jueves, 21 de junio de 2012

Presentación de la Declaración (provisional) de la Sociedad Inversa Sociedad Inversa



Los principios de verdad son una medida de higiene política o de superación de la judicialización, que tanto daño hace a nuestra sociedad, porque es la continua lucha de iguales en la que a la hora de la verdad unos son más iguales que otros, y en la que sin embargo perdemos las fuerzas.
La inversión social es una medida de higiene socioeconómica o anulación sistemática de los dos grandes problemas estructurales de nuestro sistema social, la competencia (la competitividad) y la incompetencia (la no idoneidad), mediante un sistema de escalado social que propiciaría una adecuación de la actividad a las verdaderas capacidades, dando un sentido diferente al concepto de ocupación.
Ese es el valor de los dos pilares básicos de La Sociedad Inversa, que podemos estructurar mediante una Declaración o decálogo de pretensiones, que conecte con la realidad y que, sin embargo, la supere. Es decir, no se trata de un anhelo hueco sin posibilidad de imbricarse con la realidad porque dispone de demandas concretas y claras en ella, puntos de partida y objetivos alcanzables, no se trata de algo empercudido de realidad, saturados de sus propio lenguaje, sino algo que quiere escapar de la misma, de sus marcos jurídicos, de su inercia, de ciertos usos.
Este decálogo de pretensiones se tiene que concretar luego en toda una serie de iniciativas, que iremos también apuntando en la Teoría social,  que vayan estableciendo una nueva forma de entender las relaciones y una nueva arquitectura social, y que de igual forma modifiquen las relaciones socioeconómicas.
De una parte, nosotros, como sociedad, queremos una sociedad que sin perder de vista las necesidades estructurales y, por ello, la rentabilidad económica, persiga una participación extensiva en la producción y en el resto de las ocupaciones de la vida social propias de una sociedad de desarrollo, propiciando un orden lógico mediante la inversión social (reestructuración y eficiencia), el desarrollo de un concepto de la ocupación sobre la idea de ocupación necesaria y, consecuentemente, de la desocupación, como seña de bienestar, y la adecuación del desempeño a capacidad que impida cualquier tipo de falla social o desarraigo. No queremos una sociedad en la que impere la ley del balancín sino otra levantada sobre la idea de vasos comunicantes, superando definitivamente la dicotomía existente entre los dos grandes modelos sociales —el maniqueísmo ideológico absurdo— y, consecuentemente, su aparentemente irreconciliable espectro de intereses.
Esta dicotomía evidencia que esta sociedad está entendiendo algo mal. Entenderlo bien es encontrar un punto de encuentro. Ese punto de encuentro pasa por establecer unas preferencias en las que las necesidades de la producción no vayan en detrimento del bienestar y el bienestar no vaya en detrimento de la producción, y que todo, en conjunto, vaya en beneficio de la sociedad. Esto se consigue con el citado modelo extensivo por el que todo va en el beneficio de la sociedad, pero toda la sociedad de forma extensiva se corresponsabiliza de las necesidades productivas, esto es, del desarrollo, cuidado y máximo aprovechamiento de las fuentes de riqueza. No queremos una sociedad en la que la riqueza se obtenga de una diferencia de potencial grande sino en un flujo grande y en la supresión de resistencias. Esto para la actividad económica se presenta como intensiva o productivita (y sin los inconvenientes actuales) pero socialmente presenta todas las ventajas de la distribución lógica.
De otra parte, no se trata sólo de cambiar leyes e incluso de cambiar la Constitución, que en último término podría ser necesario, sino de cambiar nuestro concepto de sociedad, nuestra percepción de las formas  habituales, consolidadas y aceptadas, y crear una corriente de opinión que las haga o las tome como inaceptables. En este sentido, estamos habituados —en esa lucha de iguales— a que unos sean presuntamente inocentes por defecto y otros, presuntamente culpables, a que unos tengan como derecho lo que no es tal, en tanto que otros tienen que revalidar continuamente sus derechos más nimios, dando lugar por una parte a un exceso o abuso social permanente y por otra a una gran complejidad social y un gasto enorme de recursos. A modo de ejemplo, podemos decir que no tiene sentido que todos los derechos asociados a la adquisición de una vivienda nueva, esto es, los exigibles criterios de calidad contratados y, sobre todo, los esenciales, tengan que ser recurridos por vía judicial (esto es, revalidar el derecho), y no por vía administrativa o de oficio mediante un simple informe técnico de rápida ejecución, que dictamine lo que en principio (por principio) corresponde; quedando la acción jurídica como recurso o segunda instancia frente a discrepancias respecto del principio refrendado o documentado. No es de recibo tampoco que la verdad jurídica esté del lado del que tiene poder, es decir, que el que tiene el poder tenga la oportunidad de ejercerlo indebidamente y una vez ejercido, de camuflarlo con facilidad mediante el amparo judicial, como se hace de forma circunstancial en cualquier ámbito y de forma sistemática en el ámbito político, donde una fiscalía, del mismo signo político, necesita mucho más que indicios para iniciar un procedimiento (la realidad es que tiene que verse frente a la imposibilidad de no hacerlo). Se necesita por tanto una definición nueva de la verdad jurídica o una arquitectura escrupulosa, o ambas cosas. Esa arquitectura en el ámbito político muy bien puede venir dada a partir de una separación de poderes (y, ¿qué mejor separación que hacerlos de signo político diferente?), mientras que en otros contextos tienen que partir de determinados mecanismos que rompan con la indefensión sistemática o la coerción encubierta, y de la posibilidad de abreviar de forma razonada determinados litigios (para empezar dándole verdadera solución) o mermas de derechos, esto es, la posibilidad de liberar a la víctima del daño y del peso de todo el aparato judicial, quedando liberado del proceso, lo que posibilitará una mayor participación ciudadana o la implicación —personal o no—  en la corrección de todas esas desviaciones que afectan a un buen desarrollo social; lo que deriva en altura social.
De eso se trata, tanto un fundamento como el otro, de establecer mecanismos que no sólo sean elementos de urgencia a la innumerable cantidad de problemáticas sino de otros que eleven nuestra altura social como sociedad, lo que pretendemos de ella. Se trata de dar claridad y simplicidad a la estructura social, en el orden lógico mediante los principios y su jerarquía, y en el orden estructural mediante la inversión social o, lo que es lo mismo, mediante unos mecanismos de empleabilidad eficiente y de utilidad social sin angustias sociales y personales.
Esta sociedad debe ser consciente de que esto que quiere y persigue está sujeto a la viabilidad económica y social, y que habrá, en consecuencia, un largo proceso de transición y la implantación de disposiciones transitorias en el mismo. Para empezar tenemos un problema financiero por resolver que supone también el cambio de una vieja concepción de la riqueza y el reparto, y su transformación en otra nueva, que en modo alguno puede ser la vieja propuesta socialista (ésta no funcionó en el pasado, porque parte de algunos errores de bulto, y no lo hará en el futuro) sino en la que estamos desarrollando y esbozamos aquí. Pero debe ser también consciente de que por encima de este problema tenemos otro, que se ha puesto de manifiesto ahora de forma superlativa pero que ya se venía denunciando por los sectores que vienen sufriendo esta misma problemática en cualquier tiempo, y que no es otro que la capacidad que tiene el dinero sin control de destruir nuestra forma de vida. Es por esto que esta sociedad debe fijar en estos fines sus decisiones, estableciendo esas grandes orientaciones sociales o idea de lo que se pretende alcanzar de una sociedad, que si bien pueden ser desviadas coyunturalmente permiten no perderlas de vista como referencia.
A partir de aquí sólo queda comprender lo que  esencialmente implica esta propuesta, apoyarla, creando un estado de opinión, y  elaborar una hoja de ruta que permita definir las prioridades (se trata de ir hacia otro orden social) y conseguir que esa parte de la sensibilidad social que ya tiene una forma de orden (la socialdemocracia) la adopte, esto es, se dé cuenta de que el único proyecto social viable es éste, y sirva, en consecuencia, de dispuesto vehículo.



