miércoles, 4 de junio de 2014

ÍNDICE



Tal vez haya llegado el momento de presentar la obra de una forma global, es decir, presentarla en su conjunto mediante un índice que muestre lo que hemos realizado hasta ahora y lo que queda por exponer. Éste se podría haber presentado desde el principio pero no está mal hacerlo ahora por varias razones. Una de ellas es que se separa o diferencia con este acto lo que en sí mismo está diferenciado, los elementos de la teoría social (efecto transistor, inversión social, principios de verdad) de su posible aplicación en la sociedad, y la consecuente transformación de la sociedad en otra que denominamos Sociedad Inversa: en este caso, una cosa sería los fundamentos de la Sociedad Inversa (ya vistos), y otra, la propia Sociedad Inversa como desarrollo o expresión práctica de esos fundamentos. De este modo además –y esa es otra razón–, no sólo se ha separado sino que se ha velado u ocultado el resto de los contenidos en tanto se ponderaba la problemática principal y los fundamentos teóricos del modelo.



Es ahora, por tanto, cuando parece interesante estructurar el contenido, diversificarlo y representarlo en los diferentes ámbitos de la sociedad (político, judicial, educacional) para que quede perfectamente constatado en los mismos el carácter sistémico de las distintas disfunciones y la obligación de aplicar un determinado tipo de solución. Otra fase o pretensión tendría que venir expresada mediante alguna clase de programa político o la concreción del ideario en propuestas, y, antes de eso, en un verdadero análisis (que en parte ya hemos hecho, y haremos) que esclarezca qué es lo que se necesita para conseguir que las ideas se conviertan en motores de transformación social o den lugar a esa transformación social, y qué cosas no sirven, desvirtúan o nos apartan. No nos cansaremos de decir que las transformaciones tienen que ser posibles además de deseables, y que para esto tenemos que dibujar irremediablemente todo un escenario de plausibilidad, que no es otro que el modelo teórico establecido.
 
El índice es un índice aproximado que está sujeto a cambios en función del formato, o la variación de algunos de los contenidos o incorporación de otros nuevos, si bien es cierto que a priori se pretende respetar (hasta el momento se ha hecho) la obra original, registrada, tras dos años de elaboración, unos días antes del 15-M. 


Se pretende significar con esto que el cuerpo teórico de la obra no es consecuencia de este fenómeno social o ideado ad hoc (todos los comentarios coyunturales o asociados al 15-M se han introducido mediante posts), sino que ha nutrido directamente de los acontecimientos y de la misma inquietud que dio finalmente con el movimiento social, y de esa otra inquietud que siempre está presente en los movimientos anticapitalistas y en su literatura, que no ven en esos acontecimientos sino la confirmación definitiva de sus tesis, de las que participamos una vez superados ciertos umbrales.  

[Nosotros participamos de la inquietud y de la tesis en algunos de sus planos de entendimiento, no siendo así en otros por comprender que no se trata o se debe tratar de la confrontación de dos realidades (el dolor y la exclusión llevan a la confrontación) sino de una desregulación cuasi-patológica y perniciosa de esas dos fuerzas o tendencias, de la sociedad (economía) y de sus elementos (la avaricia de los mismos, la competencia voraz, etc.), y la necesaria regulación mediante un factor clave de intermediación.]


Con el deseo de que la obra esté completa, se incluye además el prólogo de la misma que recoge, anticipa y justifica –como es lógico– todo su sentir, y que inicialmente se omitió por entender que ya se daba una visión inicial suficiente y más pertinente mediante otros contenidos (Manifiesto).

