jueves, 11 de octubre de 2012

Primer emponderamiento político


Buscando un símil bastante doméstico, podemos decir que nuestro sistema social es un ordenador con el Hw estropeado (requisitos mínimos en la arquitectura económica que permitan un funcionamiento estable), el Sw deficiente (marcos jurídicos y políticos), manipulado por un operador torpe (clase política). Parece claro que primero hay que cambiar lo primero, luego mejorar lo segundo, para finalmente reemplazar si es posible lo tercero, y que el Sw solo no puede mejorar el rendimiento del Hw si éste está fatalmente deteriorado (cuestión que hay que determinar).

Empecemos pues con lo primero. La idea es simple. No nos gusta la realidad, pues cambiémosla, pero hagámoslo como únicamente se puede cambiar la realidad. No es una cuestión de ser duros o aguerridos, es cuestión de ser inteligentes, de desarrollar una inteligencia social o, lo que es igual, de establecer una pedagogía de la subversión o aprendizaje de la estrategia que la hace posible. Esa idea simple tiene que estar amparada por el sentido común y esto sólo se logra cuando lo que se persigue es necesario, posible, y no está contaminado de otras cuestiones (memeces) o cosas inservibles y contraproducentes.
Como se puede advertir, esto exige un estudio serio de nuestras posibilidades. En efecto, hay cuestiones que no podemos cambiar aunque queramos, ni nadie puede, porque su sustitución exige un cierto orden de intercambio una cierta metodología, y esto porque la propia arquitectura lo impide (la realidad). El devenir histórico es la historia de la concreción de las cosas posibles. Los sistemas físicos como los sistemas sociales, como un mecano, se montan en un orden o secuencia clara de hechos, eventos o movimientos, y se desmontan en otro (el inverso). Alterar ese orden es romper el mecanismo.
De otra parte, hay otras cuestiones sujetas a la decisión política o determinación entre derechos o males de diferente orden (males y males peores). Ser capaces de decir lo que queremos es ser capaces de decidir sobre estas cuestiones.
No ser consciente de estas dos cuestiones o no contemplarlas en el análisis es vivir en otro mundo. El sistema representativo puede ser erróneo porque puede ser interesado, pero la decisión directa puede ser igualmente interesada y, además, insensata, toda la insensatez que puede desprenderse del desconocimiento de las cosas (la ignorancia es atrevida).
Sustituir el poder político es quitar el vigente para poner otro que tome las decisiones del anterior con algún (otro) fundamento o con un mandato: tenemos que dar ese fundamento o ese mandato. Esa es la decisión que tenemos que tomar (si somos capaces) y es la que en cierto sentido tomamos aunque de forma indefinida cuando salimos a la calle. La cuestión es que tenemos que salir a la calle con la decisión tomada y no con un criterio dispar, ambiguo, indefinido, y para eso hay que tomarla. Vamos a tomarla.
¿Sobre qué cuestión? Como dijimos sobre lo primero expuesto, que se concreta en la Deuda, esto es, en el problema financiero que nos está arruinando.
El dilema es pagar o no pagar; y sus consecuencias. Nos estamos centrando en el problema, y la cuestión es resolverlo, establecer los imperativos sociales pertinentes, y acabar con esta angustia social estúpida. Vamos a ello.
Si el pago de la Deuda está ocasionando este destrozo sólo caben tres opciones: someternos y pagarla, intentando alcanzar mediante presiones políticas posiciones financieras más razonables y asequibles; no someternos y no pagarla en tanto no cambien dichas posiciones financieras, intentando establecer mediante presiones sociales un cambio real y una acción efectiva de las acciones y posibilidades políticas de la Unión Europea; no someternos y no pagarla, sin paliativos, esto es, negarnos a pagarla por entender que la sociedad no es responsable y no se puede hacer solidaria con ese cargo.
La primera (mismo Hw local-la placa base) deja el sistema a su suerte, a lo que quiera evolucionar y cómo (a un nuevo equilibrio o al desequilibrio final). La segunda equivale a un “Rodea el Parlamento europeo”, es decir, a dirigir la presión social hacia los que verdaderamente tienen la acción política (sobre el Hw europeo que no está irremisiblemente dañado). La tercera es cambiar un marco económico por otro, (un Hw local por otro) lo que supone quedar en suspenso durante el intercambio y esperar que los programas se adapten al él.
Es decir, que frente a la posibilidad de aventurarnos a poder pagar o no la deuda, con todos los sacrificios que supone, está la de deshacernos de los 30 mil millones de euros de gastos de financiación (3.5% del PIB) con dos diferente perspectivas, una la de forzar la transformación del marco político europeo (aplicación rápida de las medidas que sabemos que sirven) con la amenaza real de irnos del Euro, y otra con la ejecución real de esa amenaza o la salida forzada, con todas las repercusiones económicas asociadas, decremento de PIB (seguramente superior a ese 3.5%) y descrédito.
Ejercer una responsabilidad, ejercer una acción, tiene unas consecuencias que hay que estudiar y conocer. Y debatir.