jueves, 7 de junio de 2012

Hacia un nuevo orden social

Tenemos un problema de financiación que ha dado relevancia al problema de endeudamiento, y uno de endeudamiento que ha otorgado un sentido al de financiación que no tiene. Todo ello ha puesto de relieve una debilidad del sistema (capitalista) como tal, que no es otra cosa que la manifestación de la nuestra propia, la de nuestros excesos sin control. Sistema, que ha tenido —y tendrá— que recurrir a fórmulas intervencionistas (ya no sólo del Estado sino sobre los Estados), aunque no por ello efectivas dado que no se están aplicando con sentido político (como podría ser la emisión de eurobonos o la compra-reventa sistemática de bonos) sino de forma tardía, escasa y sin sentido, esto es, no obedeciendo a otro plan que el de evitar el desastre por lo que en todo momento se está al borde de dicho desastre, que de esta manera se nutre. Todo esto sin tomar en consideración una vergonzante deuda privada, principalmente financiera, que está quebrando la columna vertebral de nuestro sistema social.
Toda economía necesita de una bolsa de capital que represente un polo activo en la misma, es decir, un reservorio o volante de inercia que permita mantener los flujos de ida y vuelta entre el mismo y el polo que genera riqueza con su trabajo, o masa social. Esta bolsa de capital, que era simbolizada tradicionalmente por el sector financiero (además de los recursos propios), se ha ido desplazando en la actualidad —dado que los sistemas son abiertos— a una entidad transnacional de inversión que capitaliza determinados activos financieros nacionales, en lo que se presenta como la culminación del sueño liberal: el dinero sin patria; o, dicho de otra manera, como la patria del dinero.
Ese dinero sin patria se comporta como un Estado adicional de un PIB similar al PIB mundial (el de los siete principales fondos equivalen al de EEUU), pero sin servidumbres nacionales, esto es, con todo él dispuesto para ser empleado mediante mecanismos de inversión, para actuar, por lo que se constituye en poder. La forma de presentarse este poder ha tenido dos fases, una en la que se facilita el endeudamiento, homogéneamente distribuido, y otra en la que se selecciona y se encarece selectivamente éste, una en la que se mantiene una cierta proporcionalidad entre las fuentes y los sumideros de la mencionada bolsa, y otra en la que no. Cuando esa proporcionalidad se pierde unas economías se ven beneficiadas en detrimento de otras, que tienen dificultades para conservar de forma natural el volante de inercia, para crear flujos y mantener los existentes, así como para su mantenimiento artificial mediante un cada vez más encarecido crédito, creándose —como antaño se tipificó— dos velocidades de crecimiento.
Esto que se produce en los sistemas abiertos entre unas naciones y otras es lo que tradicionalmente se ha producido entre las zonas  norte y sur de las economías nacionales (sistemas cerrados) por la preferencia que tiene el dinero a aplicarse allí donde alcanza una rentabilidad mayor o mayor garantía, de tal modo que toda la riqueza excedentaria de una nación que no es capaz de fijarse a la economía nacional mediante bienes reales, vuela. ¿Qué dinero?, el mío, el tuyo, el de todo aquel que tiene un activo financiero. Dicho de otra manera, metemos el dinero sobrante en una bolsa común y luego o no nos prestamos el dinero (y lo invertimos allí donde la rentabilidad es segura) o lo hacemos más caro que lo que cuesta, y desde luego más caro que a otras economías más solventes. Esto tiene las consecuencias que estamos viendo en la actualidad, pero puede tener otras no puestas totalmente de manifiesto y que son aún más dramáticas.
Estamos diciendo que todo el dinero excedentario, producido mediante el circuito económico habitual es sustraído del mismo y llevado a otro lugar desde donde puede malemplearse, como ahora, o no emplearse, en cuyo caso tendríamos que todo lo bueno que ha posibilitado la economía de mercado, sin cuyo concurso estaríamos en una economía de subsistencia, desaparece, y que si los cerca de 50 billones de euros que representa el conjunto de lo acumulado, lo que esta civilización ha ahorrado, dejara de estar presente en el circuito económico, entraríamos de inmediato en el neolítico. En buena lógica y a corto plazo esto no ocurrirá porque el dinero quiere tener donde emplearse y ganar dinero (aunque con el caso de Apple, ya vemos cómo), pero a medio plazo sí, porque a medio plazo se centrará en unas determinadas poblaciones y negocios, que llevarán a las otras poblaciones a la ruina y orientará de forma ineludible e inadmisible el curso social: la sociedad será lo que el dinero quiera que sea. Grecia no ha llegado al neolítico pero ha avanzado veinte años en ese camino, que ha quedado franco.
En los sistemas cerrados hay derecha e izquierda porque hay una diferente perspectiva respecto al libre mercado, el volante de inercia, etc. pero en los sistemas abiertos no, porque este volante queda fuera, llegándose rápidamente a la conclusión de que sin la regulación de tales sistemas estamos todos —tal como se viene demostrando— a manos del dinero, esto es, a la certeza experimental de todas las servidumbres económicas y sociales que acarrean la devolución de los préstamos o del aval para hacer frente a ellos. Somos un país hipotecado, no ya económicamente sino socialmente, somos un país cautivo: si la deuda se apunta como gasto prioritario en los presupuestos, los ingresos están limitados por la realidad económica y por el imperativo de hacer la deuda cada vez menor (es decir, que no haya nuevos ingresos financieros) y por el límite del déficit, no queda otra que disminuir los otros gastos, esto es, los sociales, los correspondientes al funcionariado y de las pensiones —siguiendo el camino de Grecia—, etc.. En los últimos presupuestos hemos estado en el límite, en los del año próximo, con la nueva deuda de la banca y el aumento de la prima de riesgo, ya se verá.
El dilema no ha sido —ni será— crecimiento o austeridad, porque no es al crecimiento a lo que se está renunciando sino —como si a un carpintero le embargaran la maquinaria— a sus fuentes, en esto, como se dijo de las acciones políticas tendentes a favorecer la inmigración, la cuestión no es si sí o si no, la cuestión es si se crea un problema o se resuelve (o si lo hace creando uno mayor). Por lo tanto, el mecanismo puede estar bien cuando se emplea como poda selectiva y se quitan hojas secas pero en modo alguno cuando quita elementos productivos desde una perspectiva errónea del gasto y un concepto erróneo de la productividad y la competitividad. Anular una producción por ser poco productivita es mal negocio: es mejor compensar económicamente el diferencial que el completo, es mejor sustentar y rectificar los procesos productivos que anularlos, es mejor sumar que restar, es mejor utilizar el dinero para compensar un diferencial económico que hacerlo para compensar un problema social.
Por encima de esto el dilema es si tenemos o no tenemos opción, o si la tuvimos. Como aproximación al mismo, la primera cuestión es si somos responsables subsidiarios de determinadas acciones de gobierno, y falta de previsión, que no ha contemplado lo que en cualquier otro caso se presenta como imperativo: la cuantía del préstamo va en función de la cantidad que puede liberar anualmente para su pago. La segunda cuestión es si somos responsables subsidiarios de los defectos de supervisión y de las deudas privadas ajenas. La tercera, si habríamos tenido alternativa a esta forma de priorizar el pago, dado que, al margen de que venga impuesto por Berlín, es impuesto por las propias reglas de juego, esto es, por un determinado tipo de contrato sujeto a los vaivenes del mercado. La cuarta es si al margen de nuestra relevancia nacional podríamos haber ejercido otro tipo de presión sobre Alemania y Francia, entendiendo que si hasta la salida de Grecia es un desastre, la de España tiene peso suficiente como para haber jugado un órdago, legítimo en virtud de quien resulta ser la verdadera beneficiada de la situación y de nuestro verdadero perjuicio, es decir, haber forzado si no a que se hubieran instrumentalizado los eurobonos sí a que hubiera habido una intermediación o compra selectiva de deuda que la abaratase y frenara la especulación de raíz. Porque la cuestión es, ¿si Alemania antepone el beneficio de sus bancos a las posibilidades de crecimiento de los países periféricos y da lugar a este expolio, para qué estar, qué confianza merece, cuál es el papel que quiere que juguemos en este orden?, o, como se ha dicho en algún medio, “¿Por qué hunden a España si quieren rescatarla?”, o, mejor aún, ¿qué quieren, abaratarla, para luego comprarla? Sólo hay que ver lo que valen nuestras empresas en el Ibex35 para llegar a esta reflexión.
¿Qué solución tenemos? Es evidente que la solución pasa por cambiar esto, es decir, hacer que parte del más de billón y medio de activos financieros, principalmente aquélla que está asignada a depósitos y fondos de inversión, vuelva a aplicarse de forma natural a la economía nacional. La cuestión es cómo, dado que ni siquiera los países poderosos tienen la capacidad de redirigir parte de la inversión ni el interés o la necesidad perentoria de hacerlo (o de poner en marcha otros mecanismos). Una fórmula sería la de establecer una ley o mandato gubernamental que propiciara un dominio sobre el capital o sobre la preferencia de las gestoras de inversión, pero esto sería complicado y estaría mal visto por el conjunto de los socios de la Unión que lo entendería como un proteccionismo intolerable y contrario a su espíritu.
¿Cómo lograrlo entonces? La única forma de hacerlo es dejarlo a la voluntad de los inversores, es decir, no establecer un mandato pero sí crear el producto financiero que posibilite esta voluntad. La formula desde el punto de vista económico podría ser la creación de ese producto financiero pensado para la refinanciación de la deuda (la cobertura de las emisiones), a modo de deposito (de “salvación nacional”), que partiría de la aceptación por parte del inversor de una menor rentabilidad (incluso que ésta fuera fiscal) o su inexistencia, contemplándose un segundo nivel (2ª operativa) para la reactivación de la economía nacional, que podría funcionar  como una cuenta corriente social, o llevarla asociada.