Prólogo
Con las crisis económicas se pone de manifiesto que las dinámicas sociales se saturan hasta que se hacen insostenibles y que las mismas se producen, las más de las veces, por nuestros excesos, lo que no deja de constituirse como una buena oportunidad, si es que la tenemos, de hacer las cosas de forma diferente. También se pone de manifiesto lo que ya de una forma u otra sabíamos, que el modelo socioeconómico se desarrolla en un continuado equilibrio inestable, proclive a caer o derivar a otro despoblado de los elementos de bienestar que le caracterizan. Con la Gran Depresión del 29 pasó algo similar a esto y se puso de relieve que el mercado solo no podía regular la economía, y que se precisaba la intervención del Estado y la implantación de un sistema de economía mixta (incorporando los elementos teóricos de la escuela keynesiana), donde se redistribuyera la riqueza y se potenciara la inversión pública, al que incluso algunas corrientes marxistas se adscribieron, estableciéndose una bisagra entre dos mundos en confrontación. La cuestión capital para las diferentes economías ha sido dónde establecer ese punto intermedio y, ahora, con la nueva crisis, si es suficiente con establecer un nuevo punto de equilibrio o, por el contrario, reformular el sistema económico y encontrar uno nuevo. En la primera fase de esta crisis todo parecía indicar que se precisaba ahondar en esta estrategia y establecer un nuevo cinturón de seguridad, yendo encaminadas las primeras acciones a una regulación más férrea del sistema financiero, pero un rebrote más fuerte ha puesto de manifiesto que o bien son insuficientes o bien son capaces de generar reacciones en los agentes económicos, ya sean de forma natural o perpetrada, y en la economía real —cambios en ésta y en su marco jurídico—, sobre la que los dirigentes políticos no disponen de ninguna capacidad de maniobra más allá de la manipulación de las variables conocidas, destinadas a la contención de la precariedad y el deterioro, o del ajuste de los marcos legales solicitados. El resultado ha sido, ante un intento de intervención, un intento de supresión de la legislación vigente allí donde existe (Europa, puesto que Estados Unidos tiene una legislación flexible), y así, después de rentabilizar la ausencia de normativa de China y resto de países en vías de desarrollo o subdesarrollo, abordar, por acción o reacción y bajo el paraguas de la necesariedad (definida como una necesidad estructural), la acomodación de la legislación a ésta forma más competitiva (barata) y con menos servidumbres empresariales. De lo que se puede deducir que (en esta crisis, contrariamente a la anterior, y ya para cualquier otra) cualquier intento de intervención sobre la economía puede tener un coste social, y que es, incluso sin mediar esta intervención-provocación, relativamente sencillo, mediante movimientos especulativos, romper el equilibrio y alcanzar otro de más bajo nivel, porque es relativamente sencillo eliminar el valor añadido de la economía, esa parte artificial, y llevarla a otra más cercana a la subsistencia y, con ella, por una simple dependencia de la riqueza, de todos los elementos de bienestar afines, esto es, el inicio de un proceso de revisión social para establecer unas condiciones óptimas de funcionamiento para el sistema de producción, libre de toda intervención: pensiones, regulación laboral (facilidades para la contratación y despido, implantación de la jornada laboral in-extensiva, etc.), y libre de toda resistencia: ni analistas ni políticos tienen nada que decir respecto a las consecuencias de la falta de recursos (de la necesidad como argumento).
Toda crisis económica viene acompañada en realidad de una transformación social precedente y otra subsecuente, existe de hecho una relación entre las relaciones sociales y las económicas, ya puesta de manifiesto por el marxismo —que nosotros trataremos de elevar—, por la que las crisis implican cambios sociales y culturales sin los cuales no se entienden y sin cuyo entendimiento no se pueden enmendar. Pero en este caso, tan importantes son las causas sociales que acompañan a la crisis económica como la crisis económica como tal, o más, pues comportan parejamente una crisis social y una variación regresiva en las relaciones de producción (o de la propiedad de los medios de producción), y otra cultural que la permite, avala o propicia, que define claramente nuestro modelo social y que hace imposible cualquier freno y oposición, y deja el devenir, frente a todos los cambios, como un movimiento inercial, al menos, respecto a los adquirientes de las servidumbres. Esto impide que la solución pueda estar fundamentada en alguna corrección técnica o política, y lo deba estar en un cambio cultural profundo, en nuestra forma de concebir las cosas como individuos y ya en conjunto como sociedad; y como sociedad, ser, por una vez en la Historia, protagonistas de nuestro destino. Por esto, la crisis actual no es una crisis más y es, como un repunte de temperatura frente al cambio climático, una muestra de un problema mayor que, como a ese otro, o se le pone solución y se reconduce, o en el plazo de cien años estaremos acabados como civilización (como cultura); o seremos una totalmente irreconocible y sujeta a todos los factores ambientales (sociales) que se quieran imponer. Y no es una crisis más porque, a diferencia de la crisis anterior, no existe modelo alternativo, es decir, no existe ninguna doctrina económica que ponga de manifiesto las deficiencias de ésta, explique esta repentina falta de recursos y establezca un camino alternativo que la neutralice. Los dirigentes políticos, como consecuencia, no disponen de ninguna idea o fórmula correctora, solución mágica, salvo la de plegarse a la recesión y a lo que, en virtud de la misma, establezcan para salir de ella, como condición sine qua non, los agentes sociales o por decirlo mejor, los motores económicos, que de este modo se configuran en un nuevo poder no ya económico, que lo era, sino político, y con él, y como suele ser habitual, unas nuevas relaciones de producción como una nueva forma o estadio del desarrollo, en tanto que aquéllos se muestran como unos necios inoperantes o ignorantes. Por motivo de la crisis, se presentan, por tanto, no uno ni dos, sino tres problemas, el primero salir de la crisis, el segundo, no ya sólo para cada gobierno sino para toda la socialdemocracia europea, inventar un nuevo modelo social pues todo aquello que lo representaba se ha presentado como inviable o suprimible, el tercero hacerlo creíble: ¿cómo liderar un cambio social perecedero?, ya sea mediante la acción política o la sindical, ¿cómo justificar la reivindicación de lo arrebatado?; y son tres grandes problemas porque no es posible un nuevo modelo económico sobre la arquitectura precedente, por lo mismo que no es posible establecer entre dos puntos (asociados a una u otra política de intervención) otra cosa que un punto intermedio.
Los modelos económicos actuales explican o interpretan los sistemas mediante conceptos de alto nivel (las llamadas magnitudes macroeconómicas, y afines) pero no pueden dar cuenta de toda la casuística posible porque escapa de sus pretensiones, posibilidades de estudio y lenguaje (por esto nadie puede anticipar el comportamiento). Este lenguaje de alto nivel alejado de una realidad subyacente más primordial es el causante de que no haya una relación causa-efecto clara entre determinados sucesos y sus acciones. En los modelos actuales las soluciones se corresponden con los problemas en clave de Sol, por lo que la cuestión es pasar a clave de Fa, o forma de relación biunívoca e inapelable. Un nuevo modelo debe entender bien las relaciones económicas y superar su lenguaje, es decir, establecerse como modelo meta-económico: un esquema. Para alcanzarlo tenemos que bajar de nivel y darnos cuenta de que los sistemas socioeconómicos son antes que nada sistemas (y que este hecho condiciona el comportamiento y lo limita), que como tales operan, o pueden hacerlo, en fases de inestabilidad que le son propias, que, de otra forma (la actual), sólo se pueden explicar por la evidencia y relato de los hechos. Nosotros erigiremos nuestro esquema de funcionamiento del sistema sobre el principio de bipolaridad —o de constitución de dos polos o polaridades— mediante el que estableceremos un estudio analítico del crecimiento, el devenir histórico y el desarrollo de las sociedades, poniendo en evidencia sus fallas y sus debilidades sistémicas y la necesidad de alcanzar otra fórmula de desarrollo social, dado que ésta camina hacia el agotamiento o hacia formas degeneradas impulsadas y amplificadas, sin duda, por factores exógenos como los demográficos, energéticos, y otros connaturales al propio desarrollo como son la dispersión educativa o la globalización, que nosotros tomaremos —todos ellos—como simples mediadores genéricos o elementos de intermediación. Nuestro esquema se basará, por tanto, en dos polos y en un elemento de regulación que nos permitirá estudiar los cambios de situación o estados respecto de los primeros, esto es, las transiciones posibles o imposibles entre dichos estados, y en virtud de qué, que llevados a los sistemas concretos nos permitirá saber finalmente a qué obedecen y cuáles son las fórmulas naturales de desarrollo o evolución, y las de corrección. Pero, inicialmente, y sobre esta base, determinaremos una cuestión capital, y que lo es porque su solución o apreciación particular es la justificación última de la necesidad o no de algún tipo de transformación social: si verdaderamente, a pesar del aparente desarrollo técnico y social, la sociedad sigue un movimiento ascendente respecto a la altura social, o no, es decir, si ambos desarrollos han seguido y siguen un mismo movimiento o, por el contrario, si se ha producido algún punto de inflexión, y, en su caso, debido a qué causas, y, más aún, si éstas son producto de un proceso natural o promovidas, que es tanto como saber si tenemos que preocuparnos por las citadas crisis o, por el contrario, podemos incluirlas —contra la tendencia a diferenciarlas o sentirlas especiales, y nuestra propia manifestación— como partes no tan relevantes (ciclos) de un proceso más general que avanza en una clara dirección de progreso.
Nuestro estudio permitirá analizar todo esto y, posteriormente —revalidándonos en nuestra tesis inicial—, establecer un modelo social alternativo (La Sociedad Inversa) sobre el citado esquema y sobre dos condiciones iniciales e imprescindibles de higiene social y política: la inversión social (o estructuración social eficiente), y los principios de verdad, como nuevo principio de civilidad. 