martes, 9 de octubre de 2012

Deontología de la subversión


Se nos acumula el trabajo. No sé sí ir del 15-S al 7-O, pasando por el 25-S, o al revés. Se están iniciando diversos procesos que está poniendo en cuestionamiento la legitimidad del Estado constituyente actual y que da, por tanto, por descontada la legitimidad de un proceso constituyente o de cualquier proceso de subversión y rebelión. Incluso el Juez Pedraz lo dice:
…, exi­gir un pro­ceso de des­ti­tu­ción y rup­tura del rég­i­men vigente, medi­ante la dimisión del Gob­ierno en pleno, dis­olu­ción de las Cortes y de la Jefatura del Estado, abol­i­ción de la actual Con­sti­tu­ción e ini­ciar un pro­ceso de con­sti­tu­ción de un nuevo sis­tema de orga­ni­zación política, económica o social en modo alguno puede ser con­sti­tu­tivo de delito, ya no solo porque no existe tal delito en nues­tra leg­is­lación penal, sino porque de exi­s­tir aten­taría clara­mente al dere­cho fun­da­men­tal de lib­er­tad de expre­sión, pues hay que con­venir que no cabe pro­hibir el elo­gio o la defensa de ideas o doc­tri­nas, por más que éstas se ale­jen o incluso pon­gan en cuestión el marco con­sti­tu­cional, ni, menos aún, de pro­hibir la expre­sión de opin­iones sub­je­ti­vas sobre acon­tec­imien­tos históri­cos o de actu­al­i­dad
Al Auto del juez le falta algo más para no ser objetable, porque el fascismo también es una ideología o una idea de sociedad sobre la que no cabe el elogio, y el alzamiento militar también es una rebelión que puede nacer de la exigencia de la que habla.
Lo fundamental no es que haya que decir algo más porque lo dicho incluya estos casos particulares, la cuestión es que todos los casos ideologizados se convierten en casos particulares desde alguna perspectiva y que, por ende, pueda quedar en entredicho cualquier acción.
¿Esto quiere decir que no se pueda ejercer esa acción? Evidentemente, no. Quiere decir lo que ya se ha dicho, que la fuente, el motor no puede ser sólo la necesidad o el elogio de ideologías y doctrinas sino que tiene que residir en alguna cuestión más fundamental o primaria, y darle a la acción un canon de importancia.
Un proceso constituyente tiene que ser anterior a cualquier ley, a cualquier ideología porque tiene que ser la expresión social de un punto de partida, y los puntos de partida —en tanto que nos implica a todos y tienen casar a todas las ideologías— no pueden por menos que abandonar ideologías y partir de lo común, de lo que no es ideología (principios).
Supongamos que como minoría somos capaces de promover ese proceso constituyente y que tenemos que poner en común —puesto que el proceso es de todos— pareceres dispares, entre los que podemos citar la propia oposición a dicho proceso (la necesidad del mismo). En virtud de lo anterior, cabe preguntar si esa minoría está legitimada a presentar, por qué y hasta cuando, algo distinto a lo que de hecho respalda (aunque sea con su silencio) esa mayoría silenciosa.
La respuesta es que sí, y no porque sea una ideología o una idea distinta sino, simplemente porque ésta está desconsiderada por la mayoría, esto es, porque es la única forma que tienen dichas minorías de elevar propuestas. ¿Hasta cuando? Hasta que, después de un periodo razonable, entre en la consideración de esa mayoría y tenga la oportunidad de ser aceptado o descartado finalmente.
Esa es la esencia de la democracia, la que se persigue, no ya tanto que todos podamos ejercer un voto directo o no sobre cada una de las propuestas o éstas sean gestionadas de forma representativa (sobre lo que podemos discutir), como en la posibilidad de elevar propuestas de las minorías y, llevado a extremo, las individuales o particulares con la sola condición de estar bien formuladas o lo suficientemente formuladas como para que alguien más capaz establezca una formulación final, esto es, en la posibilidad de someter a juicio lo que el sistema como tal no contempla o desconsidera (el fascismo en este caso ya ha sido sometido a juicio, esa es la diferencia, lo que le falta a Pedraz)
El proceso debe estar totalmente desideologizado, y no sólo no lo está sino que está dirigido por individuos que en todo momento están alerta a cualquier indicio de convulsión social (los generales de la revolución) para poner su maquinaria a trabajar y revitalizar así sus oportunidades o proyectos sociales caducos (que ya han sido sometidos al juicio social y desechados).
Esto es lo que verdaderamente desvirtúa los movimientos sociales, la inclusión de propuestas abandonadas o imposibles, o abandonadas por imposibles.
Este movimiento social tiene que ser de izquierdas en el sentido de ser promotores de puntos de inflexión (casi rupturistas), pero nada más, esto es, no puede ser de izquierdas en el resto de los sentidos de entender la izquierda porque esos sentidos no hacen nada más que dividir y separar, crear susceptibilidades y objeciones, o incluso grandes reparos en virtud de la experiencia histórica y de lo fácilmente que la euforia se vuelve desenfreno y de cómo después de la revuelta sólo quedan erguidos los generales sobre el campo yermo; o simplemente del posicionamiento personal y legítimo.
La cuestión es determinar cuántos de los que están “en pie” son de un tipo o de otro, y si 40 o 50 mil son un número suficiente para formar una identidad genuina, dado que está nutrida del sector mencionado y de otro sector que juega con dos barajas, la de las urnas cuando ganan y la de la revuelta cuando no.
Esto nos lleva a que si el partido de la oposición y sindicatos son contrarios al estado actual tendrían que dejar sus actas de diputados y sus prerrogativas y ponerse al lado de la subversión a ras de suelo, y no desde una posición de ventaja, y dejar patente que lo que se hace obedece a una sola intención, o ponerse (y poner su aparato) claramente al servicio de esa proclama social, que en ningún momento fue la suya (tiempo tuvieron para hacerla).
Hay que dejar a un lado determinadas consignas y mostrar a propios y extraños que lo que se hace se hace por un único fin, que no puede ser otro que “ini­ciar un pro­ceso de con­sti­tu­ción de un nuevo sis­tema de orga­ni­zación política, económica o social” pero que si bien “no cabe pro­hibir el elo­gio o la defensa de ideas o doc­tri­nas” no es menos cierto que éstos deben ser separados de las demandas fundamentales y puestas en tercer plano.
Si con esa sola y única intención solo estamos cuatro, mala suerte, pero mejor esto que vernos empujados a una lucha que en el fondo no es nuestra lucha, o a una nueva batalla fraticida o sin solución.
Hay quien no mira esto y sólo mira dar por bueno cualquier espaldarazo, llenar las plazas y hacer ruido aunque el ruido lo hagan los fascistas, pero ya se ve que en realidad no trae cuenta y que no hay que dar oportunidad de desviar la atención y no perderla para dar un mensaje claro a la sociedad, cosa que no se ha hecho (a las preguntas de los reporteros se balbucea), porque no se tiene…, porque no se ha logrado consensuar…, porque no se sabe de las prioridades…, porque no se sabe de lo posible…, porque no se tiene una teoría social…, etc. etc. etc.
No hay auténtica repercusión social sin mensaje.