Las razones para realizar la primera operativa en época de crisis están muy claras pues daría lugar a un crédito social y un aval, o, lo que es lo mismo, al abaratamiento de la financiación alcanzada por los métodos tradicionales: sin duda, el mero escenario de disponer de los tres mil millones de euros correspondientes a una emisión de letras o bonos restaría urgencia o premura a la financiación y eliminaría elementos especulativos sobre la misma. Pero la otra operativa atacaría el problema de fondo o de soporte, que no es otro que el de la deuda, esto es, el de nuestra capacidad limitada de amortización y de crecimiento mediante recursos propios y/o evidencia de que somos incapaces de mantener nuestro sistema tal como está administrado.
A este respecto, y dejando a un lado el capítulo de la administración (que ya hemos abordado someramente), la ineficacia política, y todas las cuestiones ajenas al sistema, podemos darnos cuenta de que una de las cosas que van en contra de nuestra sostenibilidad es el desarrollo, que una de las cosas que va contra la evolución del sistema es el propio sistema, que lo que va en contra del desarrollo es el propio desarrollo: el bienestar tal como está estructurado, y la forma de capitalizar los recursos de la clase media que lo representa. Esto en buena medida —descontadas todo un abanico de circunstancias— fue lo que ocurrió en el Imperio romano: el mantenimiento de toda una clase acomodada a la par que desaparecían o encarecían algunas fuentes de crecimiento (esclavos, territorios, riqueza periférica etc.), lo que terminó por destruir el tejido social e incluso la estructura del Estado.
De esto se concluye —en línea con lo planteado inicialmente— que tenemos que cambiar nuestros conceptos en lo referido a la provisión o los sistemas de financiación (por supuesto en lo social, de ahí La Sociedad Inversa), dado que gran parte de la capacidad inversora se encuentra (al margen de que se acumule en la citada bolsa) dispersa en esa clase media. Es por la exigencia económica del bienestar y la capacidad inversora de la clase media que ésta no sólo debe ser receptora del bienestar sino promotora del mismo mediante los mecanismos señalados (si no queremos dejar de ser ambas cosas), muy al margen de que se depuren los mecanismos de financiación tradicionales y la responsabilidad de su ineficacia, y que seamos capaces de poner a la luz y para beneficio común las grandes reservas de capital o motores de crecimiento. A estos efectos, aquí está ocurriendo algo paradójico y contrario a esta idea, pues todo el monto inversor de la clase media se junta con el del gran capital (hasta formar los 50 billones) y se emplea para los fines que éste quiere, que son generalmente el deterioro de la clase media y, consecuentemente, de la estructura social. Se hace necesario, por tanto, además de rescatar, diferenciar una clase de capital de otra.
No estamos diciendo que la sociedad del bienestar no sea sostenible o financiable, estamos diciendo que puesto que el dinero no está o no está donde nosotros queremos, no lo es, a no ser que diferenciemos unos capitales de otros y nos hagamos corresponsables del desarrollo social. En efecto, no podemos esperar que todo el peso de la inversión sea privado (que es interesado) ni público (que es escaso) sino que tenemos que ser capaces de orientar a la misma no sólo esa parte del capital que va a donde la inversión es más rentable y segura, que lamentablemente puede ser al exterior (economías emergentes etc.), sino esa otra que no puede constituirse en inversión porque son ahorros discretos, desubicados y sin posibilidad de emplearse de forma clara y determinada. Pensemos que la forma tradicional de invertir está basada en la diferencia entre el polo inversor (unos inversores concretos) y, consecuentemente, en la diferencia de capital entre un polo y otro (diferencia económica y social) mientras que aquí estamos llevando deliberadamente el capital de toda una clase media pudiente al polo inversor al tiempo que la relevancia social (la perpetuidad del bienestar) sigue intacta. En este caso no se garantiza el flujo de riqueza por diferencia de potencial entre los dos polos sino que uno de ellos realimenta esa diferencia con todo el capital posible lo que da lugar de un lado a una capacidad exponencial de crecimiento y por otra a la sostenibilidad del sistema con muy poca diferencia de potencial, en tanto que presenta un fuerte flujo.
Lo que inicialmente se presenta como un elemento circunstancial de salvación económica es en realidad un sistema pionero de sostenibilidad (una avanzadilla que otros tendrán que seguir), desarrollo social, y optimización de recursos. Esta fórmula de desarrollo económico  —acompañada de otras de desarrollo social— es la única posible en este contexto inversor, de globalización, productividad y empleo escaso, porque es la única que puede insertar el capital y a la población en el sistema, y hacerlos verdaderamente complementarios. La clase media tiene que ser artífice de su propia sostenibilidad. Lamentablemente no toda la clase media sino ésa que no encuentra en la ventaja de sacar un 4% de rentabilidad en vez de un 3% una gran ventaja, y puede prescindir de ella. No puede serlo la clase baja que no tiene recursos, no puede serlo la clase alta que tiene un concepto de rentabilidad contrario a este espíritu (que incluso se va a los paraísos fiscales). En verdad en esto radica el quid de la cuestión, en apreciar que el beneficio social y económico de hacer esto es superior a esa diferencia de un punto porcentual mientras que el perjuicio de no hacerlo es —ya se está viendo— inconmensurable.
Esta práctica daría lugar, en primer orden, a un colchón económico que permitiría prescindir coyunturalmente de financiación, además de constituirse en el mencionado aval, pero en segundo orden nos llevaría a la supresión de la deuda pública o, lo que es casi igual, a conceptuarla de forma distinta. Está claro que una sociedad, del mismo modo que una familia, debe limitar su endeudamiento o incluso llevarlo a cero, pero puesto a tenerlo es muy diferente el concepto de gasto al de inversión social, que a su vez genera empleo, riqueza, etc. Y puestos a tenerlo es muy diferente el concepto de deuda al de capital flotante aplicado. Este concepto de capital flotante es muy interesante porque es un capital que la ciudadanía no utiliza salvo para compras circunstanciales, lo que hace que se presente como una mutua o un ecobanco, esto es, como un diferencial de entrada-salida constante destinado al desarrollo social, lo que supone empleo, integración, ingresos de la seguridad social, etc., y supone la captación de otros tipos de financiaciones al tipo que marquemos con las nuestras (en esa situación no todo el capital externo podría encontrar fácilmente en que invertirse), gobernando el movimiento del dinero, lo que, en definitiva, es darle la vuelta a la situación actual. En esto radica el otro quid de la cuestión, una vez diferenciados los dos tipos de capitales, y aplicado uno de ellos, en incorporar el otro a la vida pública: las grandes fortunas tendrían la oportunidad de estar en una lista blanca o en una lista negra, es decir, al servicio de la sociedad o de espalda a sus necesidades, y sin un uso claro.
De otra parte, el sistema económico actual nos empuja a consumir o a no consumir en virtud de las circunstancias, dando lugar, sea cual sea la acción a un efecto positivo y otro negativo que hay que equilibrar, aquí decimos que lo consumido es una forma de inversión y lo no consumido se invierte de otra. Esto supone un nuevo concepto de economía mixta porque se socializa lo que no se consume, que permite un grado de diferenciación económica y riqueza personal (la persona dispone de su capital en todo momento para el consumo) pero comparte con la sociedad buena parte de lo que esta riqueza produce (toda aquella parte que no es invertida de forma directa o privada).
Frente a esto se nos propone una socialización de las pérdidas. Curioso, se está dispuesto a nacionalizar el desastre (o repartirlo) pero no el desarrollo: para el beneficio lo mío es mío y lo tuyo, tuyo, pero en las pérdidas todo es de todos. Seguramente, como es el caso de las entidades financieras,  porque tocan la médula espinal del sistema, pero para todo hay formas, formas que dando solución al gran problema de fondo no olviden que se trata de entidades privadas que han puesto en riesgo su solvencia, la de muchos particulares, y la  del país, esto es, que no olviden el carácter punitivo de determinadas acciones.
¿Cuál es la solución de esto que nos pasa y que nos diferencia del resto de los países de nuestro entorno? Respecto a la deuda privada, y en particular la de los bancos y cajas, sólo cabe (3ª operativa) realizar una recapitalización suficientemente masiva (es decir por el valor de los cuarenta o cincuenta mil millones de euros necesarios) y conjunta (una acción sería un pack de acciones de las diferentes entidades auxiliadas), con una particularidad —en línea con lo expuesto anteriormente—, que se haga mediante un producto financiero que diferencie el origen del dinero y su funcionalidad, lo que se podría hacer mediante una cartera opaca, suma de los valores comprados y de sus  subsiguientes ventas, hasta liquidarlos, de acuerdo a su evolución. De esta forma, se le da esa confianza a la Banca y el dinero que la representa, pero existe un rastro permanente de ese dinero y una garantía de devolución mediante los mecanismos del mercado (más que probablemente, una vez recuperada la confianza, a un precio superior) y, si se quiere, del respaldo final del Estado, que mediante las operativas anteriores se podría endeudar coyunturalmente algo más.
Con esta fórmula  se consigue no dejar caer a las entidades financieras y que la refinanciación sea conjunta y por tanto más sólida, eficiente y económica (tomadas las entidades una a una y con el margen de pérdidas futuras, en vez de ese dinero se podría necesitar el doble), pero también que esa refinanciación, asumida inicialmente por el nuevo inversor mediante la fórmula indicada, sea en realidad asumida por el accionariado inicial mediante el canje de acciones; aunque una vez recuperada la confianza pueda recuperar su valor inicial o superarlo. Una vez más, se trata de un aval social a la deuda, en este caso privada.
Frente a estas operativas está la decisión de los otros, pero, ¿y sí los otros no deciden, o no deciden lo que nos salvaría, o no lo hacen respetando los tiempos, a pesar de que le juremos y perjuremos que no haciéndolo perdemos todos, o deciden lo que les salva a ellos, lo que les viene bien? La decisión de los otros tiene un precio, en el mejor de los casos económico como resultado de prestarnos un dinero (nuestro propio dinero) que muy bien nos podemos prestar a nosotros mismos y más barato. Frente a la opción de actuar está el ir quedándonos sin clase media, sin sus recursos y, en consecuencia, sin la posibilidad de actuar: la alternativa es reformular el modelo de sociedad o volver al de los años cincuenta.