ÍNDICE

Prólogo
2
El Principio de bipolaridad
6
I.                    El efecto transistor
10
   A.                  El transistor, tal cual
11
   B.                  El efecto transistor y los sistemas económicos
16
   C.                  Modos de funcionamiento y condiciones iniciales
21
II.                 El hombre bipolar
22
III.               Bipolaridad del poder político
28
   A.                 La bipolaridad y la lucha de clases                                                             
29
   B.                 La lucha de clases y la Historia
32
IV.               Crecimiento y desarrollo
39
   A.                 La calidad de la ocupación (desarrollo y servidumbre)
39
   B.                 Ecuación de desarrollo            
42
      1.                 Genealogía de la proporcionalidad directa
44
      2.                 Genealogía de la proporcionalidad inversa
47
   C.                  De hecho accidental a hecho causal
56
   D.                 Hacia unas nuevas relaciones de producción
58
   E.                 Límite del proceso de inversión
61


V.                  Desarrollo y crecimiento

   A.                 Sobre la regulación y la redistribución
71
   B.                 El flujo continuo: la redistribución como necesidad 
74
   C.                  Principio de competencia (un poco más cerca de las causas)
78


Principios de verdad
82
I.                    El juicio cierto en el discurso
82
   A.                  El discurso en la vida pública
84
II.                  Los juicios del alma: los principios
84
   A.                  Metacategorías individuales y universales
87
   B.                   Principios de verdad
89
   C.                   Principios, verdad y jerarquías
93
III.                Principios y el efecto transistor: la desintegración social
95
   A.                  Despolarización política: los principios y la judicialización de la vida
96
   B.                   Bipoaridad socioeconómica: la arquitectura familiar
104
   C.                   El principio de verdad o el retorno a la esencialidad
113


Inversión social 
116
I.                    Principio de incompetencia
116
II.                  Sobre la eficacia
118
   A.                  La ineficacia política como paradigma
120
   B.                   La eficacia: competencia ejecutiva
121
   C.                   La eficacia competencia operacional
124
   D.                  Ineficacia y bipolaridad
129




LA SOCIEDAD INVERSA
131
I.                    El principio de verdad y la bipolaridad política
131
   A.                  Sobre el derecho de los pueblos a ser diferentes
132
   B.                   Sobre el derecho de las gentes a ser iguales
134
   C.                   Sobre el derecho a ser igual y diferente
135
II.                  El principio de verdad y la acción política
137
   A.                  La relativización de la acción
137
   B.                   Más allá de la arbitrariedad
141
   C.                   La arbitrariedad estructurada: la corrupción y el entramado político
142
   D.                  El grupo y su acción
148
   E.                   El poder político como necesidad
153
III.                  El principio de verdad y el hecho jurídico: retrato de nuestro sistema judicial
160
   A.                  La ley y la razón teórica
161
   B.                   La ley y la razón práctica
163
   C.                   El principio: lo justo, consistente y completo
167
IV.                Retrato de nuestro sistema educativo
171
   A.                  Sobre los “Objetivos para la década 2010-2020”
173
   B.                   Sobre el ejercicio de la autoridad y el control
177
   C.                   El verdadero control de la enseñanza
183
   D.                  De la especialización a la descoordinación
190
   E.                   Las líneas maestras
195
V.                  Inversión social-Sociedad inversa
202
   A.                  Los fundamentos de nuestra realidad social
203
   B.                   La ocupación en la Sociedad Inversa
207
   C.                   La inversión (o la eficacia social)
211
   D.                  Hacia la sociedad del conocimiento
211
   E.                   Sobre argumentos de viabilidad y sostenibilidad
221
   F.                   Viabilidad económica
225




