miércoles, 9 de octubre de 2013

Sobre lo ineludible y lo eludible de la realidad social


Todo está frío. Todo ha regresado a su estado inicial, a la equidistancia de todas las posiciones. El movimiento social ha sido prácticamente anulado, amortizado o superado por la maquinaria del poder (más la del contrapoder oficialista). En realidad ha sido superado por lo que ya dije que era su peor enemigo: su propia realidad, precipitada a la nada por la otra realidad, esto es, por las previsibles estrategias de represión y por el amejoramiento de la situación económica, o de índices económicos tan significativos como la prima de riesgo.

Es esto último lo que más preocupaba a (casi) todos porque sin esto no cabía otra preocupación. Ahora ha cesado esta tensión y volvemos a nuestra rutina, eso sí, un 20% más pobres como consecuencia de la disminución del gasto y la prestación social en esa cantidad.

Los mercados exigen disminuir el gasto para conservar el margen de beneficio u obtienen éste directamente de los mecanismos de financiación o de su manipulación. Ellos ponen la distancia y rompen la equidistancia mediante la necesidad de mantener el margen de beneficio: inapelable. La ciudadanía la pone con el rastro más que visible de su necesidad: inapelable.

La equidistancia se había roto circunstancialmente con el aumento casi caótico o irrefrenable del  mencionado índice  (con la manifiesta  inestabilidad del sistema), pero una vez vuelta a los márgenes de normalidad, ¿en qué basar ese rompimiento, cómo hacer una necesidad más necesaria que otra? No se puede, y como no se puede todo deja de ser de una importancia capital para simplemente estar ahí, como están ahí tantos temas de esa cotidianidad nefasta (la Corona, el extesorero del PP, corrupción y financiación ilegal, Independencia de Cataluña, Gibraltar), como una parte más de nuestra realidad.

El movimiento social trata de romper el empate técnico con “envidos a la grande” que magnifiquen el deterioro y lo saquen de ese interesado in pass o del olvido, pero sin una razón instrumental ni un argumento unificado y suficiente que aglutine a la opinión pública. En efecto, algunas de esas cuestiones están ya abordadas por el poder judicial (y se quiera o no se quiera tienen que seguir su trámite), y otras, lejos de representar un elemento de consenso, pueden dividir a la ciudadanía en dos facciones claras y bien diferenciadas, por lo que debe seguir su decurso natural y supeditarse al hallazgo de un nuevo marco, de una nueva coyuntura histórica.

Desde aquí no queremos engordar la polémica o ser parte de ella, no queremos decir algo que sin duda ya ha sido dicho (ya estamos demasiados para opinar, y por esto hemos restringido en estos últimos meses nuestro discurso). Sólo queremos reiterar la necesidad de incorporar elementos, nuevos y objetivos a la demanda social, muy particularmente la necesidad de superar la propia necesidad o coyuntura, y romper la equidistancia.

Esta equidistancia sólo se puede superar con una verdadera proyección de futuro del problema (que sigue ahí) y una solución plausible, es decir, restringiéndonos a un escenario objetivamente ineludible por unas causas también ineludibles en este contexto, y a un ideal verosímil y asumible en mayor o menor grado (con diferente grado de implicación) por la práctica totalidad de la sociedad, tal como ocurre con la sostenibilidad medio ambiental del planeta.

Ese escenario ineludible es el que tenemos que alcanzar para el planteamiento y solución de los problemas. Siendo más exactos, saber de lo eludible e ineludible es saber de la verdad de las cosas en política y de las posibilidades en desarrollo de las sociedades. ¿Qué es ineludible? Ineludible es la superpoblación y el incremento de la esperanza de vida, el incremento de productividad (o trabajo equivalente) y el consecuente incremento en la relación existente entre horas de trabajo libre (o no empleadas) y horas empleadas. No ineludible y presentado como tal es el desempleo derivado de esto último, el proceso de concentración del capital en unas manos (natural sin control político), su deslocalización, y la infrautilización consecuente de los recursos económicos: en un sistema da igual no tener recursos a que éstos estén cautivos y sin aplicación.