jueves, 20 de septiembre de 2012

Resumen de la 4ª entrega de la Teoría social


BIPOLARIDAD POLÍTICA

En los capítulos precedentes de la teoría social hemos hablado de la bipolaridad económica como de algo (una desigualdad) inherente a nuestra realidad social y económica y, más allá de esto, como de un principio que la gobierna. El principio de bipolaridad, en realidad, subyace en todas nuestras relaciones y en todos los sistemas, sociales y físicos. Es por esto que, antes de seguir nuestro desarrollo y ahondar en la importancia de este comportamiento en los sistemas económicos, tenemos que extender el concepto a dichos sistemas sociales, y mostrar de qué modo esta bipolaridad, la bipolaridad política, es el motor de toda transformación social y antes de eso personal.
En efecto, estamos obligados a mostrar de qué modo el psicologismo resulta ser el fundamento de toda relación política (entre dos), dando lugar a toda una serie de encuentros y desencuentros, y de qué manera se pone y se ha puesto de manifiesto socialmente entre grupos o estamentos dando lugar a la lucha de clases.
Lo segundo es reflejo o extrapolación de lo primero, ahí su importancia, pero lo primero, además, está en la base de la educación, en lo que somos como individuos, en nuestra respuesta ante las cosas de la vida, etc. y se ve afectado enormemente por lo segundo. Existe de hecho una relación directa (implicación y complicación) entre los aspectos psicológicos y los sociológicos, y existe la posibilidad de establecer en un caso y otro formas de funcionamiento higiénicas y eficientes mediante la supresión de resistencias innecesarias, que es, en definitiva, la metodología aplicable a todos los sistemas (económicos y políticos) para alcanzar un perfecto funcionamiento, y la esencia de nuestro modelo.
Estas cuestiones las abordaremos y desarrollaremos más tarde, centrándonos aquí en la presentación (El hombre bipolar), y en los aspectos meramente sociales de la bipolaridad política y en cómo —de acuerdo con Marx— transforma a las sociedades mediante la transformación de las relaciones de producción (Bipolaridad del poder político). Posteriormente, hecho este análisis, estaremos en condiciones de establecer con precisión nuestro momento o altura social, esto es, en qué punto de las relaciones políticas y evolución social estamos, en función de las perspectivas de crecimiento económico y de las posibilidades del sistema vigente, lo que nos permitirá, conforme al esquema trazado sobre el efecto transistor, determinar las limitaciones del sistema y las condiciones para vencerlas o superarlas.

1. El hombre bipolar (4ª entrega)


En la 4ª entrega de la Teoría social se muestra de qué manera la bipolaridad está en la base de todas las cosas y el efecto transistor en la base cualesquiera dos cosas con una diferencia de potencial (desigualdad) afectada por un polo intermedio. La bipolaridad se pone de manifiesto de forma muy particular en cualquier relación entre individuos en tanto que nos comportamos unos frente a otros como polos, esto es, como elementos aislados que se pueden poner en comunicación estableciendo flujos entre ellos. Esta relación (de orden-1) puede evolucionar hacia el acercamiento de los polos (convergencia) y desde cierta convergencia hacia el alejamiento, hasta alcanzar cualquier estado de la curva característica. Unas más saludables que otras.[SIGUE]