                      Anterior
 

 
                    Posterior





































































































































sábado, 8 de febrero de 2014

Resumen de la 18ª entrega de la Teoría social




Entre las deficiencias más notables de nuestro sistema social está la propia estructura de escalado y promoción. Esta estructura está diseñada para establecer una diferenciación clara entre polos, entre los que mandan y los que no, los que saben y los que no, dando lugar por diversas causas a una circulación deficiente entre dichos polos y a un aprovechamiento deficiente de los mismos. Quienes necesitan de determinadas exigencias o perfiles saben que éstas pueden ser entresacadas suficientemente de la criba establecida a través del principio de competencia u otros mecanismos de supervivencia o selección, que pueden verse favorecidos o desfavorecidos por la coyuntura o la fortuna. Esta selección natural está bien a falta de otra o cuando las exigencias de la propia naturaleza así lo determinan (cuando la sociedad es en sí misma, como antaño, supervivencia), pero no parece apropiada para este estadio cultural y, en particular, para una situación de abundancia de mano de obra. Los mecanismos de escalado actuales no sólo ralentizan el progreso de la sociedad sino que la desestructuran y, lo que es más grave, desatienden las necesidades sociales futuras, las de  la sociedad del conocimiento en el marco social del trabajo como bien escaso. Esta necesidades nos llevan a una necesidad única, la de establecer una nueva orientación social basada en unos nuevos conceptos de ocupación y desocupación, esto es, de la eficiencia y la rentabilidad social  de la misma (y no sólo económica).
Frente a esa máscara de excelencia de los mecanismos de selección y descarte, y todas las debilidades soterradas derivadas del principio de competencia, tendremos que establecer otra fórmula de selección. Esa nueva fórmula de selección nos llevará a un proceso de inversión social o de utilización apriorística o por defecto de los recursos humanos, que no sólo dará a una mayor y mejor utilización de éstos sino a una conexión más natural entre la necesidad/utilidad social y los diferentes perfiles humanos, esto es, a un establecimiento más sano y equilibrado entre lo que las personas dan y pueden dar de verdad.
Yendo más allá se establece una conexión entre el interés y el desinterés (cuestiones claramente psicológicas), como los dos grandes motores de la eficiencia individual y su repercusión en la eficiencia social cuando aquéllos se presentan como elementos contextuales de ésta, es decir, cuando toda eficiencia social es simplemente el promedio de todo tipo de predisposiciones individuales a hacer o deshacer, presentándose, en consecuencia, como un ecosistema de mediocridad.
La ineficacia política parece un buen ejemplo de este ecosistema, de esta mediocridad. En este ecosistema se ponen de manifiesto tanto las interrelaciones reseñadas como los elementos puesto en juego en las mismas, esto es, las propias aportaciones (interés, desinterés, capacidades) individuales, lo que hace necesario un breve estudio de dichas capacidades, tanto de la parte ejecutiva (uno de los polos) como de la operativa (el otro), es decir, la diferenciación de toda la ineficacia de fondo en dos grandes bloques, y su caracterización, su asimilación a los dos polos sociales (y funcionales), así como de la repercusión en los diferentes flujos o capacidad de influencia, de acuerdo con el efecto transistor.[1] [SIGUE]



[1] El estudio de estas capacidades en los dos polos nos permitirá, en efecto, caracterizar la ineficacia de los mismos y suministrar criterios para eliminarla o paliarla, otra cuestión muy distinta es si este estudio se ha realizado ya, y si se ha hecho o se hace para estos fines (los de alcanzar una sociedad, globalmente, más sana y eficiente) u otros fines bien distintos, esto es, para implantar la eficiencia estándar, la que se espera y de la que no se puede escapar.

viernes, 27 de diciembre de 2013

Feudalismo del siglo XXI o de diseño (el retorno)


Todo lo expuesto y propuesto es, aunque no lo parezca, la parte buena, que habla de un camino proceloso o de calvario y sufrimiento hacia un mundo mejor alcanzado paso a paso mediante transformaciones realizadas en todos los frentes gracias a una mejor higiene social y psicológica y un círculo saludable entre ambas formas de higiene. La parte mala es el círculo malsano y vicioso establecido entre hombre y sociedad, entre las necesidades de ambos, en las que esto me lleva  a aquello y aquello a lo de más allá o a aquello otro, simplemente por la fuerza de las circunstancias o de la lectura que se hace de ellas.

Éste es el caso (no es el primero y no será el último) de la reforma de la ley de seguridad ciudadana. No voy a cebarme con el poder perverso que la pone en marcha, voy a hacerlo con el pragmatismo que hace justificar toda una suerte de regulaciones que garanticen la paz de esa parte de la sociedad que no ha visto (sufrido) la calamidad (como se hace o se hará respecto al derecho de huelga), voy a hacerlo respecto a esa praxis política por la que las penas van en función de lo soportable que sea el daño (tal como postuló Nietzsche), y voy a hacerlo respecto al carácter de esas penas y la capacidad de anular (más allá de la acción judicial) toda posibilidad de reacción, como la que posee la sanción administrativa (cuestión parecida a quitar el pan de los hijos en vez de la propia vida) y otras medidas de ingeniería coercitiva o extorsión.

El planteamiento es separar cada vez más a los que producen de los que no producen y eliminar toda posibilidad de que los segundos disturben lo más mínimo a los primeros, eliminar toda posibilidad de hacer frente a su caso, toda presencia. El planteamiento es separar cada vez más a dos sectores de la sociedad y garantizar la pervivencia del sistema en esta situación, que es tanto como decir la pervivencia de ese sector acomodado que por lo mismo lo ampara.