En este contexto, si nos atenemos a la crisis, una crisis económica no es nada más que la concurrencia de estos elementos perversos y de políticas —toda una suerte de mecanismos (abaratando los procesos de despido y desocupación actuales y venideros, por ejemplo)— ideadas para desarticularla y darles solución desde algún punto de vista, que las más de las veces introducen nuevos elementos perversos, de desajustes o precarización, como ocurre con la reforma de las pensiones.

La clave de una crisis no parece estar en los hechos ineludibles sino en esos elementos difícilmente eludibles que hacen de los primeros un drama vital, pudiéndonos llevar su desarrollo a concepciones bien distintas, válidas y contrarias, es decir, a formas opuestas y legítimas de tratar las cuestiones y darles solución en función de lo ineludibles que entendamos (depende de nuestra percepción y posición) las situaciones.

La superación de la equidistancia no está, por tanto, en advertir y cuestionar lo aparentemente ineludible de la situación o de la intervención, que puede ser discrecional, oportuna y legítima, sino de la progresión (acordémonos de los rescates bancarios) , en caso de que la tal intervención pueda representar sólo una solución de los efectos, o de causas aisladas de otros problemas que lo condicionan gravemente, como ocurre en el tema ya mencionado de las pensiones respecto a la imposibilidad de tener una ocupación y, por ende, una cotización, de forma continuada. Es decir, la distinción cualitativa de unas y otras posiciones no está en la diferente posición frente a las necesidades actuales porque no está en las necesidades actuales, propiamente dichas, sino en la necesidad futura común y en la posibilidad más que probable de llevar el sistema social al caos sin la participación de determinadas medidas de control, sujeción y ruptura con la tendencia actual.

La superación de la equidistancia consiste en este caso, por tanto, en ver y hacer ver que este paro no es un paro coyuntural, ni siquiera estructural, sino que es un paro sistémico, y que lo que se ha presentado no es nada más que la primera manifestación de un problema más hondo de dudosa respuesta a los distintos ensayos pero de conocido resultado por los factores determinantes ya expuestos. El problema no está ni siquiera en que el 1% de la población tenga el 99% de la riqueza (que también) sino en que cada vez más la obtiene sin hacer uso de ese 99%, con todo lo que conlleva respecto al desempleo y la garantía de las pensiones futuros (he oído que han dicho que dicen que ahora se está haciendo eco en Europa de esto). El problema es la incapacidad real para adoptar medidas de ruptura, esto es, capaces de romper la relación de proporcionalidad inversa entre crecimiento económico y desarrollo social, que es la que caracteriza a este tipo de crisis sistémicas frente a otras crisis de desarrollo.

Las crisis de desarrollo se pueden afrontar de una u otra forma, para la sistémica sólo cabe una solución, un tipo de política. Esta política debe corregir o contrarrestar las desviaciones asociadas al desarrollo de las sociedades (incremento excesivo del gasto como consecuencia de la universalización del bienestar), pero fundamentalmente tiene que preservar ese bienestar y corregir las causas que hacen que éste bienestar no se pueda procurar en un mundo que quintuplica su capacidad de generar riqueza, que grosso modo, y como común denominador, vienen determinadas por la infrautilización o utilización equivocada de los recursos económicos y humanos. Es decir:

*Por un lado, esa política debe corregir el derroche y el reparto de la riqueza: no se entiende que un aumento de la renta per cápita no lleve aparejado un incremento o mantenimiento de nuestras posibilidades sociales (por extrapolación de lo que se alcanza con la media de las individuales), que además es la mejor garantía de pervivencia del sistema.

*Por otro lado, debe corregir la forma en la que se utiliza el capital sobrante: no se entiende que el mismo (el verdaderamente sobrante) no tenga una aplicación social, esto es, que no exista una gestión de toda la riqueza más allá de la recaudación de impuestos y su gasto en las diferentes partidas.