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La segunda operativa —principalmente— presenta objeciones tanto desde el punto de vista de la articulación o efectividad y de la garantía económica como del compromiso social. Respecto a lo primero ya hemos dicho lo paradójico que resulta que exista un endeudamiento de dos tercios del PIB y que no haya servido para generar ese tipo de sociedad sostenible, por lo que sin una articulación diferente toda invitaría a pensar que no serviría nada más que para engrosar la deuda asociada a este nuevo capítulo o su desviación hacia el gran capital (saldar agujeros de Bankias y otros), esto es, el camino contrario al que hemos planteado. Está claro que para proceder a este sistema se tiene que garantizar el capital, y se tiene que garantizar su empleo adecuado, no sólo del capital flotante sino el que hoy por hoy se está utilizando vía presupuestos, lo que nos llevaría a un control de la gestión, no conocido hasta ahora, un control del gasto exhaustivo, y una punibilidad de la malversación y del fraude no conocida hasta este momento, pero haría falta algo más, haría falta —y esto es ya lo segundo— un consenso respecto de los servicios que esta sociedad quiere ofrecerse a sí misma, y las garantías o coberturas, que pasaría por la recuperación de algunas de las perdidas como consecuencia de la crisis. En este sentido sería difícil que gran parte de esa clase media ofreciera su capital sin un plan que le dé un sentido adicional al bienestar social, que implica muchas más cosas: un conjunto mucho más completo de derechos por el mero hecho de ser nacido, como contrapartida a otro mucho más exigente de deberes que sin duda habrá en una sociedad que junto con la longevidad adquiere otras servidumbres. Esto se concreta en una definición del bienestar y un programa claro de lo que supone conseguirlo paso a paso en función de la altura social y de las posibilidades económicas reales, que serían muchas en un sistema en el que todo el dinero va destinado al sistema, y todos los recursos humanos también, que nos llevaría a la cobertura total o por defecto, y esto a otras formas de entender el empleo, el desempleo, y cómo afecta cada cosa a la sociedad al margen del lado que nos ha tocado vivir, porque ya todos estaríamos en el mismo lado: en el lado de la eficiencia social; dándose por resueltas muchas tensiones económicas y de grupos, e innecesarias muchas de las decisiones legislativas.
Este es el camino para alcanzar un modelo de sociedad en el que todos estemos implicados tanto económica como socialmente y hacer frente a las problemáticas que se producen en las sociedades en desarrollo cuando se saturan o alcanzan determinados umbrales sistémicos, que —como dije— se han producido históricamente y que se producirán en tanto no se superen o cambie las estructuras o bases de funcionamiento, éstas que se están planteando aquí como solución a un problema pero que tienen en realidad otra dimensión.
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martes, 5 de junio de 2012

Resumen de la 3ª entrega de la Teoría social


En la 3ª entrega vamos a identificar definitivamente a cada uno de los polos del transistor con un agente del escenario socioeconómico, y las formas de trabajo del transistor desarrolladas mediante su curva característica con una forma de desarrollo social, tanto de las posibilidades de desarrollo desde un estado cualquiera como las ya presentadas históricamente (esclavismo, feudalismo, capitalismos, socialismo, etc.).
De otra parte, identificamos de acuerdo con la bipolaridad dos tipos de sistemas, los de orden-0 y los de orden-1, que se corresponden respectivamente con aquéllos que parten de un único polo que se separa (bipolaridad económica) y aquéllos que parten de dos polos que se ponen en comunicación (bipolaridad política), que evolucionan una vez alcanzado el equilibrio de acuerdo con el cuerpo teórico descrito.
En el epígrafe siguiente se extenderá este cuerpo teórico a la bipolaridad política, a partir de lo que es su esencia: la posibilidad del hombre de establecer dichas relaciones políticas o presentarse como un Hombre bipolar.[SIGUE]
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viernes, 1 de junio de 2012

Resumen de la 2ª entrega de la Teoría social

En la 2ª entrega se desarrolla —a partir del principio de bipolaridad— un modelo económico apoyado en el modelo del transistor bipolar, esto es, de un dispositivo electrónico de tres terminales que tiene una curva característica de trabajo y un modo de funcionamiento típico de muchos sistemas. El comportamiento viene determinado por la diferencia de potencial entre los dos terminales principales, dando lugar a formas de trabajo, y viene condicionado por el potencial del tercer terminal, las resistencias del sistema, y la potencia máxima del mismo. El comportamiento da lugar finalmente a puntos de trabajo del sistema (mapa de estados) alcanzables por la modificación de dichos parámetros. [SIGUE]