Nuestro relato social ya explica todo esto y explica cómo esa suerte de pequeños pasos aquí y allá nos lleva al esclavismo o relaciones de producción de semejante patrón. Para que esos pasos nos lleven de un punto a otro de forma inequívoca sólo hay que marcar una dirección, todo lo demás lo hace la propia inercia del sistema. Esto que se está haciendo, que estamos viviendo, son esos pequeños ajustes de dirección que al cabo nos llevan a un universo bien distinto. Ese círculo, como se ve es algo más que un círculo vicioso, es una tendencia clara a formas sobre las que casi no cabe oposición, y de implantación tan rápida que incluso el mejor y más bien intencionado planteamiento teórico resulta inaplicable y alejado de lo que verdaderamente acontece, de la dura realidad.

La cuestión es cómo neutralizarlo, cómo romper el círculo. Está claro que la única forma de hacerlo es mediante la exposición clara de lo que se quiere hacer, la comunicación y la asunción por algún poder político, pero incluso ese poder político está obligado por la realidad, por esa inercia, por lo que lo único que cabe es presentar fórmulas económicas y sociales emergentes que hagan prescindibles a las actuales.

Tenemos, por tanto, que plantearnos qué formas emergentes son posible y en función de qué. Más concretamente, tenemos que preguntarnos qué formas económicas y sociales emergentes son posibles tras el mileurismo o el setecientoseurismo, ése que no da ni para lo mínimo.

La verdad es que ya se dieron antaño esas formas emergentes y que, lejos de suponer un revulsivo, supusieron una parada, un retroceso en el progreso y el esplendor (hablamos del medievo tras la caída del Imperio romano), una perpetuación del ocaso, una solución in extremis y sin futuro sustentada en una forma nueva y empobrecida de relacionarse, la del nuevo poder económico (los señores) con aquéllos que no poseían ni los medios de producción.

Allí se pasó de la necesidad a la dependencia, en similares circunstancias, por lo que todo apunta a que se establezca un nuevo orden basado en la relación de dependencia, esto es, en estar al servicio por lo puesto. Esto, que ya está desarrollado en el breve repaso histórico realizado en el cuerpo teórico, podrá parecer exagerado o anacrónico, pero ¿cuántos de estos parados, sin casa, sin medios, sin nada, no accedería a una relación laboral a cambio del simple mantenimiento y tal vez un extra para acceder a algunos servicios o elementos accesorios (móvil, tele, etc.)? Yo lo diré, muchos de ellos, ya sin futuro, lo tomarían como la mejor vía. Otra cuestión, ¿Qué se necesita para que sea posible? Yo lo diré, sólo hace falta una sutil modificación legislativa para hacerlo posible.

Para hacerlo posible sólo hay que ver finalmente la ventaja, esto es, tiene que ver la ventaja el capital. No es difícil verla porque una vez más nos encontramos frente a la situación presentada entre el Imperio romano y los señores feudales, la de esconder parte del beneficio (o rentabilizar) a través de una estructura opaca (el feudo).

Estamos diciendo que estas formas emergentes (las que necesitamos como solución) no vienen nunca a solucionar el problema de las clases necesitadas sino la ineficacia y la falta de rentabilidad de las relaciones de producción, por lo que no hacen sino buscar una nueva superestructura para las mismas.

Ese intento de rentabilizar y esconder es el que ha hecho que proliferen las empresas de subcontratación como intermediarias (que son las que en realidad se han quedado con el diferencial entre lo que se venía ganando antes de la crisis y los setecientos euros actuales), o esquema básico de la superestructura, pero es el que puede hacer que se vaya un paso más allá en el sentido descrito, que no es otro que el de equiparar la fuerza del trabajo a los gastos de subsistencia, dejando todo lo demás como plus-producto.

Idénticas formas de relación nos llevan a un idéntico grado de bienestar porque nos llevan a un alto tanto porcentual de la masa social ocupada con un salario mínimo, y a un diferencial que se acumula (ahora de forma más productivista) en reservorios de riqueza y de poder. En aquel caso fue la caída del gran imperio (destrucción) en beneficio de toda una suerte de mini-imperios diseminados por toda la geografía, en este caso ha sido la diseminación calculada para evitar su derrumbamiento, mediante la incorporación de esos feudos como unidades intermediarias que se benefician de esa intermediación y nutren con ello al gran reino económico.

Esa pequeña jerarquía social, que en la actualidad se compone de toda la pequeña estructura de las empresas y de todo aquel que sea capaz de diferenciarse, formará un mundo similar al de bienestar que conocemos, y todo el sector que simplemente disponga de la fuerza de su trabajo, ya sea cualificado o no (obreros, médicos, técnicos) pasará a formar parte de un submundo gris de varios tonos, dándose por descontada su funcionalidad anodina, y como tal recompensada. Esto nos pone frente a la gran táctica del sistema socioeconómico actual, la de echar del sistema de bienestar a quienes se presenten como una carga o a quienes no les reporte un plus, esto es, algo más de lo que ofrece un sistema mecanizado.

 

 
 

 

domingo, 8 de diciembre de 2013

Más allá de lo social



Antes de proseguir con el resto de la obra, reflexionaremos sobre algunas cuestiones, algunas que vienen al hilo de lo que se ha desarrollado en los dos últimos apartados de la teoría social, que son los que verdaderamente importan respecto a la propia teoría (su cuerpo teórico - su Sw y su Hw), y otras que trascienden a otros ámbitos y se extienden a un esquema (y necesidad) que va más allá de lo social para ir, desde la cuestión fundamental del conocimiento, a otra más prosaica –pero también más vital– del comportamiento.