*Por último, y más principal, debe corregir la aberrante funcionalidad de la ocupación, o dicho de una forma más suave, su concepción obsoleta o anacrónica: frente a la necesidad de someter el nivel de ocupación a la maquinaria económica o la maquinaria económica al empleo, está la de la plena ocupación, esto es, la de la ocupación al margen de la rentabilidad o perspectiva economicista de la misma, y de la contraprestación dineraria.

 
Tal como se refleja en el punto 8º de la DECLARACIÓN.

De otra parte, es tal la cantidad de esfuerzo excedente (lo que esta sociedad puede hacer y no es acumulable de forma dineraria) que no es posible —esta sociedad no admite— que la ocupación (las posibilidades del hacer), y la riqueza que puede generar, esté sujeta a la rentabilidad económica o el beneficio, o limitada por ella.

 
Esta nueva concepción de la ocupación abre la puerta a un nuevo paradigma, el de la ocupación por criterios socializantes y creativos (los propios de la sociedad del conocimiento) que además representa la única fórmula capaz de soportar todas las servidumbres asociadas a estadios de desarrollo futuros: la sociedad del futuro será solidaria o no será. Valga como ejemplo de lo que digo toda la carga social que representa el cuidado de los mayores.

La fórmula empleada para conseguir todo esto, —planteada en el mencionado decálogo y expuesta en el Manifiesto que sirve de guión a la Teoría social que estamos desarrollando (La Sociedad Inversa)— es la estructuración social eficiente o Inversión social[1]


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Las transformaciones sociales necesitan de ideas útiles y posibles, y de un estado de opinión que haga de ellas una referencia constantemente presente. ¿Qué tenemos que tener presente? La idea que hay que tener presente es que la clase media tal como la ha conocido nuestra generación está en vías de extinción, dejando tras de sí a dos clases sociales muy diferenciadas e irreconciliables (en estado de lucha o de sumisión): no queremos ganar esa lucha de clases, sólo superarla. Ésa es la idea, la única posible y útil en este estadio cultural (o superamos la lucha o la perdemos definitivamente).  La idea que hay que tener presente es que ese estado de bipolaridad social, o fragmentación social de la sociedad, es la reedición de modelos de sociedad pobres, arcaicos y abandonados, por lo que se presenta como un claro síntoma de regresión social, esto es, del deterioro de nuestra altura social, un empobrecimiento de nuestra idea de sociedad y de sus expectativas. La idea que hay que tener presente es que esto no es inminente pero es, salvo que establezcamos ese punto de ruptura, ineludible.

Sólo hacen falta tres ideas…, y alguna idea más, y contarlas a todo el mundo (machaconamente) para que estén presentes o compartidas por una amplia mayoría del tejido social, y suponga una resistencia teórica real al modelo que de facto se está implantando, y que se constituyan a sí mismas en modelo y luego en sistema social.

De la posibilidad, utilidad y presencia se llega a la determinación de ir en una dirección y la de articular un proceso que nos lleve de un sistema a otro, o que evite —con la determinación clara de lo que queremos como sociedad— que el nuestro se corrompa.

Otra realidad es posible…, pero sólo así es posible.
 



[1] Remitimos al mencionado manifiesto y a la propia teoría para comprender el sentido contextual de la inversión social, en tanto que abordaremos su sentido íntimo y puro en una próxima entrada en la que quedará totalmente explicada y justificada su participación final y principal en el cuerpo teórico.