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jueves, 24 de mayo de 2012

La puta realidad



Desde esta página se está reclamando constantemente la necesidad de posicionarse respecto a algunas cuestiones fundamentales. ¿Por qué?, porque no basta con decir qué es lo que queremos  sino también qué estamos dispuestos a aceptar o desechar para lograrlo. Son muchas las cuestiones, pero esto puede ser el caso de lo referido en el principio de bipolaridad o aceptación de dos realidades; que no queremos esto, pues bien, ya tenemos un lio frente a esta cuestión, y una división, los que sí y los que no. Esto es lo que ocurre con la forma de democracia, si representativa o directa, y ha sido el caso en DRY respecto a aceptar una cierta representatividad, los que sí y los que no, que ha derivado en división. No cabe duda que la representativa tiene sus inconvenientes (los que ya sabemos y vemos) pero tampoco cabe duda que la otra presenta muchos otros que se están poniendo de manifiesto en cada asamblea (y que crecen de forma exponencial con su número): finalmente siempre es tendenciosa y manipulable y sometida a ciertas mayorías que no saben de más razón que la razón de la mayoría; y esto es peligroso.

…Aprendimos el método científico y tratábamos el comportamiento con la misma asepsia, desde la lejanía, tratando de encontrar las leyes del comportamiento. El comportamiento físico, el comportamiento humano, el comportamiento social. Nosotros también debatíamos sobre la cotización; pero a nuestra manera.
—Es curioso —le decía yo— como la Bolsa que es la expresión más acendrada del capitalismo puede ser, en cierto sentido, la forma más extrema de socialismo.
—¿Por qué?
—Porque la socialización de las empresas que pretende el socialismo la consigue el capitalismo con el cupón-participación, vamos, con la acción…
¿Dónde estábamos ese día? Uno podría pensar que ésta es una conversación que va al hilo de la última sección del telediario de sobremesa. ¿Dónde estábamos ese día? Habíamos subido al refugio de Zabala, en pleno Macizo Central. Era una estancia abandonada en un lugar abandonado y nosotros, como dos hormigas en lo alto de una roca de granito, de un granito inmenso. Era de noche. Allí no había eco pero si gritabas la voz te volvía por el otro lado. Era sobrecogedor.
—Dista mucho la socialización de los medios de producción de la repartición del valor de una empresa entre una clase pudiente que no quiere alcanzar otra cosa que un valor añadido para deshacerse de ella—me contestó Sonia.
—Si, por ejemplo, esa clase hiciera, hipotéticamente, valer su opinión, en lo que llamamos asambleas de accionistas —proponía yo—, se constituirían verdaderamente como una asociación asamblearia en la que cada acción es una acción, un voto capaz de cambiar el destino o la filosofía de la empresa.
—Esa clase hace valer su opinión en las asambleas de accionistas —repitió ella— y cada acción es un voto, y cada voto una acción encaminada a mejorar la gestión y el beneficio. La forma de las cosas no importa, al menos en este caso. Reuniones asamblearias ha habido toda la vida, pero de nada vale votar lo que se quiera con la mano izquierda si la derecha está en el bolsillo contando las monedas. O, mejor dicho, sí vale de algo. Sirve para saber que el espíritu de esa asamblea es precisamente ése…
La cuestión es que la forma de una idea no es la idea, y que la alternativa a esta democracia adulterada (irreal) no puede ser un asamblearismo sin corazón (que funciona por mayorías simples o simples mayorías) y sin regulación, esto es, en el que no ha alcanzado el mínimo ordenamiento exigible para hacerlo efectivo, que deviene en una representatividad camuflada e ineficiente (al ser camuflada no se coge oficio) contaminada por el posicionamiento de todo un colectivo deseoso de participar y contribuir muchas veces desde la desinformación más pasmosa.
La cuestión es, en consecuencia, si queremos una sociedad en la que tengamos que estar todos sobre todos los temas o queremos otra en la que el carpintero se dedique a la carpintería, el abogado a la abogacía, el político a la política, y, en definitiva, el experto de cada área a su área, muy al margen de que podamos objetar y reclamar (y llevar en algún caso al tribunal), si finalmente no cumple las expectativas y no resulta ser tal experto, como podríamos haberlo hecho en las dos nefastas intervenciones de Solbes como ministro de economía y las más recientes de Rato y Ordoñez en el caso de Bankia, no estando en lo que hay que estar (éste último tristemente famoso por meterse en lo que no le importa, esto es, por estar en lo que no tiene que estar); y en todos los casos de banqueros forrados a pesar de la mala gestión, y en todos los que se solapan el interés general y el particular[1]. La cuestión es si queremos una cosa u otra porque de una forma nos podemos equivocar y estar sometidos a los juicios intencionados (y pedir responsabilidades), pero de la otra nos equivocamos seguro, y estamos expuestos a la ignorancia y a los juicios sin fundamento.
No basta con ser consciente de los problemas sino que hay que darles solución, y para ello hay que hacer un alarde de madurez (experiencia y conocimiento) que sólo en determinados casos puede ser eludida o superada mediante la reflexión profunda, es decir, mediante el discernir filosófico que nos lleva a delimitar qué cosa es necesaria o qué cosa es inevitable o qué cosa inalcanzable, y, con esto, a ahorrarnos mucho trabajo y a no perder fuerzas en cuestiones inútiles, a no perder esas fuerzas en las propuestas porque o bien son obvias (y adscritas a la demanda natural), como es el caso de pedir trabajo para todos, o bien son imposibles o contrarias a otras demandas o realidades, como es el caso de la renta básica universal, que se contrapone a la realidad económica o se hace imposible con ella, y en cualquier caso, son tan pobremente estructuradas... Aquí se pone de manifiesto que cuando se pide no sólo hay que saber lo que se pide, para no hacerlo, si es imposible (como niños que le dicen al padre “yo quiero una bici,..”, sin tener conocimiento de su realidad económica), sino, para, si es posible, hacer junto con la petición una propuesta.
En nuestro caso para saber esa realidad económica sólo hay que ver los Presupuestos Generales y otros indicadores, ver cuántos somos generando ingresos y cuántos recibiendo servicios. Si uno los ve se da cuenta de que la cuestión del recorte no es una entelequia sino una cuestión que tarde o temprano tendría que aflorar porque resulta que España, siendo una de las menos endeudadas, tiene una deuda de aproximadamente dos tercios del PIB, es decir de dos veces los presupuestado anualmente, con una particularidad, que en lo presupuestado anualmente no hay margen para amortizar el capital, ni siquiera los intereses que genera el préstamo, de modo que año tras año se debe lo mismo más los intereses, y hay que renegociarlo, naturalmente a precio de mercado; y en esas estamos. No es una cuestión menor, es un escándalo que las necesidades de financiación de este año se correspondan (aproximadamente) con los intereses de la deuda y que entre esas necesidades y las amortizaciones de capital tengamos que pagar este año 2012 186.100 millones de euros que no tenemos y que se llevan el 10% de lo presupuestado sólo en interés (28.848 millones).
Y digo yo, ¿todos estos requisitos económicos no estaban ya en los criterios de convergencia del Tratado de Maastricht de 1992 y se habían alcanzado ya? Pues sí, ahí ya se había regulado justamente para que esto no ocurriera. Sabiendo todo esto hay que darle un tirón de orejas al ejecutivo (o llevarlo a la cárcel), que no sabe mantener sus propios acuerdos, que no sabe administrar el dinero del contribuyente, que gasta sin ton ni son, que no sabe recortar paso a paso, controlar el gasto público y el fraude, y ahora hace del recorte una necesidad vital. En efecto, ahora es una necesidad vital, y siéndolo se hace como se entiende o se prefiere.
¿Dónde estábamos nosotros? Seguramente gastando, eso es lo que supimos hacer mientras que pasaba todo esto. Gastaba el jornalero que se veía con dinero y se compraba una televisión nueva de pantalla plana, dejando a los tres años la vieja que no era Full Hd (cuando todo el mundo sabe que las teles se cambian a los veinte años) y gastaba el dueño de las teles en un flamante BMW o un todoterreno, que era lo que se llevaba. Hay que darle otro tirón de orejas al ejecutivo que no sabe o no ha querido controlar la deuda privada (la deuda privada es de más de tres billones y, en particular, la de las familias, de uno), y al respetable que se piensa que el dinero se fabrica sin más, y que gestionar lo que generan catorce millones de asegurados (los diecisiete menos los tres de funcionarios), mucho de ellos de baja contribución a la seguridad social, para pagar a esos tres millones de funcionaros, los casi nueve millones de pensiones (bajas, eso sí), y todos los servicios sociales, es poca cosa. No es poca cosa, y como no lo es no basta con decir, queremos, queremos, queremos, sino que hay que echar cuentas y darse cuenta que para tener esta sociedad hay que echar números, hay que hacer algo más, hay que buscar soluciones; algunas de ellas fuera de la esfera de actuación de un determinado poder. Soluciones dramáticas cuando la escalada de la prima de riesgo puede hacer que la deuda sea impagable so pena que se esté dispuesto a engrosarla sin fin.
Ya he tratado anteriormente el riesgo que hay de caer en una economía de subsistencia, también he dicho que más que establecer una nueva Constitución habría que establecer un nuevo modelo de sociedad, pues bien, para ser exactos, antes de esto, lo que habría que establecer un nuevo modelo económico (como haremos en La Sociedad Inversa), es decir la viabilidad económica de las diferentes transformaciones sociales. Esto no se resuelve a mano alzada, o estableciendo un decálogo de anhelos (útil en época de bonanza), se resuelve pensando, pensando mucho. Por ejemplo: ¿existe algún tipo de iniciativa, que pueda ser ejercida por un gobierno de forma particular, que neutralice el fraude proveniente de los paraísos fiscales y de las sicav, y que no tenga efectos secundarios? No he visto ningún comentario que contemple, estudie o planteé alternativas o establezca un avance de lo que pueda suponer económicamente tal o cual pretendida medida social. Mucho menos, alguna iniciativa. ¿Esperamos a lo que nos depare buenamente el porvenir una vez tomadas determinadas decisiones sociales? ¿No parece más lógico definir qué tipo de sistema económico es posible, y entonces tomar las decisiones pertinentes o las directrices precisas? Sí parece más lógico en un mundo que está a punto de cruzar determinados umbrales (superpoblación, materias primas, agua, etc.), y parece más lógico además teniendo en cuenta que el dinero es miedoso (ya lo estamos viendo en Grecia), el de los cien millones, el del BMW y el de la tele plana, todo el dinero.
Puestos a decir, tenemos dos problemas respecto al dinero: uno que no lo tenemos y otro que lo tienen otros. Uno nos lleva a la subsistencia y otro a la dependencia económica, a la regresión social y moral, que es otro camino más largo para llegar a la subsistencia o incluso a la miseria. ¿Qué camino cogemos, el largo o el corto?
Renegar de las formas económicas instaladas está bien cuando se tiene algo que ofrecer. Por lo sabido podemos decir que donde impera esta forma burguesa, con todos sus vicios, existe crecimiento, que de otra forma no está presente: no habiendo esa forma de crecimiento ha hay subsistencia e incluso supervivencia (donde no existe el (99+1)% existe directamente el 100%). ¿Tenemos algo mejor que ofrecer? En esta fase del desarrollo humano no nos podemos permitir errores ni ningún tipo de soberbia ni urgencia: el camino corto nos da lo que nos da, el largo nos da tiempo.
En esta fase del desarrollo con los problemas citados connaturales al mismo, o somos capaces de alcanzar una forma de crecimiento suficiente en el modelo que queramos implantar o mejor nos estamos quietos, porque o damos una buena solución o quedamos sin solución. Esto es lo que se pretende hacer desde aquí, plantear alguna medida económica que sea efectiva y congruente con el sistema social que queremos instalar, o que representa una medida higiénica en el actual, y plantear propiamente el sistema social. Y es lo que haremos en los posts siguientes, además de seguir con la Teoría social y establecer una Declaración de las pretensiones sociales (orientaciones sociales asumibles), definir una solución particular a la cuestión de los Mercados, en tanto surgen medidas políticas de otra índole.