Éste es el caso de todo lo dicho en “Los principios de verdad”, donde además de expresar la necesidad de alcanzar la verdad social, o repertorio suficiente de criterios, se expresa ésa otra de alcanzar una determinada higiene y orden en todos los ámbitos, es decir, la de romper con la confusión, y eliminar, por tanto, la lucha de opuestos innecesaria e improductiva. Esta lucha de opuestos se concreta en el marco que nos ocupa –tal como venimos desarrollando– en la falta de convergencia respecto del (la idea de) futuro de nuestra sociedad, pero se traduce más dolorosamente en el mismo sentido en otros marcos como son el de la educación y el de las relaciones sociales de todo tipo, esto es, en la conformación más o menos sana y eficiente de individuos (que luego se tendrán que relacionar) y en la relación, propiamente dicha, de esos individuos, y muy particularmente en la relación de pareja como forma fundamental, y más susceptible de alcanzar el éxito o el fracaso (el aprovechamiento eficiente de lo que somos o hemos aprendido) en eso que llamamos amor (desarrollo iniciado en la entrega 4ª de la teoría y completado en la 16ª).

En este caso, estamos diciendo que eso que llamamos amor no es más que la eficiencia en la relación de dos polos que se encuentra a una determinada diferencia de potencial, esto es, las características del flujo en función de la bipolaridad y de las resistencias, alimentadores psicológicos, valores etc. que pueda poner cada uno, que da lugar a un punto u otro de trabajo en el efecto transistor; y que una vez más el éxito o el fracaso dependerá de los objetivos que sean nuestros criterios, y, en consecuencia, de lo coincidentes o libres de elementos subjetivos, problemáticos, ineficaces y antagónicos.

Diremos de forma más definitiva y general, y una vez más, que se trata de alcanzar la bipolaridad adecuada y el punto de trabajo correcto, prevaleciendo el criterio aséptico y la metodología práctica frente a la lucha inútil y absurda, y de llevar ese equilibrio fundamental en nuestras vidas mediante la incorporación de criterios reales, justos y resueltos que esclarezcan qué es lo que se espera (esperamos) de nosotros mismos y a qué podemos optar, cuestión que pasa en buena medida, como es lógico, por la supresión de la servidumbre (supervivencia) y el miedo, que son los que verdaderamente hacen que tengamos comportamientos excesivos e injustos.

Estos excesos son los que crean el círculo vicioso entre hombre y mundo, entre una parte del mundo y otra, y el establecido entre sus despropósitos: que dos soluciones distintas a un mismo problema deriven en problemas diversos y distintos, da lugar, a su vez, a que esas soluciones se radicalicen o se dogmaticen, o que alguna nos lleve o pretenda llevar a posiciones anteriores, como solución particular, al caos instalado. Hablamos por esto de fundamentalismos sociales o religiosos que buscan en el mandato ese patrón cuando deberíamos hablar de unos nuevos mandatos, de los que unos no quieren saber nada porque suponen una cortapisa a su capacidad de utilizar al ser humano como instrumento para el beneficio económico (abogan por la estandarización) y otros tampoco porque sólo saben establecer ideas difusas que tratan de contemplarlo todo sin definirse en nada (abogan por el igualitarismo).

Algo parecido ocurre con la inversión social. Con ella hablamos de eficiencia, de eficiencia de la ocupación, pero también hablamos de administrar la ocupación y equilibrarla con la desocupación. Hablamos de un mundo bien ocupado y hablamos de seres humanos bien ocupados o incluso desocupados u ocupados en la infinidad de tareas alternativas a la ocupación mercantilista o dineraria. La forma de actual de ocupación (hasta la extenuación de algunos) y desocupación (la del paro de otros) es un sinsentido social, pero además es un sinsentido vital.

La sociedad y el ser humano tienen que entrar en este cuestionamiento y aspirar a otra forma de ocupación, más equilibrada. Pero en un sistema situado en el umbral de la supervivencia no cabe preguntarse nada (salvo lo ideado para lograrla) porque el ser humano no está instruido, orientado a esa posibilidad (la de divergir o escapar), ni tiene posibilidades materiales de aspirar a nada más, como ya ocurre en esas miríadas de trabajadores sujetos a toda una legislación  pro-esclavista, puesto que a esclavismo apunta o es trabajar lo máximo por lo mínimo (ya hablaremos de esto). Es decir, el ser humano puede pensar o en cómo lograr estar mejor o en cómo lograr no estar peor (su problemática particular), lo que implica que ciertas perspectivas prácticamente no quepan, y que se haga necesario introducirlas mediante planteamientos teóricos que superen la realidad, porque además ese estar peor o mejor puede representar una visión pobre de la comodidad o de la plenitud psicológica (la falsa realización personal, la falsa conciencia) que encuentra natural escapar de las servidumbres mediante el desarrollo profesional individual sin cuestionar la naturaleza de las servidumbres presentes.

Estos planteamientos suponen proponer un ideal social práctico (praxis social vertebrada por principios de verdad), es decir, una referencia siempre presente que nos ponga frente a ella además de estarlo frente al problema concreto y circunstancial. Esta proposición supone, dicho de otra forma, establecer una ligadura (acotar el movimiento) o condicionar el movimiento sobre un movimiento fundamental irrenunciable.

Con las dos palancas propuestas pretendemos equilibrar (y distribuir) la ocupación (la fuerza del trabajo) para que ésta proporcione un flujo constante, haciéndola eficiente, eliminando todo tipo de resistencias estructurales (derivadas de la estructura social y de la política), lo que permitirá alcanzar unas plusvalías superiores con una bipolaridad social menor, que se tendrá que ajustar finalmente con el reequilibrio económico (cuyo desarrollo acometeremos en otro momento).
 

sábado, 9 de noviembre de 2013

Resumen de la 17ª entrega de la Teoría social





Una vez abordada la despolarización política, queda la otra pata del problema: la ruptura de la arquitectura familiar como consecuencia del desarrollo económico, y sus repercusiones en el ámbito educacional o imposibilidad material de ejercer la tarea educadora, en el que igualmente subyace la despolarización política en el ámbito de la pareja, esto es, su ineficacia.  Esta despolarización no sólo es ocasionada por el desarrollo económico sino promovida, dado que representa una forma de organización social estándar más productivista.
La sociedad se transforma. El problema no es que se transforme, el problema es que lo haga (como ha pasado siempre) por requerimientos económicos.[SIGUE]

miércoles, 9 de octubre de 2013

Sobre lo ineludible y lo eludible de la realidad social


Todo está frío. Todo ha regresado a su estado inicial, a la equidistancia de todas las posiciones. El movimiento social ha sido prácticamente anulado, amortizado o superado por la maquinaria del poder (más la del contrapoder oficialista). En realidad ha sido superado por lo que ya dije que era su peor enemigo: su propia realidad, precipitada a la nada por la otra realidad, esto es, por las previsibles estrategias de represión y por el amejoramiento de la situación económica, o de índices económicos tan significativos como la prima de riesgo.