jueves, 8 de agosto de 2013

Resumen de la 16ª entrega de la Teoría social


La relación social es sensible, y precisa de un ajuste fino para un perfecto funcionamiento. Este ajuste no es otro que un adecuado punto de trabajo en el efecto transistor determinado por el marco de trabajo establecido por los principios de verdad, y en particular por el nivel de polarización derivado de éstos para cada uno de los ámbitos sociales, y más explícitamente a la despolarización social, que da lugar a la supresión del ser social o sustrato educacional base, lo que origina que el ser social existente sea disperso, contradictorio e inefectivo.
Esta despolarización se produce por la supresión del mandato y el dogma por toda una suerte de pseudoprincipios que, al margen de ser más o menos acertados que los primeros (oportunos, justos), carecen de la capacidad de establecer un criterio único y suficiente, por la estandarización de los criterios e igualdad entre los mismos (judicialización o lucha de verdades jurídicas), y carecen de la capacidad (precisamente por la dispersión anterior) de retransmisión generacional, esto es, de mecanismos de exportación y replicación. Esto se traduce en la supresión de la tarea educadora directa del conjunto de la sociedad y de la indirecta, como simple referente de las unidades familiares, que terminan asumiendo con sus propios medios todos sus aspectos, con el consiguiente empobrecimiento y desbordamiento.
Los principios de verdad persiguen por consiguiente alcanzar ese grado de polarización social necesario desde un conjunto de mandatos impuestos por la propia sociedad, libres ya de prejuicios y dogmas. Dicho de otra forma, consensuar un dogmatismo libre de todo tipo de prejuicios, que impida la desestructuración de la sociedad, facilitando la función integradora y educadora de la misma [SIGUE]




miércoles, 17 de julio de 2013

Resumen de la 15ª entrega de la Teoría social

En la matemática tenemos el aporte del espacio y el tiempo para alcanzar nuestro conocimiento, en la física tenemos las categorías para el mismo fin. Ambos  se comportan como principios. En la metafísica también disponemos de principios (ser, mundo, dios) pero resultan ser trascendente y por tanto inútiles como esquema del conocimiento. Debido a esto necesitamos y tenemos otros principios no trascendentes para los juicios humanísticos y para una forma de metaconocimiento. De forma análoga podemos decir que en correspondencia a las categorías tenemos un repertorio de metacategorías o conceptos puros del metaconocimiento. Estas metcategorías definen como síntesis otro tipo de principios.
Las metacategorías están en contacto con el mundo por lo que se ven alteradas y redefinen constantemente a los principios, los principios no sólo dependen de las metacategorias (lo que soy) sino lo que quiero llegar a ser por lo que alteran y condicionan a éstas. Es decir, existe una constante contradicción entre los principios y las metacategorías y entre éstas y el mundo, sobre el que podemos definir unas metacategorías universales o forma de entenderse el mundo a sí mismo.
Para las metacategorías universales no existen principios universales (o verdad reconocida) porque no hay un sentido interno capaz de realizar la síntesis, pero sí podemos asociarles unos principios de verdad: no es verdad reconocida pero casi, no son principios pero son principios potenciales. El principio de verdad se compone por ese conjunto de cosas que la sociedad quiere que sea de una determinada forma. Ser de una determinada forma implica un conjunto de deberes y consecuentemente a una jerarquía entre los mismos, lo que implica establecer una jerarquía natural entre los diferentes principios de verdad que fundamentan esos deberes.
La edificación social de las sociedades sobre unos principios de verdad o sobre otros que no lo son (pseudoprincipios) y la diferentes jerarquías (la natural y otras) da lugar a los diferentes tipos de sociedades.[SIGUE]
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viernes, 7 de junio de 2013

Resumen de la 14ª entrega de la Teoría social


Principios de verdad – Teoría social (y 5)