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[1] La iniciativa 15MpaRato va en la línea de lo que estoy diciendo, en la de tratar por todos los medios que la ineptitud y la despreocupación no queden impunes. Sería muy interesante que de las primeras cuestiones claras y concretas en las que se pusiera de manifiesto una forma del poder popular fuera la de conseguir el establecimiento de determinadas comisiones y la modificación de determinadas leyes que contemplaran más claramente todo el espectro punitivo adscrita a la figura del político, lo que daría otro contenido a la fiscalía del Estado o la posibilidad de ejercer una acción popular, en cuanto que existe el daño particular; de hecho ese daño ya permitiría al accionariado de Bankia ejercer esa acción.

viernes, 11 de mayo de 2012

Resumen de la 1ª entrega de la Teoría social





En la 1ª entrega de la Teoría social se explica el principio de bipolaridad como principio básico del desarrollo, poniendo de manifiesto que si bien es cierto que es un principio fundamentado en la desigualdad, también lo es que en dicha desigualdad se apoya el crecimiento y la evolución social. Esta desigualdad no se debe entender como tal sino como un reservorio  (polo o potencial) imprescindible para la creación de un flujo de riqueza y desarrollo, justo el que está faltando ahora por otras causas. Para ver que esto es así sólo hay que darse cuenta de cómo los pueblos subdesarrollados sólo pueden repartir su propia miseria, porque sólo mediante la acumulación de excedentes en un polo hay una posibilidad real de inversión y de todo lo que ésta produce.
La cuestión, por tanto, no es anular la desigualdad totalmente, que es contrario a la lógica y a la vida o a la naturaleza de las cosas, sino conocer la forma en la que opera para hacerla mínima y efectiva, esto es, compatible con el crecimiento, el desarrollo social y la dignidad humana; y conocerla para hacerla —contrariamente a lo que ha venido sucediendo— predecible y gobernable.
A partir de aquí estableceremos un modelo que nos permitirá ambas cosas.[SIGUE]