Es esto último lo que más preocupaba a (casi) todos porque sin esto no cabía otra preocupación. Ahora ha cesado esta tensión y volvemos a nuestra rutina, eso sí, un 20% más pobres como consecuencia de la disminución del gasto y la prestación social en esa cantidad.

Los mercados exigen disminuir el gasto para conservar el margen de beneficio u obtienen éste directamente de los mecanismos de financiación o de su manipulación. Ellos ponen la distancia y rompen la equidistancia mediante la necesidad de mantener el margen de beneficio: inapelable. La ciudadanía la pone con el rastro más que visible de su necesidad: inapelable.

La equidistancia se había roto circunstancialmente con el aumento casi caótico o irrefrenable del  mencionado índice  (con la manifiesta  inestabilidad del sistema), pero una vez vuelta a los márgenes de normalidad, ¿en qué basar ese rompimiento, cómo hacer una necesidad más necesaria que otra? No se puede, y como no se puede todo deja de ser de una importancia capital para simplemente estar ahí, como están ahí tantos temas de esa cotidianidad nefasta (la Corona, el extesorero del PP, corrupción y financiación ilegal, Independencia de Cataluña, Gibraltar), como una parte más de nuestra realidad.

El movimiento social trata de romper el empate técnico con “envidos a la grande” que magnifiquen el deterioro y lo saquen de ese interesado in pass o del olvido, pero sin una razón instrumental ni un argumento unificado y suficiente que aglutine a la opinión pública. En efecto, algunas de esas cuestiones están ya abordadas por el poder judicial (y se quiera o no se quiera tienen que seguir su trámite), y otras, lejos de representar un elemento de consenso, pueden dividir a la ciudadanía en dos facciones claras y bien diferenciadas, por lo que debe seguir su decurso natural y supeditarse al hallazgo de un nuevo marco, de una nueva coyuntura histórica.

Desde aquí no queremos engordar la polémica o ser parte de ella, no queremos decir algo que sin duda ya ha sido dicho (ya estamos demasiados para opinar, y por esto hemos restringido en estos últimos meses nuestro discurso). Sólo queremos reiterar la necesidad de incorporar elementos, nuevos y objetivos a la demanda social, muy particularmente la necesidad de superar la propia necesidad o coyuntura, y romper la equidistancia.

Esta equidistancia sólo se puede superar con una verdadera proyección de futuro del problema (que sigue ahí) y una solución plausible, es decir, restringiéndonos a un escenario objetivamente ineludible por unas causas también ineludibles en este contexto, y a un ideal verosímil y asumible en mayor o menor grado (con diferente grado de implicación) por la práctica totalidad de la sociedad, tal como ocurre con la sostenibilidad medio ambiental del planeta.

Ese escenario ineludible es el que tenemos que alcanzar para el planteamiento y solución de los problemas. Siendo más exactos, saber de lo eludible e ineludible es saber de la verdad de las cosas en política y de las posibilidades en desarrollo de las sociedades. ¿Qué es ineludible? Ineludible es la superpoblación y el incremento de la esperanza de vida, el incremento de productividad (o trabajo equivalente) y el consecuente incremento en la relación existente entre horas de trabajo libre (o no empleadas) y horas empleadas. No ineludible y presentado como tal es el desempleo derivado de esto último, el proceso de concentración del capital en unas manos (natural sin control político), su deslocalización, y la infrautilización consecuente de los recursos económicos: en un sistema da igual no tener recursos a que éstos estén cautivos y sin aplicación.

En este contexto, si nos atenemos a la crisis, una crisis económica no es nada más que la concurrencia de estos elementos perversos y de políticas —toda una suerte de mecanismos (abaratando los procesos de despido y desocupación actuales y venideros, por ejemplo)— ideadas para desarticularla y darles solución desde algún punto de vista, que las más de las veces introducen nuevos elementos perversos, de desajustes o precarización, como ocurre con la reforma de las pensiones.

La clave de una crisis no parece estar en los hechos ineludibles sino en esos elementos difícilmente eludibles que hacen de los primeros un drama vital, pudiéndonos llevar su desarrollo a concepciones bien distintas, válidas y contrarias, es decir, a formas opuestas y legítimas de tratar las cuestiones y darles solución en función de lo ineludibles que entendamos (depende de nuestra percepción y posición) las situaciones.

La superación de la equidistancia no está, por tanto, en advertir y cuestionar lo aparentemente ineludible de la situación o de la intervención, que puede ser discrecional, oportuna y legítima, sino de la progresión (acordémonos de los rescates bancarios) , en caso de que la tal intervención pueda representar sólo una solución de los efectos, o de causas aisladas de otros problemas que lo condicionan gravemente, como ocurre en el tema ya mencionado de las pensiones respecto a la imposibilidad de tener una ocupación y, por ende, una cotización, de forma continuada. Es decir, la distinción cualitativa de unas y otras posiciones no está en la diferente posición frente a las necesidades actuales porque no está en las necesidades actuales, propiamente dichas, sino en la necesidad futura común y en la posibilidad más que probable de llevar el sistema social al caos sin la participación de determinadas medidas de control, sujeción y ruptura con la tendencia actual.