sábado, 15 de septiembre de 2012

Primera comunicación transversal del 15-M

(mail enviado a los distintos grupos)
Esta debe de ser, casi sin duda, la primera comunicación transversal del 15-M, la primera que está dirigida y concierne a todos los colectivos que de una forma u otra han participado en dicho movimiento o forman parte del descontento social (ACAMPADAS, DRY, ASAMBLEAS CONSTITUYENTES, ATTAC, etc.)
Pretende ser una invitación a la reflexión general, que nos permita calcular dónde estamos, averiguar si se ha fallado en qué se ha fallado, qué se pretendía ser y qué se es, etc. y una oportunidad para sumar fuerzas (todas las fuerzas) y mejorar, lo que sin duda es condición sine quo non (necesaria pero no suficiente) para el éxito.
Este éxito está condicionado por muchos factores, factores que hoy por hoy lo hacen imposible. Por esto tenemos que mejorar. Desde esta iniciativa, nos hemos dedicado fundamentalmente a teorizar sobre las posibilidades del éxito, sobre la contemplación de esos factores, que son ausencias de estrategias e inconsistencias que medran su posibilidad, y, de forma análoga, sobre la necesidad de unificar criterios y priorizarlos al margen de que cada grupo pueda llevar una batalla particular o, lo que es lo mismo, sobre la necesidad de establecer una Teoría social o propuesta de sociedad que nos represente a todos, y que sirva como base o columna vertebral de todas las propuestas o acciones; y que, de otra parte, nos permita exportarla (hacerla entendible) al resto de la sociedad, como condición indispensable también de toda transformación que pretenda ser general.
Teorizar consiste fundamentalmente en plantear mil objeciones, en anticiparse y dar respuesta a todos los cuestionamientos, a todas las exigencias, y constituirse en referente claro, consiste en presentar un esquema claro de sociedad y una metodología clara para alcanzarlo: es imposible una transformación social en la dirección que queremos si no es comprendida y amparada por una amplia masa social.
Esto nos lleva a que este éxito no es el éxito de un grupo o un conjunto de grupos sino de una idea que está por encima de los grupos, de sus preferencias, de sus anhelos, de sus necesidades. Este éxito deberá tener una forma muy concreta que hay que definir (no vale cualquier forma de éxito).
La lucha, en consecuencia, también tiene que tener una forma muy concreta. Nosotros, como sociedad disconforme, anhelábamos un proceso de concienciación social, y lo tuvimos (el 15M), pero no expresaba exactamente lo que necesitábamos, luego se ha desplazado al conjunto de una deteriorada clase media, y tampoco representa exactamente lo que quereros, que, como siempre, no es lo que los interlocutores sociales de forma oportunista dicen que queremos. En efecto, incluso ésa parte de la sociedad que está pagando los platos rotos se cuestiona la oportunidad y conveniencia de una oposición férrea o una demanda circunstancialmente inasumible.
No representa lo que queremos porque se mueve una vez más  mediante la ley del balancín o lucha de fuerzas y contra-fuerzas (acción y reacción), y no mediante otra de vasos comunicantes que represente un salto cualitativo, el de una sociedad con una sola idea de sociedad. Hoy, en medio de esta crisis/regresión social ya no basta con reaccionar o contener, tampoco sirve establecer una pugna abierta y perdida de antemano sobre cuestiones que el conjunto de la sociedad  ve  (con meridiana claridad) que no pueden ser nada más que de una manera: la realidad económica manda, sólo vale un grado de aceptación y unas estrategias de futuro. Por ejemplo, no sirve de nada hacer un sufragio pidiendo que suban las pensiones, no sirve de nada ese alarde de democracia, ese derroche de buenismo, sólo sirve un emponderamiento de la riqueza (que no confiscación o adueñamiento), que haga posible esa demanda. No sirve de nada luchar contra la infinidad de efectos nefastos a los que da lugar un determinado marco socioeconómico, sólo sirve cambiar ese marco.
Pero no basta con decir lo que queremos, tenemos que saber decir cómo llegar hasta ello, cómo se conjuga el modelo de sociedad elegido con los recursos y las oportunidades, y la forma de hacerlo (es por esto que la teoría social tiene que ser una teoría económica), y hacerlo sin quebrar/parar la dinámica social (trasplantar un corazón parado no tiene mérito). Todo lo demás es un brindis al sol.
“¡Hay que eliminar los paraísos fiscales! Muy bien, pero cómo… ¡listo! Sacando la ley que elimina los paraísos fiscales…” ¡Estamos arreglados! ¿Cómo dar un mismo argumento que sirva, además de al sensato, al nihilista, al necesitado y al ignorante? A este público.
Dejemos de ser timoratos y soberbios. Dejemos de ser ingenuos y complacientes (y, por supuesto, manipulables). Seamos serios, demos los pasos que podemos dar. La aceptación de nuestra realidad es dolorosa, la aceptación de la realidad de los demás, también. Pero es imprescindible. Eso es crecer. La disyuntiva es hacerlo o eternizarnos en una acción dispersa e inefectiva.
Todos sabemos cómo se presenta esa acción dispersa. Todos sabemos diferenciar una acción verdadera de un ruido de fondo, como el que producen las abejas con las alas cuando se rozan unas con otras. Ellos también lo saben. La madurez social no sólo es respecto de lo que queremos y respecto de la forma de las soluciones sino respecto de la posibilidad de ser o no neutralizables, y esto va en función de lo que las acciones aparenten ser un mero ruido de fondo. Como dice la canción: “no quiero hablar de la lucha…, si no estamos preparados”.
La Sociedad Inversa es un ejercicio de madurez social, un cálculo de las verdaderas posibilidades, una identidad revolucionaria nueva: la del hombre que en su revolución contempla todas las cosas (o casi), la del hombre que no quiere ganar esta lucha de clases sino superarla. La Sociedad Inversa es un modelo de sociedad basado en la exigencia y la higiene social (principios).
Esta iniciativa, por su parte, tiene —para los efectos que se deriva de esta comunicación— una inevitable exigencia de partida o elementos de ajuste y sincronismo de la voluntad social, como antesala de la verdadera exigencia marcada por los elementos teóricos y la propia realidad, que presentamos de forma refundida a modo de Manifiesto.
Nota: Salvado esto, sólo sirve dar los pasos apropiados para conseguir una verdadera operativa entre los grupos interesados, y buscar y alcanzar el mismo compás (ya está bien de mover las alas), y con él la certeza de que se vaya hacia arriba o hacia abajo se está yendo hacia delante, hacia un sitio muy concreto y concretado. Esta operativa mínima vendrá en comunicación posterior y/o a través de la propia página.
 
anterior  

sábado, 18 de agosto de 2012

Y sin tan fácil es esto de salvar a las economías…


Y sin tan fácil es esto de salvar a las economías…, ¿por qué no se hace?
Uno tiene la tendencia natural a pensar que son listos pero que no son tan listos, o que son malos y están jugando a algún juego: ora no se tiene intención de comprar deuda, ora sí, o haciendo algún tipo de reality, con sus mentidos y desmentidos, con sus pasiones y su incoherencia vital.
Es verdad que muy buenos no son, y es verdad que no son tan listos, aunque ellos mismos se lo crean y se crean que están capacitados para ocupar cualquier cargo de responsabilidad, y se crean que con sus capacidades hacen ciencia del hacer político y que representan la figura inequívoca…,  hasta que finalmente se ve que no era tan inequívoca, que no es ciencia, alegando entonces, como en el caso de Bankia, que han actuado de acuerdo a los datos existentes, esto es, que el error está obligado por los propios datos, y no por la interpretación de quien los maneja.
Todo esto da idea de la imprecisión del lenguaje político, de la falta de rigor argumental, y de lo expuestos que estamos a la interpretación final y, consecuentemente, al peso específico del que la hace y la transforma en decisión política.
Pero aunque lo anterior sea cierto y generalizado, y se llegue a esa conclusión, luego, reconsiderando la cuestión, se llega a comprender que tiene que ver algo más que ineptitud o interés en la toma determinadas decisiones contrarias a la lógica del momento, que no es otra que la de hacer las cosas que sirven y que solucionan, y que demuestran su funcionan —tal como hemos referido—con el mero aviso o pronunciamiento.
Ese algo más es simplemente una cuestión de tiempos, de oportunidad o determinación, la determinación de poner algunas cosas en su sitio (suele ocurrir que quien tiene el problema sólo ve el problema y los demás ven más cosas además de éste) antes de  solucionar (o al paso) el tema capital: Europa, en este caso, le está haciendo saber al Estado español que no se puede gastar de esa forma, y no sólo eso sino que toma el control de la gestión poniendo en entredicho el prestigio, la funcionalidad y el rigor provinciano de nuestra clase política. Europa ha demostrado la incapacidad de nuestros políticos: los Bancos no han pasado la prueba de resistencia, pero ellos tampoco: para ser político de la Europa de las naciones hay que ser mucho más meticuloso, mucho mejor político.
Se ha visto, y se ha visto porque lo ocurrido lo ha puesto de manifiesto, que la cuestión no era si los políticos y los altos cargos cobran mucho (aunque sea cierto que ese gasto está descontrolado), la cuestión es que, mucho o poco, han cobrado sin una verdadera contraprestación (servicio, calidad, eficacia, dedicación) por su parte, sin una verdadera responsabilidad, siendo por esta falta de responsabilidad y dedicación por lo que pueden dedicarse a tantas cosas y cobrar por ellas. Es por este más o menos estar enterados de las cosas, pero no implicado y complicado con ellas —tan español—, por lo que nos pasa esto que nos pasa y por lo que da igual que tengamos tres políticos (responsables) que uno dedicados a la tarea si entre los tres no tenemos al que verdaderamente se emplea en ella. Esto es lo que verdaderamente tenemos que cambiar en todas las instancias, lo que tenemos que cambiar en la tarea política, y sobre lo que tenemos que pedir responsabilidades.
Es verdad que este poder económico (y político) supranacional ha suplantado al otro (al legitimado por las urnas) mediante esta forma de intervención, pero también lo es que esta intervención nos libera de la ineficacia y de la mediocridad gestora a la que nos tiene acostumbrado el poder político y del que no podíamos escapar. En cierto sentido ha habido un poder político más capacitado para enjuiciar y tomar medidas respecto a la eficacia de nuestros políticos que la que tenemos nosotros en las urnas, obligados a una alternancia sin solución.