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domingo, 6 de mayo de 2012

Pensamientos de derechas vs pensamientos de izquierdas

De vez en cuando los acontecimientos nos ponen en la tesitura de tener que redefinir nuestro pensamiento político y decir aquello de “¿...y yo qué soy? Y algunas de esas veces la respuesta no es fácil, y no lo es para casi nadie salvo que se sea la voz de alguna corriente ideológica, obligada a la determinación. Algunas veces no es fácil porque no está bien hecha la pregunta o bien definido sobre lo que se debate, lo que impide toda asepsia.
Este es el caso del contencioso hispano-argentino a propósito de YPF sobre el que tanto las fuentes gubernamentales y en general de derechas, así como las de izquierdas, han tomado posiciones en la confluencia de dos derechos, uno el derecho internacional y otro el derecho de los pueblos a explotar sus propios recursos sin la injerencia de multinacionales, esto es, del Capital. Yo no voy a resolver aquí y ahora esta lucha de derechos o establecer una jerarquía entre ellos (de acuerdo con mi propósito general), pero sí a resaltar que, aunque  cualquier determinación puede ser legítima —hasta que se establezca esa jerarquía—, la misma debe ser honesta en todo su desarrollo, porque no siéndolo ya no hablamos de tal o cual derecho que puede alcanzar la idea de principio o no, sino si se hace rompiendo algún principio que sí tengo ya establecido. En este caso, suponiendo-admitiendo que Argentina tenga ese derecho por encima del derecho internacional tendría que haberlo establecido sobre el total o, en su defecto, sobre una parte proporcional entre los inversores. No siendo éste el caso es inevitable preguntarse, por qué sobre unos no, y por qué sobre otros sí (son dos preguntas distintas). La primera pondría de manifiesto que ellos mismos hacen valer su derecho sólo hasta cierto punto (hasta donde les interesa), la segunda pone de manifiesto que, aunque nosotros podamos no entender a Repsol como algo nuestro (de acuerdo con la procedencia del capital y su talante expoliador), hay quien sí lo entiende así, y sobre ese entendimiento actúa.
Más importante que todo lo anterior (y más doloroso) es todo lo que suscita la reforma en educación y en sanidad. Aquí se mezclan todo tipo de sentimientos que nos ponen ante la primera pregunta y que tratan de resolverla, y muchos argumentos socorridos para justificar o darle un peso específico, en tanto que nos remite sin remisión al problema de fondo, si es que queremos verlo como tal, que no es otro que el de disponer de modelo económico: de medidas, de soluciones y alternativas, o no disponer de él, o, lo que es lo mismo, no encontrar un punto de intersección entre la necesidad coyuntural y la orientación doctrinal. Esta divergencia es anterior a la crisis y es consustancial a los sistemas de izquierdas obligados a tomar medidas contrarias al ideal por conveniencia económica (se quedan sin proyecto) o a la conveniencia económica por el ideal (se presentan como timoratos), en tanto que los sistemas afines al capitalismo puede emplearlas sin pudor —pero, efectivamente, sin pudor—, y sin un cuestionamiento del sistema o sin una verdadera capacidad de discernir donde termina la coyuntura y donde empieza el problema endógeno del sistema, víctimas de otra divergencia clara, la que se produce entre la necesidad y las posibilidades del propio sistema.
No tener modelo económico propio no nos inhibe de la realidad, tener uno degradado o sin unos verdaderos mecanismos de sujeción, tampoco. Solo nos sirve —tal como dijimos de la reforma laboral y en tanto que podamos desarrollar nuestro propio modelo— diferenciar aquello que es malo en sí mismo, de lo que es bueno en sí mismo, de lo que es malo pero es aplicable en este contexto, de lo que es bueno pero no es aplicable en el mismo. Volviendo a las últimas reformas, y partiendo de que el derroche y toda la situación internacional que da lugar a las medidas adoptadas son injustificables y absurdas, lo cierto es que están ahí, que hay que paliar sus efectos o suprimirlos, no sólo para reconducir esta situación sino para establecer un modelo de sociedad sostenible, en tanto somos capaces de sacar el dinero que está escondido debajo de la piedras y de tomar las medidas económicas de fuerte impacto (darle un giro a toda la política económica). Pensemos que sujetar este despilfarro ahora sirve para devolver el dinero que no tenemos, pero que si se hubiera hecho hace tres años, cinco, diez, podría haber servido para dar sustento económico a determinadas propuestas como la ley de dependencia. ¿Se hubiera visto el recorte de forma distinta? Seguramente sí, y, de acuerdo con la repercusión, seguramente con razón. La cuestión es que no es distinto, que es el mismo criterio aplicado a dos realidades distintas. Salvado esto, ¿por qué no se hizo?, ¿por qué no se corrigió, por ejemplo, el turismo sanitario? No se hizo porque no sólo se ha vivido en el derroche de la clase política (de la vida política y de la decisión) sino en el social promovido por políticos que manejan recursos sin escrúpulos, con muy poco cuidado, como si el dinero saliese de una caja sin fondo. Se ve claro que, al margen de la coyuntura internacional, al margen de que exista o no un dinero sobrante, una sociedad no puede vivir en el exceso, en la sobreestimación de los recursos: no es admisible que un chico sin posibilidades económicas no disponga —a no ser que sea un portento— de los medios para estudiar, pero tampoco lo es que esté ocupando recursos (en el instituto hasta los veinte años o en la universidad hasta los treinta, como si fuesen guarderías) sin mostrar una clara vocación, un empeño y trabajo. ¿Esto es de derechas? No, es de sentido común. De derechas pueden ser los márgenes o la falta de celo respecto al primer empeño, y de derechas puede ser la intencionalidad de alcanzar otras pretensiones al paso, de derechas es priorizar este tipo de ahorro mientras se orienta el gasto a otros tipos de servidumbres (socorro a bancos y pérdida de derechos fundamentales, y otros).
No siendo consciente de cuántos sacrificios cuesta el ahorro social no lo seremos de la necesidad del ahorro político, y de aquellas partidas mal equilibradas, pretenciosas o derivadas de un concepto equivocado de desarrollo y de democracia (habría que preguntarse por qué hace treinta años había dinero para todos los servicios y en la actualidad no). Pero no sólo se trata de la cuestión del gasto como tal sino del desequilibrio que ocasiona, y que no permite alcanzar ni consolidar un determinado modelo de sociedad basado en el bienestar y la suficiencia socioeconómica. Esos recursos, ni se pueden derrochar ni se pueden repartir o universalizar sin más (repartiendo lo que no se tiene), porque haciéndolo —de acuerdo con el principio de bipolaridad— se está suprimiendo las fuentes o las posibilidades de generar más bienestar o hacer sostenible el bienestar (mantener un flujo) y el propio crecimiento económico (sin excesos, y como condición necesaria).
En esta última afirmación está el quid de la cuestión, la que nos permite esa asepsia o nos libera del problema de hacer del reparto, y de la decisión política que lo promueve, un problema moral, y que incluso nos define qué políticas son buenas y cuáles malas. El legislador no tiene que ignorar los problemas y mucho menos crearlos, ni buscar la solución que coyunturalmente le resulte más fácil, debe ser austero en el gasto y guardar un equilibrio perfecto entre las dos variables citadas (bipolaridad y flujo), por las razones ya expuestas y por otra, adicional en este caso, que resulta, no ya del desequilibrio entre polos y del flujo, sino de la inevitable decremento del polo inferior, y con él de todo el sistema económico (el legislador debe contemplar todo esto o tener un modelo social —La Sociedad Inversa— que lo contemple).
Este sería el caso de la entrada de inmigrantes habida en los años pasados, que, aunque coyunturalmente resolvía el problema de la creciente demanda de mano de obra para la construcción y servicios, puso de manifiesto la incapacidad de los gobiernos para regular y adoptar medidas encaminadas a satisfacer esa demanda (de teórico bajo perfil) con un mercado interno (como se derivaría de la aplicación de la inversión social), dando lugar a una desestructuración social y —con el cese de la burbuja inmobiliaria— a otro problema, que nos ha costado bien caro en forma de desempleo, y el que se presenta ahora por la vía del recorte y la prestación masiva. Es inconcebible o un contrasentido que se tenga en una sociedad un 10% de paro (antes de la crisis) y que se aliente a la entrada de mano de obra foránea a bajo coste en vez de posibilitar la entrada en el mercado laboral de una poción de ese paro al coste natural, incorporando la población útil del polo inferior al flujo (incrementado la clase media y el bienestar). Esto tiene varios efectos perniciosos, de una parte, seguimos manteniendo a ese 10% como una bolsa improductiva económica y socialmente, y de otra, deterioramos el polo inferior. Efectivamente, la incorporación del tercer mundo a la parte baja de nuestro sistema económico no puede tener por efecto otra cosa que el deterioro de las condiciones económicas de la parte baja autóctona y con él de todo el sistema. De hecho este es el mecanismo que se ha utilizado para deteriorar nuestro estado del bienestar, como resultado de la confluencia de dos deseos aparentemente contrapuestos, el de universalidad, de la izquierda, y el de abaratar costes, del Capital. Vemos que la cuestión no es que vengan inmigrantes, la cuestión es si vienen a solucionar un problema real o una incomodidad de la tarea política, y la cuestión es si las medidas van en contra de esa realidad que queremos inventar.