Los principios de verdad se constituyen en los verdaderos elementos de higiene política del sistema, esto es, en el conjunto de elementos necesarios y específicos diseñados para combatir y eliminar la arbitrariedad y el juicio embustero tan propio de la clase política y, más allá de ésta y de esto, la forma adulterada de concebir  los asuntos del conjunto de la sociedad.
Esta sociedad necesita certeza, trasparencia, y para ello una fórmula clara de determinación. No tiene justificación que utilicemos todos nuestros recursos para progresar en el conocimiento y que sin embargo la sociedad, su devenir y sus precursores, no hagan este uso y no tengan un esquema mínimo de trabajo y que por tal circunstancia estemos expuestos a la ignorancia, la aventura, el capricho o la maldad.
Los principios de verdad pretenden ser “las reglas para la dirección de la mente” en la razón social, o posibilidad de alcanzar un conocimiento social verdadero sistemático y libre de todo prejuicio, tal como se pretendiera en la Mathesis Universalis.
Nosotros vamos a debatir —apoyándonos en la estructura que realizó Kant— acerca de los juicios ciertos en el discurso, y de forma particular en la vida pública. Kant se preguntó sobre la posibilidad de que existieran juicios universales y que aportaran conocimiento en la metafísica (y cómo se daban éstos en la matemática y en la física) y nosotros vamos a preguntarnos sobre la existencia de los mismos en sociedad y, en consecuencia, sobre la posibilidad de alcanzar un metaconocimiento.
Posteriormente estableceremos esta posibilidad a partir de un esquema de funcionamiento (al igual que Kant hiciera con sus juicios) basado en una especie de categorías y conceptos a los que denominamos metacategorías, tanto individuales como universales, dando lugar las primeras a los juicios del alma (principios) en tanto que las últimas nos proporcionarán los mecanismos de síntesis de la verdad social (principios de verdad) y, lo que es más importante, de la jerarquización de las diferentes verdades sociales alcanzadas.
Finalmente estableceremos la conexión lógica entre estos principios, como elementos de bipolarización social, su aplicación al efecto transistor y la repercusión social, esto es las consecuencias de una mayor o menor polarización social como consecuencia de la existencia de principios de verdad más o menos definidos, el establecimiento de las diferentes concepciones sociales, soluciones o formas de determinarse socialmente, así como la repercusión en la vida familiar y en la educación.

1-Principios de verdad (14ª entrega)

Todo lo que se establece como conocimiento claro, como la matemática y la física, se basa en unos pocos elementos o esquema de trabajo, llámense axiomas o leyes. De otra parte, podemos decir que reducimos a juicios todas las acciones del entendimiento y que la física y la matemática son lo que son porque esos juicios son universales y sintéticos (aportan conocimiento). La pregunta que nos hacemos es si este tipo de juicios puede ser la base del discurso político y social, y cómo. Antes de nada, hay que decir que sin necesidad de sofisticar los recursos, simplemente haciendo uso de los datos, del conocimiento de la ciencia y de la dialéctica, esta sociedad ya se libraría de buena parte de todo el engaño y contaminación, que luego da lugar o es fuente de otro tipo de excesos y corrupciones. Luego vendría la posibilidad de diseñar el citado esquema o un plan que nos proporcione unas capacidades más allá de las obvias, es decir, de otorgar al desarrollo social una metodología clara propias de la ciencia que, dicho sea de paso, hoy por hoy no tiene ni siquiera el armazón económico (la economía como tal, y sus posibilidades de análisis y previsión) que sustenta dicho desarrollo.SIGUE