——————————————————

La cuestión ahora es saber en qué punto estamos. Ese poder supranacional ha puesto al poder político local en su sitio e, inevitablemente, a nosotros en el nuestro, porque hay una realidad: mientras encontramos, o no, la forma de que no haya ricos y pobres, los ricos podrán gastar como ricos y los pobres tendrán que gastar como pobres. Pensar otra cosa es vivir engañados, como en un sueño del que más pronto que tarde se sale, y del que se sale con estas consecuencias.
Tenemos que determinar nuestras posibilidades de gasto, y delimitar el gasto objetivo del subjetivo: el gasto del despilfarro. No se propugna la austeridad, tan sólo la claridad en las cuentas públicas que haga imposible un gasto desmesurado en cosas superfluas, amparados en una riqueza virtual o futura, que luego, con las perspectivas fallidas, derivan en la necesidad de suprimir (como ahora) lo necesario.
En efecto, con las cuentas claras y saneadas no habrá opción de hacer política sobre el gasto, como ahora se hace con los presupuesto generales (para finalmente hacer lo contrario o lo que mande la realidad), sino un orden preestablecido del gasto de acuerdo a los ingresos (tanto se tiene, tanto se gasta) de acuerdo a un orden, lo que marcará nuestras posibilidades reales de bienestar, nuestras necesidad de incrementar los ingresos por otros mecanismos o, lo que es más importante, la de buscar otras fórmulas de bienestar desligadas de la riqueza económica.

——————————————————

Todo esto que está ocurriendo, no obstante, no puede ser bueno porque no se hace sin pagar un precio que nos lleva irremisiblemente a formas de miseria y a la consolidación del poder del dinero; y una vez más a la lucha entre lo que lo tienen y lo representan y los que no;  que perderemos si no somos capaces de superarla, de entender que la lucha es otra.
Estamos ante un problema social, pero el problema social se cierne sobre nosotros como un problema filosófico y más aún como un acertijo siempre mal resuelto de cómo hacer, de cómo dar la solución idónea.
La cuestión es que estamos en la eviterna lucha entre el capital y el no-capital, entre los oprimidos y el opresor, pero en realidad estamos respondiendo (mal) a la pregunta de si es posible luchar contra lo que representa el dinero sin destruir el dinero, de si somos capaces de luchar contra lo que representa la riqueza sin destruirla.
Hasta ahora no. Hasta ahora, a lo largo de toda la Historia, sólo hemos sido capaces de posicionarnos en una u otra facción en función de nuestra situación personal. ¿Quién enseñará el camino a quién?  ¿Será el capital o será el no-capital? Es evidente que el capital no, que el dinero sólo sabe de lo suyo, que sólo sabe del dinero sin prestar atención al bienestar, pero es evidente también que el no-capital tampoco porque sólo sabe del bienestar sin prestar atención al dinero, a los recursos. Así no se puede.
¿Cómo explicarle al prohombre del 15-M que su necesidad no es la prioridad, que la suya va en segundo orden?
Esta es la verdadera encrucijada, este es el verdadero problema.
No habiendo solución sólo hay oportunidad de dar cumplimiento al interés particular. Esa oportunidad para el capital (porque ahora es su oportunidad) se está traduciendo en el proceso de regresión que vivimos. El no-capital no la tiene, para el no-capital sólo cabe alternativas que comprendan este dilema y lo incluya en su forma de lucha. Otro tema es el establecimiento de unas verdaderas reglas de reciprocidad entre bancos y usuarios[1], y la adopción de medidas políticas orientas a forzar que el capital se comporte de una determinada manera, esa es la tarea política, la desenmascarar determinadas condiciones de favor o hacer que las mismas reviertan finalmente en la sociedad[2]En cualquier caso, tenemos que entender que esto son relaciones, y que las relaciones no mejoran y no han mejorado a lo largo de la Historia elevando exclusivamente a una de sus partes. Dicho de otra manera, para cambiar determinados usos sociales y económicos no hay otra forma que la de elevar la altura social que haga inviables o anacrónicos los anteriores, y de esa altura social todos formamos parte.




anterior

 

posterior





[1] Todavía no doy crédito a la forma en la que nos hemos tragado la transformación de la banca tradicional en autogestión bancaria sin contraprestaciones y soportando los daños colaterales (ya mismo no se podrá operar por ventanilla ni para los ingresos menores), entre los que incluyo el pago de esa autogestión mediante el cobro de los plásticos que la hacen posible.