La superación de la equidistancia consiste en este caso, por tanto, en ver y hacer ver que este paro no es un paro coyuntural, ni siquiera estructural, sino que es un paro sistémico, y que lo que se ha presentado no es nada más que la primera manifestación de un problema más hondo de dudosa respuesta a los distintos ensayos pero de conocido resultado por los factores determinantes ya expuestos. El problema no está ni siquiera en que el 1% de la población tenga el 99% de la riqueza (que también) sino en que cada vez más la obtiene sin hacer uso de ese 99%, con todo lo que conlleva respecto al desempleo y la garantía de las pensiones futuros (he oído que han dicho que dicen que ahora se está haciendo eco en Europa de esto). El problema es la incapacidad real para adoptar medidas de ruptura, esto es, capaces de romper la relación de proporcionalidad inversa entre crecimiento económico y desarrollo social, que es la que caracteriza a este tipo de crisis sistémicas frente a otras crisis de desarrollo.

Las crisis de desarrollo se pueden afrontar de una u otra forma, para la sistémica sólo cabe una solución, un tipo de política. Esta política debe corregir o contrarrestar las desviaciones asociadas al desarrollo de las sociedades (incremento excesivo del gasto como consecuencia de la universalización del bienestar), pero fundamentalmente tiene que preservar ese bienestar y corregir las causas que hacen que éste bienestar no se pueda procurar en un mundo que quintuplica su capacidad de generar riqueza, que grosso modo, y como común denominador, vienen determinadas por la infrautilización o utilización equivocada de los recursos económicos y humanos. Es decir:

*Por un lado, esa política debe corregir el derroche y el reparto de la riqueza: no se entiende que un aumento de la renta per cápita no lleve aparejado un incremento o mantenimiento de nuestras posibilidades sociales (por extrapolación de lo que se alcanza con la media de las individuales), que además es la mejor garantía de pervivencia del sistema.

*Por otro lado, debe corregir la forma en la que se utiliza el capital sobrante: no se entiende que el mismo (el verdaderamente sobrante) no tenga una aplicación social, esto es, que no exista una gestión de toda la riqueza más allá de la recaudación de impuestos y su gasto en las diferentes partidas.

*Por último, y más principal, debe corregir la aberrante funcionalidad de la ocupación, o dicho de una forma más suave, su concepción obsoleta o anacrónica: frente a la necesidad de someter el nivel de ocupación a la maquinaria económica o la maquinaria económica al empleo, está la de la plena ocupación, esto es, la de la ocupación al margen de la rentabilidad o perspectiva economicista de la misma, y de la contraprestación dineraria.

 
Tal como se refleja en el punto 8º de la DECLARACIÓN.

De otra parte, es tal la cantidad de esfuerzo excedente (lo que esta sociedad puede hacer y no es acumulable de forma dineraria) que no es posible —esta sociedad no admite— que la ocupación (las posibilidades del hacer), y la riqueza que puede generar, esté sujeta a la rentabilidad económica o el beneficio, o limitada por ella.

 
Esta nueva concepción de la ocupación abre la puerta a un nuevo paradigma, el de la ocupación por criterios socializantes y creativos (los propios de la sociedad del conocimiento) que además representa la única fórmula capaz de soportar todas las servidumbres asociadas a estadios de desarrollo futuros: la sociedad del futuro será solidaria o no será. Valga como ejemplo de lo que digo toda la carga social que representa el cuidado de los mayores.

La fórmula empleada para conseguir todo esto, —planteada en el mencionado decálogo y expuesta en el Manifiesto que sirve de guión a la Teoría social que estamos desarrollando (La Sociedad Inversa)— es la estructuración social eficiente o Inversión social[1]


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Las transformaciones sociales necesitan de ideas útiles y posibles, y de un estado de opinión que haga de ellas una referencia constantemente presente. ¿Qué tenemos que tener presente? La idea que hay que tener presente es que la clase media tal como la ha conocido nuestra generación está en vías de extinción, dejando tras de sí a dos clases sociales muy diferenciadas e irreconciliables (en estado de lucha o de sumisión): no queremos ganar esa lucha de clases, sólo superarla. Ésa es la idea, la única posible y útil en este estadio cultural (o superamos la lucha o la perdemos definitivamente).  La idea que hay que tener presente es que ese estado de bipolaridad social, o fragmentación social de la sociedad, es la reedición de modelos de sociedad pobres, arcaicos y abandonados, por lo que se presenta como un claro síntoma de regresión social, esto es, del deterioro de nuestra altura social, un empobrecimiento de nuestra idea de sociedad y de sus expectativas. La idea que hay que tener presente es que esto no es inminente pero es, salvo que establezcamos ese punto de ruptura, ineludible.

Sólo hacen falta tres ideas…, y alguna idea más, y contarlas a todo el mundo (machaconamente) para que estén presentes o compartidas por una amplia mayoría del tejido social, y suponga una resistencia teórica real al modelo que de facto se está implantando, y que se constituyan a sí mismas en modelo y luego en sistema social.

De la posibilidad, utilidad y presencia se llega a la determinación de ir en una dirección y la de articular un proceso que nos lleve de un sistema a otro, o que evite —con la determinación clara de lo que queremos como sociedad— que el nuestro se corrompa.

Otra realidad es posible…, pero sólo así es posible.
 



[1] Remitimos al mencionado manifiesto y a la propia teoría para comprender el sentido contextual de la inversión social, en tanto que abordaremos su sentido íntimo y puro en una próxima entrada en la que quedará totalmente explicada y justificada su participación final y principal en el cuerpo teórico.