martes, 7 de mayo de 2013

Resumen de la 13ª entrega de la Teoría social

Una vez centrado el problema y nuestro esquema de trabajo sobre el principio de bipolaridad y el efecto transistor vamos a desarrollar una solución o cuando menos un avance a través de su compresión. En particular estableceremos elementos de ruptura de la situación actual desde una concepción diferente de la distribución  y de la necesidad de la redistribución: la redistribución no sólo garantiza el bienestar sino la pervivencia del sistema o, lo que es lo mismo, el mantenimiento de un flujo amplio entre los polos y el mantenimiento de un valor óptimo de polaridad.
La redistribución, por tanto, lejos de ser una cuestión que enfrenta a los polos y los separa, y lejos de ser una cuestión de caridad social, será una cuestión de pervivencia del propio sistema o de su viabilidad, y más concretamente un mecanismo de ajuste entre dos situaciones extremas, esas que vienen representadas por dos segmentos sociales, por dos facciones ideológicas, por dos necesidades en clara confrontación.
A primera vista parece que la redistribución anula la bipolaridad y por tanto toda posibilidad de crecimiento. Ahí está el verdadero elemento de confrontación. Pero, ¿es necesaria una gran bipolaridad para que haya flujo y crecimiento? En realidad no.
De una parte, gran parte de la bipolaridad actual es superflua o innecesaria pues no está pensada para el desarrollo de las sociedades sino para la acumulación de una riqueza que posteriormente no se emplea de ninguna forma. Cuando digo de ninguna forma quiero decir que no sólo no se aplica al sustrato social sino que es independiente del mismo para su generación y desarrollo, en cuanto que se realiza mediante procesos mecanizados, por lo que no se aplica para la empleabilidad. La pregunta es inmediata, ¿Qué hacemos con el 99% de la población cuando se produzca todo lo que necesitamos con el 1%? ¿Es viable un sistema en el que sólo produzca el 1%, y, por tanto, en el que sólo consuma el mismo? Parece evidente que no y que la inclusión en la cadena de consumo de ese 99% mediante la redistribución de la riqueza es necesaria para pervivencia del sistema señalada.
De otra parte,  gran parte de esa fuerza se diluye, en lo que podemos definir como resistencias del sistema, por lo que sólo se precisa un grado de bipolaridad escogido y minimizar las resistencias para garantizar un funcionamiento sostenible, esto es, sólo necesitamos redistribuir convenientemente la riqueza para que ésta esté donde se precisa, lo que en sí mismo conlleva la supresión de un gran número de todas estas resistencias sociales; además de modificar la estructura social (inversión social) y la política (principio de verdad) con este mismo fin, lo que redunda además en una mayor eficiencia de todo el aparato social.
Se trata de establecer un orden y una higiene en el sistema socioeconómico y político, ajustando en ambos casos el grado justo de bipolaridad, mediante estos mecanismos y mediante el ajuste de lo que ha venido a ser su motor: el principio de competencia.
Podemos afirmar taxativamente que esta sociedad se ha regido por el principio de competencia, que ha dado lugar a una gran bipolaridad, pero que en este estadio social su funcionalidad es más que cuestionable, y que es precisa su modificación o transformación en otro más acorde con los tiempos y más útil.
En particular, se trata de modificar el principio de competencia de los competidores al principio de competencia de los competentes, que lleva a la plena ocupación de las personas según su cualificación sin que medien criterios adulterados de oportunidad, y a que la sociedad se beneficie tanto socialmente como económicamente de ellas.[SIGUE]


viernes, 26 de abril de 2013

Necesitamos algo más que un plan de empleo


Tanto el gobierno socialista anterior como éste han demostrado ser unos ineptos. Son unos ineptos porque no son capaces de vislumbrar (no predecir) mínimamente una solución, son unos ineptos porque no tienen una formación (dígase económica, humanística, etc.) como para comprender las situaciones que se dan, y son unos ineptos porque en virtud de esa ignorancia, y la ignorancia –aunque bien guarnecida académicamente– de los que le rodean, son incapaces de predecir si las medidas que toman surtirán o no efecto, por lo que estamos a manos de la suerte, del devenir.
La pregunta es, ¿si estamos a manos de la suerte, para qué carajo los necesitamos?
Pero sobre todo son unos ignorantes profundos porque no saben ver que el modelo éste en el que estamos inmersos, el neoliberalismo a ultranza, es un modelo que tiene una falla innegable, para la que no tiene solución el propio modelo, por lo que es incompleto.
Si en vez de ser tan ignorantes, fuesen un poco más listos y estuviesen un poco mejor documentados, sabrían que los sistemas incompletos –como ocurre con los sistemas matemáticos– son incompletos y que no sirve darles vueltas, sólo añadirle una condición más.
Ellos no hacen esto, ellos se empeñan en aplicar la tal medida que surtió efecto en la tal situación, según les contaron en alguno de sus masters, sin comprender la diferencia entre una variable de modelo económico más o menos ajustables y aquellas otras independientes o sistémicas para las que el sistema no nos brinda mecanismos de regulación.
En este caso estamos ante un sistema que no pone ninguna condición frente al capital, frente a esa reserva de dinero, que la tengan unos u otros representa la acumulación en su forma imperecedera del trabajo y el esfuerzo hecho por las sociedades. ¿Ustedes saben que ocurre si ese reservorio no se aplica o se va a otro lado?: que vamos camino de la economía de subsistencia. En esa estamos.
Aquí estamos, por tanto, respecto de los modelos económicos habidos, entre uno que no salía de la subsistencia y otro que nos lleva a ella (y a la esclavitud) cada vez que le da la gana o se pone de manifiesto una falta de previsión. ¿Qué hacer?
Es evidente que hace falta un plan nacional o internacional, no para el empleo (a pesar de estos más de seis millones de parados) sino para establecer ese nuevo e ineludible mecanismo de regulación, que nos lleve definitivamente a otras capacidades de control del sistema, y con ello a un nuevo orden social.

