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viernes, 13 de abril de 2012

Pedagogía de la subversión


Expresé una cuestión, aunque de forma indirecta, en la anterior comunicación, que nos proyecta sin remisión al origen o al fondo del problema del movimiento social, su legitimidad y fuerza, y que revalida la necesidad de establecer un modelo o unas directrices comunes, claras y descontaminadas, y, por encima de esto, la de establecer unos mínimos. La cuestión fue si, derivado de algunas acciones, tenemos planteada la posibilidad de caer en una forma de subsistencia, o incluso si ésta es deseable por parte de alguna parte del movimiento social, esto es, si junto con su deseo de alcanzar una horizontalidad social se está preconizando una forma de regresión.
Esto es importante porque tal vez no nos podamos poner de acuerdo en un modelo social total, pero sí delimitar algunos aspectos sobre los que discrepamos, o somos totalmente opuestos, y entre todos ellos, y como más fundamental, si, de acuerdo con la realidad y nuestra memoria histórica, pensamos que el desarrollo social y su degeneración van de la mano, por lo que se aboga por retroceder en lo primero para restituir lo segundo, o, por el contrario, que el desarrollo social es una cosa y otra es cómo se gestiona, de lo que cabe reconducir la situación, bien mediante transformaciones estructurales, bien mediante transformaciones esenciales. Son dos formas de entenderlo. Tal vez sean tres, porque suele ocurrir en los movimientos sociales (es condición humana) que las posturas supuestamente más revolucionarias se dan la mano con las más reaccionarias (ejemplos tenemos en la Historia), y que lo más de los más en esto de ir contra el sistema para cambiarlo es anularlo; de lo que resultan tres facciones, los que quieren reformar el sistema social establecido, los que quieren revolucionarlo y los que quieren negarlo y propugnan transformaciones maximalistas y sectarias, y poco congruentes con la realidad, es decir, imposibles de aplicar so pena de someter al sistema a tensiones o a dinámicas artificiales y perversas[1]. Aquí es donde está la clave respecto a nuestra propia capacidad de encuentro, y respecto a la posibilidad de aplicar medidas, aunque aisladas,  útiles, para la transformación del sistema social: el sistema social es un sistema, y como tal está armonizado, esto es, con un punto de trabajo estable, dependiente de sus elementos de regulación y sus resistencias internas, que se debe mantener si pretendemos tener alguna posibilidad de afectarlo de forma exitosa. Otra cosa sería la ruptura de esa forma de equilibrio. Esto mismo se puede decir del sistema económico que le da sustento, de modo que, entre las opciones disponibles de transformación —o su resultado final mediante acciones— está la de caer en alguna forma de subsistencia, esto es, a una de las formas económicas que se deriva, y que derivan los sistemas, cuando no se tiene cuidado o se le aplican excesos. Esto no es tan raro, buena parte de todo lo que sufrimos como sociedad radica en las consecuencias de estos desequilibrios sobre la base del sistema capitalista, que nos llevan a procesos de superproducción, y las subsiguientes crisis, o a distintas clases de subsistencia[2], originadas fundamentalmente por una mala gestión de la desigualdad, derivada a su vez del principio de competitividad mal entendido.

