, porque no se ha logrado consensuar…, porque no se sabe de las prioridades…, porque no se sabe de lo posible…, porque no se tiene una teoría social…, etc. etc. etc.
No hay auténtica repercusión social sin mensaje.



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