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viernes, 23 de junio de 2017

EL PROCÉS INDEPENDENTISTA CATALÁN (I)


CATALexit: EL PROCÉS INDEPENDENTISTA CATALÁN (I)                     (Ir a PARTE II)
PARTE I: Las objeciones sentimentales al sentimiento independentista
El sentimiento independentista es un sentimiento. Nada podemos ni debemos decir de los sentimientos si no trascienden, si no se materializan en algún tipo de acción. Es cuando se materializa en una acción cuando nos cuestionamos el sentimiento y tratamos de ver si se acompaña o contamina de otros elementos.
Sentimientos, los hay buenos y los hay menos buenos. Es decir, hay sentimientos que encarna determinados, y apreciables, valores de identidad, y son buenos, y sentimientos que encarnan esos valores asociados al interés, al miedo o el desprecio hacia lo ajeno y extraño, hacia lo que se presenta como lastre o se entiende de orden inferior; que son peores y más habituales. Por ejemplo, entre un grupo de amigos de un colegio mayor el sentimiento de hermandad es bueno, pero ya no lo es tanto cuando lleva aparejado las señas del clan, la defensa frente a terceros o incluso su neutralización o exclusión, acoso o extorsión.
La expresión de esa naturaleza de las cosas, llevada al ámbito que nos ocupa toma la forma de separatismo: el separatismo se sustenta en la idea de que la identidad diferenciada, además de ser fiel a la realidad, tendrá un mayor desarrollo, unas mayores posibilidades de cambiar lo que quieren cambiar y preservar lo que quieren preservar, por tener una voz propia, así como la posibilidad de un mayor aprovechamiento económico.
En realidad, este desarrollo ya lo han venido alcanzando los nacionalismos no separatistas a través de la relación política, en forma de traspaso de poderes y compensación económica continuada. Respecto a lo primero, sólo hay que comparar la actual relevancia social y política de Cataluña con la de Castilla, Extremadura, Canarias…, y, por otro lado, la capacidad de autogestión, para sacar conclusiones. Respecto a lo segundo, recordar la autonomía recaudatoria y las ventajas fiscales del País vasco y Navarra, a la que ha aspirado Cataluña, que no tiene pero que va a la zaga.
La cuestión, desde la óptica estatal, es determinar si lo natural es establecer nuevos y mayores ventajismos económicos o eliminar los existentes. Teniendo en cuenta además que buena parte de ese ventajismo es el pago en especies, y la compensación del silencio, de los diferentes gobiernos, incluidos los franquistas, en detrimento de otros territorios esquilmados y comparativamente agraviados (a los 500 millones de euros con los que han sido nuevamente agraciados los vascos en los presupuestos de este año me remito). Es lamentable que los vascos tengan ese trato histórico diferenciado y este otro, no histórico sino actual y puntual, que se traduce en el diferente montante de recursos para ayudas y protección social que reciben para un sinnúmero de supuestos en comparación con los de las otras zonas de España. De eso no se habla, se habla del PER de Andalucía (aunque también tenga su conque). Y, lamentable, que casi ninguna voz política se haya expresado en estos términos, mucho menos que haya establecido una línea de trabajo programática orientada a revertir las diferencias territoriales.
El separatismo catalán no quiere este ventajismo, en realidad quiere más, quiere todo. Incluso no contempla el federalismo como organización territorial que permita un reparto más higiénico y eficaz de la riqueza, y paso intermedio, y en principio más que suficiente, al republicanismo ansiado por muchos. El procés se presenta como una cuestión mercantilista en la que se baraja la posibilidad de mejorar las arcas estando fuera, una vez que se ha agotado la posibilidad de hacerlo desde dentro, aprovechando la posición de privilegio económica y empresarial, y entendiendo, por encima de cualquiera otra cuestión, que el Estado español, que tiene el control de su economía, le está robando.