Lo demás, es para nada.



miércoles, 24 de abril de 2013

Crisis: una cortina de humo espeso


¿Cuánto de todo lo que ocurre obedece a una coyuntura económica y  cuánto no sólo a un plan calculado, sino más allá de esto último, a una situación irrecuperable en el contexto económico y social actual?
Los dirigentes y los gobiernos hacen sus ajustes, pero esos ajustes no pueden nada contra la realidad. No podrán con la realidad a no ser que alguien afloje la tensión, pero incluso esto no será nada más la acción premeditada y falaz, y el alivio efímero a una situación irreparablemente degradada.
Las medidas que vemos o que podremos ver en un futuro no serán nada más que medidas de alivio para el problema que se nos está planteando y que se nos muestra a la vista, pero serán totalmente inservibles para las cuestiones principales y veladas que nos sobrepasan, y que en modo alguno podemos solucionar en este contexto.
El problema visible es esta crisis económica, el problema profundo es la evolución natural de los sistemas, económicos y humanos que hace que al margen de esta o aquella disposición particular vayan inequívocamente en una dirección, como lo hace la línea del tiempo queramos o no queramos, y que sigan yendo a no ser que cambiemos radicalmente nuestro paradigma social.
¿En que consiste ese paradigma? En el desarrollo del principio de bipolaridad. Esto, como ya hemos estudiado, ha dado lugar a la lucha de clases, y de una forma más sustancial a la lucha de dos tipos de necesidades bien diferentes. Somos víctimas de la necesidad (la realidad) y de la necesidad de eludirla (el instinto de conservación y otros). Es inevitable. Es inevitable porque es imposible hacer entender a unos las necesidades de los otros o actuar de una forma determinada en función de las mismas.
La cuestión es que unos tienen unas necesidades y más posibilidad de satisfacerlas, lo que da lugar a unas repercusiones nefastas e inmediatas para los otros, en tanto que procuran para sí un remedio o solución providencial. Esa necesidad y posibilidad nos van llevando poco a poco a un estado ruinoso sin posibilidad de escape, y a una degradación de todo el sistema.
Hay, por tanto, que inventar, hay que decir, “imaginemos que…”. Pues eso, imaginemos que todo lo que nos ha servido hasta ahora, que todo lo que ha servido para hacer florecer nuestra civilización desde el renacimiento (con todas las servidumbres que queramos considerar), no sirve, que a partir de ahora es imposible alcanzar crecimiento o plusvalías sin establecer dependencias infames entre las personas, las empresas y los Estados.
Ya hemos contado que esto se dio en la revolución industrial y que sin embargo tuvo un final, y hemos explicado por qué esto que ocurre ahora dista de ser una mera réplica de aquello, pero lo vamos a repetir. Antaño había variables en proporcionalidad inversa sustentadas por otras de proporcionalidad directa, ahora en cambio la proporcionalidad directa viene determinada por un comportamiento de largo recorrido que no parece poder evolucionar en otro sentido: superpoblación, incremento de la esperanza de vida, globalización, acumulación cada vez más acendrada de la riqueza (y desvinculación de la misma de la realidad social), coste del bienestar cada vez más elevado en las sociedades ya desarrolladas, etc.