[2] En todo el mundo empresarial, y el financiero lo es, habría que distinguir entre aquellas empresas que arriesgan capital para obtener un beneficio y aquéllas que tienen un beneficio fácil o una rentabilidad asegurada (porque el negocio en sí tiene un coste inicial bajo o porque el producto tiene un fuerte atractivo social) que luego enmascaran mediante la inversión.

miércoles, 18 de julio de 2012

Ser o no Ser


Cuando alguien va montado en una bicicleta, cuesta abajo y sin frenos, no tiene más opción que frenar con la zapatilla y quemársela, como hacíamos antiguamente. Bueno, hay otra, que es tirarse a la cuneta, y terminar con esa situación de desenfreno, de paroxismo, a las bravas.
Estas son las opciones respecto a la situación del sistema financiero y su solución, o nos quemamos la zapatilla o nos tiramos a la cuneta. La disyuntiva no es cualquier cosa porque en buena medida está dividiendo a la sociedad y, hasta cierto punto, enfrentándola. No hablo ya de la división que se produce entre los que pasan el escalón de la miseria y no, que polariza inevitablemente el tejido social, sino entre los que comprenden y optan por un tipo de respuesta política y los que no.
Para llegar a la verdad de las cosas habría que ser filósofo o estar por encima de ellas, para así diferenciar cuánto del problema es consustancial a nosotros mismos y cuánto no, qué solución puede ser solución ahora y cuál no, en definitiva que parte de la verdad no es verdad y que otra de la mentira no es mentira. En ésa estamos.
Es verdad que gran parte de la política económica regida por Alemania pretende garantizar los préstamos hechos por sus bancos, pero también lo es que esa intención es la lógica y natural a cualquier prestamista, incluido cualquier particular que preste dinero a un amigo.
Es verdad que los inversores están especulando y se están enriqueciendo con esta crisis pero también es verdad que gran parte de ese núcleo inversor lo constituyen quienes tienen ahorros, esto es, toda una clase social media y media-alta que paralelamente se está perjudicando/beneficiando en este proceso en función de que pase o no el citado escalón.
Es verdad que la devolución del préstamo nos va a poner condiciones duras, pero también lo es que en otro contexto histórico esas condiciones hubieran supuesto ceder unos determinados territorios al acreedor, que es lo único que a estas alturas tenemos en propiedad.
Es verdad que esas condiciones vienen acompañadas de ciertas imposiciones estructurales, pero también lo es que pierden ese carácter en cuanto que parejamente se está conformando una unión económica y política que precisa de buena parte de ese esquema. En este caso, que el control de las cuentas, por ejemplo, esté centralizado se puede entender como pérdida de soberanía o como un logro, según se vea acompañado de determinados elementos de equidad y proporcionalidad entre los miembros.
Respecto a todo lo anterior, tenemos que tener en cuenta que en realidad nos regimos por una ley que relaciona al deudor y al acreedor de una determinada manera, que ahora, por habernos excedido, o por no haber dimensionado nuestras posibilidades, queremos —amparándonos en las nuevas posibilidades que da el contexto internacional— renegociar, modificando la forma de pago. Renegociar es negociar o poner en la mesa contrapartidas económicas o políticas cuando se tienen. Cuando no se tienen no es negociar, es pedir, y estar a expensas de lo que te den en función del interés económico y de cuánto se pueda mediatizar éste por el proyecto político común. Parece ser que esto último no tanto, o no tanto como quisiéramos nosotros: Europa no paga las deudas de juego.
Frente a esto tanto cabe la crispación por el cinismo y el tibio sentido europeísta (y de las medidas tomadas respecto a las posibles) como la gratitud, puesto que la cosa podría ser peor frente a esos nuevos y “desinteresados” avalistas, pero sobre todo cabe la de exigencia frente a los que no han sabido poner en valor el peso específico de España y muy principalmente frente a los que nos han puesto en esta situación, esto es, frente a los políticos de mierda que han gestionado mal nuestra riqueza y dimensionado mal nuestras posibilidades de bienestar[1]. A eso del bienestar voy ahora.
Es verdad que esta sociedad debe caminar hacia el bienestar social pero también lo es que ese bienestar cuesta dinero y se corresponde con las partes de la riqueza que podemos liberar tras hacer frente a otro tipo de necesidades.
Es verdad que ese bienestar se traduce en un funcionariado extenso, pero también lo es que mientras que el bienestar implica esa extensión de la función pública, la extensión no implica bienestar, como se pone de manifiesto en el ratio de empleados públicos de la Unión  Europea, que junto con otras referencias nos permitirían sacar otras conclusiones.
Es verdad que las personas y los Estados, para procurar ese bienestar, se endeudan pero también lo es que no pueden hacerlo si parte de los recurso anuales no pueden liberarse para el pago de la deuda y se precisa —tal como se ha venido haciendo— nueva deuda para hacer frente a ese pago.
No se trata de una desviación contable. Se está sacrificando a toda una clase media, haciendo de golpe todo el recorte —en el límite de la viabilidad—que no han sabido hacer a lo largo de este decenio. La dureza, la urgencia de la solución da idea del desequilibrio tan profundo, de la responsabilidad y las consecuencias de este abandono (de la irresponsabilidad). Para evaluarlo sólo tenemos que ver que estas nuevas restricciones de aproximadamente 30.000 millones de euros anuales nos pueden llevar a la ruina económica y social, respecto a las posibilidades de consumo, crecimiento, ingresos y desestructuración  social, dado que además no cubre tan siquiera el desfase de ingresos y gastos de los presupuestos de este año, de unos 40.000 millones, menos aún si a esos gastos le incluimos unos nuevos 12.000 millones para la financiación de la nueva deuda de 100.000 millones. Es decir, que suponiendo que se mantengan los ingresos y llevando los gastos al mínimo no llegamos.
Es verdad que desde la calle se ve todo esto desde la perspectiva del recorte (desde esa inevitable urgencia), pero también es verdad que desde las altas instituciones (y la práctica totalidad de los grupos parlamentarios) se está viviendo desde la necesidad, desde el grave problema de Estado que es (desde esa otra urgencia): España no tiene otra opción, y así se lo ha hecho saber Europa.
Estas dos verdades son las que están creando dos perspectivas, dos formas de entender el problema, las que están dividiendo a la sociedad, con ese maniqueísmo tan nuestro por el que compartiendo algo ya parece o se entiende que se comparte todo[2]. Ya no somos de derechas o de izquierdas, ahora somos pro-comprender la coyuntura internacional o pro-comprender la calamidad de esa sociedad siempre castigada a la que se suman nuevos damnificados.
En este caso da igual lo que comprendamos. La necesidad está por encima de los sentimientos, y está por encima de los modelos (de nuestro propio modelo) o de los planteamientos de futuro, principalmente porque si no damos solución, no hay futuro. Dicho de otra forma, no sirve de nada plantear una lucha estratégica contra todos los tipos de subsistencia a los que nos empuja el capitalismo si no damos solución a esta forma que se cierne sobre nosotros, superando las propias previsiones capitalistas.
La cuestión ahora no es comprender y no es impedir los recortes, que no se puede (o tal vez sólo los críticos), la cuestión es salir de ésta y asegurarnos, de aquí en adelante, una buena gestión (parece que de eso también se encargará Europa), y depurar responsabilidades, no sólo sobre casos como los de Bankia sino sobre toda la administración del país. Lo importante después será alcanzar la necesidad de transformar el sistema social desde la clara percepción de que más allá de ser bueno o malo, es técnicamente incontrolable, poco  fiable y, en consecuencia, no válido para sustentar un verdadero proyecto social de futuro. En eso estamos.