Que Cataluña aporta más dinero que el que recibe está claro, la cuestión es si esto es objetable, y sobre todo si lo es por partidos de izquierdas, contrarios a priori a la recentralización del capital en áreas de influencia y a las diferencias territoriales a que da lugar. La izquierda independentista es localista, no quiere saber nada del déficit económico de las regiones desfavorecidas de España, aplica principios socialistas en la comarca y nacionalistas y economicistas (por esto se entiende tan bien con la derecha), fuera de ella, que son acompañados de un anhelo romántico de expansión territorial o recuperación de territorios… ¿A qué me recuerda esto? Parece el germen de un delirio: anhelo, identidad nacional, expansión territorial, recuperación de la economía nacional…, que tradicionalmente acaba en drama porque es pertinaz. Un delirio y un apego a la posesión y a la pertenencia, como la de los fantasmas de los muertos, esos que dicen que moran en sus propiedades y las vigilan con celo, incluso cuando les resulta inservibles, dejándoles irremisiblemente atados a lo material durante siglos. La pregunta es si los catalanes afines comparten esta doble mirada y la atrocidad potencial que subyace bajo las demandas aparentemente inocuas y, por otro lado, si tomarían esta deriva por cuestiones estrictamente identitarias (sin mediar rentabilidad económica alguna), lo que debería ser un cuestionamiento previo y necesario para discriminar las motivaciones y con ellas su carácter ético o socialmente aceptable.
Todo esto se suele sustentar en cuestiones históricas, respecto a lo que hay que decir varias cosas, al margen de que los hechos históricos expuestos sean discutibles, y hayan sido, en efecto, discutidos. Historia tenemos todos. Todos los pueblos fueron una cosa y luego otra. En consecuencia, ¿en qué punto situamos la Historia? Seguramente entre el Imperio Español de Felipe II y lo que somos ahora podríamos escoger un momento dulce, pero después hubo un tratado, una invasión, una guerra... Aragón podría reclamar su independencia porque antes de ser algo junto a Castilla que finalmente dio con esto, tuvo entidad propia. La Historia es historia: tenemos un territorio y lo perdemos, ya no tenemos el territorio, es historia. Las musulmanes reclaman el Al-Ándalus, ¿Y qué? Yo tenía un coche y lo vendí, y ya no lo tengo. Cataluña perdió el condado de Rosellón con la firma de la paz de los Pirineos, ¿por qué no se lo reclama a Francia, lo anexiona, y hablamos luego? ¿Qué conservan los catalanes actuales de esa identidad nacional, si ni siquiera los de entonces la tenían, porque no existía el concepto de nacionalidad? Pero es que además, la Historia nos lleva o nos debe llevar, y así ha sido desde que es Historia, a la conexión y equiparación de los pueblos, a la eliminación del hecho diferencial mediante toda suerte de tratados y alianzas. No parece lógico establecer que se es diferente porque se haya sido diferente o por tener una lengua alternativa, cuando el 95% de lo que somos es actual y es común, y poner el acento y aprovechar ese residuo histórico del 5% para sacar rendimiento económico, y poco más, por cuanto, por las identidades supranacionales, el poder económico está cautivo, la soberanía política,  cedida o traspasada, y la voz propia, esa que se añora, enmudecida… Los Estados Unidos hicieron una nación después de una guerra levantada sobre una cuestión o diferencia identitaria tan fundamental como la esclavitud y todo el desarrollo y uso económico que comportaba, y ahí están. La antigua Yugoslavia tenían una diferencia identitaria irreconciliable y ahí están también, partida en tres.