¿Quitamos, en consecuencia, esa desigualdad y la competitividad que lo ocasiona?
Evidentemente sí, pero no de cualquier manera, porque no es útil. No sirve poner palos a las ruedas. Ya vemos cuáles pueden ser las consecuencias de hacer las cosas de cualquier manera: el sistema está en un estado crítico, en parte motivado (está interesando que esté crítico), y en parte como consecuencia del propio desarrollo. Por una razón y por otra se estrecha el margen de beneficio y se propicia obtenerlo mediante otros mecanismos que nos llevan al subdesarrollo, con esto, el neoliberalismo demuestra que la horizontalidad social y el crecimiento son (como lo ha sido a lo largo de la Historia) incompatibles. A nosotros nos toca demostrar lo contrario. No hemos llegado hasta aquí y aprendido tanto para hacer, aún sobre la base de las nuevas tecnologías, lo mismo que nuestros padres, porque en este caso no podremos y tendrán que hacerlo nuestros hijos (algo de esto dije ya). En consecuencia, nosotros tendremos que asimilar la forma de crecimiento usual y superarla. Para ello tendremos que plantear nuestras acciones sobre la base del conocimiento, por lo que éstas en modo alguno pueden obedecer a un rosario de anhelos o inquietudes, o un proceso de reacción, sino a una estrategia clara enfocada a obtener unos logros necesarios dentro un plan: nuestra prioridad es una. Todo ese plan,  que poco a poco se va esbozando, es el de La Sociedad Inversa, que parte de un conocimiento del sistema socioeconómico desde otra perspectiva, desde la perspectiva del sistema socioeconómico como sistema, físico como tal, sobre la base del principio de Bipolaridad (que ya adelantamos en el Manifiesto, e iremos desarrollando). Desde esta perspectiva, el sistema socioeconómico es una cadena sin fin entre dos ruedas, entre dos polos, todo lo que se haga tiene que ir destinado a su perfecto funcionamiento, y al cuidado de sus elementos, es decir, al establecimiento de un flujo permanente entre polos, en este caso fundamentado en la supresión de resistencias internas mediante la aplicación de dos elementos de higiene (la inversión social y los principios de verdad), y no —tal como se viene dando—en el incremento de la distancia entre dichos polos, mediante la acumulación de riqueza en uno de ellos. De esto (el segundo fundamento) se deduce que tendremos también que asimilar una referencia moral —imprescindible para cualquier transformación—y superarla; por esto hay que ahondar hasta el cansancio en determinados aspectos deontológicos: no podremos hacer una sociedad nueva si no somos seres diferentes, no basta con ser ecologista, pro esto o anti lo otro, la exigencia es otra, la exigencia es alcanzar otra idea de interdependencia y de conciencia social (ya definida en la última página del Manifiesto); la que se alcanza un par de palmos por encima del suelo del campo de batalla.
Evidentemente sí, pero no de cualquier manera, porque no es posible. En los sistemas, una solución es un estado (una forma de realidad), no todas las soluciones imaginables son estados posibles: la realidad es una solución del sistema, buscar otra solución es encontrar otra realidad compatible con él, y accesible. La propia realidad nos marca el camino. Cuando digo “en los sistemas” quiero decir, para empezar, en los sistemas físicos, y seguidamente en los socioeconómicos o humanos como una ejemplificación de los primeros. En estos sistemas físicos no podemos alterar determinadas factores sin modificar otros porque existen entre unos y otros ligaduras. Cada ligadura implica la pérdida de un grado de libertad, es decir, de la libertad de manejarnos independientemente con uno o con otro. Cuantas más ligaduras menos grados de libertad, menos posibilidades de manejar los distintos factores a nuestro antojo. Esto es lo que hace que los sistemas parezcan seres vivos complejos e ingobernables o estar en el caos, y que cada cosa que ocurre se presente como la que necesariamente tiene que ocurrir (eso es el devenir). Tanto factor ligado no se puede alterar de forma individualizada o aislada y sólo se puede gobernar mediante el uso de determinados elementos precursores, o aplicación de algunas palancas de transformación social,  que permitan, mediante pequeños cambios de control o regulación, grandes cambios y orientaciones.
Una y otra razón nos lleva a un conocimiento del modelo social y, más propiamente, a un esquematismo del mismo: sin ese esquematismo no sólo no podemos gobernar sino que tampoco podemos entender. Los modelos económicos actuales explican o interpretan los sistemas mediante conceptos de alto nivel (las llamadas magnitudes macroeconómicas, y afines) pero no pueden dar cuenta de toda la casuística posible porque escapa de sus pretensiones, posibilidades de estudio y lenguaje (por esto nadie puede anticipar el comportamiento). Este lenguaje de alto nivel alejado de una realidad subyacente más primordial es el causante de que no haya una clara relación causa-efecto entre determinados sucesos. Un nuevo modelo debe entender bien las relaciones económicas y superar su lenguaje (no hablaríamos de nivel de riqueza, de inversiones o de enajenación sino de potenciales, corrientes y resistencias), es decir, establecerse como modelo meta-económico: un esquema. Sólo mediante un esquema estaremos capacitados para establecer los estados posibles, y dentro de los mismos los que resulten apropiados, así como las palancas de transformación y el proceso de implantación. Y sólo mediante el esquema podremos ver el problema o entenderlo de una forma aséptica, no ya como una lucha de clases o un proceso de regresión social (que lo es) sino como la distorsión del sistema socioeconómico o la manifestación de sus deficiencias sistémicas.
La cuestión es clara, o entendemos todo esto, o esto que hacemos sólo servirá para expresar el desencanto, como un murmullo, sobre el que la historia seguirá su curso; el curso que guían los que sí son dueños de los pequeños grandes cambios y fabrican el devenir.

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[1] En realidad, por la línea creciente del desánimo llegaríamos desde los simples grupos marginales, al nihilismo o al terrorismo. Todas las formas son una expresión concreta de las posibilidades de acción de una parte de la sociedad, es decir, de la imposibilidad de expresarse, según el momento histórico y la coyuntura, de otro modo, y de forma efectiva, pero es también la expresión de esa imposibilidad, de la incapacidad de tener más de una perspectiva de las cosas, de ese fracaso, de ese dolor. Todo sirve en sociedad, en este caso le sirve al resto de la sociedad para tener una conciencia más clara de sus propios excesos y desajustes mediante la manifestación de un problema (algunas veces encarnado en otro) o de la calamidad generalizada, que de otra forma estaría enmascarada. Todo sirve en sociedad, pero ni desde el dolor del problema particular ni desde la calamidad general y dispersa se llega a la transformación social sin una buena estrategia, es decir, sin que se den el resto de los elementos que la hacen teóricamente posible.
[2] Esto que parece tan alejado lo estamos viendo con muy poco en Grecia, poniéndose de manifiesto cómo de delicados son los sistemas económicos y sociales, y, por otro lado, manejables, cuestión que no hay que perder de vista tampoco.

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