anterior


posterior




[1] Las políticas, antes que ser de izquierdas o de derechas deben ser racionales. Los progresistas parecen de derechas cuando no se creen las propuestas irracionales de la izquierda, y los liberales, de izquierdas cuando no acatan las medidas irracionales de la derecha.
[2] Que la razón en algún punto nos acerque a unos no nos lo perdonan los otros, excluyéndonos totalmente de su esfera de entendimiento.

sábado, 14 de julio de 2012

Sobre la ineficacia y su responsabilidad



Hace unos días alguien fue operado en el hospital. Pasados un par de días de la operación, y todavía sangrando, le fue restituido el Sintrom —medicamento que toman las personas con la sangre espesa, que medra su poder coagulante y que se suspende en el plazo de la operación—, lo que dio lugar a un sangrado más abundante. Todo esto a pesar de advertirle al servicio médico, por parte del paciente y sus familiares de esta posibilidad, puesto que ya le había ocurrido un episodio similar, y a pesar de ser de sentido común.

Esto pone de manifiesto que el verdadero sentido común es superior al conocimiento reglamentado y, consecuentemente, que no por no ser instruidos en la materia perdemos nuestro derecho a aplicar una lógica común a muchas facetas de la vida, y, en cambio, sí a exigir a cualquier profesional de la misma que tenga, además del conocimiento específico, y dado que el sentido común es común, ese sentido, su uso o aplicación.

Este caso, respecto a todo lo acontecido en el problema del sistema financiero y su solución, y todos los desmentidos o la diferente percepción respecto a las medidas tomadas o por tomar, me lleva a poner de manifiesto igualmente la total falta de criterio de nuestros políticos-economistas y, consecuentemente, su continua improvisación, y me lleva a exigir la clara definición de esos criterios, es decir, la de un esquema claro de las situaciones que no dé lugar a toda esta contaminación, mezcla de anhelo e ignorancia. Me lleva a pedir sentido común. Porque, en esencia, ¿qué es ese sentido común? El sentido común es ese esquema que nos hace ver cualquier hecho particular no como un hecho aislado sino como un elemento de un sistema básico, congruente o no con él, y comprender con un golpe de vista las situaciones. Aquí es donde viene nuevamente lo de los principios de verdad como base o fundamento de cualquier esquema.

En la situación del sistema financiero se está comprendiendo con un golpe de vista una situación ahora, y más tarde se está comprendiendo con un golpe de vista lo contrario, con suficiencia, lo que demuestra que el esquema no es completo, y demuestra que o no se sabe de eso que puede superar al sentido común (el conocimiento específico) o no se tiene tal sentido: primero se dice que no se va tomar tal medida (el IVA, por ejemplo), y luego más tarde que sí; dándonos perfecta cuenta de que a todos les falta un algo para formar ese esquema, para dimensionar verdaderamente el problema, en tanto que a algún otro le falta casi todo como se desprende de la reiteración machacona, sin lenguaje específico ni preciso, de algunas ideas básicas.

Es cierto que un político no puede ser un tecnócrata, esto es, un mero técnico, pero tampoco puede ser alguien vacío de contenidos, a quien los demás (los técnicos) le insuflan esos contenidos, con los que deciden de forma vaga, coyuntural y prestada. Por ejemplo se habla del supuesto préstamo de cien mil millones de euros, que parece ser El dorado, y luego se encuentran las pegas derivadas de dejar en la cola al resto de los acreedores. ¿Eso no se puede pensar antes? Ahora se da cuenta alguien (el propio mercado) y salta la alarma, y se dice con tono de obviedad, como si fuese archisabido. ¿No parece más lógico establecer una estrategia inequívoca tanto de las partidas como de las contrapartidas, y presentar de forma inequívoca los escenarios?

Aquí es donde radica la necesidad de los principios de verdad, la de no dejar a la clarividencia de una supuesta mente lúcida el destino de una nación —menos aún cuando obviamente no es tan lúcida—, la de emular esa clarividencia, la de establecer un mecanismo que libere a cualquier dirigente de la necesidad de tener que contemplar el problema sin un marco adecuado y de encontrar ideas felices, casi ocurrencias. Hoy más que nunca se tienen que definir esos principios porque definirlos es definir la voluntad y la intención por encima de esas otras particulares o vagas. La solución debe salir de forma natural del marco y ser el marco el que esté en cuestionamiento o debate. Respecto a la solución suele ser una, la única posible, la que queda después de desconsiderar las otras por imposibles o no practicables.