La identidad lleva además connotaciones psicológicas. Uno puede sentirse diferente o no igual a los otros pero no querer diferenciarse, o sentirse diferente y querer diferenciarse. Cuando ocurre esto último es que se entiende diferente, pero mejor, de otra clase, y no quiere que le confundan, que le mezclen. Dicho de otra forma, hay una identidad diferenciada clasista y otra que no lo es. Pero incluso dentro de la identidad diferenciada clasista hay dos tipos, uno que se entiende mejor y da la mano, y otro que se entiende mejor y la suelta, desdeñosa, que pone una distancia, que es separatista. Esto nos sirve para establecer quién repudia a quien, es decir, que aunque las relaciones son reciprocas y tienen reciprocidades lógicas de desafecto, parten de motivaciones diferentes, uno se pone a una distancia por rechazo identitario y el otro no puede nada más que tratarlo con la cercanía o afecto que da esa distancia. Luego viene la sensación de no ser querido (Junqueras dice: “No quiero que mi gente comparta su futuro con gente que no la respeta, que no la quiere, que no la quiere escuchar”), lo de aumentar la distancia (más, cuánto más extraños sentimos que nos sienten) y buscar el nuevo país como espacio amigo, como amparo o refugio, como el seno de la madre. Imaginemos que cada comunidad es una pareja y la relación de las comunidades como una relación de cada pareja con las otras, pues bien, tratamos a Cataluña de forma dual, como a esa pareja en la que él es un Gollum desconfiado (¡mí tesoro!), rácano y desdeñoso, y ella una persona bella, hospitalaria, inteligente, amante de la música, precursora, subversiva, de elevada conciencia social, comprometida, y un montón de cosas más que nos dan envidia: no queda otra. Determinar, como catalán, qué identidad tiene más fuerza y predomina, es saber de su verdadera esencia, lo que la sustenta, de la pureza de los sentimientos.
Sentimientos hay muchos, pero no todos son limpios, los violentos tienen los suyos. Ellos también derraman lágrimas como Junqueras, pero éstas no dan un átomo de verdad, porque el sentimiento es sentimiento y bien nace de lo mejor de nosotros como de lo peor, y nos emocionamos igual, y temblamos, aunque sea abyecto. La identidad habla fundamentalmente de la vanidad resentida, del ego ultrajado. Las lágrimas hablan de frustración,  la frustración de un deseo no satisfecho, y el deseo de un apetito o un sentimiento de vacío o pérdida que muy bien puede ser patológico (por inexistente) o un objeto del delirio: no parece de recibo que mientras media humanidad está apostando por el mestizaje, por la elevación de la naturaleza humana, de las personas, y el abandono de atavismos estúpidos, aquí se esté apostando por su reedición y por la segregación. Aquí se tiene un sentimiento de menoscabo y se cubre de emociones entrañables, llevando a la confusión de su verdadera naturaleza a propios y extraños, provocando incluso ese dilema en las personas, que en modo alguno quieren decidir sobre este particular, y que quieren abandonar un traje que ha podido servir durante un tiempo, pero que no sirve ahora por mucho que se empeñen, porque es de otra época. Esto le ha pasado al terrorismo (que seguro han vivido los propios terrorista como épico). Le ha costado aceptar que era la herramienta inadecuada para un fin equivocado. Eso le pasa a esa parte de la sociedad catalana que busca, y si no encuentra se las inventa, señas de identidad que en algún momento pudieron ser significativas o tener significado pero que ahora son viejas y expresan una idea pobre de ellos mismos, obsoleta, en un mundo que busca, sustentado en el conocimiento, otro tipo de identidad más transversal, dejando atrás las formas del pasado.
Algunos catalanes han necesitado acendrar las señas de identidad y ahora son esclavos de  esas señas de identidad, de ese vínculo. Existen ejemplo de personas de izquierdas que superan esta idea (la izquierda en sí es contraria) y sin embargo están constreñido en ella. Contraponiendo independentismo y nacionalismo, como si fueran ideas distantes o no incluyera una a la otra, y maquillándola con la heterodoxia del republicanismo para parecer otra cosa. Curiosamente, incluso esa izquierda apátrida, el anarco-independentismo catalán (que debe ser el único anarquismo nacionalista del mundo), busca la patria catalana, mientras que esa otra, anticapitalista o antisistema, se constituye en pieza clave de la constitución de un sistema promovido por la burguesía más capitalista de España, la catalana, amparando criterios e intereses economicistas. El sentimiento lo puede todo, es superior a los esquemas de ordenamiento social, les parasita y les lleva a la contradicción. Estar parasitado es eso, tener una personalidad pareja que modula nuestra relación con las cosas, que se exalta y nos hace pensar que estamos exaltados, y se entristece y nos entendemos tristes, por mor de una quimera.