Antaño hubo una proporcionalidad directa entre el desarrollo de la clase media y el crecimiento, proporcionalidad que se ha roto definitivamente: no hay nada que justifique la existencia de todo un sector intermedio. El capital (la empresa) establece una conexión casi directa con la distribución final (con las fuentes de ingreso), lo que nos llevará más pronto que tarde a la utilización discreta de la mano de obra, esto es, a su utilización allí donde existe un servicio puntual y, en consecuencia, una rentabilidad. Este esquema se ha ido aplicando en las empresas hasta llegar a la figura del vendedor como último reducto ineludible de lo que ha representa la implantación social de la empresa, de su presencia en la calle, pero incluso esto está siendo historia con la globalización y demás. Consecuencia de todo esto será una aplicación del capital y una empleabilidad escogidas, y con ella una infrautilización de la capacidad de generar riqueza, de que ésta en ese proceso se distribuya y ocupe a la población; y por tal falta de ocupación, una desocupación que no tendrán parangón con la que conocemos, por no tenerlo en sus causas, que serán –repito sistémicas, o lo que es lo mismo, independientes y superiores a toda nuestra capacidad de hacer o corregir. Esto será dentro de diez años, o de veinte, pero será: así cayeron los imperios y dieron lugar unas edades a otras.
Hay que inventar, romper la relación viciada entre crecimiento y desarrollo, mostrar y demostrar, tal como pretendimos en la Declaración, que hay mucha más riqueza en la sociedad que la que se puede contar con dinero y que, muy contrariamente, la concepción monetarista viene a ser un embudo a la riqueza real de un pueblo: ¿acaso los cinco millones de parados no podrían hacer algo más por esta sociedad que estar parados, pudiendo a su vez esta sociedad hacer algo por ellos? No lo voy a resolver ahora, no me quiero adelantar a lo que será parte fundamental del desarrollo teórico, pero sí decir que esa relación viciada deriva de la relación viciada entre los polos, o exceso de polarización entre ellos.
Hay que inventar, romper la relación viciada entre las dos formas de entender o desarrollarse las relaciones políticas, entre la politización de las mismas o prevalencia de alguna determinada verdad política y la judicialización o equidistancia de esa verdad, del igualitarismo puesto tan de manifiesto en todos los órdenes, incluido en alguno tan primordial como el de la educación. Hay que mostrar y demostrar, tal como pretendimos en la Declaración, la necesidad de establecer unas determinadas verdades suficientes y una jerarquía entre las mismas que procure un plus de higiene a nuestro sistema. No me quiero adelantar a lo que será parte fundamental del desarrollo teórico, pero sí decir que esta relación viciada deriva de la relación viciada entre los polos, que en la actualidad radica, frente a otras posturas dogmáticas, en la estandarización o desespecialización de dichos polos o defecto de polarización entre ellos.
El estudio del principio de bipolaridad es un nuevo esquema que integra el comportamiento económico y el social como partes, por lo que tiene que introducir no sólo una visión más general, abstracta o aséptica de sus cuestiones sino un lenguaje que no es propio de esas partes y que es en consecuencia diferente. Cada una de las partes, económica y social, no sólo tienen un mismo lenguaje, de acuerdo a ese esquema, sino una finalidad común, no privativa o propia, basada en la consecución de determinados estados, que luego en cada ámbito podrá tener una representación u otra bien distinta.
Tenemos, por tanto un reto, y un dilema, o hacemos cambios en el contexto del esquema conocido y viejo, y alargar nuestra agonía hasta un final cierto, o incorporamos otros tipos de elementos, elementos de ruptura aplicados inteligentemente, de acuerdo a un nuevo esquema, que nos abran sendas de crecimiento y desarrollo social inéditas.