————————————

De otra parte, no se entiende que para cualquier ocupación se precise una capacitación probada y que aquí sólo sirva un liderazgo alcanzado váyase usted a saber de qué modo o por qué circunstancias, y se establezca una relación entre ese liderazgo-responsabilidad sin capacidad y una capacidad sin responsabilidad encarnada en los asesores al uso. De este modo, en contraposición a cualquier otra actividad de la vida en la que se tiene que tener capacidad y responsabilidad (eficacia y compromiso), aquí —en los puestos políticos— o se prescinde de una o de la otra.

Este organigrama que se hace extensivo al resto de los puestos ejecutivos, públicos o privados, permite, salvo contadas ocasiones (cuando no queda más remedio que imputar), velar responsabilidades y quedar impunes, impidiendo establecer una verdadera relación causa-efecto entre sucesos. En efecto, mientras que en cualquier otra actividad lo que parece presuntamente punible (un hecho aislado) lleva aparejado unas diligencias previas que implican un cargo y un descargo, en ésta ni siquiera una larga secuencia de acontecimientos de dudosa legalidad permiten ser objeto de estudio, quedando ocultos al análisis y el control.

Esta es la razón de ser de las comisiones de control. La creación de una comisión o una imputación genérica es la herramienta que tenemos para delimitar qué parte de la acción corresponde al asesoramiento y que otra a la decisión política, para acercar la responsabilidad política a la penal, es decir, para hacer, mediante la ulterior modificación del marco legal, que todo lo desdeñable sea punible, y así elevar la categoría del ejercicio político.

Casos tenemos de todo lo contrario. En este sentido, parece escandaloso, por ejemplo, que la cuestión de los regalos a las personalidades públicas no esté regulada (a pesar de todos los escándalos), en ese intento de acercar lo ilegal a lo ilegitimo, o incluso que estas personalidades queden al margen (al margen de la ley) de lo que ya de por sí se ajusta a derecho para el común de los mortales, como es la declaración tributaria en especies de los mencionados regalos. De este modo no sólo reciben regalos en especies sino que estos no son declarados para su tributación. ¿Eso es delito, verdad? Hay que recordar que a Al Capone no lo procesaron por delitos de sangre sino por defraudar al fisco.

¿Cuál es el problema? El problema está en que se hacen muchos esfuerzos para alcanzar la posibilidad de manifestar esto y llevarlo a la luz pública, y en que a pesar de hacerlo  de forma recurrente nunca o casi nunca se materializa en una ley que regule lo que no está regulado o en algún mandato que verifique si se ha cumplido lo ya regulado. El problema está en que después de tanto esfuerzo queda finalmente apagado de forma natural como un murmullo o mediante la modificación engañosa, y sin repercusión social, de cualquier disposición, como la que se hizo para reflejar el patrimonio de los ministros (ver BOE) y secretarios de estado, dado que se hizo un recuento del patrimonio sobre valores catastrales y no se explica el origen del mismo, en tanto que en las últimas legislaturas se han realizado sobre bienes sin tomar en consideración lo que estos representan. El problema está en que gana el que resiste, y ellos resisten más porque tienen cogida la cuerda por el lado bueno. El problema está en que gracias a esa impunidad se permiten tomar no la mejor solución sino la que mejor viene desde infinitas ópticas, incluidas las que conciernen al interés particular o el de determinados grupos de presión, es decir, se permiten obviar lo que dicta el sentido común, lo que dicta el conocimiento específico, y el bien común.

Frente a esto sólo cabe llevar nuestras demandas a extremo, es decir, definirlas bien y resistir. En un caso, el de los regalos, interponiendo una demanda real sobre todos los presuntos casos de fraude fiscal por el concepto citado, en el otro, el de la ineficacia, interponiendo demanda en virtud de la misma y de sus consecuencias reales, de la que serían casos particulares toda la negligencia y malversación de nuestro sistema bancario (incluida la del Banco de España y los diferentes responsables económicos, etc.) y sobre aquéllos otros en los que se pone de manifiesto una incapacidad total para buscar soluciones, como es el caso de la supuesta necesidad de subir el IVA como consecuencia de la incapacidad tácita para luchar contra el fraude, es decir, la de establecer las medidas necesarias respecto a lo segundo que hagan innecesario lo primero: puesto que se hace un plan contra el fraude, pero se admite, lo que desde otros foros se le está indicando, que es insuficiente porque no tiene ni la capacidad disuasoria ni la recaudadora que se pretende, y, por supuesto, tampoco la ejemplificadora, que parejamente se destruye mediante los mecanismos de amnistía fiscal. En este caso no se trata de coyuntura política o económica sino de ideas, la posibilidad de encontrarlas y aplicarlas. Si ellos no son capaces, que busquen a otros o hagan un concurso de ideas, por otra parte innecesario tras tomar en consideración los mecanismos contra el fraude fiscal —el grande y el pequeño— y los cortafuegos pertinentes a la infinidad de triquiñuelas propuestos por las personas entendidas de la Agencia Tributaria.

Otro escenario plausible sería que las ideas las demos nosotros y expresemos de forma clara la voluntad o necesidad de aplicarlas o nuestra perplejidad si no lo hace, dada su conveniencia, el gobierno de turno, es decir, expresar de forma clara lo que queremos como sociedad sobre algún respecto. Es la expresión de la demanda concreta. Esto tiene a su favor que no toma en consideración otros elementos contaminantes por lo que es genuina pero tiene en su contra justamente lo mismo, por lo que es ajena a la realidad.  Esto ya lo he expresado en otros artículos y lo matizaré en el próximo, pero no es nada más que la percepción de que obedece al sentido común lo que no es tal, y la razón de que en esta sociedad avancemos a trompicones.