Existen ejemplos del mundo de la cultura que viven parasitados por ese vínculo, como Lluis Llach, abanderado del independentismo, que ha cantado a esta forma de amor y al amor extenso de los pueblos y que está inmerso inevitablemente en esta contradicción y este absurdo, al enfrentar una forma de amor al otro rudimentario, ligado, pequeño, que excluye, separa y limita, al no amor. Una cosa es la identidad como sentimiento y otra su expresión social. La identidad estaba bien cuando no existía o te la querían quitar, cuando había que recuperarla, pero existiendo hay que saltar por encima de ella, hay que establecer, cantar y perseguir otros ideales más elevados: la convergencia para ser humanos iguales a otros, el rechazo de una afiliación, identidad o cualquier forma de psicologismo, que es eso que se apodera, a través de la forma social e intelectual, de nuestra alma libre, y nos impide ser esplendidos, esto es, iguales a los demás. Raimon, cantó a la rebelión y a la espiritualidad de Espriu, siendo por dos veces atento y capaz. Llach tendría que tener fácil superar los anhelos que no lleven la marca del amor, porque sus melodías vienen del alma. Él no tiene que inventar el discurso o cambiarlo, sólo recordar, decir lo que sabe, aplicarlo:
Pero afuera, Pilar, hay tanta mierda, mierda, mierda.
La mierda de banqueros que cagan miseria para los pobres de mierda.
La mierda de políticos con horizontes de mierda.
La mierda de nuestros intelectuales con cerebros de micrófono,
que desde sus babosas poltronas nos mandan ideas de mierda.
O tal vez no, y por encima de todo haya una fijación delirante y un apego a la tierra y a los sentidos. ¿Quién sabe? ¿Quién sabe si los sonidos bellos son como las lágrimas de Junqueras? Itaca es más que eso, o debe serlo:
Cuando salgas para hacer el viaje hacia Itaca
has de rogar que sea largo el camino,
lleno de aventuras, lleno de conocimiento.
Has de rogar que sea largo el camino…
Has de llegar a ella, es tu destino,
pero no fuerces nada la travesía.
Es preferible que dure muchos años
que seas viejo cuando fondees en la isla
El camino largo es el que nos permite decidir si la búsqueda que iniciamos es verdaderamente nuestra búsqueda y es lo que de verdad ansiamos, o es un sinsentido y una obcecación. El camino largo es el que nos permite dudar. Y, sin embargo, se ha forzado la travesía,  desechado lo aprendido y tomado por suficiente.
Tú no tienes que inventar el discurso o cambiarlo, sólo recordar, decir lo que sabes, aplicarlo, y darte cuenta que aquéllos banqueros, aquellos políticos e intelectuales son ahora tus compañeros de viaje, que son los que verdaderamente parasitan para hacer lo suyo más y mejor, haciendo de esta identidad un negocio nacional o personal, y, algunos, de esa nacionalidad, un pasaporte hacia la impunidad. ¿No ocurre a veces que dudamos de nuestras convicciones cuando las escuchamos en los demás, porque es en los demás donde vemos el despropósito, el exceso de pasión? Pues escucha a todos ellos y duda.
Tú no tienes que inventar, sólo recuperar la libertad.

ESTO FUE TRATADO COMO PARTE DE LA TEORÍA SOCIAL EN:

El principio de verdad y la bipolaridad política

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