En ese entonces no se debió permitir la entrada indiscriminada ni el uso indiscriminado de los servicios que ahora se tienen que restringir, junto a otros que se restringen por la coyuntura, por otras causas y otros conceptos. La culpa no es —obviamente— del inmigrante, la culpa es del legislador que invierte las prioridades en el desarrollo normal de las sociedades, y tiene falta de cálculo. Tenemos que ser lógicamente solidarios con las víctimas de nuestra falta de cálculo, así como con toda la ciudadanía, grande en número, sin recursos, pero, ¿y con los que están sin permiso? Tal vez en este caso tengamos que ser solidarios y consecuentes con nuestros actos, nuestro abandono, nuestro dejar las cosas estar, nuestra irresponsabilidad y falta de criterio. Tal vez no. El nuevo ejecutivo lo hará o no lo hará, dándole solución (la que estime) a un problema que no ha creado y del que el gobierno anterior tiene que hacerse necesariamente corresponsable: de la obligación de elegir y del resultado de la elección. De forma análoga tendrían que hacerse corresponsables de las últimas reformas. A fin de cuentas lo que ha ocurrido es que unos han llenado el saco de mierda (incremento del déficit, reforma laboral, de pensiones, bajada sueldo de funcionarios) y otros han quitado la guita que lo amarraba (reforma laboral, educación, sanidad, recortes, etc.) y nos están echando la mierda a la cara. ¿Decir esto es de derechas? No, esto es verdad, tan verdad como que si hubieran continuado hubieran tenido que tomar éstas u otra medidas amparados en la “necesidad”, tan verdad como que además de éstas hubieran tomado otras porque cuando se hubieran enterado y reconocido que el déficit había sido del 8,51% ya no sería ése sino el 9 o el 10. ¿Es de derechas decir que es vergonzoso que se pongan en la primera fila de las manifestaciones como si estuvieran libres de culpa (y que las aprovechen para lavarla) y que la ciudadanía indignada haya aceptado finalmente tenerlos al lado, sin pedir explicaciones, sólo porque parece haber encontrado un punto de convergencia? En esto como en lo de REPSOL-YPF nos encontramos con una cuestión que es anterior al tema de debate, que es la falta de verdad en las cosas, la falta de criterio, de principios, la que debería hacer decir “vamos a luchar contra esto, pero no de esa manera”, porque somos lo que somos: “no somos de la derecha, no somos de la izquierda…”.
Al margen de lo solidarios que finalmente queramos o podamos ser en esta coyuntura, la cuestión primordial e inexcusable está ahí, no para ahora, para siempre. No la podemos obviar, si queremos ser dueños de los designios de nuestra sociedad, y  no podemos tener un criterio ideologizado o parcial (en función del rol que ocupo en la sociedad), sólo una idea de sociedad y un criterio respecto de las medidas o de su repercusión en el modelo social a corto, medio y largo plazo. ¿Cómo de humanitarios deben ser nuestros gestos humanitarios? Algunas voces dicen que las medidas que presuntamente se van a tomar son contrarias a nuestro espíritu solidario (al espíritu solidario español) que nos caracteriza. En efecto, España es un país generoso, espléndido, pero no somos las Hermanitas de la caridad, y no lo podemos ser, por mucho que nuestro anhelo, nuestra preferencia sea la de acoger, repartir, etc. etc. Intentar serlo es confundir las churras con las merinas o confundir un estado social deseable con el posible y útil, o un Estado con una ONG; que parte de un sentimiento por el que nos parece que si no hacemos todo lo posible no hacemos suficiente. ¿Esto es de izquierdas? No, esto es un ejemplo de generosidad mal entendida, o de la versión inversa (la que parte del contrapoder), e igualmente perversa, de la no distinción entre fin y medios. Y no debe ser así, vamos a verlo.
Esto, de una parte, es un problema de racionalidad. El gasto real que representa ese medio millón de personas que han venido por su cuenta —aunque se respete e incluso sufra su desesperación—, no está hecho con dinero imaginario sino de verdad. Todo el dinero que hay es de verdad, y es limitado (seguimos buscando el que está debajo de las piedras). Como es limitado, nos ponemos en la situación hipotética de tener que elegir qué hacemos con nuestro dinero, esto es, si puesto que tenemos que aplicar recortes lo hacemos sobre educación (sobre las referidas becas) o sobre la sanidad aplicada a ese colectivo. Nosotros elegimos. Otra disyuntiva podría ser si hacemos frente al gasto sanitario de ese colectivo o introducimos el copago sanitario (además del farmacéutico). Ahora supongamos que sean un millón o dos en vez de medio. ¿Y si fueran ocho millones? Es evidente que no se puede abrir las puertas y decir que por pisar el suelo ya se es ciudadano de pleno derecho: una cosa es que queramos ser ciudadanos del mundo y otra muy distinta es que el mundo entero sea ciudadano de aquí: que con más millones el problema sea mayor no quiere decir que sea un problema distinto sino que lo presentamos de forma más patente y repercute más. Incluso el auxilio tiene sus limitaciones.
Esto, de otra parte, es pragmatismo ¿Este pragmatismo es una forma de nacionalismo? Tal vez, pero esta forma de nacionalismo no es nada más que el derecho de los pueblos (de este pueblo) a alcanzar una idea de sí mismo, de acuerdo a toda una trayectoria cultural, y unas perspectivas de progreso, imposibles de alcanzar en un contexto de integración cultural forzada, o de simbiosis. La universalidad es superior a cualquier sentimiento nacionalista, pero esta universalidad se tiene que alcanzar paso a paso, y sin menoscabo de los logros culturales y sociales alcanzados. En definitiva no es nacionalismo sino independentismo, esto es, independizar al modelo social de todas las rémoras sociales y económicas que destruyan su viabilidad como proyecto.
Aquí, como en el caso de Argentina confluyen dos derechos o dos ideas con una jerarquía diferente según el espectro social, inducida por la no contemplación de algunas cuestiones o el excesivo peso dado a otras: apartarse de la realidad del mundo o estar sometido por ella. Existen palabras, existen términos, que quieren decir cosas. Existe “de dentro” y “de fuera”, y existe la posibilidad de hacer extensivo lo de dentro a los de fuera (por la vía de la universalidad y de la generosidad), pero eso es una cosa, que implica el gobierno de nuestro destino, y otra muy distinta es que esa universalidad venga impuesta o gobernada por emociones y deseos, que esa integración se conforme como una circunstancia más, como un tsunami cultural que lo arrasa todo, que el fin último se convierta en el fin primero, porque en ese caso después del primero no habrá ningún otro. No diferenciar los términos, confundir los conceptos, negarlos (acordémonos del nihilismo) es negarnos la posibilidad de estructurarnos como sociedad.
Esta fórmula va teóricamente en contra de nuestra idea de universalidad, pero hacer la contraria va en contra de las posibilidades reales de alcanzar esa universalidad, porque da lugar a procesos de regresión social, o, lo que es lo mismo, a la supresión de la clase media y la bipartición en dos polos diferenciados a través de su desplazamiento hacia el polo inferior, y con todo esto, a la supresión de la universalización del bienestar, porque  esta forma de afrontar la universalidad va en contra, además, de la universalidad misma o de hacerla viable económicamente: para crear una sociedad de desarrollo tenemos que saber cuántos estamos para ingresar y entre cuántos tenemos que repartir, porque en función de esto sabremos de qué masa social disponemos para los servicios de valor añadido (de acuerdo con la inversión social) o abocada al paro (con el modelo actual). Dicho de otra forma, antes de pretender una universalidad tenemos que alcanzar una sostenibilidad sistemática, es decir un sistema autosostenido económicamente, y para eso sólo hay un camino (La Sociedad Inversa), mientras que todo lo referido anteriormente va en contra de esta posibilidad (ir en contra del sistema capitalista no es abandonarnos en la miseria). Dicho de otra forma, la universalidad no es llevarnos a todos al nivel de referencia cero, porque eso es lo que persigue y es el efecto último de la regresión social, la verdadera universalidad es la consecución de una potente clase media capaz, de un flujo amplio.
He hablado de bipolaridad y de flujo, que es tanto como hablar, grosso modo, de crecimiento (desarrollo económico) y bienestar (desarrollo social), pues bien, prescindiendo de ideologías, y a falta de disponer de una verdadera teoría socioeconómica que dé sentido a estas dos variables, sólo podemos hablar de sus ajustes para marcar un camino que nos lleve a una sociedad sostenible y justa: no podemos ir hacia la regresión social ni por imperativo económico (capitalismo puro y duro) ni social (falsa universalidad), no podemos ir hacia el subdesarrollo ni por imperativo social (el bienestar fraudulento o desorganizado) ni económico (globalización).

Por cierto, que no parece mal momento para iniciar dicha Teoría.

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